Fue muy
duro lo de la tarde-noche del jueves 29 de octubre, Y por más inri, estábamos
en lugar sagrado; que si no…
Vaya por
delante que la historia de las apariciones de la Virgen de Guadalupe en Méjico
es preciosa
y la devoción a Nuestra Señora de Guadalupe es uno de los elementos más
importantes de la tradición nacional y religiosa mexicana.
Pero el
que la ponente, que confesó —sin ruborizarse siquiera— haber proferido más de
200 charlas como el truño que nos estaba endilgando, no fue de recibo.
La buena
señora nos soltó una chapa imposible de reproducir, mezclando churras con
merinas e intentando dulcificar una civilización pretérita, muy en la línea de
los presidentes AMLO (Andrés Manuel López Obrador)
y Claudia Sheinbaum.
El trio, sin pudor, construye una imagen idealizada de los mexicas; aunque flaco
favor hace con inventar la grandeza de aquella civilización —que, la tiene—,
seleccionando episodios y algunos elementos del legado indígena para construir
un relato nacional que intenta minimizar aspectos muy incómodos de su historia.
Reivindicar
a los pueblos indígenas, corregir los prejuicios de la historiografía colonial
e idealizar el Imperio mexica son tres cosas diferentes; las dos primeras no
exigen la tercera.
De todas
formas, y aunque no es el caso que nos ocupa, y porque el cuerpo me lo pide,
que quede aquí mi posición clara. Ni el bigote de una gamba.
Los
sacrificios humanos mexicas no son una invención de las crónicas de conquista
española. Su existencia está documentada por fuentes de procedencias diversas y
por evidencias arqueológicas. Lo que sí pudiera requerir cierta y peregrina
discusión es la escala de esos sacrificios; y, con ello, la interpretación de
su significado religioso y político. El beneficio de la duda.
En el caso
de la señora Sheinbaum quiero destacar que considero muy loable que en sus
intervenciones aparezcan reiteradamente las aportaciones indígenas a la
arquitectura, la agricultura, el conocimiento astronómico, la medicina y la
organización urbana. Bien, muy bien: todo ello merece reconocimiento. Pero
luego va y me justifica la crueldad ritual soltando que los mexicas tenían una
concepción de la muerte muy diferente de la cristiana. ¡Y tanto!
Sí, mujer,
sí; pero intentar comprender por qué una sociedad practicaba sacrificios
humanos no significa que debamos prescindir de sus dimensiones coercitivas,
políticas y violentas. Y sí, hay una diferencia entre explicar una práctica
desde la mentalidad de aquella época y convertir esa explicación en una forma
de atenuar su gravedad.
Nadie duda
de que la mexica fue una civilización que llama la atención en algunos aspectos,
pero también fue una civilización, como tantas otras, que sometió a comunidades
vecinas, exigió tributos, recurrió a la guerra para ampliar y para mantener su
dominio; y se aplicó en crueldad.
Dicho
esto, termino con AMLO y Sheinbaum: ambos, considero, buscan construir una
identidad nacional anterior a la llegada de los españoles,
dotar de legitimidad moral a la revisión de la historia colonial
y establecer una genealogía política.
Pero no se puede combatir un mito creando otro.
Además: la
historia no necesita que idealicemos a los mexicas para reconocer su paso por
la historia, del mismo modo que el reconocer los logros de la civilización
española no nos obliga a justificar los episodios de abusos ocurridos en
aquellas tierras.
Pero
vayamos a lo que hasta aquí nos ha traído: la Virgen de Guadalupe, que es el
tema que nos concitaba en la tarde-noche del jueves.
Yo,
reconozco, no me esperaba que la experta mariana guadalupana intentara
catecumenizarme hacia su fusión mística; pero allí plantado, en primera fila,
saludado todo lo saludado, me era imposible, moralmente, levantarme y marcharme
a la primera chorrada, del millar largo, que soltó.
