24 oct 2026

SOBRE CEUTA; con la que está cayendo.... (VII)

 

Y sigo en faena, con la historia a cuestas… y llegamos al Siglo XX…


El siglo XX español arranca tocado por el desastre de 1898[1]. Tras él, España intenta reconstruir su política exterior y centra en el Mediterráneo occidental un ámbito de interés que tenía muy olvidado.

Y entonces, el problema es que Francia también mira hacia la misma zona que España. Y en ella hay diversos territorios dentro  y fuera de un sultanado que ya es reconocido oficialmente en los gabinetes políticos internacionales como Marruecos; porque Francia lo había puesto en el mapa.

Francia, que controlaba Argelia desde 1830, consideraba al sultanato marroquí como parte de su área natural de influencia. España, por su proximidad geográfica y por sus posiciones de Ceuta, Melilla, peñones e islas norteafricanas no podía (ni algunos querían que pudiera) quedar al margen.

El siglo XX arranca, pues, con la premisa española de llegar a disponer de una zona de influencia en el norte de África más allá de Ceuta y Melilla.

Así, en 1902 Francia y España negocian un acuerdo para delimitar sus respectivas zonas de influencia en el sultanato marroquí. El acuerdo alcanzado no llegó a entrar en vigor porque, finalmente, no sería ratificado[2]. Pero bien que se había tratado la cuestión entre los expertos de ambos países.

Y, sobre acuerdos, en 1904, Francia y Gran Bretaña alcanzan uno de máxima importancia: la Entente Cordiale. Y dentro de esta  entente resolvieron sus respectivas pretensiones sobre Egipto y Marruecos: Francia obtuvo la libertad de acción en el sultanato y Gran Bretaña le reconoció sus intereses en ese territorio[3]. E impusi el Reino Unido una condición importante en esa Entente: España debía recibir también una zona de influencia en el norte africano, debido a su posición geográfica y a sus intereses históricos[4].  Esto estaba especialmente contemplado en la segunda parte del acuerdo que incluía cinco artículos calificados desde el primer momento como secretos[5], algunos de los cuales quedaban condicionados a la aceptación formal española de determinadas cláusulas del acuerdo franco-británico.

Por ello, en octubre de 1904 se firma el Convenio franco-español sobre Marruecos, que establece las bases de las respectivas zonas de influencia[6]. Francia y España siguieron negociando particularidades del convenio hasta 1907.

Pero Alemania, que no había sido tenida en cuenta para nada en aquella partida a tres (Francia, Gran Bretaña y España), se hizo presente en el territorio reivindicando su nuevo estatus de potencia que poco a poco se iba ganando. El propio káiser Guillermo II se plantó Tánger en marzo de 1905 y declaró su apoyo a la independencia del sultán de Marruecos; y se armó  un lío fenomenal que se conoce como crisis de Tánger[7].

Aquello condujo a tener que programar una conferencia internacional —y España propuso (y fue aceptado) que fuera en Algeciras[8]— entre enero y abril de 1906, a la que asistieron las principales potencias europeas —y los Estados Unidos— para resolver la cuestión marroquí. El Acta de Algeciras, firmada el 7 de abril de 1906, confirmó la soberanía del sultán sobre un Marruecos muy reducido en territorio frente al actual y estableció también mecanismos de intervención y control europeos[9] sobre el mismo.

Y por aquellos años, entre 1906 y 1911, el sultanato sufrió una severa crisis interna: las rebeliones de las cabilas y la debilidad financiera del sultán Abd al-Hafid socavaron el poder central.

En ese periodo de descontrol de autoridad en territorio magrebí se multiplicaron las hostilidades de las tribus del Rif contra las compañías mineras españolas[10] con terribles enfrentamientos en los alrededores de Melilla. Aquellos episodios degeneraron en la Guerra de Melilla[11] (1909) donde España hubo de soportar humillaciones y desgracias tan lamentables como el llamado desastre del Barranco del Lobo[12]. Para acabar con aquella guerra y la afrenta sufrida, España tuvo que emplearse militarmente a fondo, lo que requirió una importante movilización de reservista desde la península para controlar la situación.

Aquí llegados destacar que el norte de África no ocupaba por entonces una posición constante en el interés de la sociedad española. Su presencia en la opinión pública aumentó de manera extraordinaria cuando la política africana se tradujo en movilización militar, derrotas, víctimas, responsabilidades políticas o cambios de régimen.

El interés africanista de las élites chocaba con el desinterés popular generalizado por la expansión colonial. La instauración del Protectorado español en el norte de Marruecos en 1912 dio continuidad institucional a la política africana, pero no eliminó la controversia sobre su conveniencia.

Y aquella España seguía sin querer ver el concepto geográfico del territorio marroquí y nos pasaba lo que nos pasaba por ese desconocimiento tan grande. Era tal la cosa que hasta el mismísimo José Ortega y Gasset vino a señalarnos que “El Rif es más ignorado que el Tíbet”; y así nos iba. Y así nos va.

Para Ortega, con esa frase, nos vino a echar en cara una realidad que ni en el XIX, ni en el  XX, ¡ni en el XXI! vemos. España conocía mal, muy mal, el territorio rifeño, sus características y su organización; se hablaba de intervenir o retirarse sin comprender suficientemente ni el territorio, ni a sus habitantes; y, finalmente, siguiendo a don José, resulta que España nunca ha definido con claridad sus objetivos, sus medios ni sus consecuencias[13], más allá de Ceuta, Melilla y las plazas de soberanía.

Así con esas, poco después de que Ortega nos advirtiera, en julio de 1911, se produjo la llamada Segunda crisis marroquí, también conocida como Crisis de Agadir[14].

Nuevamente, Marruecos estaba sumido en una rebelión de clanes tribales contra el sultán Mulay Abd al-Hafid. Francia, alegando que debía proteger al sultán y a los europeos, intervino militarmente y ocupó militarmente Fez y Mequinez. Por su parte, como consecuencia del acuerdo franco-español, España ocupó Larache y Alcazarquivir, restando poder al sultán.

