Temprano me desperté
ayer sábado y me di de bruces con la noticia de que Estados Unidos habían lanzado
de madrugada un ataque contra la isla iraní de Jark (o Charag), un enclave
estratégico en el golfo Pérsico que concentra la principal terminal petrolera
de Irán y desde la que se exporta alrededor del 90% de su crudo, en su mayor
parte con destino a China.
Son sólo 24
kilómetros cuadrados de isla y está bien dentro del Golfo Pérsico; casi al
final, si entramos por Ormuz.
Hasta Jark/Charag
se llegaron los holandeses en 1753 para instalar un enclave comercial… que sólo
les duró trece años; los lugareños costeros no los quisieron por allí. Con
anterioridad a ellos los portugueses visitaban Jark/Charag en sus rutas por el
Pérsico con asidua frecuencia desde el siglo XVI porque al ser una isla de roca
calcárea ha estado milenios almacenando agua en sus entrañas y allí se
reabastecían.
Jark/Charag es
una más de las muchísimas islas que hay en el golfo Pérsico. Algunas no
consiguen tal denominación ‘oficial’ de isla porque sólo son un montoncillo de
piedra entre bancos de arena que llegan a la superficie de un mar poco
profundo: contabilizamos por allí unas 130 superficies emergidas que puedan ser
consideradas como islas, de las que la más grande es Qeshm -Quéixome unos
párrafos más adelante- y que junto a Ormuz, nuestra protagonista, y Hengam conforman
la tríada de islas a la misma entrada del Pérsico; una larga lengua de agua
poco profunda: entre 30 y 50 metros, alcanzado los 90 en el estrecho de Ormuz
en las inmediaciones del Índico. Como islas de Calaei se las señala en el
periplo del siglo I.
Y la isla que
da nombre al estrecho, como la de Qeshm -y no Hengam- hubo un tiempo que fue fueron españolas; dominio de la
Monarquía Hispánica. Sí, sí, -recuerden- de cuando en los dominios del imperio
español nunca se ponía el sol.
Ormuz -ya les cuento
con más detalle- fue una isla dominada por los portugueses que, insisto, entre
1580 y 1640 fue de la Monarquía Hispánica. Entre 1640 y 1668 lo nuestro con
Portugal fue un lío
pero en el periodo que nos ocupa (1580-1640) y que la Historia llama ‘Unión
Ibérica’ fue nuestra.
Se llama ‘Unión
Ibérica’ a la situación resultante de los reinos unidos de España y Portugal
bajo Felipe II (de España y 1º de Portugal), Felipe III (de España y 2º de
Portugal) y Felipe IV (de España y 3º de Portugal) porque además de ser reyes
de España, fueron reyes (también) de Portugal y sus posesiones de ultramar; vamos,
que la isla de Ormuz fue -y lo destaco por tercera vez- territorio de la
Monarquía Hispánica.
Estos tres
Felipes fueron reyes de Ormuz; bueno, al año de comenzar el reinado de Felipe
IV (de España, 3º de Portugal) una alianza entre el imperio Safávida
y la Compañía Inglesa de la Indias Orientales
nos echó de Ormuz por las bravas, tras un duro asedio y una defensa de asco.
Pero no adelantemos acontecimientos a tragos de amarguinha.
El que los
monarcas españoles de la Casa de Austria reinaran en Portugal fue consecuencia
de una etapa de la Historia que comenzó en el país vecino con la crisis de
sucesión portuguesa que trajo una guerra, ¡cómo no! Y esa fase terminó con otra
guerra -la de Restauración; ¡vaya, cómo nos las gastábamos por aquí!- a
resultas de la cual se entronizó en Portugal la Casa de Braganza, con Juan IV, -como
digo- ya en tiempos de Felipe IV. Y da la puñetera casualidad de que ambos
reyes contendientes -Felipe IV y Juan IV- descendían, por línea materna, de
Manuel I de Portugal. Cosas que pasan (pasaban) muy a menudo en la vieja piel
de toro.
El caso es que,
para lo que nos trae hoy aquí, el 25 de agosto de 1580 ganamos (los españoles) la
Batalla de Alcántara y entronizamos a la Austrias en Portugal; pero sesenta
años después, en 1640, las políticas de castellanización de la banda occidental
de la península impuestas por el conde-duque de Olivares -y el afán recaudador
del reino de España- desataron en un selecto y reducido grupo de la
aristocracia portuguesa una serie de revueltas contra la llamada ‘dinastía
filipina’ (la de los Felipes II, III y IV españoles). Y terminando el año de
gracia de 1640 se montón un follón de aquí no te menees.