En vano:
no cejó. Y se le veía feliz en su absurdo apostolado. No explicó nada; sólo
justificó la sincronía entre Tonantzin
y la Virgen de Guadalupe, explicando el milagro con absolutamente ¡todas y cada
una! de las palabras que figuran en un texto conocido como Nican Mopohua,
que forma parte de un libro publicado en México en 1649.
El libro
se conoce como Huei tlamahuiçoltica…
que son las dos primeras palabras del título, larguísimo título en lengua náhuatl
y que se corresponden con una expresión que puede traducirse como “El gran
acontecimiento” o “El gran milagro”. Lo publicó el sacerdote Luis Lasso de
la Vega, capellán criollo del santuario de Guadalupe en 1649, y constituye
una de las fuentes fundamentales de la tradición guadalupana.
Y es la
tradición (y no la evidencia documentada) la que atribuye el Nican Mopohua a Antonio
Valeriano,
un indígena que estudió en el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, que dominaba
el náhuatl y el castellano, y que llegó a desempeñar importantes
responsabilidades en el gobierno indígena de México. Y siempre según la tradición
(insisto), Valeriano habría redactado el relato hacia el año 1556, unos veinticinco
años después de las apariciones que narra. El libro, insisto, vio la luz en
1649.
La ponente
del jueves 29, en su sesgo impostado, se basó en el Nican Mopohua del Huei
tlamahuiçoltica (¡menos mal que me los he puesto en el bloc de notas y es copiar
y pegar; que si no!) pero lo mismo podía haberse basado en otro libro anterior
—Imagen de la Virgen María, Madre de Dios de Guadalupe, milagrosamente
aparecida en la ciudad de México— publicado en 1648 por el sacerdote Miguel
Sánchez que viene a contar lo mismo; aunque con un menor número de
florituras dialécticas. Y nos hubiera acortado la noche y la hubiera hecho más
amena e interesante.
Es que,
viendo los elaboradísimos diálogos de la conversación de la virgen aparecida al
mexica cristianizado Juan Diego Cuauhtlatoatzin
(el que habla como águila o el águila que habla) cuesta creer —y muy mucho— que
en aquellos términos pudiera producirse la transmisión del mensaje mariano.
La
historia guadalupana mejicana, insisto, es preciosa y la devoción a Nuestra
Señora de Guadalupe es uno de los elementos más importantes en el desarrollo de
una tradición nacional y religiosa específicamente mexicana, pero la versión
del Nican Mopohua me cuesta digerirla: recargadita en lo dialéctico.
Y pongo mi
guindillita en todo esto: ¿Quién bebió de quién?, ¿Luís de Miguel o Miguel de
Luis? Lasso de la Vega conocía la obra de Sánchez; escribió una carta elogiosa
sobre ella.
Y más. El
culto en el cerro Tepeyac está bien documentado desde 1556, impulsado por el
arzobispo Alonso de Montúfar,
y el relato escrito de las apariciones (el Nican Mopohua) aparece en 1649.
Muchos historiadores piensan que el nombre “Guadalupe” y el impulso inicial del
culto proceden de la devoción extremeña llevada por los conquistadores, que
luego se fusionó con elementos de la religiosidad indígena, ya que el Tepeyac
era un lugar sagrado, como espacio en la naturaleza, dedicado a Tonantzin; que
ya es la segunda vez que sale en este relato.
Pero de
ello solo hay testimonios textuales y algunos indicios materiales de pretéritos
cultos a deidades femeninas en la zona, pero ningún templo confirmado (aún hoy;
aunque sigue la labor prospectiva en la zona) por la arqueología.
Hay indicios. Se basan en fray Bernardino de Sahagún (finales del siglo XVI) quien
afirmó que en el Tepeyac había antes un templo a Tonantzin, que acudían allí
peregrinos de lejos y que, ya en su época, seguían llamando “Tonantzin” a la
Virgen de Guadalupe.