Los movimientos y acciones de España y las intervenciones militares de Francia, fueron interpretadas por Alemania como un paso hacia el establecimiento de un auténtico protectorado francés en Marruecos, contrario al espíritu del Acta de Algeciras de 1906. Y en esas que el 1º de julio de 1911 se presentó el cañonero SMS Panther en el puerto de Agadir, en la costa atlántica marroquí.

La comunicación oficial era que entraba para proteger a los ciudadanos e intereses alemanes en medio de aquellas revueltas tribales; pero en realidad era una demostración de fuerza y la forma en la que el káiser Guillermo exigía a Francia compensaciones por su cada vez mayor presencia en el norte de África.

Aquel mes de julio Europa estuvo muy cerca de una guerra entre Alemania y Francia. La situación se complicó porque Gran Bretaña respaldó a Francia; Londres temía que Alemania pudiera establecer una base naval en Agadir, alterando el equilibrio estratégico del Atlántico y del acceso al Mediterráneo; y activó Royal Navy.

Finalmente, Alemania y Francia negociaron el 4 de noviembre de 1911 un acuerdo in extremnis: Alemania aceptó que Francia estableciera un protectorado sobre Marruecos y Francia cedió a Alemania partidas territoriales del Congo francés que se incorporaron a lo que era el Camerún alemán.

España, que pintaba muy poco en aquella crisis, aprovechó para asegurar su posición en su franja territorial. Y para evitar más sangre de la juventud española, el 30 de junio de 1911, creó una unidad militar llamada Grupo de Fuerzas Regulares Indígenas de Melilla formado por tropa indígena de las tribus marroquíes más afines a España (alistada voluntariamente) y mandada por oficiales y suboficiales españoles que servirá en los sucesivos conflictos como fuerza de choque muy bien adaptada al terreno y al tipo de guerra en el Rif. La orden fue firmada por el ministro de la Guerra, Agustín Luque, y promovida por el teniente coronel Dámaso Berenguer.

Dicho esto, lo que cambia en el periodo 1911-1912 es el entorno geopolítico de Ceuta: desapareció progresivamente el sultanato independiente como espacio entre las potencias europeas y aparecieron, finalmente, tanto el Protectorado francés como el Protectorado español[15] a partir de un nuevo acuerdo que se plasmó en otro Tratado franco-español[16], el 27 de noviembre de 1912. Será entonces cuando Ceuta y Melilla cobren un especial protagonismo como importantes bases y cabezas de puente de la presencia española en el territorio del Protectorado español.

Mientras tanto, en la península y las grandes islas españolas, en la opinión pública coexistían diferentes posiciones. Por un lado, estaban los africanistas que defendían la presencia española por razones estratégicas, de prestigio nacional y, en determinados casos, económicas; casi junto a ellos, los militares y sectores vinculados al Ejército que consideraban necesario consolidar el dominio español, aunque existían discrepancias sobre los medios y el coste de las operaciones; frente a ambos estaban los republicanos, los socialistas y los sectores obreros que mantenían críticas a la intervención, al reclutamiento y a los costes humanos y económicos. Y, finalmente, los conservadores y los monárquicos que presentaban la permanencia en Marruecos como una cuestión de responsabilidad nacional; pero no constituían un bloque homogéneo

Y aquí llegados, sí que me gustaría plantear una cuestión trascendente en esto de los protectorados.

En 1912, Francia y España firmaron el Tratado de Fez y el Convenio de Madrid[17] [18]; Francia se quedó con la mayor parte del territorio (Protectorado Francés), pero (en realidad) subcontrató a España la zona norte (el Rif y Jebala) y una franja en el sur (Tarfaya), debido al interés estratégico español y a las presiones de Gran Bretaña para que Francia no controlara la otra orilla del Estrecho de Gibraltar. Legalmente, reconocían el poder del Sultán (residente en la zona francesa).

En base a ambos acuerdos, en 1913 España ocupa Tetuán (y crea el Grupo de Fuerzas Regulares Indígenas número 2 para su defensa), lo que consolida la función de Ceuta como plataforma logística y militar (donde se crea el Grupo de Fuerzas Regulares Indígenas número 3; el 31 de julio de 1914). La nueva administración del Protectorado se organiza desde Tetuán, mientras Ceuta mantiene la Comandancia General.

Coincidiendo con el inicio de la IGM, en 1914, donde España no es beligerante, la Compañía Española de Colonización[19] (CEC) inició la construcción de la línea férrea Ceuta-Tetuán[20] en el protectorado español, lo que atrajo a numerosos empresarios de la construcción, el transporte y la metalurgia. El puerto ceutí experimentó inmediatamente una notable expansión. Se instalaron importantes concesiones de depósitos comerciales y de aprovisionamiento de carbón y combustibles (como los de Rius[21] o Ibarrola[22]) para suministrar a los buques civiles y militares. Pero la población en general sufrió la inflación y desabastecimiento de bienes básicos por la guerra europea.

Y de este tiempo de la IGM hay un episodio relacionado con Ceuta que no quiero olvidar.

Se originó en Cádiz. Allí, en la primavera de 1917, el general Miguel Primo de Rivera, en un discurso de ingreso ante la Real Academia Hispano-Americana de Ciencias y Artes de Cádiz, cuando era gobernador militar de la ciudad, se pronunció sobre la necesidad de materializar un intercambio de Ceuta por Gibraltar[23].

Sostenía Primo de Rivera que España debía abandonar lo que llamó “aventuras” y “problemas coloniales” en tierras del sultanato marroquí con la célebre frase: “ciego será quien no vea que nos lleva a la ruina”[24].

El discurso generó un enorme escándalo político y mediático en la España de la época. Debido a la fuerte oposición política (como la del Marqués de Polavieja, que lideraba los Comités Neutralistas y dirigía el periódico La Nación), Primo de Rivera fue cesado como gobernador militar de Cádiz un mes después. Ceuta era tan española que España no se desprendía de ella; ni por Gibraltar.