El factor
determinante de la rebelión fue la orden de reclutar soldados portugueses y los
dineros precisos para mantener esas tropas en España para sofocar la revuelta
en Cataluña
e incluso sacarlas más allá de los Pirineos para la guerra que se mantenía con
Francia.
Ahí ya, la nobleza portuguesa dijo que les pillaba muy lejos la cosa y que
ellos estaban muy ajenos a aquellas cuitas y menesteres de la corte de Madrid y
se negaron por las bravas.
Propusieron al
octavo duque de Braganza -el mayor terrateniente de Portugal, que hasta ese
momento apoyaba a los Felipes españoles- liderar la revuelta y ante sus titubeos,
para forzarle a decir que sí, el primero de diciembre de 1640, aprovechando la
práctica ausencia de tropas y flota española en Lisboa, tiraron por la ventana
del piso alto del Paço da Ribeira al Secretario del Conselho de Estado de
Portugal, Miguel de Vasconcelos (e Brito, que tal era su nombre completo) -que
la palmó-, y arrestaron a la virreina Margarita de Saboya. De inmediato marcharon
emisarios a caballo por todo el reino portugués anunciando el levantamiento y
comunicando la proclamación del de Braganza como rey, que aún se lo pensó
varios días temiendo una reacción militar del Gobierno de Madrid que como
estaba enfrascado en tantas guerras por el septentrión patrio aún tardó semanas
en reaccionar.
Y cuando se enteraron
y meditaron la respuesta, un error capital y de supina enjundia: enviaron a
sofocar la revuelta lisboeta y portuguesa al duque de Medina-Sidonia, que se lo
pensó mucho a la hora de enfrentarse a su hermana, Luisa de Guzmán, que -¡mira
por dónde!- era la esposa del duque de Braganza y, de hecho revolucionario, la
nueva reina de Portugal. Total que no hizo más bien nada; cuajó la revuelta y
se llegó a la separación de los reinos y sus posesiones.
La noticia,
cómo no, llegó a ultramar y en la banda española del Atlántico y hasta más allá
fue muy bien acogida -cuentan los cronicones- pues en las Indias españolas (América) estaban hasta los mismísimos
bemoles de los comerciantes portugueses, más activos y con menos escrúpulos,
que con más experiencia mercantil habían ocupado los principales puestos del
comercio.
En realidad, lo
de diciembre de 1640 fue una revuelta de unos cuantos privilegiados
aristocráticos que terminó aceptando el pueblo porque, a resultas de ella, ni
iban a ser reclutados para una guerra que no entendían, ni iban a pagar más
impuestos;
que el bolsillo siempre ha apretado a la Humanidad desde que se inventó el
bolsillo para guardar los cuartos.
Además, en todo
Portugal se responsabilizaba a los castellanos de la pérdida de Amboina (1605,
isla de las Molucas, principal productora de clavo), Ormuz (1622) y São Jorge da Mina (1637, en la costa de Ghana), así
como del cierre de los puertos del Japón (1637) al comercio, y de las
continuadas incursiones holandesas en las posesiones brasileñas y del Índico. Si
es que nos pasa de todo cuando no debe.
El XVII es el
siglo en el que los holandeses -República de los Siete Países Bajaos- se lanzan
a los mares con el objetivo de consolidar el comercio en las llamadas Indias
Occidentales y zafarse del monopolio y competencia con España y Portugal. Y les
fue bien.
Pero volviendo
a tierra firme peninsular europea en la vieja piel de toro, tras la
insurrección del 1º de diciembre de 1640 todas las cancillerías de la vieja
Europa se movilizaron: le ha crecido un enano al ‘Rey Planeta’
y era una oportunidad de quitarle preminencia a España. En junio de 1641 se
alcanzó un pacto entre Portugal, Francia, Inglaterra y Holanda que suponía,
además de una tregua por diez años entre ellos, centrarse en hostigar a las
colonias españolas a fin de debilitar el poder de los Austrias por el planeta.