Es más: el
que la virgen de la ermita del Tepeyac terminara con el nombre de Virgen de Guadalupe
tiene su aquel. En una carta dirigida a Felipe II en 1575, el virrey Martín
Enríquez de Almanza explica
que (hacia 1555 o 1556) existía ya una ermita con una imagen de la Virgen María
en el cerro y que esta recibió el nombre de Guadalupe porque se decía que ¡se
parecía a la imagen venerada en España! Fray Diego de Santa María, quien
investigó el santuario mexicano en 1574-1575, sostuvo que (ahora veremos en la Información de 1556) su denominación como Guadalupe se había popularizado
alrededor de 1560.
Y al
grano, que me disperso: Unos años antes, en septiembre de 1556, el provincial
franciscano fray Francisco de Bustamante predicó contra el culto a una imagen
en una ermita del Tepeyac, de la que dijo que había sido pintada por un indio.
El arzobispo Alonso de Montúfar, que como ya señalé la apoyaba, abrió una
investigación, la llamada Información
de 1556. A resultas de ella se sabe que, pocos años antes, ya existía un
ermitorio con una imagen venerada, y se desprende del texto que había división
entre franciscanos y la autoridad eclesiástica en torno a aquel culto; que todo
hay que contarlo.
Vamos, que
la tradición sitúa la aparición en 1531 y una primera capilla poco después;
pero no hay documentos de esos años que lo respalden.
Este es el
argumento principal de quienes dudan de la historicidad de las apariciones; que
no es mi caso. Que lo que yo critico es el sesgo de la ponente, madre y feliz
abuela, que nos dio la chapa la noche del jueves.
Es más,
señora ponente: es plausible un sincretismo, es decir, que los indígenas
identificaran a la Virgen con una madre divina conocida por ellos con lo que
les habían inculcado hasta la llegada de los predicadores. Aunque muchos, como
Stafford Poole,
mire usted, son escépticos: “Tonantzin” también servía simplemente para decir
“nuestra madre” al nombrar a la Virgen. Y en esa línea hay muchos más
investigadores.
En fin;
¿para qué seguir?
Bueno sí.
Porque en este tema no entré para discutir la devoción mariana, que alabo, sino
para rebatir a la señora que vino a vender su prédica en vez de valorizar la
devoción.
Y hablando
de devoción. Según la tradición, en España, la imagen de la Virgen de Guadalupe
ya se veneraba en la Sevilla visigoda del siglo VI.
Y es que
tiene ya de arranque una historia/leyenda también preciosa.
El papa
Gregorio Magno había regalado la talla mariana a San Leandro,
obispo de Sevilla, que la trajo y colocó en las afueras de la ciudad visigoda.
Y cuando en 714 la invasión musulmana llegó a las puertas de Sevilla los clérigos
se llevaron la imagen, junto con otras reliquias santas y en su huida, temiendo
un final trágico, pues eran perseguidos, la escondieron en un paraje de la
Sierra de las Villuercas junto al río Guadalupejo (“el riachuelo del Guadalupe”
sería la traducción más exacta).
Y allí
permaneció hasta que un pastor, cuyo nombre también ha pasado a la historia —Gil
Cordero —, a principios
del siglo XIV (la primera cita documental literaria es de 1327), bajo el
reinado de Alfonso XI,
señaló dónde encontrarla.
No es un hecho documentado; es otra leyenda que, mira por dónde, se parece muy
mucho a la mejicana. Eso sí, es anterior.
Antes de
seguir, que me gusta, una de paralelismos entre Gil Cordero y Juan Diego… y las
apariciones.
Ambos son
de los más humilde: Gil es un vaquero extremeño, y Juan Diego un indígena
converso. En ambos casos, la Virgen elige a un laico pobre y no a un clérigo. En
los dos relatos hay mensaje para las autoridades religiosas: la Virgen les
encarga a ambos hablar con los clérigos en Extremadura y con el obispo
Zumárraga, clérigo a fin de cuentas, en México, para que se erija un lugar de
culto. Hay incredulidad inicial de los clérigos: ni creen a Gil Cordero ni a
Juan Diego, aunque el vasco Zumárraga, según el relato, pide una prueba. En los
dos casos hay un familiar en peligro de muerte: el hijo de Gil Cordero muere y
resucita; el tío de Juan Diego, Juan Bernardino, enferma y se cura.