Y esto es muy interés porque a partir de 1923 Marruecos dejó de ser solamente una cuestión de política exterior o de estrategia militar para convertirse en un asunto central del debate político nacional.

Y mañana seguiremos con Ceuta… tras la IGM… conflicto en el que España mantuvo su neutralidad y debía evitar que sus puertos y aguas se utilizaran como bases de operaciones de cualquiera de los contendientes. Las obligaciones de los Estados neutrales estaban reguladas por el derecho internacional, en particular por los convenios de La Haya. La neutralidad española no eliminó la actividad de los servicios de información ni las presiones diplomáticas.

Aunque Ceuta no fue un frente de batalla de la Gran Guerra, su posición geográfica, su condición militar y su vinculación con Marruecos la situaron en un escenario donde la neutralidad española convivía con los intereses estratégicos de las grandes potencias europeas. Lo más destacado podría ser, según recogió la Revista General de Marina, publicación oficial de la Armada, que el 8 de noviembre de 1918 fue hundido frente a Ceuta el submarino alemán U-34 por el buque británico Privet, un denominado Q-ship o barco trampa, camuflado para sorprender a los submarinos enemigos. Armada Española. El episodio se produjo en los últimos días de la guerra.


                                                        Firma de Acta de Algeciras



[1] Se conoce con esta expresión la derrota de España frente a Estados Unidos en la guerra hispano-estadounidense de 1898 y la consiguiente pérdida de los últimos grandes territorios de su antiguo imperio colonial. El conflicto tuvo como antecedente inmediato la insurrección independentista cubana, iniciada en 1895, a la que se sumó la intervención militar estadounidense, justificada públicamente por la defensa de sus intereses y de la población de la isla. La explosión del acorazado estadounidense USS Maine en el puerto de La Habana, el 15 de febrero de 1898, desencadenó una crisis diplomática que desembocó en la declaración de guerra de Estados Unidos a España en abril de aquel año. La superioridad naval y militar estadounidense se hizo patente en las batallas de Cavite, en Filipinas (1 de mayo), y Santiago de Cuba (3 de julio), donde fueron destruidas las principales escuadras españolas en ambos escenarios. La derrota obligó a España a solicitar la paz y culminó en el Tratado de París (10.12.1898) en el que España renunció a su soberanía sobre Cuba y cedió Puerto Rico, Guam y Filipinas a Estados Unidos. En 1899, además, España vendió a Alemania sus últimas posesiones insulares del Pacífico: las Carolinas, las Marianas —excepto Guam, ya cedida a Estados Unidos— y Palaos, poniendo prácticamente fin a su presencia colonial en el Pacífico. La pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas supuso mucho más que un retroceso territorial: significó el derrumbe definitivo de la condición de España como potencia colonial de primer orden y provocó una profunda crisis política, militar, económica y moral. El impacto alimentó el regeneracionismo, el cuestionamiento del sistema político de la Restauración y la reflexión de la llamada Generación del 98 sobre la decadencia nacional. A partir de ahí, Marruecos y el entorno del estrecho de Gibraltar adquirirían una relevancia creciente en la política exterior española, aunque desde una posición de poder muy distinta de la que había caracterizado a la Monarquía hispánica durante siglos.

[2] Confluyeron las reticencias políticas del Gobierno español, las dudas sobre la reacción británica y, según una interpretación historiográfica relevante, el cambio de actitud de la propia Francia ante las concesiones territoriales que había ofrecido a España. Las negociaciones entre el ministro francés de Asuntos Exteriores, Théophile Delcassé, y el embajador español en París, Fernando León y Castillo, dieron lugar a un proyecto de convenio que pretendía delimitar las respectivas zonas de influencia en el sultanato de Marruecos. En el norte, España obtenía una extensa zona de influencia; en el sur, se reconocía a España una esfera de influencia que comprendía territorios desde la mitad meridional del valle del Sus hasta la Saguia el Hamra. En el conjunto, el proyecto reconocía a España una posición territorial mucho más amplia que la que conseguiría posteriormente en los acuerdos de 1904 y 1912. Pero tras el desastre colonial de 1898, España carecía de la capacidad militar y diplomática de las grandes potencias europeas. Las negociaciones se habían desarrollado durante el Gobierno liberal de Práxedes Mateo Sagasta y el Gobierno conservador que llegó al poder en el momento de la firma, dirigido por Francisco Silvela no quiso asumir el riesgo de cerrar un acuerdo de aquella trascendencia sin garantías diplomáticas suficientes. Al mismo tiempo, el Estado Mayor francés veía con preocupación que la delimitación territorial prevista dificultara la conexión entre Argelia y la costa atlántica marroquí, lo que influyó decisivamente para que el ministro francés de Asuntos Exteriores, Théophile Delcassé terminara rechazando la firma del texto en las condiciones previstas. https://www.scielo.org.mx/scielo.php?pid=S2448-654X2015000100117&script=sci_arttext_plus

[3] Gran Bretaña consiguió tres objetivos estratégicos: consolidar su posición en Egipto, donde ejercía una ocupación de hecho desde 1882, sin que Francia obstaculizara su actuación; proteger Gibraltar y el acceso al Mediterráneo (el artículo VII impedía a Francia levantar fortificaciones u obras estratégicas en una parte de la costa marroquí que se extendía desde las proximidades de Melilla hasta la zona del río Sebú); y preservar sus ya de por sí importantes intereses comerciales en Marruecos, evitando que Francia estableciera un monopolio económico que perjudicara al comercio británico.

[4] En realidad, Gran Bretaña no quería tener a Francia frente a Gibraltar.