Con Portugal -y
sus aliados- nos las tuvimos tiesas hasta que en 1668, durante la minoría de
edad de Carlos II, hartos de estar hartos, se firmó el Tratado de Lisboa;
muchos frentes a los que atender militarmente
y una capacidad justita para hacerlo.
Aquel tratado
planteó la libertad de circulación y de comercio para los súbditos de ambos
países de la península Ibérica -en el fondo tiraba el arraigo- y la ‘paz
perpetua’ entre Lisboa y Madrid… aunque habrá que esperar al Tratado de Badajoz
del 6 de junio de 1801 -que puso fin a los dieciocho días de la ‘Guerra de las
Naranjas’- para que no hayamos tenido más conflictos armados con Portugal.
Y a lo que
íbamos: en este tiempo de monarcas españoles, se perdió Ormuz; que aquello fue en
1622.
¿Y qué hacíamos
por allí?
Ya saben que
España y Portugal se lanzaron a descubrir el mundo en aquellos viejos
cascarones -y a vela- nada más despuntar el siglo XV, rivalizando en conquistas
y apoyo papal porque en cuestiones de arbitraje internacional se le consideraba
la máxima autoridad del orbe, porque si no era orbe cristiano no pintaba nada
en nuestros asuntos. Y los demás eran infieles o idólatras de tomo y lomo a los
que no había que tener en cuenta. Sólo España y Portugal -se consideraban a sí
mismas- pintaban algo en esto de descubrir mundos en el siglo XV.
Roma comenzó decantándose
por la católica y ancha España hasta que la estrecha y larga Portugal tomó
Ceuta, en 1415, y el papa Martín V se encariñó de ellos. Declaró a Ceuta “Bastión
de la cristiandad de Occidente en el Norte de África, y única ciudad que
confiesa la fe cristiana en África” y no cejó en su pontificado de alabar
la conquista portuguesa. Otro papa, Eugenio IV, puso en 1441 la diócesis de
Ceuta bajo su directa protección y siguió en favor de portugueses. Y el papa
Nicolás V, en enero de 1454 determinó el primer deslinde de áreas de conquista
entre Castilla y Portugal -Bula Romanus Pontifex- desde el paralelo de Canarias
al golfo de Guinea y a favor de Portugal.
El papa era el
papa, pero los reyes eran los reyes y ya para 1479 los de Castilla y Portugal negociaron
por su parte un tratado, el de Alcaçova, repartiéndose el mundo a partir del
océano Atlántico por el paralelo del cabo Bojador: os quedáis con las islas
Canarias que nosotros queremos Cabo Verde, Azores y Madeira, parece que dijeron
(y dejaron por escrito) los portugueses. El papa Sixto IV, faltaría más y a
falta de la ONU que no estaba inventada, confirmó el acuerdo y le añadió la Bula
Aeternis Regis Clementis que confirmaba a Portugal posesiones por debajo
del paralelo del cabo Bojador y, además, le daba la exclusiva del comercio de
esclavos negros de África, donde de momento estaba el negocio.
Cuando Colón va
y descubre América, el rey Juan II de Portugal reclama al papa que lo
descubierto -aunque al otro lado del océano- estaba por debajo del paralelo del
Cabo Bojador -26º Norte- y era suyo. Los cartógrafos españoles estaban seguros
de que no y fuimos al Consejo de Seguridad de entonces que, mira por dónde, nos
dio la razón
Y la teníamos:
la isla de La Española está a 19ºN, luego no tenía razón el portugués.
Y encima, el
papa era entonces Alejandro VI, un setabense de nombre Rodrigo Lanzol y de
Borja -que ha pasado a la Historia como el papa Borgia, al italianizar el
antiguo y noble linaje aragonés- que estaba por los Reyes Católicos y no por el
de Portugal, decantándose por España.
Don Rodrigo con
su tiara papal bien puesta y la pluma diligente le endilgó al portugués -y a
toda la cristiandad- un paquete de bulas al respecto para que ya no les
quedaran dudas: dos en mayo de 1493 (Inter Caetera I y II) y una tercera en
junio del mismo año (Piis Fidelium) concediendo a España el dominio exclusivo y
perpetuo de los nuevos territorios al otro lado del océano, “por la
autoridad de Dios omnipotente”, fijando una divisoria Norte-Sur, de polo a
polo, “a cien leguas, hacia Occidente y el Mediodía, de cualesquiera de las
Islas Azores y Cabo Verde”.