Hay,
también, un signo material. En Extremadura, la prueba es el hallazgo de la
imagen enterrada, junto a otros elementos.
En México, es la imagen la que aparece en la tilma o ayate, al dejar caer las
flores. Y en ambos casos, el paisaje marca el entorno y surge un culto; y se
desarrolla con el respaldo del poder: Alfonso XI en Extremadura, el arzobispo
Montúfar en México.
Dicho
esto, vuelvo a Extremadura donde Alfonso XI favoreció la ermita
y hasta se encomendó a la virgen de Guadalupe antes de la batalla del Salado.
Y tras ella, volvió a Guadalupe para dar gracias a finales de 1340. Donó
trofeos de la batalla y firmó el 25 de diciembre de 1340 un privilegio que
creaba un priorato secular y declaraba el real patronato. Más tarde se hicieron
cargo de él desde la Orden jerónima
(1389), que lo convirtieron en un gran centro religioso, cultural y
asistencial, con hospital y escuela de medicina. Los jerónimos fueron exclaustrados en 1835 y el
monasterio se deterioró. Lo declararon Monumento Nacional en 1879 y volvió a
tener comunidad en 1908 en manos de la Orden franciscana.
El
monasterio extremeño fue lugar de peregrinación de reyes y de gente de toda
condición.
Los Reyes Católicos lo visitaron con frecuencia y fueron grandes protectores
del mismo; la reina Isabel tenía una devoción especial a la Virgen de Guadalupe.
Tanto es así que en 1477 Isabel estableció allí su cuartel general
confiando en su amparo y protección. Ese mismo año ambos monarcas firmaron un
privilegio que confirmaba las mercedes concedidas al monasterio; incluso
construyeron en él un palacio, la llamada Hospedería Real.
Y del
monasterio salió la Sentencia Arbitral de Guadalupe (21 de abril de 1486):
Fernando, rey de Aragón, la dictó allí para resolver el conflicto entre los
señores y los campesinos de remensa catalanes.
Y, también, tal cariño le tenía el rey Fernando al monasterio de Guadalupe que
encaminó sus pasos para morir en él.
Y vuelvo
al tajo: en abril de 1486 los reyes habían estado en el monasterio, acompañados
de un tal Cristóbal Colón que intentaba convencerles de la bondad de su
expedición al Nuevo Mundo. Y este monasterio de Guadalupe estuvo muy presente
en varios episodios de la gesta del viaje; a él regreso Colón en 1493 para dar
gracias por el retorno, tras haber informado a los reyes en Barcelona. Y el
prior, Nuño de Arévalo, le pidió que pusiera el nombre de Guadalupe a alguna
isla que descubriera. Cumplió Colón el 4 de noviembre de 1493, en el segundo
viaje, dando tal nombre a la isla que los nativos llamaban Turuqueira o
Karukera
(según la fuente consultada) y hoy es territorio francés de ultramar.
Y a este
monasterio extremeño regresó Colón nuevamente el 29 de julio de 1496 para
bautizar allí a dos indígenas, que serían criados y traductores suyos, con los
nombres de Cristóbal y Pedro.
Y ahora me
voy con Hernán Cortés camino de Méjico. Cortes era extremeño y le adjudicamos,
de por sí, veneración por esa virgen tan extremeña que es la Virgen de
Guadalupe; es verosímil. Sí, y se apunta en varias webs consultadas, que al
pecho llevaba siempre Cortés una imagen de la Virgen; sin especificar
advocación mariana, pero... cuando el consabido episodio de la picadura del
alacrán,
Cortés se encomendó a la Virgen de Guadalupe extremeña y al sobrevivir hizo
llegar un lujoso exvoto en agradecimiento.