[5] El artículo III del articulado secreto estipulaba que una parte del territorio marroquí adyacente a Melilla, Ceuta y las demás plazas españolas pasaría a la esfera de influencia española cuando el sultán dejara de ejercer su autoridad sobre ella. También contemplaba que España asumiera la administración de la costa desde Melilla hasta las alturas de la margen derecha del río Sebú, con las condiciones establecidas en el acuerdo.  https://avalon.law.yale.edu/20th_century/entecord.asp

[6] El acuerdo contemplaba: una esfera de influencia española en el norte desde la desembocadura del río Muluya y continuaba hacia el interior siguiendo diversos accidentes geográficos y divisorias de cuencas; una esfera de influencia española en el sur, también delimitada geográficamente; y el reconocimiento de los derechos españoles relacionados con el establecimiento de Santa Cruz de Mar Pequeña, identificado con Ifni, cuyas delimitaciones se precisaban en el convenio. Durante un primer período, que no podía exceder de quince años, España se comprometía a actuar de acuerdo con Francia. A su vez, Francia debía informar previamente al Gobierno español de sus actuaciones ante el sultán cuando afectaran a la esfera de influencia española. Por una parte, se publicó una declaración franco-española en la que ambos países afirmaban su compromiso con la integridad del Imperio marroquí bajo la soberanía del sultán. Por otra parte, se firmó un convenio secreto que detallaba las zonas de influencia, sus límites y las condiciones para el ejercicio de los derechos de ambas potencias.

[7] Grave conflicto internacional que enfrentó a Francia y al Imperio alemán por el control colonial de Marruecos. El incidente puso a prueba las alianzas europeas y sirvió como un tenso prólogo de la Primera Guerra Mundial. El verdadero objetivo de Alemania no era defender a Marruecos, sino poner a prueba la solidez de la Entente Cordiale. La agresiva postura alemana desató el pánico en Europa, situando a las potencias al borde de un conflicto armado masivo. Para evitar la guerra, se convocó una conferencia internacional en Algeciras, España, que sesionó a principios de 1906. El resultado supuso un fracaso diplomático rotundo para Alemania.

[8] Las reuniones se celebraron en el Hotel Reina Cristina, inaugurado en 1901 y que acogió a las delegaciones diplomáticas de las potencias participantes.

[9] Otorgaba a Francia y España el control de las aduanas, las finanzas y la fuerza policial de los puertos marroquíes y dejó la puerta abierta para que ambas potencias expandieran paulatinamente sus esferas de influencia sobre el territorio jerifiano

[10][10] El hierro obtenido en los montes Uixán y Axara, dentro de la provincia de Nador, destacaba por tener un porcentaje de pureza muy elevado (entorno al 63%), superior al de la mayoría de las minas del País Vasco o de Gran Bretaña. Esto lo convertía en una materia prima codiciada para la industria pesada y armamentística europea de la época.  El mineral se extraía en la zona de Beni Buifrur y se transportaba a través de ferrocarriles mineros construidos expresamente hasta Melilla. La Compañía Española de Minas del Rif (CEMR) era la titular de la explotación y construyó hasta un cargadero de mineral en el puerto melillense.  Al ser una materia prima tan codiciada en Europa, la Compañía Española de Minas del Rif (CEMR) sirvió como la principal fuente de divisas extranjeras para España incluso durante la Guerra Civi. El hierro se exportaba masivamente a países como Alemania e Inglaterra a cambio de capital y recursos.

[11] Cruento episodio bélico que enfrentó a tropas españolas contra las cabilas rifeñas (tribus bereberes de la región de Guelaya y Quebdana, en el Rif oriental). El conflicto se extendió entre el 9 de julio (cuando guerrilleros rifeños atacaron a los obreros que construían el ferrocarril minero que uniría el monte Wiksan con el puerto de Melilla en el barranco de Sidi Musa) y el 27 de noviembre de 1909. El día más negro del conflicto fue el 27 de julio de 1909. Una columna española bajo el mando del general Guillermo Pintos avanzó de forma imprudente por los desfiladeros del Monte Gurugú. Los tiradores rifeños, ocultos en las crestas y cuevas del Barranco del Lobo, emboscaron a las tropas españolas desprotegidas. El resultado fue una matanza atroz. España sufrió más de 150 muertos y cerca de 600 heridos en solo unas horas. España reaccionó y con más de 35.000 soldados peninsulares resolvió la situación y capturó las localidades de Nador y Celuán. El 26 de noviembre de 1909, las tropas españolas aseguraron definitivamente los yacimientos mineros del monte Wiksan. Al verse acorraladas y superadas en número, las cabilas depusieron las armas y firmaron los acuerdos de sumisión y paz. El balance fue terrible: (549 caídos en combate y 211 por enfermedades) y casi 2.000 heridos. Aunque la guerra terminó con una victoria militar y la ampliación de la zona de seguridad en torno a Melilla, solo supuso una tregua temporal; la hostilidad en la región se reanudaría de forma masiva tras el establecimiento formal del Protectorado en 1912, desembocando en la terrible Guerra del Rif.

[12] 27 de julio de 1909. El Barranco del Lobo, un desfiladero escarpado, rocoso y lleno de cavidades a los pies del imponente macizo del Monte Gurugú. Se adentraron el él para asegurar el paso de un convoy de suministros. El avance español estuvo marcado por graves fallos operativos: falta de información táctica (se desconocía por completo el número y la ubicación exacta de los guerrilleros rifeños bien asentados en las cumbres), muchos de los soldados enviados eran reservistas recién desembarcados de la península (llegaron fatigados por el viaje y sin ningún tipo de entrenamiento en combate de montaña) y, finalmente, la columna se adentró en el fondo del barranco quedando totalmente expuesta desde las alturas y sin el apoyo previo de la artillería. La noticia del desastre (153 muertos, aunque se habló de miles, y 599 heridos) actuó como un polvorín en España. En Barcelona, donde la agitación de la Semana Trágica ya estaba en marcha debido a la forzosa movilización de los reservistas de clases bajas, la filtración de la matanza exacerbó la violencia de las protestas populares y las huelgas antimilitaristas (balance de la semana. 159 muertos y 441 heridos). Militarmente, el revés del Barranco del Lobo obligó al Gobierno de Antonio Maura a un cambio radical de doctrina: se enviaron más de 40.000 soldados a Melilla, se incorporaron innovaciones como globos aerostáticos para vigilar la orografía del Gurugú y evitar nuevas emboscadas, y se inició una lenta pero implacable campaña de castigo que sometió la zona meses después.