Y el Borja aún se marcó (tal vez de recochineo) otra bula más -Eximiae
Devotionis- en secreto y a favor de sus Muy Católicas Majestades Fernando e
Isabel equiparando los privilegios de Castilla en América con los que ya tenía Portugal
en África. Por mucho Borgia que le digan aquel papa era un Borja aragonés de
tomo y lomo.

Y con las bulas
en la mano -que eso era para el resto del mundo la Biblia en pasta- ambos
reinos decidieron al año siguiente pasar un poco del sumo pontífice y negociar nuevamente
por su cuenta en Tordesillas (junio de 1494) un acuerdo bilateral para
repartirse cristianamente el mundo: el occidente para Castilla y el oriente
para Portugal a partir de una línea de polo a polo dibujada a 370 leguas al
oeste de las islas de Cabo Verde. Además, también en Tordesillas, se firma otro
tratado centrado en África, por lo que le llaman Tratado Africano,
que resolvía los contenciosos sobre el reino de Fez (norte de África, ¡Hay
Marruecos!) que muchas veces olvidamos.
Con ese tratado en
las cancillerías de Madrid y Lisboa, el portugués Vasco da Gama dobló el cabo
de Buena Esperanza y remontó la costa oriental africana en su camino a la India;
y los que siguieron a Da Gama buscaron el control total de la red comercial del
Océano Índico. Y lo lograron: los portugueses tenían unos barcos y un armamento
muy superior al de los pueblos de la zona y comenzaron estableciendo sus puntos
de comercio en la costa swahili
y continuaron subiendo -Natal, Sofala, Primeiras, Mozambique, Kilwa, Zanzíbar,
Mombasa, Malindi, Barawa- camino de la India. Los portugueses, a lo tonto
tonto, establecieron desde 1505 (algunas hasta 1961) una red de colonias
costeras en la península indostánica, centradas en Goa, tras la llegada de
Vasco da Gama en 1498.
En esa subida por
la costa oriental africana los portugueses llegaron hasta un archipiélago
frente al Cuerno de África donde la isla de Socotora/Socotra les fascinó. Lo
mismo que a los egipcios ptolemaicos -la dinastía tras Alejandro Magno y su
general Ptolomeo- que hacían la ruta hacia la India (por el mar Rojo, bordeando
la península arábiga- y que está muy bien documentada), desde el siglo I
-quince siglos antes de llegar los portugueses-, en el ‘Periplo por el mar
Eritreo’ que en griego redactó un comerciante egipcio; el Periplo que más
arriba les comenté.
Y siguieron
subiendo los portugueses -ya puestos a descubrir mundo por esa banda que era la
suya- y bordeando la península arábiga por el Este se establecieron en Mascate,
hoy capital del sultanato de Omán, y entraron en el golfo Pérsico. En nada se
dieron cuenta de que las islas de Ormuz, Quéixome y Hengam eran trascendentales
guardianas de la entrada y la salida del mismo. Pero a pesar de que era unas rocas
salitrosas de órdago las de Ormuz y Hengam, decidieron establece como núcleo de
referencia en la de Ormuz que pasó a ser la más conocida y referenciada hasta
para dar nombre al estrecho de entrada al golfo.
Alfonso de
Alburquerque, que fue nauta que dirigía aquella misión expedicionaria y el que negoció
con el reyezuelo de la isla disponer una base en Ormuz y frenético comenzó a
construir un fuerte en 1507. Lo tenía claro: era un punto privilegiado para
controlar el paso de navíos con especias y, en general, comercio árabe hacia el
Índico. En 1515 se produjo la ocupación definitiva de la isla y subió el pabellón
portugués a lo más alto del Fuerte de Nuestra Señora de la Concepción, cuyas ruinas
aún siguen en pie.
Y en Ormuz se
mantuvo el pabellón portugués contra viento y marea, con notable éxito. Sesenta
y cinco años después era el pabellón de la Monarquía Hispánica. Vamos, que fue
“nuestra” la islita.
Desde el primer
momento, los otomanos se tomaron muy mal eso de que unos infieles europeos les
controlaran el negocio del contacto con India y China y decidieron revertir la
situación y la expansión portuguesa en aquellas aguas. Hasta la llegada de los
portugueses los otomanos no tenían enemigos por allí, porque los chinos eran
más de comercial que de avasallar y arramblar.
