26 jul 2026

DE AQUELLOS TERRIBLES AÑOS TREINTA… UN GOLPE DE ESTADO TRAS OTRO… (y II)

 Y cierro hoy lo que comencé ayer...


 

 

II.- El golpe de 1932…

Ya en 1932, con los calores de agosto, y trascurridos dieciséis meses desde esa proclamación, se produjo la “Sanjurjada”.

El general José Sanjurjo Sacanell, en esa línea de los militares europeos, el día 10 de agosto, intentaba un golpe de Estado siendo Manuel Azaña jefe de un gobierno republicano socialista y Niceto Alcalá Zamora (Derecha Liberal Republicana/Partido Republicano Progresista) presidente de la República. Y eso que el general Sanjurjo había sido uno de los actores principales que habían permitido la llegada de la República en abril de 1931.

En aquel momento era director general de la Guardia Civil; y en febrero de 1932 lo cesaron[1]. En agosto se levantó contra la República… pero fracasó[2]. Sanjurjo fue detenido, juzgado en Consejo de Guerra (24/08/1932) y condenado a muerte, aunque luego se le conmutó la pena —no había que crear un mártir, se dijo— por la de cadena perpetua.

Se actuó contra todos los conjurados[3], aunque Sanjurjo, finalmente, sería indultado en abril de 1934 por Alejandro Lerroux (Partido Republicano Liberal) y enviado al exilio en Portugal.

Tras aquel caluroso agosto de 1932 los partidos y sindicatos de izquierda se radicalizaron aún más. La Sanjurjada solo reportó la aprobación del Estatuto de Autonomía de Cataluña, la agilización de la Ley de Reforma Agraria y la supresión de la Dirección General de la Guardia Civil.

Ah, deben saber que la Sanjurjada se había visto venir; y se la dejó llegar.

El 9 de abril el general había realizado unas explosivas declaraciones al periódico francés Le Matin, señalando a las claras la necesidad de la intervención del Ejército para restablecer el orden y evitar el giro a la izquierda que llevaba a España a la anarquía. La Dirección General de Seguridad y la Segunda Sección de Estado Mayor, de la que dependía el Servicio de Información Militar, lo tenían controlado; pero le fueron dejando hacer; y la hizo.

 

III.- El Golpe de 1934, ese del que poco se habla…

1934, año par una vez más, nos deparó otro golpe de Estado. Esta vez fueron los socialistas los que tomaron la iniciativa y dieron un golpe de Estado en toda regla contra la Segunda República. La entrada de la CEDA[4] en el Gobierno el 4 de octubre de 1934, con tres carteras ministeriales, fue la excusa elegida. La CEDA había ganado las elecciones de 1933, pero Lerroux no contó con ellos para su Gobierno.

Recapitulemos, porque tiene miga la cosa: a finales de febrero de 1934, Lerroux, ante lo conflictivo de la situación, se echa a un lado y el valenciano Ricardo Samper formó gobierno el 28 de abril de 1934. Cinco meses después, el 1º de octubre, la CEDA retiró su confianza a Samper[5].

Lerroux recibe el encargo de intentar de nuevo un gobierno y el 4 de octubre lo presentó; incluía a tres ministros de la CEDA, lo que supuso, ya lo señalé, la excusa para el golpe. El PSOE lo había advertido; y no una sola vez.

Primero señaló la voluntad: “El Partido Socialista va a la conquista del poder… deseamos que pueda ser legalmente, con arreglo a la Constitución, y, si no, como podamos[6].

Después, había ido a más: “Yo no sé cómo hay quien tiene tanto horror a la dictadura del proletariado, a una posible violencia obrera. ¿No es mil veces preferible la violencia obrera al fascismo? En un último extremo, ¿no es la democracia burguesa un sistema de opresión y de violencia?[7].

Y como la CEDA ya estaba en el Gobierno desde el día 4, el 5 de octubre comenzó un golpe de Estado contra la Segunda República; lo llamaron Huelga General Revolucionaria y se convocó para toda España.

Aquí, quizás, convendría recordar que el 19 de noviembre de 1933 se celebraron elecciones generales en España —fueron las primeras elecciones en las que las mujeres pudieron ejercer su derecho a votar— y unos días antes, y ante la probable y vaticinada victoria de la derecha, Francisco Largo Caballero, presidente del PSOE, ya había amenazado, en un mitin en Don Benito (Cáceres), con un “haremos la revolución violentamente” en el caso de un triunfo de la derecha, señalando en su discurso, que recogió íntegramente ‘El Socialista’ el 9 de noviembre, el ya “estamos en plena guerra civil”. Esto viene a las claras en el número 7.726 de “El Socialista"[8], el periódico oficial del PSOE.

En ese mismo discurso, Largo Caballero empieza a mostrar el desapego de los socialistas por la República ante la previsible derrota electoral de la izquierda: “Tenemos que luchar como sea, hasta que en las torres y en los edificios oficiales ondee, no una bandera tricolor de una República burguesa, sino le bandera roja de la Revolución socialista”.

A pesar de las amenazas, la derecha ganó los comicios con el 40,57% de los votos, obteniendo un total de 197 escaños, frente a los 100 de la izquierda (21,68% de los votos) y los 138 de los partidos republicanos de centro (15,26%). La izquierda manifestó su rechazo al resultado electoral desde el minuto uno y sin ningún disimulo; e incluso desató graves episodios de violencia[9]. En los meses siguientes, el PSOE y el resto de la izquierda protagonizaron un tsunami de amenazas para impedir que la derecha vencedora en las elecciones accediese al poder.

Y en ese clima altamente enrarecido llegamos a octubre de 1934. La Huelga General Revolucionaria convocada —la Revolución de Octubre, como les gusta llamar a aquel golpe de Estado—, tuvo desigual seguimiento. Las zonas rurales de Andalucía, Extremadura y ambas Castillas no se sumaron de forma significativa; en el mes de junio otra huelga general convocada por la FETT-UGT se había saldado con cerca de diez mil detenciones, clausura de sindicatos y sustitución de ayuntamientos, lo que les desanimó a una nueva intentona. En el resto del país, especialmente en los núcleos urbanos sí hubo respuesta, pero desigual, llegando en algunos casos a enfrentamientos directos contra las autoridades al más puro estilo de revolución socialista.

En Asturias la Alianza Obrera, formada por los dos grandes sindicatos, UGT y CNT, tuvo mucho éxito al principio con la toma de cuarteles de la guardia civil y el asalto a distintas instituciones; el golpe fue brutal[10]. El PSOE y la UGT crearon comités revolucionarios a imagen de los soviets bolcheviques. Los revolucionarios lograron movilizar a 30.000 milicianos como germen de un próximo Ejército (Rojo) que tenía como objetivo tomar el poder por la fuerza y destruir las instituciones democráticas. Fue necesario el envío del Ejército de la República —Regulares y la Legión— para sofocar las protestas revolucionarias. El balance final de la situación en Asturias arroja la dura cifra de más de 1.500 muertos, así como unos 30.000 detenidos, terminando el movimiento revolucionario dos semanas después de su inicio. A pesar de la gravedad de los hechos, los golpistas arrestados no pasaron ni un año y medio en prisión; en febrero de 1936 se otorgó una amplia amnistía a los implicados.

En Cataluña, por su parte, la Generalitat, presidida Lluís Companys, aprovechó la coyuntura[11] y la huelga general revolucionaria para acusar al nuevo gobierno de la República (en Madrid) de ser “monarquizante” y “fascista” (por la entrada de 3 ministros de la CEDA, recordemos), proclamando el “Estado Catalán” dentro de la República Federal Española —a las 20’10 horas del 6 de octubre y desde el balcón del Palau de la Generalitat—, e invitando a los republicanos de izquierda de toda España a establecer un gobierno provisional de la República en Barcelona. Alrededor de las 6 de la mañana del 7 de octubre de 1934, el Ejército de la República entró en el Palacio de la Generalitat y puso fin a la proclamación del "Estado Catalán" que había tenido lugar la tarde anterior; frustraron el intento, detuvieron a los miembros del gobierno catalán y declararon la suspensión del Estatuto de Autonomía

 

IV.- El Golpe de 1936… 

En 1936, nuevamente año par, tuvo lugar otro golpe de Estado. Este, nos llevó a la guerra civil. El Ejército de África se sublevó el 17 de julio… El 17 a las 17… era la consigna en el Protectorado español de Marruecos. Y a esa hora se inició todo. Y el 18 de julio fue el día de las dimisiones.

Sí, resultó que el 18 de julio ni los sublevados ni el Gobierno controlaban la situación; ni lo más mínimo. El gallego Santiago Casares Quiroga —presidente del Consejo de ministros (jefe de Gobierno) desde mayo de 1936—, desbordado por las noticias de insurrección de buena parte de los militares y por las peticiones de armar a las masas sindicales, intentó que Ejército leal sofocara la sublevación. Pero el golpe se extendía por momentos y él perdía apoyos políticos a cada minuto que pasaba; presentó su dimisión.

Casares Quiroga era, además, ministro de la Guerra. Y supo ya en mayo, recién tomado posesión de su cargo, de los preparativos de la insurrección. Él y el mismo Azaña fueron informados el 16 de mayo por el director general de Seguridad, José Alonso Mallol, de, al menos, 500 implicados en la conjura militar, a partir de una reunión en marzo, en Madrid, de los generales Mola, Franco, Villegas, Saliquet, González Carrasco, Fanjul, Orgaz, Ponte, Rodríguez del Barrio, García de la Herrán y Varela.

Es más, el 15 de junio, el gobernador civil de Navarra le informó personalmente de la reunión que habían celebrado el general Mola con el dirigente carlista andaluz Manuel Fal Conde en el Monasterio de Irache, que aseguró la participación de las milicias del Requeté navarro, en la conspiración.

El 12 julio fue informado Casares del final de las maniobras militares en Llano Amarillo (Ketama, Marruecos)[12] donde se había pronunciado el célebre CAFÉ[13] desde el inicio de las mismas, el 4 de julio.