Luego está
lo del estandarte de Cortés. ¿Estandarte o bandera?: los dos.
La bandera
de Cortes era “blanca (o negra; no se ponen muy de acuerdo) con una
cruz roja, fuegos blancos y azules y el lema latino ‘Amici, sequamur crucem…’
(amigos, sigamos la cruz…)”.
Y el estandarte de Cortés.
Parece que
tenía una imagen de una virgen en consonancia con la religiosidad de la época y
la práctica de utilizar imágenes cristianas como enseñas militares. El
estandarte conservado en el Museo Nacional de Historia, en el Castillo de
Chapultepec
(Ciudad de México), presenta una imagen de la Virgen María sobre un paño rojizo
o violáceo. La pieza se identifica tradicionalmente como el estandarte
utilizado por Cortés durante la conquista de México, entre 1519 y 1521. Sin
embargo, la atribución histórica del objeto debe tomarse con mucha cautela: la
inscripción que afirma que fue el estandarte llevado por Cortés se considera que
es bastante posterior.
Por
cierto: en el Museo del Ejército de Toledo se conserva un “Pendón de Hernán
Cortes” que exhibe en el anverso, una imagen de la Virgen (la llamada Virgen
del Coro, del monasterio extremeño de Guadalupe) y en el reverso, los escudos
de Castilla y León… que por las fotografías es idéntico uno del otro… pero el
español, seguro, es una copia del siglo XVI que llega a España a partir de una
acción contra la insurgencia en Oaxaca en 1814.
Para
complicarme el post, Elisa Vargaslugo,
una acreditada estudiosa del culto a la Inmaculada en la Nueva España afirma
que Cortés enarbolaba una imagen de la Virgen Purísima, la primera
representación de ella que vieron ojos americanos.
Y hasta
hay quien dice
que dicho estandarte se lo entregó Cortés al capitán general (¿?) de los
tlaxcaltecas. Pero: ¡ojo!, que eso sería, en todo caso, una noticia
historiográfica relevante, pero no un testimonio contemporáneo de 1521 que lo
acredite.
Y sí; sí
hubo una Virgen, una talla física, que acompañó a Cortes y su hueste: la de la Virgen
de los Remedios. Sí, una estatuilla de unos treinta centímetros de altura
que, según nuevamente la tradición (siempre la tradición, ¡ojo al dato!), llevó
consigo el soldado Juan (o Gonzalo) Rodríguez de Villafuerte, extremeño por más
señas —¡faltaría más!— aunque no tengamos claro su nombre de pila. Cortés
ordenó colocarla en el recinto del Templo Mayor de Tenochtitlan.
Se cita
esta talla de la virgen entre las cosas que sacaron los españoles de Tenochtitlan
en la marcha de la Noche Triste
(30 de junio al 1 de julio de 1520): ya en tierra firme, tras abandonar la
laguna, la habría escondido Rodríguez de Villafuerte bajo un maguey (una pitera
de las nuestras) en el cerro de Otoncalpulco,
donde levantó, pocos días después, una ermitita el mismo Villafuerte en acción
de gracias y que muy pronto adquirió una devoción “rival” de la de Guadalupe,
en lo que no voy a entrar porque no le veo sentido… y hay fuentes que aseguran
que la habría encontrado un indígena en 1540.
Y vuelvo
al jueves 29 cuando la ponente de la chapa impresentable también podía haber
puesto mejores imágenes (el pwp era decimonónico), menos literatura y más
fuentes veraces. No lo entiendo: con lo superinteresante que es todo lo que
encierra en sí la imagen de la Virgen de Guadalupe sobre el ayete de fibras de
pita… A lo mejor, sólo con haber tirado del National Geographic nos hubiera
iluminado la tarde noche y no hubiera provocado ni mi lenta agonía, ni la
febril cadencia de abandonos de la sala. ¿Tan entusiasmada estaba que no se
daba cuenta de la cadencia de deserciones en la iglesia?