[13] La tesis (El Rif es más ignorado que el Tíbet) aparecerá desarrollada en sus reflexiones sobre el problema marroquí y, de manera muy clara, en su conferencia Vieja y nueva política, pronunciada en el Teatro de la Comedia de Madrid el 23 de marzo de 1914. En esta ocasión denunciara, además, que los españoles no sabían realmente qué sucedía en Marruecos ni por qué su país se había comprometido allí.

[14] Grave crisis internacional entre Alemania y Francia por Marruecos, con España y, sobre todo, Reino Unido implicados diplomáticamente. Fue una de las grandes crisis que precedieron a la Primera Guerra Mundial

[15] El protectorado español tenía una extensión aproximada de 20.000 kilómetros cuadrados —lo que hoy en día ocupa la provincia de Cáceres— y estaba dominado por la cadena montañosa del Rif. La cadena montañosa del Rif dividía el Protectorado en cuatro zonas: la zona atlántica, con llanuras bajas y fértiles; la horquilla central, con valles y montañas; la zona montañosa, accidentado y poco fértil; y la zona oriental, con un paisaje casi desértico.

[16] Acuerdo por el que Francia y España delimitaron sus respectivas zonas de influencia en Marruecos, después de que el Tratado de Fez del 30 de marzo de 1912 estableciera el protectorado francés. Marruecos no desaparecía formalmente como sultanato. El sultán conservaba su autoridad religiosa y una soberanía formal, pero Francia y España asumían amplias competencias administrativas, militares y económicas en sus respectivas zonas. El convenio, firmado en Madrid por representantes de Alfonso XIII (Manuel García Prieto (1859-1938), marqués de Alhucemas y ministro de Estado) y de la República francesa (León Marcel Isidore Geoffray (1853-1927), embajador extraordinario y plenipotenciario de Francia en España), estableció las condiciones de la presencia española en Marruecos en 3 zonas: la Zona norte, comprendía territorios del Rif, Yebala y la región de Tetuán, con capital en Tetuán; la Zona sur, que comprendía el territorio de Cabo Juby, en torno a Tarfaya, al norte del Sáhara español; y la Zona de Ifni, que el acuerdo contemplaba también la cuestión de los derechos españoles sobre Ifni, cuya delimitación y ocupación efectiva tuvieron su propia evolución. En las tres, España ejercería su autoridad protectora mediante un alto comisario y un jalifa, representante del sultán marroquí en la zona española.

[17] Convenio hispano-francés para precisar la situación respectiva de los dos países respecto al imperio jerifiano es el nombre del tratado bilateral internacional franco español que estableció legalmente el Protectorado español en Marruecos. Supuso el marco jurídico definitivo que rigió la presencia española en el norte de África durante 44 años, hasta que la declaración conjunta hispano-marroquí de abril de 1956 lo dejó sin efecto al reconocer la independencia del país. Las fronteras definitivas asignadas por Francia en Madrid fueron notablemente más reducidas y pobres que las que ambos países habían preacordado de forma secreta en un tratado anterior de 1904.

[18] En las conversaciones hispano-marroquíes conducentes a la finalización del régimen de Protectorado, España da por supuesto que los territorios que debe abandonar son la zona norte, el jalifato de Tetuán, y la zona sur, Tarfaya. En ningún momento se tratan los territorios de Ifni, Sahara, Ceuta y Melilla e islotes (Hispania, 2013, vol. LXXIII, nº. 245, septiembre-diciembre, págs. 817-844; ISSN: 0018-2141, e-ISSN: 1988-8368, doi: 10.3989/hispania.2013.023)

[19] La CEC fue empresa privada impulsada a principios del siglo XX, estrechamente vinculada a las altas esferas políticas y económicas de España —incluido el rey Alfonso XIII—, con el propósito de liderar la colonización y explotación agrícola en el Protectorado español de Marruecos. Operó en la zona oriental del Protectorado español de Marruecos entre 1912 y 1956, impulsando el cultivo y la explotación de tierras tras la pacificación del territorio.  Abrió al cultivo varias áreas en la región del Rif, destacando la Llanura del Garet (con más de 20 000 hectáreas), además de tener presencia en la cuenca del Kert y la zona del Lucus.  Fomentó la llegada de agricultores peninsulares, impulsó cultivos industriales como el algodón y ofreció apoyo a los colonos mediante préstamos de dinero, semillas o aperos de labranza. La llegada sostenida de miles de colonos españoles dio lugar a una convivencia compleja en el territorio del Protectorado. Desde la perspectiva local, la rápida proliferación de costumbres ajenas (asociadas a la población cristiana y europea) supuso un impacto negativo sobre las tradiciones e identidad islámicas de la región.  Se crearon dos comunidades que, si bien coexistían en los mismos espacios de producción agrícola, vivían bajo realidades jurídicas y socioeconómicas marcadamente desiguales, sembrando un resentimiento que alimentó los posteriores movimientos de liberación e independencia.

[20] De 41 kilómetros, inaugurada el 17 de mayo de 1918, para el transporte de pasajeros, mercancías y suministros; con utilidad militar y estratégica. Contó con nueve estaciones y apeaderos. Aunque inicialmente se contempló un ancho de vía internacional para facilitar su conexión con el ferrocarril Tánger-Fez, las dificultades de construcción y la necesidad de acelerar las obras llevaron a adoptar finalmente el ancho métrico. La línea pretendía reforzar la posición de Ceuta frente a la competencia de otros puertos de la región  y convertir Ceuta en un centro de comunicaciones con el territorio del Protectorado.

[21] Salvador de la Trinidad Rius y Torres fue un empresario naviero, comerciante y político catalán. Fue diputado a Cortes por el distrito barcelonés de Mataró en varias legislaturas. En 1907 participó en la constitución de la Mutua General de Seguros y, posteriormente, orientó parte de sus intereses empresariales hacia el norte de África. Rius obtuvo también la concesión del ferrocarril Ceuta-Tetuán mediante un real decreto de 2 de junio de 1911. La Compañía Española de Fomento en África constituida en 1912, buscaba promover actividades comerciales en el Protectorado español de Marruecos.