Con los
portugueses por aquellas aguas estropeándoles el comercio, los otomanos
comenzaron a organizar su flota militar y hacia 1550 comenzaron a bordear la
península arábiga para abrirse al Indico y al Golfo Pérsico y dar batalla a los
portugueses. El famoso almirante Piri (Piri Reis)
al mando de una poderosa escuadra intentó en 1552 eliminar el poder portugués;
pero fracasó ante Ormuz y pagó con la muerte su fracaso al llegar a Suez (y
luego a El Cairo a contárselo al sultán). ‘Mejor suerte’ tuvieron al regreso los
otros almirantes de la expedición -Murad, Seydi Ali y Sefer- porque conservaron
la vida y volvieron a intentarlo. La isla estaba muy bien defendida y los
turcos no pudieron con ella.
Y aunque ahora
mismo, a bote pronto, no les parezca que pudiera ser así, sepan que el
comercio, entonces, era brutal en volumen y valor dinerario.
Del golfo Pérsico,
por Ormuz (en barco), salían caballos árabes y persas, muy solicitados en la
India; perlas de Bahréin; sedas, terciopelos y alfombras persas del Jorasán;
ruibarbo, las muy apreciadas piedras de bezoar
y otras drogas medicinales; azafrán, papel y dátiles. Hasta Ormuz llegaba canela,
clavo, macis, nuez moscada, pimienta, añil, azúcar y porcelana de origen chino.
Y por allí también operaban mercaderes venecianos que importaban productos de
la India por la ruta terrestre de Basora al Mediterráneo, a cambio de plata y
objetos de vidrio. Vamos, la repanocha comercial en torno a la isla de Ormuz
que generaba más dinero que el petróleo que hoy pasa frente a la isla.
Y desde Ormuz los
portugueses controlaban con sus soldados y barcos, aquel tráfico comercial tan
intenso y, encima, lo practicaban. En esto, como ven, ha cambiado poco o nada
la humanidad.
Por surcas
aquellas aguas cobraban la alfandega (derechos de aduana).
Gracias a esos derechos de aduana mantenía el fuerte de Ormuz -y otros- bien
pertrechado y equipado -500 soldados y
tropas auxiliares- así como una pequeña armada con una docena de fustas y
galeotas bien artilladas que efectuaban el control marítimo.
Ormuz era una
bicoca para la Monarquía Portuguesa, primero, y para la Monarquía Hispánica después,
pero la corrupción, ante la cuantía de las riquezas en su entorno, lo echó todo
a perder. Ya en 1602 empezaron los problemas con los locales: querían más,
viendo lo que se recaudaba.
Para colmo, por
una disputa tonta en la inmediata tierra firme, en 1608 los persas tomaron la vecina
isla de Quéixome que de inmediato nombraron como Qeshm. Quéixome era vital para
Ormuz, pues suministraba agua y alimentos que Ormuz no tenía ni producía. La
presión safávida aumentaba y en 1614 fue atacado el pequeño establecimiento en
tierra que mantenían los portugueses que llevaba por nombre Bandel Cormorán, que
cambiaron por Bander Abbas, en honor al sha (rey) Abbas I y que hoy es un
puerto comercial y la base principal de la marina iraní.
En 1622 la cosa
fue ya definitiva. El sha Abbas se alió con las Compañía Británica de la Indias
Orientales y… cambió la historia. La East India Company (EIC), fue una asociación
empresarial -con patente de corso-
para arrebatar a quien lo tuviera el monopolio sobre el lucrativo comercio de
las especias… y lo que hiciera falta que tuvieran España y Portugal en torno al
Índico.
Abbas I, que no
podía ni ver a los turcos, se había fijado en España que los había vencido en
1571 en el Mediterráneo (batalla de Lepanto). La fama de la victoria llegó
hasta el Golfo Pérsico -habíamos roto el mito de su invencibilidad otomana- y
comenzaron gestiones con los gobernantes de Ormuz para venir a la península. Y cuajaron
y se decidió el envío de una embajada a la corte de Felipe III solicitando
información y ayuda. El rey les recibió en Valladolid en 1601 y quedaron en
avanzar en ese campo y en otros.