Y el mismísimo 16 de julio se le informó al presidente del Consejo de Ministros y ministro de la Guerra de la inminencia de la sublevación por miembros de la Unión Militar Republicana Antifascista —pidiendo la detención de los generales Mola, Varela, Godet, Yagüe, Fanjul y Franco— y, desde el Protectorado, como asegura Hugh Thomas, ese mismo jueves 16 de julio los nacionalistas marroquíes le informan del operativo ya preparado para las próximas horas.

Pues Casares no hizo nada.

Incluso en el Consejo de ministros del viernes 18 de julio no informó a sus ministros de lo que sabía que se había producido la tarde anterior en el Protectorado. Ni siquiera al presidente de la República, Azaña; pero este, al menos, sabía de la conspiración desde mayo y tampoco hizo nada.

Creía Casares que las medidas adoptadas desde principios de año con los principales generales serían suficientes[14]. Pero, aun con ellas, el ruido de sables era tan estruendoso en las salas de banderas como en los casinos y en las tertulias vespertinas de cualquier ciudad importante.

Las últimas iniciativas de Casares como jede de Gobierno fueron decretar la destitución de los generales Franco, Cabanellas, Queipo de Llano y González de Lara, y ordenar a los gobernadores civiles y militares que bajo ningún concepto se entregaran armas a los sindicalistas de UGT y CNT como se le había pedido desde las 19 horas del 17 de julio.

Como dije, Casares dimitió bien entrada la tarde del 18 de julio. Azaña, como presidente de la República, nombró al sevillano Diego Martínez Barrio Jefe de un Gobierno que debía ser de conciliación, habida cuenta de la situación. Era una solución de compromiso porque Martínez Barrio tenía aceptación en la Izquierda y muy buenos contactos con la Derecha; llamó telefónicamente a varios sublevados y les hizo desistir o titubear; e incluso llamó al general Emilio Mola, pero no le pudo convencer de detener la rebelión. Mola rechazó el acuerdo que le proponía.

Y así, tras este rechazo bien entrada ya la noche del 18 de julio, sábado, se produjo la segunda dimisión del día de un jefe de Gobierno de España que unas horas antes, en una alocución radiada, había explicado que aceptaba “para evitar a mi patria los horrores de una guerra civil y para poner a salvo la Constitución e instituciones de la República[15].

Nadie quiso ayudarle. En aquel verano de 1936 “cualquier atisbo de actitud democrática había desaparecido en España. Todos los partidos políticos tenían sueños autocráticos, cuando no abiertamente totalitarios, ya que aspiraban a autoadjudicarse la representación de la totalidad de la nación. Todos habían excluido de su forma de ver y hacer política el respeto y la tolerancia hacia los otros[16].

El tercero en asumir la jefatura del gobierno —tras rechazarla el murciano Mariano Ruiz Funes—, ya en la mañana del 19 de julio, fue José Giral Pereira, un catedrático de Química Orgánica de la Universidad de Salamanca que terminó abriendo oficina de Farmacia en la calle Atocha de Madrid y era amigo personal de Azaña.

Cuando Giral acepta la jefatura del Gobierno, ese Gobierno ya había perdido el control de Marruecos, las islas Canarias, las islas de Mallorca e Ibiza, Castilla la Vieja, Navarra, buena parte de Aragón y de Andalucía. Casi Media España era afín en ese momento a los sublevados. Ante esta situación, Giral cedió a las reiteradas presiones para armar a los sindicatos —entregar armas al pueblo— lo que posibilitó que la rebelión no fuera a más ni en Madrid ni en otros puntos del país.

En la capital, el 20 de julio de 1936 las fuerzas leales a la República y las milicias populares asaltaron y tomaron finalmente el Cuartel de la Montaña[17], principal foco sublevado. Para el 21 de julio, la rebelión estaba totalmente acabada en la capital, pero hasta el 25 de julio no se puede decir que la rebelión militar hubiera sido derrotada en los principales centros urbanos —Madrid, Barcelona, Valencia, Málaga o Bilbao— y en varias regiones.

Entre el 19 y el 25 de julio nadie estaba seguro en la zona gubernamental de cómo amanecería a la mañana siguiente.

Lo que sí está muy claro es el fracaso de los golpistas por hacerse rápidamente con el poder y la absoluta incapacidad del gobierno en los primeros días por controlar la sublevación con lo que se transformaría la insurrección —el golpe militar del 17 de julio— en una guerra civil.

La decisión de Giral de aceptar la entrega de armas a los sindicatos se convirtió en un arma de doble filo: permitió parar el golpe, sí, pero dejó al gobierno sin el monopolio del orden público. Y el golpe de Estado provocó el colapso del Estado en muchos sitios, produciéndose una auténtica situación revolucionaria en la zona leal a la República. El gobierno Giral se mostró impotente para imponer su autoridad sobre las masas exaltadas, y las autoridades republicanas civiles y militares terminaron perdiendo el control del orden público frente a la preponderancia de las milicias[18].

Y el caos de la etapa Giral impidió organizar militarme la respuesta a los sublevados durante todo el mes de agosto en el que los sublevados tomaron Mérida y Badajoz, asegurando el flanco Oeste y unificando zona por esa banda[19]. Ya en septiembre se acercaban a Toledo y Madrid. La ‘batalla de Talavera’ (de la Reina) —donde el general Riquelme tuvo que compartir mando con el jefe de milicias comunistas Juan Modesto— fue un desastre para el Gobierno pues abría la puerta para la llegada a Madrid que tan sólo un segundo error de los sublevados —ir en socorro del Alcázar de Toledo— dilató en mucho la contienda.

Con una situación muy complicada, el 4 de septiembre, sin apoyos, Giral presentó su dimisión. Azaña ofreció su puesto al socialista Francisco Largo Caballero y este mantuvo a Giral, como ministro sin cartera, en el nuevo gobierno.

Largo, el líder de la Revolución de 1934, marxista de origen, se empeñó en reestablecer la autoridad gubernamental perdida: integró las milicias obreras socialistas, comunistas y anarquistas en las brigadas mixtas. Obedeció mucho a Moscú (a los asesores enviados) y nunca tuvo el control total de la situación. En sus memorias cuenta, por ejemplo, que se enteró del fusilamiento de Primo de Rivera una vez ejecutado, por lo que se negó a firmar el enterado para no legalizar la muerte del líder de Falange[20].

La caída de Málaga (febrero de 1937) y el avance en Vizcaya (abril de 1937) hizo que su rival, Indalecio Prieto, ganara el favor de la URSS. La puntilla le llegó con los sucesos de mayo en Barcelona —3 al 8 de mayo, asalto del POUM a Telefónica, bajo control de la CNT[21]— forzaron su dimisión. Le sustituyó el también socialista Juan Negrín… Y la historia de aquel golpe fallido que arrancó el 17 de julio, más o menos, la conocen ustedes.

 

V.- Y el golpe de 1939…

Y un último golpe de Estado de los años 30 llega en fase final de la Guerra Civil.

En marzo de 1939, la situación para el bando republicano era ya insostenible; la moral por los suelos, los suministros prácticamente inexistes y con las tropas carentes de pertrechos. La caída de Cataluña —el 26 de febrero el bando rebelde entró en Barcelona y el 10 de marzo se alcanzó la frontera francesa— había supuesto un golpe casi definitivo en todos los aspectos.

La población civil vivía meses de severas privaciones y a nivel político el Frente Popular estaba dividido; el ejército estaba cansado de luchar una guerra que ya les era imposible continuar.

Es más: tras la caída de Barcelona, los gobiernos europeos habían comenzado a reconocer diplomáticamente al bando rebelde. Así, el 27 de febrero, Manuel Azaña firmó su renuncia formal desde su exilio en la localidad francesa de Collonges-sous-Salève, una vez sabido que Gran Bretaña y Francia habían reconocido al Gobierno de Franco, enviando el documento de renuncia al presidente de las Cortes, Diego Martínez Barrio, que se encontraba ya en París. Madrid estaba situado.

A medios de febrero de 1939 los que aún continuaban en el país defendiendo la República barajaron entonces dos opciones de futuro: resistencia hasta el último momento o negociar una rendición lo más honrosa posible.

Los partidarios de la resistencia eran cargos del PSOE, algunos militares y unos pocos miembros del PCE. La idea final era aguantar porque el estallido de una nueva guerra en Europa se veía venir[22]. Y en la resistencia planteada se había diseñado un plan para ir evacuando semanalmente a miles de personas, por mar (creyendo con que aún podían hacerlo), hacia diversos puntos tanto de la costa norteafricana (controlada por Francia) como a la propia Francia. Este plan había sido comunicado a los altos mandos del Ejército Popular, entre los que se encontraba el coronel Casado, el día 16 de febrero en una reunión celebrada el aeródromo de Los Llanos, Albacete.

El coronel Segismundo Casado fue la cabeza visible; y también estaba en el punto de mira del Servicio de Información Militar. Era el Jefe del Ejército del Centro, aunque estaba a las órdenes del general Miaja, ya por entonces bastante tocado de salud y prestigio, que era el Jefe del Grupo de Ejércitos. Todos sabían que Casado ejercía un liderazgo superior en aquellos momentos. Hasta el propio Gobierno de la República sabía que, además, mantenía contactos con la Quinta Columna de Madrid, a través de José Centaño de la Paz, un teniente coronel retirado, profesor que había sido de la Escuela Superior de Guerra que, a pesar de su edad y situación, que por encontrase en Madrid el 17 de julio la República movilizó y le puso al mando del Parque de Artillería número 4 donde tuvo acceso a información privilegiada que, como integrante de la red “Lucero Verde”, transmitía a diario a Burgos sin llegar nunca a ser detectado e identificado como espía del bando rebelde.