[22] Enrique Ibarrola Abaña obtuvo en 1920 una concesión para establecer depósitos de suministro de carbón y combustibles para buques, concretamente de mazut, que es fueloil pesado, residual y de baja calidad que se obtiene en la última etapa del proceso de destilación y refinamiento del petróleo crudo, justo después de extraer componentes más ligeros como la gasolina y el diésel. Se trata de una sustancia negra, ultraespesa, alquitranada y altamente viscosa.

23 oct 2026

SOBRE CEUTA; con la que está cayendo... (VI)

  

Y sigo en faena, con la historia a cuestas…

 

CEUTA Y EL INICIO DEL ACOSO ALAUÍ

Si Portugal se resignaba sobre Ceuta, las cabilas del sultán no se resignaban a poseer la ciudad. La nueva dinastía alauí[1] de sultanes, iniciada en 1666, lejos de dominar las tribus las dejó a su albur y calmó sus aspiraciones belicosas dejándolas hacer a su antojo contra Ceuta; las más de las veces, no podía controlarlas.

No obstante, otras veces eran los propios sultanes los que se empleaban a fondo en la cuestión ceutí. Así, Ceuta abandona el XVI y entra en el XVII sumida en un durísimo episodio: el larguísimo sitio y asedio al que la sometió Muley Ismail, segundo soberano de la dinastía alauita, entre 1694 y 1727: 33 años[2] [3].

Ceuta la superó y a pesar de la situación, Ceuta transitó los primeros años del XVIII reforzada en su condición de plaza española; y cuando la Guerra de Sucesión (1701-1714), aún sitiada, Ceuta se mantuvo del lado de Felipe V, mientras que Portugal, la otrora nación poseedora, se alineó en la órbita del bando austracista.

Gracias a esta situación, Ceuta quedará así definitivamente identificada con la Monarquía española. En esas que en 1715 se le dota del Reglamento para integrarla plenamente en la estructura del Estado. El Reglamento de Ceuta[4] reorganiza el gobierno y funcionamiento de la plaza en el contexto de la nueva Monarquía borbónica como norma fundamental para comprender la organización militar, administrativa y penitenciaria[5] de la Ceuta española a comienzos del siglo XVII. La plaza era un presidio por su naturaleza militar y estratégica; algunos de sus habitantes lo eran por su condición penal.

Además, Ceuta superó también en el XVIII el violento episodio de 1732[6], consolidó su estructura sanitaria con un hospital (1744) y puso en marcha la Casa de Misericordia y hasta capeó, no sin alguna dificultad, los desastres naturales de 1755: el tsunami, tras el terremoto de Lisboa[7], y el terremoto de Mequinez[8]. Las reseñas de fallecidos en ambas catástrofes pasaron por alto la plaza de Ceuta por lo que parece quee resistió bien gracias a la disposición de sus murallas y la solidez de las construcciones.

Para 1767 imperaba en aquellas latitudes norteafricanas un Tratado de Paz y Comercio[9], aunque la cuestión de los presidios españoles siguió siendo un foco de tensión; posteriores acuerdos confirmaron los límites de Ceuta.

Pero para los sultanes, de siempre, los acuerdos nunca han conllevado a involucrarse en su cumplimiento.

Y, por ello, aún tuvo Ceuta que soportar el asedio del nuevo sultán Muley Yazid en 1790; lo que se conoció como la Guerra de 1790-1791[10]. Su padre, Mohammed III había comenzado una política de confrontación desde 1757, pero el asedio se lo puso a Melilla (1774-75).

 

CEUTA SIGLO XIX

El siglo XIX lo comienza Ceuta no tan ajena, por lejanía, a la Guerra de la Independencia, contra Napoleón (1808-1814), que se libraba en la península.

Nada más comenzar el mes de junio de 1808 un destacamento británico, llegado desde Gibraltar, ocupó el islote Perejil con el objetivo de controlar el paso del Estrecho de Gibraltar y el día 5 de junio, barcos británicos ayudaron al traslado a la península de tres regimientos de guarnición en Ceuta para oponerse al avance francés en la península; fueron desembarcados en Algeciras. El viejo enemigo, Gran Bretaña, se prestaba ahora como aliado en su sempiterna lucha contra el francés.

Como la ciudad había quedado un tanto desguarnecida en marzo de 1810 la Regencia de Cádiz autorizó la llegada a Ceuta de tropas británicas desde Gibraltar; se trató de un regimiento integrado por católicos irlandeses que estarían en Ceuta hasta agosto de 1814[11].

Y desde Ceuta, en una absurda maniobra criticada en los Manuales militares de la época partió la triste expedición del general Blayney para tomar Fuengirola de octubre de 1810[12].

Y aun en este clima bélico, en 1811 Ceuta constituye su nuevo Ayuntamiento[13] y tras la promulgación de Constitución de 1812, La Pepa, la jura solemnemente y eleva una protesta formal a la Cámara Nacional por no haber sido tenida en cuenta la voz de la ciudad en todo el proceso constitucional —Ceuta esgrimió los argumentos de importancia y mérito—, recordando que Ceuta, por su seguridad —además—, había sido ofrecida reiteradas veces como sede deliberante[14] frente a Cádiz.

Pero en 1830 cambia el panorama geoestratégico en el Magreb. Francia inicia su conquista de Argelia como resultado de una mezcla de desesperación política interna, disputas financieras acumuladas y ambición de prestigio internacional. El plan inició su ejecución el 14 de junio de 1830 pocas semanas antes de que el rey Carlos X fuera derrocado por la Revolución de Julio[15].

Por primera vez en todo el amplio Magreb una gran potencia europea, Francia, comenzaba a construir un dominio territorial permanente frente a la fachada mediterránea española.

El sultanato se convirtió en el territorio intermedio entre dos espacios europeos de expansión: la Argelia francesa y las plazas españolas del norte de África. Y hay que precisar que aquella España no estaba embarcada —ni la del siglo XVIII— en una política colonial norteafricana; pero nos vimos involucrados en ella.