Para mi
desdén les contaré que hubo hasta quien la aplaudió… Y ahora que lo pienso: lo
mismo fue por cortesía, por compartir parte de la exposición (¡Vaya, por Dios!)
o por valorar aspectos que yo no comparto (que de todo tiene que haber en la
viña del Señor).
Para
finalizar: yo, al menos yo, vi tanto estupor en el semblante del cura párroco
que ni me quise acercar a preguntar antes de abandonar la iglesia: ¿asombro?,
¿incredulidad? …
¡Qué
desdén el exhibido! Esto tenemos que hacérnoslo mirar.

La arqueología y la historiografía permiten estudiar conjuntamente
su desarrollo urbano, sus conocimientos técnicos, su organización política, sus
prácticas religiosas y las relaciones de dominación que sostenían su expansión.
La
mexica fue una cultura sofisticada con una práctica ritual violenta y real, que
no fue más “bárbara” que otras de su tiempo y entorno (el culto no era
exclusivamente azteca: se cree que lo tomaron de pueblos anteriores o vecinos,
como los yopes) en términos absolutos, pero cuya forma, escala y carácter
sagrado resultan particularmente chocantes. Algunas fuentes hablan de decenas
de miles de sacrificados en la consagración del Templo Mayor (1487), pero
muchos historiadores las consideran exageradas. Los españoles tenían interés en
justificar la conquista, y las cifras de los propios mexicas también tenían
propósito propagandístico. Los mexicas practicaban sacrificios humanos de forma
regular, sobre todo de prisioneros de guerra, y también de esclavos y niños en
ciertos ritos, como los dedicados a Tláloc. La arqueología lo confirma. Había
además ritos muy impactantes, como el desollamiento en honor a Xipe Tótec.
Todos tenía un sentido religioso: según su cosmología, los dioses se habían
sacrificado para crear el mundo y el Sol necesitaba “alimento” (sangre y
corazones) para seguir su curso. No era crueldad gratuita para ellos, sino una
obligación cósmica. Pero también tenía función política: era una forma de
intimidar a los pueblos sometidos y de mostrar el poder del imperio. Parte del
odio hacia los mexicas explica que pueblos como los tlaxcaltecas se aliaran con
Cortés. Me llama profundamente la atención el rito central de la fiesta de
Tlacaxipehualiztli (“desollamiento de hombres”), celebrada en marzo, al comienzo
de la primavera. Xipe Tótec, “Nuestro Señor el Desollado”, era el dios de la
renovación de la vegetación, la agricultura y los orfebres. Se le asociaba
también con las enfermedades de la piel. Los prisioneros de guerra eran
llevados al templo. Algunos morían por extracción en vivo del corazón. Otros,
sobre todo guerreros destacados, eran atados a una gran piedra circular
(temalácatl) con armas simbólicas y debían luchar contra guerreros mexicas, el
llamado sacrificio gladiatorio. Tras la muerte, se desollaba el cuerpo.
Sacerdotes o devotos se ponían la piel como un traje y la llevaban unos veinte
días, hasta que se descomponía. Durante ese tiempo recorrían la ciudad y
recibían ofrendas. Después, las pieles se depositaban en un lugar sagrado. La
piel representaba la capa de la tierra que se renueva: el ciclo de siembra y
rebrote. Quien la vestía “encarnaba” al dios y a la vegetación que vuelve a
brotar. Como en otros ritos, la muerte se entendía como condición de la vida.
Las descripciones más detalladas de todo esto vienen de fray Bernardino de
Sahagún (Códice Florentino) y fray Diego Durán, recopiladas por frailes tras la
conquista y con intención misionera. Hay también representaciones en códices y
esculturas de Xipe, y restos arqueológicos que respaldan que el rito existió,
aunque no todos los detalles que dan los cronistas.
Pensaba
que lo haría al terminar el capítulo de la Orden de Calatrava, que allí se iba
a reunir, aunque su último viaje a Guadalupe terminó en Madrigalejo, donde
firmó su testamento; no pudo llegar y murió en enero de 1516.