No está claro si Centaño engañó deliberadamente a Casado o si él mismo fue engañado, porque todos dudan de que Franco pudiera aceptar la fórmula de la rendición honrosa de la República, pero el caso es que convenció a Casado de que, si se apartaba a Negrín y al PCE del mando, podría abrirse una negociación. Así, Casado, el 5 de marzo de 1939 desconoció la autoridad del Gobierno legítimo, creó el llamado Consejo Nacional de Defensa, asumió el control militar de Madrid y ordenó combatir a las unidades que permanecían leales al Gobierno. Un golpe de libro. De inmediato, el Consejo ordenó detener a mandos leales a Negrín, dirigió las operaciones contra las unidades comunistas y asumió el mando efectivo durante la mini guerra civil interna que vivió la República en marzo de 1939. El golpe de Casado causó unas 200 bajas en los combates internos y, se dice, que unas 2.000 posteriores en las ejecuciones ordenadas por el Consejo Nacional de Defensa tras la victoria casadista. La más conocida fue la del coronel Luis Barceló Jover, jefe de las fuerzas leales al Gobierno de Negrín en Madrid, fusilado junto con varios de sus colaboradores tras un consejo de guerra sumarísimo.

Los que siguieron a Casado confiaron en lograr una paz honrosa negociando entre militares; tenían como esperanza alcanzar “un Abrazo de Vergara[23]” como el acontecido hacía justamente un siglo.

Casado dirigió la conspiración, Miaja presidió el Consejo Nacional de Defensa, Besteiro aportó respaldo político y Mera ganó la batalla militar.

Cipriano Mera era jefe del IV Cuerpo de Ejército. No era militar; procedía del movimiento anarcosindicalista. Había sido albañil y dirigente de la CNT antes de convertirse en uno de los comandantes más capaces del Ejército Popular y al desatarse el golpe de Casado, con el que estaba comprometido, envió una potente columna militar desde Guadalajara, al mando de Liberino González, para combatir en la capital, uniéndose él posteriormente. Estaba cansado de los comunistas y de la pérdida en vidas que estaba costando una guerra ya perdida.

El Consejo Nacional de Defensa acordó la capitulación de la zona republicana tras pedir garantías para los militares republicanos, ausencia de represalias masivas, posibilidad de evacuaciones y una paz relativamente ordenada... obteniendo sólo por respuesta "rendición incondicional". Y cuando finalmente comprendió que no habría negociación posible, ordenó cesar prácticamente toda resistencia organizada, permitió la entrega progresiva de las plazas militares, facilitó la ocupación de Madrid, Valencia, Cartagena y Alicante, y organizó la salida de España de muchos de sus propios dirigentes entre el 26 y el 29 de marzo. Las tropas franquistas entraron en Madrid el 28 de marzo de 1939 prácticamente sin combatir.

Casado abandonó España el 29 de marzo por el puerto de Gandía, embarcando en el destructor británico HMS Galatea junto con otros dirigentes del Consejo. Vivió exiliado en Reino Unido, Venezuela y Colombia, regresando a España en 1961; en Barcelona se le sometió a un Consejo de Guerra y fue absuelto. Falleció en Madrid en diciembre de 1968.

Miaja pudo salir hacia la Argelia Francesa y se exilió en Méjico; no volvió. Besteiro permaneció en Madrid[24], fue detenido, juzgado e internado en la prisión de Carmona, donde murió en septiembre de 1940. Y Cipriano Mera salió por Alicante a Argelia y terminó en Francia, donde los colaboracionistas franceses lo detuvieron y entregaron en 1942. Fue juzgado en consejo de guerra, condenado a pena capital, conmutada por 30 años de prisión, pero fue puesto en libertad en 1946; y marchó a Francia, donde volvió al oficio de albañil. Murió en París en 1975.

 

Epílogo.

Después de recorrer aquella década terrible, una conclusión parece imponerse por sí sola: la historia no está para utilizarla como arma arrojadiza, sino para comprenderla. Los años treinta españoles —y europeos— fueron demasiado trágicos como para convertirlos en un catálogo de amenazas contemporáneas o en un simple almacén de analogías miopes sumamente fáciles.

Por eso resultan especialmente desafortunados los recordatorios a hechos de hace 87, 90, 92, 94, 95 y 96 años y las comparaciones desconceptualizadas y desnortadas como las recientes declaraciones de la ministra Diana Morant, recurriendo precisamente a ese tipo de paralelismos[25]. La discrepancia política es legítima; incluso el enfrentamiento dialéctico forma parte de la democracia. Pero convertir al adversario en un Hitler de ocasión supone cruzar una línea que empobrece el debate público y demuestra que, en demasiadas ocasiones, seguimos utilizando el pasado no para aprender de él, sino para estultamente golpear al contrario.

Quizá la principal enseñanza de aquellos años no sea decidir quién tenía razón hace tantos años, sino comprender adónde conduce una sociedad cuando deja de reconocer legitimidad al discrepante, cuando sustituye el argumento por el insulto y cuando convierte al adversario en un enemigo absoluto. España ya recorrió ese camino por una banda y por otra, aludiendo al símil futbolero que tranquilizó y euforizó la semana pasada. Y el precio, recuerden, fue demasiado alto como para frivolizar con él.

La historia merece más respeto. Y la democracia también.

 

 



[1] El 31 de diciembre de 1931, en Castilblanco, un pueblo de Badajoz, cuatro guardias civiles fueron linchados por jornaleros del sindicato socialista Federación Nacional de Trabajadores de la Tierra (FNTT). Los hechos causaron una conmoción nacional y Sanjurjo, como director de la Guardia Civil, protestó enérgicamente. Sin embargo, cinco días después, el 5 de enero de 1932, la Guardia Civil, seguramente asustada y en recuerdo de lo que había pasado en Badajoz, disparó a unos manifestantes en Arnedo, La Rioja, matando a once personas y dejando más de 30 heridos. El Gobierno reaccionó destituyendo a Sanjurjo el 3 de febrero de 1932

[2] Sanjurjo se sublevaría en Sevilla, apoyado por el general García de la Herrán. En Madrid los generales Cavalcanti y Goded serían los que encabezarían la sublevación cuyo objetivo fundamental sería ocupar el Palacio de Comunicaciones y el Ministerio de la Guerra, donde detendrían al presidente Azaña. Esas acciones serían apoyadas por el general González Carrasco en Granada; el general Miguel Ponte en Valladolid; el coronel Varela en Cádiz y el general Barrera en Pamplona, cuyas tropas confluirían sobre Madrid. Tuvo éxito en Sevilla y en la 2ª División Orgánica (Andalucía), pero fracasó en Madrid (liquidada la insurrección en 3 horas)

[3] Fue aprobada con carácter urgente una ley que autorizaba al Gobierno a expulsar a todos los funcionarios militares y civiles que «realicen o hayan realizado actos de hostilidad o menosprecio contra la República». Fueron separados del servicio 46 diplomáticos, entre ellos siete embajadores, y más de 100 magistrados, jueces y fiscales. 300 generales, jefes y oficiales fueron relevados de sus mandos. Fueron clausurados 109 periódicos y se detuvo en toda España a más de 5.000 personas. El 11 de septiembre 145 jefes, oficiales y paisanos fueron deportados a Villa Cisneros. El Gobierno decretó la expropiación de bienes rústicos de varios de los implicados en la intentona golpista: del líder carlista Fal Conde, de generales como González Carrasco o Cavalcanti, además de propiedades de personas de derechas.

[4] Confederación Española de Derechas Autónomas; coalición de partidos resultante de la fusión de varios grupos políticos, aunque destacaban dos: Acción Popular (antes Acción Nacional), de José María Gil Robles, y Derecha Regional Valenciana de Luis Lucía. También formaban parte de esta coalición otras formaciones regionales conservadoras de las Castillas, Andalucía y Galicia. El partido aglutinó a diversos sectores de la derecha: desde elementos de tendencia fascista, muy presentes en las Juventudes de Acción Popular (JAP), hasta democristianos, centralistas y autonomistas.

[5] El desencadenante directo de su caída fue la gestión del conflicto con la Generalitat de Cataluña por la Ley de Contratos de Cultivo que protegía a los campesinos arrendatarios frente a los grandes propietarios. El Gobierno de Samper recurrió la ley ante el Tribunal de Garantías Constitucionales, que la declaró inconstitucional. Pese a ello, el Parlamento catalán la volvió a aprobarla. Samper intentó buscar una vía de negociación pacífica y de consenso con el gobierno catalán de Lluís Companys en lugar de aplicar medidas de fuerza, pero no se movieron las partes.

[6] Francisco Largo Caballero; 23 de julio de 1933, discurso durante un mitin del PSOE en el cine Pardiñas de Madrid. Fuente: Nº 7.634 de 'El Socialista', 25 de julio de 1933

[7] Francisco Largo Caballero; septiembre de 1933, en unas declaraciones al semanario 'Renovación' de las Juventudes Socialistas. Fuente: Nº 7.687 de 'El Socialista', 24 de septiembre de 1933

[9] Los anarquistas cometieron una serie de atentados terroristas que incluyeron ataques contra tres trenes, que se saldaron con 23 personas asesinadas en La Coruña, La Rioja y Zaragoza.

[10] Los golpistas asesinaron a 33 sacerdotes y religiosos y a 300 militares y miembros de las fuerzas del orden, y además destruyeron 17 iglesias, 40 edificios religiosos y docenas de fábricas, puentes, casas y edificios públicos.

[11] Lluís Companys, presidente de la Generalitat, aprovechó el conflicto rabasaire -agricultores catalanes- para movilizar a la izquierda y al nacionalismo. Organizó una manifestación en Barcelona (29 de abril) cuyo éxito le animó a poner en marcha la maquinaria golpista en junio. Tras la entrada de la CEDA en el Gobierno, al día siguiente se ejecutó el plan. Los Escamots, una organización paramilitar catalana creada por Estat Català e integrada en ERC, tomaron a la fuerza algunos edificios oficiales, pero la movilización falló. No obstante, Companys siguió con su plan; la excusa fue una “razón de Estado”: la República se perdía porque habían accedido legalmente al poder las derechas, el Partido Radical de Lerroux con apoyo de la CEDA.