Buen ejemplo de ello es que en 1792, trescientos años después de la toma de Granada, España había abandonado Orán[16], que había mantenido desde 1509, y la plaza pasó al Dey de Argel. En Ceuta se asentaron entonces contingentes de argelinos que habían formado parte de la guarnición española de Orán.

No obstante, a partir de 1844, España reorganizará el régimen de gobierno y administración de las plazas norteafricanas dentro de la reorganización territorial del Estado liberal una vez que la breve guerra del mes de agosto entre el sultán marroquí y Francia trajo la derrota de este[17] y el regreso de los acosos de las cabilas rifeñas a la ciudad que fueron todos repelidos con prontitud.

Pero en 1859 Ceuta asumió un triste protagonismo en la llamada Guerra de África, ya durante el reinado de Isabel II, y tiene una importancia especial para entender la posición real de la ciudad. Todo se inició por un incidente fronterizo. En agosto de 1859, miembros de la tribu Anyera/Anghera, en la Yebala, consideraron que las obras españolas de fortificación en la llamada ‘zona exterior’ invadían sus zonas de pastoreo; y atacaron y destruyeron[18] los mojones y trabajos en marcha.

España reclamó al sultán que castigase a los responsables y reparase los daños. El sultán inb Hisham falleció y su sucesor, Mohamed IV, dio evasivas a Madrid. Ante ello, España, tras obtener el beneplácito de Inglaterra y Francia —las grandes potencias europeas—, declaró oficialmente la guerra a Marruecos el 22 de octubre de 1859 y el propio O'Donnell, presidente del Gobierno, asumió el mando de las operaciones.

En tres meses y tres batallas (Castillejos, 01/01; Tetuán, 04/02; y Wad-Ras, 23/03) se liquidó el conflicto llegándose al Tratado de Wad-Ras el 26 de abril de 1860, que reconoció como plazas de soberanía las de Ceuta y Melilla, los peñones de Vélez de la Gomera y Alhucemas, y las Islas Chafarinas[19] que habían sido ocupadas por España en 1848 para evitar que Francia se hiciera con ellas; y como apoyo logístico a la ciudad de Ceuta.

Por mediación británica, para sentar los límites de las ciudades españolas en el norte de África, se alcanzaron dos tratados muy concretos: el Acuerdo de Tánger (28/08/1844 sobre Melilla) y el Convenio de Larache (06/05/1845) específico sobre Ceuta: “El primero de los límites es desde el mar de la Barranca Hafats Accadar, en la parte del Tinidac, hasta el mar de Jaudac Bab el Arais (Barranca de la puerta de las novias), que es la corriente de las aguas en el tiempo de las lluvias y el primero de los del lado derecho pasando a la Barranca de Larais está dentro de los límites de Ceuta, y el lado izquierdo pertenece a los moros; y el agente mediador estableció las señales mencionadas en dichos límites para que fabricasen los pilares de material u otra cosa sin número y sin posición; como igualmente estableció el dicho mediador en el terreno llano entre las dichas dos barrancas, un pilar de piedra, y éste es con objeto de marcar mejor los mencionados límites, como estaban antiguamente, y una fuente que está al fondo de la Barranca de Larais el expresado, dentro de la parte de Ceuta, aprovecharán su agua ambas partes, y cada una de ellas puede poner en sus límites las guardias que quiera”[20].

Y por si no estaban específicamente claros estos límites, por el Tratado de Paz y Amistad firmado en Tetuán el 26 de abril de 1860[21] se puntualizaron los límites ceutíes en el Artículo III[22] y se señaló el establecimiento de un campo neutral[23].

Tras Wad-Ras Ceuta vivirá una etapa de expansión urbana que avanzará con la apertura de su puerto al comercio (1869) que revitalizará la economía ceutí y posibilitará un auge de actividades civiles. A partir del Tratado de Wad-Ras nace la Ceuta moderna que vive una etapa de esplendor que irá a más, incluso tras la guerra hispano-norteamericana y los desastres de las pérdidas de Puerto Rico, Cuba y Filipinas.

Como ya avanzamos, en el siglo XIX Ceuta albergaba una importante población de condenados, cuya mano de obra se empleaba en obras públicas, construcción, limpieza y otros servicios. El peso militar y penitenciario dificultaba el desarrollo de una burguesía comercial comparable a la de otras ciudades portuarias españolas. Y, finalmente, Ceuta era frontera conflictiva: las relaciones con las comunidades vecinas estaban condicionadas por los límites territoriales, los incidentes fronterizos y la situación política del sultanato marroquí.

Uno de los acontecimientos fundamentales para comprender la frontera actual de Ceuta se produjo en 1844, cuando se modificó la delimitación del territorio. La línea fronteriza quedó establecida tomando como referencias los arroyos de Fez y Cañaveral. Fue una ampliación anterior a la gran modificación territorial de 1860. Este antecedente importa porque permite distinguir dos procesos diferentes: la delimitación de 1844 y la ampliación posterior a la Guerra de África[24].

Precisamente la Guerra de África (1859-1860) convirtió a Ceuta en la principal base española para el desembarco, abastecimiento y organización de las operaciones militares en territorio marroquí. La campaña también puso de manifiesto las carencias de la ciudad en muelles, almacenes, hospitales, cuarteles y vías de comunicación.

La consecuencia territorial fue trascendental: la frontera avanzó hacia el oeste y el sur, hasta alcanzar la configuración general que conocemos actualmente[25]. El tratado no creó la presencia española en Ceuta: estableció una ampliación de su territorio y nuevas condiciones de seguridad. Es importante mantener esa distinción cuando se analiza la españolidad histórica de la ciudad.

Entre 1860 y 1870 se construyeron fuertes destinados a proteger la nueva línea fronteriza y controlar los accesos terrestres. Las fortificaciones reforzaban el sistema defensivo de la ciudad y permitían vigilar el territorio incorporado tras el conflicto.