En Valladolid se
acordó desviar el comercio de la seda cruda persa por la ruta de El Cabo y
profundizar en las relaciones entre los safávidas persas y la Corona de España
y realizarse embajadas. Así, García de Silva y Figueroa partió en 1614 para una
de estas embajadas en una expedición que le permitió visitar una buena parte de
Persia; pero se volvió sin conseguir el compromiso de no atacar Ormuz ni que
Abbas I se aliara con los británicos.
Los largos tiempos
empleados en los viajes y las desavenencias entre españoles y portugueses en
aquellos días de vida en común lastraron esta expedición y cuando don García se
entrevistó con el sha Abbas las instrucciones de Madrid recibidas cuatro años
antes habían quedado ampliamente desfasadas y el embajador volvió a Goa sin
haber conseguido lo principal.
Estando don García
en Goa buscando barco para volver a la península se decidió el ataque a la isla
de Ormuz, pero don García no podía saberlo a tanta distancia y con el empeño de
rendir cuentas. Murió a escasas millas de poder hacerlo en Lisboa (en julio de
1624) pero se conservan sus escritos;
no así la valiosa carga que se trajo de allí
La East India
Company inglesa se metió en los dominios del sha Abbas comprando seda cruda,
mercancía de valor secundario para españoles y portugueses que no mostraron
disconformidad con la llegada de los británicos. A nosotros nos interesaba mantener
el monopolio marítimo de alto bordo en el golfo donde Ormuz nos aseguraba
posición privilegiada para fiscalizar el tráfico imponiendo los costes de
protección en la navegación segura y la alfandega. Y mientras la superioridad
marítima nos lo permitiera íbamos a seguir ejerciéndola. Además, la excelente
disposición de la fortificación y artillería del puerto de Ormuz permitían que
las tropas continentales no se movieran de tierra firme.
En 1619, con don
García visitando Persépolis, zarpó de Lisboa una nueva flota de guerra bajo el
mando de Ruy Freire de Andrade con la misión de impedir el comercio inglés, y
retomar y fortificar la parte oriental de la vecina isla de Quéixome, que
aseguraba el suministro de agua y comida a la isla de Ormuz.
El choque de
pareceres entre quienes llegaban de Europa y los que estaban sobre el terreno,
especialmente en la lejana Goa, hundió el cúmulo de expectativas de ataque y
defensa. Se perdió Quéixome, como contamos, y se perdió Ormuz el 3 de mayo de
1622. La Eats Indian Company se salió con la suya.
La pérdida de
Ormuz no sorprendió tanto como el escándalo de su tan incompetente defensa. Alburquerque,
desde Goa -en la India- acusó a Madrid de preferir fortificar Quéixome a
controlar las rutas con los nuevos navíos de Ruy Freire. Nada se dijo de los
capitanes de naos que no acudieron a la defensa de las dos islas y poco de Ruy
Freire que se quedó por Mascate al frente de una armada corsaria, pero
consiguió enviar sus papeles a Lisboa para que quedara constancia de lo
ocurrido.
Había que
recuperar Ormuz. En 1624 Afonso de Noronha ya planteó una Armada para ello, pero
hasta 1625 no salieron de Lisboa ocho galeones al mando de Nuño Álvarez Botelho
que se plantó ante la isla y sostuvo combates contra británicos, holandeses y
persas al que se unió Rey Freire. La cosa quedó en tablas: no hubo vencedores
porque ninguno quedó con barcos y los supervivientes de la batalla fueron muy
pocos… Ormuz se quedó allí para los persas que siguieron buscando aliados
comerciales… y los británicos siempre estuvieron cerca.
La monarquía
Hispánica perdió la posición de dominio estratégico al perder Ormuz y aquello
escoció mucho. En diciembre de 1622 el Consejo de Portugal ya debatió la
cuestión. Salieron a relucir “los pecados con que se ha corrompido la honra
y la disciplina militar de la gente del Estado da Índia”;
los devastadores efectos de la corrupción moral y la falta de espíritu militar que
ya había denunciado el embajador García de Silva: mucho dinero fácil, lejos del
control de la metrópoli, placeres no acostumbrados en el sombrío occidente y en
lugar del mundo donde se pensaba de otra manera.
Y de Ormuz ya
nunca más supimos, hasta que se le dio su nombre al estrecho… pero fue una isla
de la Monarquía Hispánica.