 

[12] Seis banderas de la Legión, diez tabores de Regulares, seis de la Mehala, siete batallones de infantería regular, diez escuadrones de caballería, seis baterías de artillería y diversas unidades de intendencia y servicios diversos: 18.000 hombres absolutamente operativos.

[13] Camaradas Arriba Falange Española

[14] El nombramiento del general Masquelet como ministro de la Guerra por el Frente Popular buscó reforzar el control de Gobierno sobre el Ejército, al tiempo que se retiraba de los puestos de mando más importantes a aquellos generales que se sabía eran menos afines al Frente Popular. Así, Franco había sido destinado el 22 de febrero a Canarias, Goded a Baleares, y Mola, el 1 de marzo, –gravísimo error– fue trasladado desde África a la jefatura de la 12ª Brigada de Infantería de Pamplona; Orgaz quedó disponible, siendo fijada su residencia en Canarias, al tiempo que Varela era enviado a Cádiz en febrero bajo vigilancia policial, para luego ser confinado en una prisión militar el mismísimo 17 de julio. A estos “destierros” se sumaron a lo largo de los meses de marzo y abril los de los generales Fanjul, Villegas, Rodríguez del Barrio, Saliquet y González Carrasco.

[17] La toma por parte de tropas republicanas y milicias resultó en una masacre, dejando entre 500 y 900 muertos (la mayoría, rebeldes), la detención y posterior fusilamiento del general Joaquín Fanjul (que se había hecho fuerte en la mañana del 18 de julio en el cuartel madrileño con cerca de 1.500 hombres entre militares, cadetes y falangistas), y la destrucción casi total del edificio 

[18] Por ejemplo, la noche del 22 al 23 de agosto se produjo una matanza en la cárcel Modelo de Madrid; Giral se afectó muchísimo

[19] Hoy, en estrategia militar, se considera que aquello fue un error de los sublevados porque Madrid tuvo tiempo de preparar mejor su defensa.

[20] Octavio Cabezas, 2005. Indalecio Prieto, socialista y Español.

[21] el 3 de mayo de 1937, fuerzas de orden público dirigidas por el comisario Eusebio Rodríguez Salas, por orden del consejero de Seguridad Artemi Aiguadé, y con la infiltración del POUM, intentaron recuperar el control del edificio de la Telefónica en la plaza de Cataluña, ocupado desde julio de 1936 por milicianos de la CNT. El escritor George Orwell, que combatía en una milicia del POUM, narró estos acontecimientos en su obra Homenaje a Cataluña, uno de los testimonios más conocidos sobre aquellos 7 días de auténtica guerra civil en medio de la Guerra Civil cuyo balance fue unos 500 muertos y más de un millar de heridos, según las estimaciones más aceptadas; la caída del gobierno de Largo Caballero, la formación del gobierno de Juan Negrín, con mayor influencia del PCE; la pérdida del poder político y militar de la CNT; la ilegalización del POUM (en junio de 1937); y la detención de sus dirigentes. Es el caso de Andreu Nin, detenido el 16 de junio de 1937 por agentes del NKVD soviético con colaboración de los servicios de seguridad republicanos. Trasladado a una prisión secreta, fue torturado y asesinado. Nunca apareció su cadáver. Durante décadas, este episodio simbolizó la represión estalinista dentro de la zona republicana.

[22] Hitler había incumplido sucesivamente los acuerdos internacionales (Renania, Austria, Sudetes, Checoslovaquia) y ya Gran Bretaña y Francia habían dejado de creer en un apaciguamiento del líder nazi y habían comenzado y planificar una estrategia bélica. Olvidados los Acuerdos de Múnich. Ambos países intensificaron sus programas y preparativos militares y el 31 de marzo de 1939, Chamberlain anunció en la Cámara de los Comunes que el Reino Unido garantizaría la independencia de Polonia. Francia, que ya tenía una alianza con Polonia, confirmó igualmente su compromiso. Ya era cuestión de meses.

[23] El abrazo, el 31 de agosto de 1839 en Vergara (Guipúzcoa), de los generales Espartero y Maroto que puso fin a la Primera Guerra Carlista

[24] Muy enfermo, Besteiro estaba en el sótano del Ministerio de Hacienda postrado en un camastro y demacrado cuando fue detenido. Se le envió a la cárcel de Porlier, y luego a la del Cisne, mientras se instruía contra él un proceso sumarísimo. El traslado fue concedido a petición de su abogado, ya que tenía mejores condiciones, dado su estado de salud. El 8 de julio del mismo año comenzó el Consejo de Guerra. Se le condenó a cadena perpetua, sustituida por treinta años de reclusión mayor. Besteiro fue llevado al Monasterio de Dueñas en Palencia, habilitado como prisión. El 27 de agosto fue trasladado a la cárcel de Carmona. Allí vivió sus últimos meses, hizo traducciones, y confraternizó con los otros presos políticos. En septiembre de 1940 se cortó accidentalmente la mano y se le infectó la herida. Esta infección se complicó, dado su delicado estado de salud, y derivó en septicemia. Murió el 27 de septiembre de 1940. Se le enterró en el cementerio de Carmona. En el año 1960 se le pudo trasladar al Cementerio civil de Madrid. Descansa muy cerca de Pablo Iglesias y de Francisco Giner de los Ríos. Besteiro habló en el juicio, agradeciendo que, tanto el fiscal como el abogado defensor, hubieran puesto de manifiesto su honradez privada, pero insistió que también había sido honrado en su vida pública, y explicó sus actuaciones y pareceres, especialmente su posición crítica dentro del PSOE, pero sin renegar de su militancia e ideas en ningún caso.


25 jul 2026

DE AQUELLOS TERRIBLES AÑOS TREINTA… UN GOLPE DE ESTADO TRAS OTRO… (I)

 

 

La semanita del 13 al 19 iba a estar muy cargadita de connotaciones políticas y menos mal que el fútbol que, según Passolini es “el último lenguaje sagrado de nuestro tiempo”, vino a reducir la carga ganándole a Francia el martes 14 y ganando la final a Argentina el domingo 19.

 Va a resultar que es necesario jugar y ganar la final de un Mundial del fútbol para que nos salga la vena y el fervor patriótico luciendo y enarbolando banderas rojigualdas por doquier y todos coreando el “¡Yo soy español, español, español!”. Y, además, nos una como país y cosa y recosa las costuras de un Estado que poco más de cien minutos antes las tenía abiertas. ¡Menuda explosión de españolidad y de orgullo patrio! Pero en cuanto te paras para tomar aire surge un mediocre de medio pelo, con ínfulas de político, y te empieza a cruzar reproches sobre la apropiación simbólica del triunfo y hasta llegar a airear asuntos ajenos al deporte: la gorra de Ferrán Torres y su Make Spain Great Again —que acabábamos de ganar la segunda estrella— y su actividad empresarial (de alquiler de oficinas).

 Va ser cierta la adaptación futbolera sui generis sobre la frase de Karl Marx en torno a la religión: “el fútbol es el opio del pueblo”. Y algunos van muy pasados.

 Bueno, a lo que iba y a sus connotaciones

Lo vivido en la noche 19 de julio y a lo largo y ancho del día 20 —y lo que coleará con homenajes y salida de tono de políticos pusilánimes— no tiene ni punto de comparación con lo sucedido hace 16 años… (que yo recuerde; que también lo viví).

¡Qué julio este de 2026! Desde el mismo lunes 13, como mínimo, que estábamos dando la matraca con lo sucedido hace 90 años; mientras que ahora mismo sólo hay momento y ocasión para revivir “la rúa” que se desarrolló por Madrid; dicen que hasta 2 millones de personas celebrándolo[1]

Lo que pasa en el fútbol, le voy a copiar la idea a Manuel Vilas, “no pasa en la política por una razón elemental: en el futbol juegan los mejores y en la política los mediocres”. El espectáculo más triste del mundo es la mediocridad… aunque Vilas solo escribía de fútbol en su columna, y de las celebraciones de “la Roja[2], yo lo aplico urbi el orbi.

Este post surge tras todas las chorradas preventivas leídas desde ese lunes 13 de julio en RRSS —y algún suelto de prensa— que la victoria ante Francia aletargó y se fue diluyendo ante la gran noche dominical contra la selección argentina y el posterior resultado obtenido[3]; y versa sobre aquella España de los años treinta… Pero comienza, permítanme, antes…

 

Todo comenzó en los años 20… y se manifestó en los años 30…

Los años 30 fueron, emulando a Pero Grullo[4], una consecuencia de los años 20. Pero en la vieja piel de toro —islas adyacentes y territorios y plazas de soberanía— la década de los años 30 nos deparó una concatenación de golpes de Estado, uno tras otro, fracasados en los años pares —1930, 1932, 1934, 1936…— y terminó tenido éxito el de 1939, impar, aunque sirvió de poco, muy poco, porque los rebeldes exigieron la rendición incondicional y ahí, ya, Casado[5] poco podía hacer. Vamos, que la de los treinta fue una década movidita en cuanto a golpes de Estado.

Incluso hay quienes aprecian uno más en 1931; ¡mira!, también impar… como el del 39.

Total, que todos los años tuvimos el golpe de Estado de turno menos en1933, 1935, 1937 y 1938. En todos los demás, ¡cataclá!: golpe de Estado. Y ahora sólo nos acordamos de uno.

Sí, cuatro sonados y uno con toda la intensidad; y orquestados bajo la misma premisa que ya pontificó Gabriel Naudé[6] en el siglo XVII: la razón de Estado, entendida como la necesidad de reconducir la situación por estar en peligro un proyecto político que se considera un bien superior… pudiendo tener razón, o no; incluso espuria[7]

Recordemos; que si no recordamos estamos predispuestos a repetir historias.

Y esta es una historia de conflictos a fin de cuentas… y de pueblo llano: de enfrentamientos a evitar.

No sé si es que nos gusta deliberadamente olvidar que desde el triunfo de la Revolución Soviética de 1917 la mayor parte de Europa —y de los ejércitos de Europa— miraba con temor y absoluta antipatía a los revolucionarios —bien fueran comunistas, socialistas o anarquistas— de sus respectivos países, por la inspiración soviética de la aventura. Aunque, todo hay que destacarlo, en muchos casos representaran la esperanza de las vapuleadas clases obreras y campesinas menesterosas.

Y cito a los militares en esta historia porque de siempre han estado al quite en estos casos como instrumento del poder, para un lado y para el otro, pues tienen la fuerza y las armas.

Así, en Francia, con Pétain a la cabeza, se vincularon masivamente a los grupos de extrema derecha para impedir la revolución y la llegada de gobiernos de izquierdas, como más adelante detallaremos; en Alemania, fueron los encargados de reprimir con dureza la revuelta espartaquista[8]; en Finlandia, bajo el mariscal Mannerheim, se batieron para vencer a las fuerzas rojas del Consejo Popular, apoyadas por la URSS; en las jóvenes repúblicas bálticas de Estonia, Letonia y Lituania lucharon contra las provocaciones de la URSS y el apoyo de los sindicatos de clase para conservar su entonces recién ganada independencia; en Austria, fueron quienes apoyaron a los partidos de derechas y nacionalistas en sus enfrentamientos armados con los socialistas (especialmente en el verano de 1927); en Italia, abrazaron la llegada de Mussolini al poder como freno del internacionalismo revolucionario de los socialistas italianos. Esta oposición frontal era una práctica común en Europa. Y puedo seguir con más ejemplos…

Y en esas que, tras finalizar la Gran Guerra (IGM) —que llamaron así porque no querían imaginar que hubiera otras después tras la hecatombe sufrida[9]—, entramos en un tiempo que se ha llamado “the roaring twenties”… “los felices años 20”, “los años locos”… Y ese tiempo, hay que recordar con intensidad, sólo se llegó a vivir así en los Estados Unidos, porque Europa —salvo algún caso corto y excepcional— aún se estaba recomponiendo de los desastres de aquella IGM.

Y apunto un matiz, a este respecto. En realidad, “los felices 20” es la referencia a una etapa que solo se circunscribe al periodo 1922-1929, porque el bienio 19-21 fue malo de solemnidad y, por en medio, los años 1924 y 1927 resultaron desastrosos. Total: que “los felices 20” se nos quedan en poquito más de un lustro.

Por eso, insisto, que felices, lo que se dice felices, puede ser que fueran en los EEUU; y sólo algunos años. Eso sí, a la Europa renqueante de la IGM le llegó desde allí el Jazz, el Charleston y el Shimmy como ritmos para bailarlos en algún sarao; también le llegó el cine de Charles Chaplin, Buster Keaton o Mary Pickford, que entre risas y admiración aplacó un poco la suma de penurias. Y también llegó la explosión de la radio comercial e incluso los primeros atisbos de un consumismo individual sostenido por un crédito fácil y las ventas a plazos.

Pero esos destellos de realidad no llegaron a la totalidad de la maltrecha Europa de postguerra (IGM); no alcanzaron los extremos: ni a la URSS, ni a la península Ibérica. Portugal, desde 1910 vivía su Primera República (1910-1926) en medio de una profunda crisis, por estancamiento económico, combinada con una altísima conflictividad social, que terminó desembocando en el golpe de Estado de mayo de 1926 y el inicio de la dictadura bajo el sonoro y fallido nombre de Estado Novo; que era el mismo, pero con otros dirigentes. Y el otro Estado peninsular, España, se encontraba envuelta en una severa crisis social y económica que se enfatizó al finalizar el conflicto bélico.

Sí, en España, los primeros años de “los felices 20” estuvieron marcados por huelgas masivas, pistolerismo[10] y enfrentamientos entre sindicatos y patronal, especialmente en Cataluña. La incapacidad del sistema parlamentario para solucionar esta crisis condujo en 1923 al golpe de Estado del general Miguel Primo de Rivera[11].

Además, como una de las causas principales, estaba la Guerra de África. A los españoles en África no se nos había perdido históricamente nada. Melilla es cosa de 1497 y Ceuta (conquistada por Portugal en 1415) nos llegó porque en 1640 los ceutíes decidieron que preferían estar bajo el dominio de España; lo que se formalizó en 1668. Pero en 1884, reducido el imperio de ultramar a Cuba (con José Martí comenzando a negociar con los EEUU la Guerra Necesaria, 1895-1898)[12] y Filipinas (que sumaba rebeliones y tenía ya a Emilio Aguinaldo preparando la definitiva), se nos invitó a la Conferencia de Berlín donde Europa se repartió (el control de) África, España, ante la rápida expansión gala en el norte y oeste del continente, se vio empujada —cuentan los historiadores— a ocupar el Sáhara Occidental (1884) para proteger las Islas Canarias y asegurar posiciones frente al vecino de los Pirineos que se estaba quedando con toda la fachada atlántica. Luego, en 1904, Francia y España se repartieron lo que hoy es Marruecos. España se quedó con la zona norte (el Rif) y el enclave de Ifni, en gran parte, como concesión para evitar el control total francés del territorio magrebí.

Y allí en el Rif, desde 1909 estábamos en guerra contra las cabilas rifeñas y el liderazgo de Abd el-Krim[13] quien en la batalla de Annual (21.07.1921) nos infringió una tremenda derrota por la mala planificación del general Manuel Fernández Silvestre y una caótica retirada que aún recordamos como “el desastre de Annual”. Aquello fue un punto de inflexión para la España de los años 20 por el coste en vidas de soldados de reemplazo, lo que profundizó el malestar social y la desconfianza hacia el gobierno, lo que nos llevó, como un argumento más, al golpe de Estado de Primo de Rivera (13.09.1923) al poco de conocerse el Expediente Picasso (la investigación sobre las responsabilidades del Desastre de Annual).

Primo de Rivera, necesitado de rebajar la tensión social y procurar empleo, puso en marcha planes de inversión en obra pública para crear trabajo: a partir de 1925 se invirtió en carretas y ferrocarriles, se expandió la red telefónica y hasta se inauguró el primer tramo del Metro de Madrid.

En aquella triste España hubo un hálito de luz en el ámbito intelectual y literario cuando apareció la Generación del 27; España vivió una auténtica “Edad de Plata” con figuras en las Artes como Federico García Lorca, Salvador Dalí o Luis Buñuel.

Y en lo único en que nos parecimos un poco a Europa en aquellos años 20 fue en el papel de la mujer: las más jóvenes empezaron a incorporarse al mundo laboral (en precario) en talleres, comercios e incluso oficinas; y adoptaron nuevas modas en el vestir, alejándose de los corsés victorianos. No tanto como en Europa, pero a las grandes ciudades llegó algo de lo que se llamó moda flapper[14].

Aquella moda venía de los Estados Unidos y, recordemos, en los años 20 la América opulenta se reveló a los ojos de todo el mundo como el paradigma de las libertades y de las posibilidades de enriquecimiento y el bienestar como contrapunto al comunismo, que ya estaba dando mucho que hablar.

 

El Crack del 29 y la Gran Depresión…

Y en esas que llegó el crack del 29 y como consecuencia, la Gran Depresión… y dejaron de llegar a Europa los dólares. Aquello paralizó la economía mundial, provocando el colapso financiero. Al hundirse el comercio y retirarse los créditos estadounidenses, el desempleo masivo y la miseria generalizada destruyeron la confianza en el sistema liberal y democrático en toda Europa.

La URSS, con su revolución soviética, que no participaba del sistema financiero y bancario internacional, no se vio afectada y desarrolló con prontitud su Primer Plan Quinquenal (1928-1932) aprovechando la situación que (mal) vivía el resto del mundo: ¡compró fábricas enteras, maquinaria pesada y patentes a gigantes estadounidenses en apuros[15] como Ford y General Electric!, y se convirtió en ejemplo floreciente de actividad y empleo, lo que el régimen comunista utilizó, frente a la crisis occidental, como la prueba definitiva de que el capitalismo estaba condenado a la autodestrucción y el comunismo y el socialismo eran los únicos sistemas infalibles.

Las clases obreras, el campesinado y buena parte de las clases medias y profesionales[16] vieron en aquellos difíciles días una solución en el comunismo, obviando que para lograr aquella “bonanza” social-comunista era artificiosa y letal. Ante la drástica caída internacional de los precios de las materias primas —que eran la única fuente de divisas (exportaciones de grano, petróleo y madera)— la URSS tuvo que multiplicar el volumen de sus producciones. Y como el petróleo lo necesitaba para su consumo interno, se volvó en el grano y la madera. Todo se centró principalmente en el campo, donde llevaron a cabo una violenta colectivización forzosa de la tierra y la persecución de los kulaks[17], que terminaron en el Gulag[18]. El desvío masivo de grano hacia el mercado exterior, sumado a la mala gestión estatal, provocó una devastadora hambruna interna los años 1932 y 1933 (conocida como el Holodomor[19] en Ucrania) que costó millones de vidas. Pero, es más: las noticias de la durísima y catastrófica persecución de los kulaks llegaron a todo el mundo[20] y se supo que como respuesta a la confiscación de sus bienes, muchos kulaks optaron por sacrificar su propio ganado, quemar sus cosechas y destruir sus herramientas antes de entregárselas al Estado que los perseguía y exterminaba. Esta destrucción masiva de cosechas y recursos, sumada —insisto— a la mala gestión de las nuevas granjas colectivas (koljós), hizo temer a muchos la llegada de aquel mundo socialista ruso a toda Europa.

La ciudadanía europea, en general, empobrecida y temerosa de una revolución comunista, abrazó el auge de los totalitarismos de derechas: cualquier cosa menos el comunismo de la URSS.

En este clima de desesperación, las democracias parlamentarias europeas se manifestaron débiles e ineficaces. Así llegarían, por ejemplo, el fascismo en Italia y el nacionalsocialismo en Alemania (nazismo), dos propuestas que supieron capitalizar el descontento ofreciendo una alternativa atractiva, frente al comunismo. Pero hubo más.

La miseria a la que nos abocó la Gran Depresión al comienzo de los años 30 hizo que los discursos que prometían orden, patria y pan al margen de la órbita socialista estuvieran a la orden del día. En Portugal, ya lo dijimos, António de Oliveira Salazar consolidó el Estado Novo en 1933, una dictadura corporativista, católica y autoritaria. En Austria, por su parte, se instauró un régimen de corte fascistoide y Engelbert Dollfuss lideró la suspensión del parlamento antes de ser anexionado por la Alemania nazi en 1938. En Europa Oriental, países como Hungría (bajo el almirante Horthy[21]), Rumanía (con la Guardia de Hierro[22]) y Polonia (con Sanacja[23]) adoptaron regímenes autoritarios de corte militar o nacionalista de derechas para frenar la influencia comunista soviética.

En Francia la cosa se agrió; se vivieron momentos de máxima polarización y el país estuvo varias veces al borde de la guerra civil en los años 30 debido a una profunda inestabilidad política y al auge de ligas de extrema derecha —Croix-de-Feu (Cruces de Fuego) y Action Française[24]— frente a la consolidación de un Frente Popular de izquierdas que agrupó a socialistas, comunistas y radicales, quienes ganaron las elecciones de 1936 bajo el liderazgo de Léon Blum. Aquella victoria desató una oleada de huelgas y disturbios que pudieron ser frenados gracias a los Acuerdos de Matignon[25] —los franceses siempre han sido pragmáticos y en la residencia del primer ministro, el Hôtel de Matignon, se han firmado muchos acuerdan trascendentales— tras lo que se produjo una reacción de tranquilidad que les llevó a una introspección territorial y a restringir, por ejemplo, su apoyo a la II República española inmersa ya en la Guerra Civil. Por cierto: en 1938 el radical Édouard Daladier tomó las riendas de Francia y se centró en evitar la confrontación con la Alemania nazi (Acuerdo de Munich; 1938)[26] pero tras la invasión de Polonia, el 3 de septiembre de 1939 Francia declaraba la guerra a Alemania; aquello, al principio, se llamó “Drôle de guerre” (“guerra de broma”) porque hasta el 10 de mayo de 1940 —más de ocho meses después— los alemanes no decidieron pasar a la acción; y Francia firmó la rendición el 22 de junio de 1940.

También tuvo sus problemas en los años treinta el Reino Unido de la Gran Bretaña. La crisis golpeó duramente a las zonas industriales, lo que facilitó la aparición de movimientos extremistas comunistas y anticomunistas; entre estos últimos la BUF, la Unión Británica de Fascistas —sin tapujos—, fundada por Oswald Mosley en 1932, que imitaba la estética y los métodos de Mussolini; hasta con sus paramilitares armados, los Blackshirts (Camisas Negras). Era tal la identidad pretendida de Mosley con Mussolini que el británico intentó imitarle hasta “la marcha sobre Roma” organizando la suya en el East End[27] londinense. Tras los sucesos de Cable Sreet, el Parlamento británico prohibió los uniformes políticos en todo el país, lo que ya de por sí debilitó al movimiento. En el Reino Unido, el arraigo de la monarquía y el sistema parlamentario bipartidista mantuvieron a duras penas la estabilidad… hasta que estalló la IIGM.

En Bélgica el impacto económico de la crisis avivó las tensiones entre los ciudadanos de habla francesa (valones) y los de habla neerlandesa (flamencos). Para complicarlo, apareció León Degrelle y su movimiento Rex (Christus Rex), populista, anticomunista, corporativista y exacerbadamente católica. El rexismo triunfó en la zona valona[28]. En Flandes, por su parte, surgió el nacionalismo flamenco del VNV, la Vlaams Nationaal Verbond, un grupo autoritario que buscaba la independencia de su región a base de acciones de fuerza muy localizadas. Pero en Bélgica el bálsamo que calmó la situación fue una conjunción de intereses entre la iglesia católica, de gran influencia entonces, que se fue apartando progresivamente del rexismo, y el auge los partidos tradicionales. Algo parecido sucedió en la vecina Holanda. En los Países Bajos irrumpió el NSB, Movimiento Nacionalsocialista, que Anton Mussert fundó en 1931, copiando directamente el modelo y la ideología del partido nazi de Hitler. Aquí también el rechazo social se materializó bien pronto a partir de las iglesias protestante y católica que prohibieron a sus fieles afiliarse al partido; y la propia sociedad civil lo aisló por completo.

 Y ¿qué pasó en nuestra (querida) España?

Pues que España no quedó inmune a todo esto. Aquí, aunque los efectos del Crack del 29 y la Gran Depresión no fueron tan catastróficos —yo me atrevería a calificarlos de moderados, en comparación con las grandes potencias industriales europeas— sí que golpearon duramente sectores clave e incrementaron la inestabilidad social en un momento político crítico: la transición de la dictadura de Primo de Rivera a una nueva fase política que llegaría con la instauración de la República.

Recordemos que la economía española de entonces era eminentemente agraria, estaba muy protegida por aranceles y se encontraba relativamente aislada de los mercados financieros internacionales, lo que actuó como un “colchón” frente al colapso global.

Sin embargo, la crisis sí se transmitió a través de tres frentes: el comercio exterior, la moneda y los flujos migratorios. La peseta se depreció y se encareció todo; se hundieron las exportaciones (cítricos, aceite de oliva, vino, hierro y cobre) porque no había quien comprara; hubo fuga de capitales y merma de las remesas que enviaban los emigrantes. Y el principal problema fue la vuelta de los emigrantes desde Cuba, Argentina y Francia donde el desempleo multiplicaba por tres la tasa española, que rondaba en aquellos años el 13%.

Aquí se vieron afectadas las obras públicas y se produjo una importante radicalización social; el impacto de la crisis internacional empeoró las condiciones de vida de los jornaleros del campo —terrible, en los campos de Andalucía y Extremadura— al caer los precios de las cosechas. Además, la falta de una cobertura social sólida para los desempleados alimentó las huelgas continuadas y el descontento en todo el país, especialmente en las ciudades, sirviendo de caldo de cultivo para la polarización política.

 

I.- El golpe de Estado de 1930 y el golpe de fuerza de 1931…

Centrando la situación,1930 ya comenzó intenso por estos pagos. El 27 de enero Primo de Rivera —dictador tras su golpe de Estado de 1923 y sobreviviente a la Sanjuanada[29] de 1926— presentó su dimisión y Alfonso XIII mandó crear un nuevo Gobierno a otro militar, Dámaso Berenguer, curtido en África, donde fue el creador de las Fuerzas Regulares Indígenas, los “Regulares”. Su etapa política es conocida como la “Dictablanda”. No funcionó. 

Y así ya nos metemos en el verano de 1930. En San Sebastián, un 17 de agosto, se reunieron algunos políticos de la oposición republicana y de partidos catalanistas[30] y firmaron un Pacto por la República, creando su consecuente comité revolucionario. Posteriormente, en octubre y ya en Madrid todos —tras el veraneo—, se unirían al Pacto de San Sebastián el PSOE y la UGT[31].

Y como esto de proclamar la República, tal como se había acordado en San Sebastián, iba como que muy lento[32], en diciembre  —y adelantándose a la fecha prevista del lunes 15 para un alzamiento republicano de alcance nacional— en la madrugada del viernes 12 los capitanes Fermín Galán y Ángel García Hernández se adelantaron y sublevaron la guarnición y la ciudad de Jaca, proclamando la República. El Gobierno reaccionó[33] y se acabó en horas la intentona[34]. Capturados los líderes, los demás conjurados ni lo intentaron. Galán y García Hernández fueron juzgados de inmediato y condenados a muerte por cometer un “delito consumado de rebelión militar”[35]. Y hubo muchas más detenciones por toda España; tantas, que el PSOE y la UGT, promotores de la huelga general prevista, ya no se atrevieron a confirmarla. Recuerdo: estaba prevista para el lunes día 15 y hubiera sido el detonante del alzamiento.

Ese lunes 15, comandantes como Ramón Franco[36] e Ignacio Hidalgo de Cisneros, en Madrid, decidieron provocar el levantamiento. Se presentaron en al aeródromo de Cuatro Vientos, que mandaba el general Alfredo Kindelan, para sublevarlo, tirando de prestigio personal. Ramón Franco y Alfredo Kindelán nos volverán a salir, aviso, en este Post. Allí, en Cuatro Vientos, se encontraron con el general Queipo de Llano que había ido a lo mismo y que tomó la emisora del aeródromo y empezó a lanzar llamamientos y proclamas a la República.

Se ha contado que Ramón Franco llegó a despegar para bombardear el Palacio Real, pero al ver civiles en los patios y explanadas del palacio, se cuenta, decidió no hacerlo y en su lugar lanzar octavillas animando a hacer realidad la República. El motivo real para no bombardear el palacio no fue otro que la improvisación del teniente Joaquín Collar[37] que apresuradamente se trajo las bombas del polvorín de Retamares sin las pertinentes espoletas[38].

La sublevación de Cuatro Vientos no encontró los apoyos necesarios y ante la reacción de Gobierno —dispuesto a bombardear el aeródromo— los militares sublevados, aviadores en su inmensa mayoría, despegaron hacia Portugal[39] permaneciendo en el país o exiliándose a París y Londres. De este de golpe de Estado, fracasado, lo más llamativo es la participación del general Queipo de Llano que en 1936 apoyaría otro golpe siendo la mano derecha de Franco en aquellos primeros compases desde Sevilla; Queipo pasó de apoyar a la República a implicarse en derribarla, y lo explicó en sus memorias[40].

A resultas de esto, diciembre de 1930 fue un mes muy, pero que muy, duro. El general Berenguer terminó por ceder el poder al almirante Juan Bautista Aznar que no pudo soportar más la presión social y convocó unas elecciones ¡municipales! para primavera de 1931. A pesar de tener ámbito municipal algunos historiadores modernos han planteado que “desde dentro” se programaron como un plebiscito sobre la continuidad de Alfonso XIII en el trono.

Las elecciones del domingo 12 de abril de 1931, recalco, fueron unas elecciones municipales. Así pues, de ellas no cabría esperar ni un cambio de gobierno ni un cambio de régimen. Por eso hay quien sostiene que en el mismo momento —y más al anunciar los resultados preliminares como se hizo— fue en sí un golpe de Estado, pero desde dentro.

Si atendemos a los resultados, lo que no cabe duda es que en la mayoría de las capitales de provincia ganaron los candidatos de la Conjunción Republicano-Socialista (salvo en ocho)[41]. Los datos electorales parciales del lunes 13 de abril, trasladados por el ministro de la Gobernación, mostraron una abrumadora mayoría de los monárquicos en las localidades medianas y pequeñas. Y eso se hizo con premeditación, pues en aquella España de 1931 sólo la quinta parte de la población vivía en las capitales de provincia.

Todas estas cuestiones internas nos han llevado siempre a confusión. Luego está el problema de los resultados: muchas de las actas electorales no se han conservado y bastantes de las que sí están llenas de inexactitudes y de errores sobre la adscripción política de los concejales. Aun así, los historiadores Martínez Cuadrado y Javier Tusell concluyen en cifras muy similares de concejales monárquicos y de concejales republicanos y socialistas (unos 40 000 por cada bloque). Se trata de aproximaciones; nunca de cifras reales. Carmelo Romero concluía en su estudio de 2023 que era muy probable que obtuvieran más concejales, incluso bastantes más, los monárquicos, pero en número de votos —sin distinciones cualitativas de lo rural y lo urbano, sino cuantitativas—, el triunfo de la conjunción republicano-socialista resultó para todos, ya en aquel momento, incontestable. Y ahí aparece entonces la figura del almirante Aznar que pronuncia la célebre frase del país “que se acuesta monárquico y se levanta republicano”.

En fin, que considerar esto un golpe de Estado en sentido estricto, no; pero un golpe de fuerza, sí. Y es lo que sostienen Pio Moa o César Vidal. Por su parte, Stanley Payne señala para ese lunes 13 de abril una “quiebra de la legalidad”. Luis Suárez Fernández pone énfasis en que aquella mañana de lunes se vulneró la Constitución de 1876 y que el Comité Revolucionario tomó el poder por la fuerza de los hechos (vía de hecho) antes de cualquier recuento oficial completo. Javier Tusell, en sus investigaciones y libros, defiende que la monarquía cayó por su propia consunción y el suicidio dialéctico de aquellos políticos que la apoyaban pero que reconocieron su “derrota moral” en las ciudades. Paul Preston sostiene que los resultados de las capitales de provincia demostraron un rechazo absoluto al régimen monárquico y que el exilio del rey fue la única vía para evitar una guerra civil... que iba a llegar sí o sí; porque nadie estaba dispuesto a evitarla. Santos Juliá argumenta que las elecciones municipales del 12 de abril de 1931 funcionaron de facto como un plebiscito constituyente porque el propio Gobierno Aznar las planteó así, perdiendo toda autoridad moral tras el escrutinio urbano. Ángel Viñas insiste en que la legitimidad monárquica estaba rota desde el golpe de Estado de 1923 (el de Primo de Rivera, apoyado por el propio rey), por lo que el golpe de fuerza de abril de 1931 fue una recuperación de la soberanía popular.

Así, el 14 de abril de 1931, se proclamó la República, la muy requeteidealizada II República Española.

 

 



[2] Luís Aragonés: “Me gustaría que la selección tuviera un nombre, una identidad. Igual que Brasil es ‘la canarinha’ o Argentina ‘la albiceleste’, me gustaría que España fuera ‘La Roja’” dijo el técnico nada más aterrizar en el banquillo (2004). Cuando debutó la Selección Española en los Juegos Olímpicos de Amberes (1920), vistió de rojo. Blanco y el azul se alternaron hasta 1922 en que volvió al rojo... tras la GC vistió de blanco hasta que definitivamente, en 1947, volvió al rojo... y hasta hoy... teniendo segundas equipaciones en blanco y azul.

[4] Pero Grullo (o Perogrullo) es un personaje legendario de la literatura tradicional al que se le atribuye decir verdades obvias: "verdades de Perogrullo" o perogrulladas. Se trata de afirmaciones tan evidentes que resulta absurdo decirlas (por ejemplo, que el sol alumbra de día o que la mano cerrada es un puño). Aunque se discute si existió como persona real, el personaje cobró vida en la literatura satírica española del siglo XV con el nombre original de Pero Grillo. Fue popularizado en los siglos posteriores por escritores clásicos como Miguel de Cervantes y Francisco de Quevedo, quien terminó acuñando el término "perogrullada". Estas profecías o coplas cómicas han trascendido hasta nuestros días, pasando a formar parte de la cultura popular y de los modismos registrados por la Real Academia Española.

[5] Segismundo Casado, coronel del Ejército Popular de la República que lideró un golpe de Estado contra el gobierno de Juan Negrín el 5 de marzo de 1939, durante la recta final de la Guerra Civil. Casado justificó su rebelión asegurando falsamente que Negrín preparaba una toma de poder comunista. Buscaba derrocar al gobierno para negociar una paz honorable y un acuerdo de rendición directamente con el bando franquista. Para ello, formó el Consejo Nacional de Defensa con el apoyo de anarquistas (como Cipriano Mera) y facciones socialistas lideradas por Julián Besteiro.

[6] Médico de Luis XIII de Francia, padre de la Bibliotecomía, gestor de las colecciones privadas del cardenal Richelieu; fue el primer pensador político en teorizar, definir y dotar de significado moderno a este término -Golpe de Estado (Coup d'État)- en su obra Considérations politiques sur les coups d'État (Consideraciones políticas sobre los golpes de Estado), publicada secretamente en 1639 y en la que teorizó formalmente sobre este concepto desde una óptica pragmática y maquiavélica, justificando las acciones drásticas por el bien de la razón de Estado

[7] Argumentos, documentos o noticias que no son verdaderos o legítimos

[8] La revuelta espartaquista fue una huelga general, con su correspondiente rebelión armada, de la izquierda radical en Berlín, entre l 5 y el 12 de enero de 1919. Organizada por la Liga Espartaquista (liderada por Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht), la insurrección buscaba derrocar al gobierno provisional e instaurar una república soviética en Alemania. El levantamiento surgió en el contexto de la Revolución Alemana de 1918, que derrocó al Káiser tras la derrota en la Primera Guerra Mundial. Los espartaquistas, que habían fundado el Partido Comunista de Alemania (KPD), se enfrentaron al gobierno liderado por el Partido Socialdemócrata (SPD), que se decantaba por una transición hacia una democracia parlamentaria. El Ejército gubernamental y los paramilitares de derechas (Freikorps) aplastaron la rebelión de forma sangrienta. Los líderes de la insurrección, Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, fueron detenidos y resultaron asesinados el 15 de enero, marcando el fracaso del intento revolucionario y consolidando los cimientos de la incipiente República de Weimar.

[9] Entre 15 y 22 millones de muertes y unos 20 millones de heridos tullidos. La cifra incluye de 9 a 11 millones de bajas militares y entre 6 y 13 millones de víctimas civiles, además de otras decenas de millones afectadas por hambrunas y pandemias.

[10] Los años del pistolerismo en España se desarrollaron entre 1917 y 1923. El término de refiere a un periodo de extrema violencia social y laboral. Se caracterizó por el asesinato selectivo de líderes sindicales por parte de bandas de pistoleros de la patronal, y la respuesta armada de grupos anarquistas. Este violento conflicto tuvo su epicentro en Barcelona, durante el reinado de Alfonso XIII, y se desencadenó por una serie de factores socioeconómicos y políticos muy concretos. Tras la IGM, Barcelona se enriqueció enormemente; sin embargo, la mayor parte de la clase trabajadora vivía en condiciones precarias con jornadas interminables, lo que fortaleció a sindicatos como la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), que lideró huelgas masivas, como la célebre huelga de La Canadiense en 1919, que logró la jornada de ocho horas. Para frenar las reivindicaciones obreras, los empresarios recurrieron a la contratación de matones a sueldo (pistoleros). Crearon además el Sindicato Libre, un sindicato amarillo (afín a la patronal) para debilitar a la CNT. La respuesta anarquista llegó ante los asesinatos de obreros, respondiendo con la formación de grupos de acción propios (como el grupo Los Solidarios, integrado por figuras como Buenaventura Durruti o Juan García Oliver). El Gobierno respondió con la Ley de Fugas que blanqueaba el terrorismo de Estado. Con ella, la policía podía disparar a los sindicalistas detenidos bajo el pretexto de que intentaban escapar. En total, se calcula que este conflicto causó la muerte de unos 200 obreros y decenas de patronos y miembros de las fuerzas del orden. Esta espiral de violencia llevó al colapso del sistema liberal de la Restauración y propició que el general Miguel Primo de Rivera diera un golpe de Estado en septiembre de 1923 para imponer una dictadura y “restaurar el orden”.

[11] Septiembre de 1923, instaurando una dictadura que duraría hasta 1930

[12] Allí venían de la Guerra de los Diez años (1868-1878) que finalizó con la Paz de Zanjón, y la Guerra Chiquita (1879-1880) que no sirvió para nada.

[13] Abdelkrim El Khattabi (1882-1963). Nació en Axdir en una familia bereber influyente. Su linaje familiar era puramente bereber y rifeño. Su familia, el clan de los Aït Khattab, pertenecía a la belicosa tribu de los Beni Urriaguel (o Aït Waryaghal). Estudió tanto en instituciones islámicas tradicionales como en escuelas españolas (bachillerato en Tetuán y Melilla), llegando a cursar estudios de Derecho y Letras en la Universidad de Qarawiyyin (Fez). Trabajó en Melilla como maestro, traductor y periodista para el diario El Telegrama del Rif; llegó a ser nombrado Juez de Paz (Cadí) de Melilla en 1914. Trabajó en el corazón de la administración militar colonial, dentro de la Oficina de Asuntos Indígenas, por lo que conocía perfectamente la cultura y el ejército español. Tras el Desembarco de Alhucemas (1925) y el uso masivo de armas químicas por parte de las fuerzas coloniales hispano francesas, Abd el-Krim se rindió ante las tropas francesas en mayo de 1926 terminando confinado en la isla de Reunión, escapando en 1947, durante un traslado marítimo, obteniendo asilo político en Egipto. Desde El Cairo lideró el Comité de Liberación del Magreb Árabe hasta su fallecimiento en 1963.

[14] Vestidos sueltos, faldas más cortas, el cabello a lo garçonne, maquillaje marcado y el fumar y el uso de accesorios como largas boquillas

[15] El estado soviético absorbió cerca del 40% de todas las exportaciones mundiales de maquinaria, convirtiéndose en el principal cliente de la industria pesada occidental

[16] En un momento de desempleo global, miles de ingenieros y obreros cualificados occidentales (principalmente estadounidenses y alemanes) emigraron voluntariamente a la URSS atraídos por las ofertas de empleo en la industria pesada.

[17] Propietarios de tierras; a raíz de la reforma de 1906. Una clase campesina de pequeños propietarios. En 1929, coincidiendo con el inicio del Primer Plan Quinquenal, Stalin decretó la “liquidación de los kulaks como clase” para forzar la colectivización de la tierra. Este proceso se ejecutó de forma violenta: arrestados y ejecutados de forma inmediata o enviados a campos de trabajos forzados del Gulag, deportados masivamente junto a sus familias hacia regiones remotas de Siberia, los Urales o Kazajistán o despojados de todas sus tierras y reubicados en terrenos marginales dentro de sus propias regiones.

[18] El Gulag era la red oficial de campos de concentración y de trabajos forzados de la Unión Soviética. El término es en realidad un acrónimo ruso de Glávnoye Upravléniye Lagerey (Dirección General de Campos), el departamento gubernamental que administraba este sistema penitenciario bajo las órdenes de la policía secreta (NKVD).

[19] 4 millones de muertos: considerado un acto deliberado por la mayoría de historiadores y reconocido internacionalmente como genocidio por numerosos países. Stalin cerró las fronteras de la república socialista soviética de Ucrania para impedir que los campesinos buscaran comida en otras regiones.

[20] 2 millones de deportados, de los que unos 300.000 murieron en el viaje y 12 millones más que huyeron de la colectivización, llevando el problema a las ciudades; y entre 6 y 9 millones de muertos por hambre en la Gran Hambruna/Holodomor

[21] La política del almirante Miklós Horthy, regente de Hungría entre 1920 y 1944, se basó en el autoritarismo conservador, el ultranacionalismo y el revanchismo. Su objetivo central era revertir las pérdidas territoriales del Tratado de Trianon y frenar el comunismo, lo que llevó al país a aliarse con la Alemania nazi

[22] Fundada en 1927 por Corneliu Zelea Codreanu bajo el nombre original de la Legión de San Miguel Arcángel, fue uno de los movimientos fascistas más radicales de la Europa de entreguerras

[23] Tras el golpe de estado de 1926, el bloque político Sanacja (Sanación), un movimiento de élite cívico-militar autoritario asumió el poder hasta el estallido de la IIGM, liderado primero por el mariscal Józef Piłsudski y, tras su muerte en 1935, por el general Edward Rydz-Śmigły.

[24] 1934 fue un año de máxima conflictividad con violentos disturbios, destacando el intento de asalto al Parlamento en 1934

[25] 7 de junio de 1936; para frenar la crisis social, el gobierno, la patronal y los sindicatos firmaron un pacto histórico que introdujo aumentos salariales, el derecho a la sindicación y las primeras vacaciones pagadas

[26] 30.09.1938; Junto con el primer ministro británico Neville Chamberlain, el líder italiano Benito Mussolini y Adolf Hitler, Daladier aceptó la cesión de la región de los Sudetes de Checoslovaquia a Alemania en un intento de apaciguar a Hitler y evitar un conflicto.

[27] El East End londinense era, por aquellos años, un barrio tradicionalmente de emigrantes judío y clase obrera. Y allí una coalición de obreros y comunistas, junto a los mismos judíos residentes, se lo impidió por las bravas. Lo más duro se libró en Cable Street y ha pasado a la historia como “la batalla de Cable Street”.

[28] Las actuales provincias de Brabante Valón, Henao, Lieja, Luxemburgo y Namur.

[29] Complot contra la Dictadura de Miguel Primo de Rivera en el que participaron diferentes sectores de la sociedad: junto a militares de alto rango –generales Weyler y Aguilera-, se encontraban republicanos moderados y radicales, anarquistas, intelectuales, etc. El pronunciamiento toma su nombre de la fecha prevista para su ejecución: el 24 de junio, día de San Juan. Su objetivo concreto era restablecer el régimen constitucional convocando elecciones generales. Fue frustrado por filtraciones y se resolvió con arrestos preventivos. Careció de apoyo popular y obrero, Este movimiento fue uno más de los intentos frustrados contra Primo de Rivera, al que siguieron, por ejemplo, los levantamientos de Ciudad Real y de Valencia en 1929.

[30] Alejandro Lerroux y Manuel Azaña (Alianza Republicana), Marcelino Domingo, Álvaro de Albornoz y Ángel Galarza (Partido Radical-Socialista), Niceto Alcalá-Zamora y Miguel Maura (Derecha Liberal Republicana), Manuel Carrasco Formiguera (Acción Catalana), Macià Mallol i Bosch (Acción Republicana de Catalunya), Jaume Aiguadé i Miró (Estat Català), Santiago Casares Quiroga (Organización Republicana Gallega Autónoma), junto a quienes lo hicieron a título personal: Felipe Sánchez Román  Eduardo Ortega y Gasset, Fernando de los Ríos e Indalecio Prieto

[31] Oficialmente ya se unieron Indalecio Prieto, Fernando de los Ríos y Francisco Largo Caballero

[32] El plan era conseguir unas elecciones que sirviesen para crear unas cortes que elaborasen una nueva constitución. También se acordó promover una huelga general en diciembre para forzar la caída del sistema monárquico. No llegó a realizarse porque muchos de sus impulsores fueron detenidos.

[33] Alertado por una funcionaria de la oficina de telégrafos de Jaca

[34] En las lomas del Monasterio de Santa María de Cillas, a 3 kilómetros de Huesca

[35] El 14 de diciembre, a pesar de ser domingo, los condenados fueron fusilados junto a las tapias del polvorín de Fornillos, a dos kilómetros de Huesca

[36] Ramón Franco Bahamonde, piloto militar y hermano de Francisco Franci. Sus actuaciones en África pronto le convirtieron en uno de los pilotos más populares de la Aeronáutica militar. En 1924, recibió la Medalla Militar por sus actuaciones durante la guerra del Rif. Sus éxitos en la aviación le animaron a organizar el “raid” conocido como “Vuelo del Plus Ultra” (Palos de la Frontera-Buenos Aires; 22/01-10/02/1926) con otros tres tripulantes: el capitán Julio Ruiz de Alda, el teniente de navío Juan Manuel Durán y el mecánico Pablo Rada. Con motivo del éxito obtenido fue nombrado gentilhombre de cámara con ejercicio del rey Alfonso XIII. Activo republicano, con el advenimiento de la Segunda República fue nombrado director general de la Aeronáutica Militar, aunque por participar en el Complot de Tablada en junio de 1931 fue destituido. Tras solicitar voluntariamente su baja en el Ejército, Ramón Franco se dedicó a la política; diputado por Barcelona se integró en el grupo parlamentario de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC). En 1933 solicitó —y se le concedió— su reingreso en la Aeronáutica Militar. El nuevo gobierno radical de Alejandro Lerroux, buscando mantenerle lejos, lo nombró agregado aéreo en la embajada española en Washington. En julio de 1936 se unió a los sublevados tras el fusilamiento de su amigo Julio Ruiz de Alda en la Cárcel Modelo de Madrid. Fue destinado a la Base de Pollensa, pero el general Kindelán, que mandaba Cuatro Vientos en 1931, protestó de su nombramiento. Siguió como piloto en la base realizando acciones de combate y bombardeo en el área mediterránea y murió en acción en octubre de 1938.

[37] Este Joaquín Collar Serra en 1933, junto con el capitán Mariano Barberán en un Breguet XIX GR acondicionado y bautizado como “Cuatro Vientos” realizarían la última gran gesta de la aviación española, el raid Sevilla-Cuba sin escalas (Tablada-Camagüey, 7.895 km en 39 horas y 55 minutos de vuelo.

[39] El general Queipo de Llano, los comandantes Franco, Hidalgo de Cisneros, Roa y Puig, los capitanes Roquet, A. González y Martínez de Aragón, el teniente Coll y el mecánico Rada. Franco y Rada eran fueron dos de los cuatro integrantes de la gesta del “Plus Ultra” (22 de enero al 10 de febrero de 1926: primer vuelo trasatlántico)

[40] Queipo de Llano: “Luché por la caída del gobierno de Montero Ríos […], combatí a las Juntas de Defensa, luché contra aquella Monarquía que perdió un Imperio. Y, cuando vi la República fría, muerta, sumergida en la vergüenza y el crimen, me alcé contra ella”.

[41] Cádiz, Córdoba, Granada, Lugo, Orense, Pamplona, Palencia y Soria