La organización militar también experimentó cambios. En 1860 se reorganizaron unidades de artillería y, durante los años siguientes, se desarrollaron nuevas estructuras y fortificaciones para la defensa de Ceuta.

Otro dato de interés para la españolidad de Ceuta es que Agustina de Aragón[26] murió allí, en Ceuta, el 29 de mayo de 1857[27]. La heroína de los sitios de Zaragoza había ingresado honoríficamente en las filas del Regimiento Fijo de Ceuta[28]. Su fallecimiento constituye uno de los episodios biográficos destacados de la presencia militar española en la ciudad durante el siglo XIX.

Y, por cierto: de la Guerra de la Independencia, la guerra contra el francés, hay otro personaje que sumar a la españolidad de Ceuta. Se trata de un militar relevante para la historia española del siglo XIX: Jacinto Ruiz Mendoza[29], nacido en Ceuta en 1779.

Teniente de infantería del Regimiento de Voluntarios del Estado, participó en el levantamiento del 2 de mayo de 1808 en Madrid contra las tropas napoleónicas, junto a los capitanes de artillería Luis Daoiz y Pedro Velarde. Su trayectoria constituye un vínculo destacado entre la historia ceutí y la Guerra de la Independencia española. No ha pasado a la historia general de España que se le cite como uno de los héroes del 2 de mayo; no murió, como ellos, en combate el mismo 2 de mayo (de un disparo Velarde y cosido a bayonetazos Daoiz); pero sus restos sí reposan en la Plaza del 2 de mayo de Madrid en su condición de héroe de dicha fecha.

En España no se te perdona que no mueras en combate; pero un día alguien se acuerda de ti, y faltan plazas para erigirte un monumento en memoria. Otra pincelada para la españolidad de Ceuta.

 

Y mañana nos metemos de lleno en el complicadísimo y belicoso siglo XX…

 


Cartografía. Museo Zumalacárregui. Mapa, firmado por Andrés Villalón y fechado el 24 de abril de 1860, representa la frontera entre la plaza española de Ceuta y el territorio marroquí. Incluye la zona neutral, los caminos, las principales fortificaciones y la línea divisoria acordada.


[1] La dinastía alauí es la familia real que gobierna Marruecos desde el siglo XVII y a la que pertenece el actual rey, Mohamed VI. Es una de las dinastías históricas del Magreb y resulta fundamental para comprender la formación del Estado marroquí y sus relaciones con España. Los alauíes —también llamados alauitas o Alawíes— afirman descender de Alí ibn Abi Tálib, primo y yerno del profeta Mahoma, y de Fátima, hija del profeta. Por esa genealogía, la dinastía reivindica su condición de descendiente de Mahoma y su legitimidad religiosa. Moulay Rachid (1666-1672) unificó buena parte de Marruecos e inició el dominio alauí sobre el país. La dinastía procedía del oasis de Tafilalet, en el sureste marroquí. Moulay Ismail (1672-1727) consolidó el poder central, organizó un ejército permanente y reforzó la autoridad del sultán. Durante su reinado se desarrolló una política de recuperación de plazas costeras ocupadas por potencias europeas como Tánger y Larache después de que Inglaterra evacuara a sus comerciantes. Sus sucesores viven momentos convulsos de rebeliones internas e intrigas hasta alcanzar el siglo XX: Moulay Ahmed al-Dhahabi (1727-28 /1728-29), Moulay Abdelmalek (1728), Moulay Abdallah (1729-34 / 1736 / 1740-41), Moulay Ali (1734-36), Mohammed II (1736-38), Moulay al-Mostadi (1738-40 / 1742-43 / 1747-48), Moulay Zine el-Abidine (1741), Mohamed III (1757-90), Moulay Yazid (1790-92)m, Moulay Slimane (1792-1822), Moulay Abderrahmane (1822-1859), Mohamed IV (1859-73), Hasan I (1873-1894), Moulay Abdelaziz (1894-1908), Moulay Abdelhafid (1908-1912), Moulay Youssef (1912-1927), Mohammed V (1927-1961), Hasan II (1961-1999) y Mohamed VI.

[2] Los sitiadores nunca lograron bloquear el acceso marítimo a Ceuta que siguió recibiendo vituallas, armas y soldados. Los defensores realizaban pequeñas salidas en barco para capturar naves enemigas e intercambiar mercancías. Incluso cuando los británicos tomaron Gibraltar en 1704 e intentaron dificultar el paso de suministros, el flujo marítimo español nunca llegó a cortarse por completo.

[3] En 1721 el llamado Socorro de Ceuta puso prácticamente fin al prolongado cerco que los marroquíes mantenían desde 1694. Participan unidades del ejército peninsular, entre ellas el Regimiento Montesa. En 1720 Felipe V ya había enviado una expedición para socorrer Ceuta que obligó a los sitiadores a retirarse hacia Castillejos… pero una epidemia de peste mermó hasta tal extremo al Ejército español que los cabileños continuaron meses después el asedio.

[4] Disposición dictada por el rey Felipe V el 9 de diciembre de 1715 para regular la organización político-militar y el sostenimiento del presidio (connotación netamente militar como puesto fortificado de frontera y destacamento defensivo permanente) y la guarnición de la plaza de Ceuta al inicio de la administración de la Casa de Borbón. Forma parte de la primera serie de normativas del siglo XVIII con las que la monarquía centralizó y reformó el gobierno de los enclaves norteafricanos (precediendo a los reglamentos de Melilla o el Peñón de Vélez en 1717). Establecía de forma minuciosa los sueldos y la paga que debían recibir los miembros de la guarnición militar instalada en la ciudad. Ordenaba la constitución de una unidad encargada de la custodia y gestión de armas y municiones, a cargo de un Mayordomo de Artillería. https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/5854743.pdf El reglamento terminó su redacción en Madrid el 28 de noviembre de 1715 y señaló que su aplicación debía comenzar el 1 de enero de 1716, perseguía tres objetivos principales

[5] La función penal de Ceuta se remonta a la época portuguesa, desde 1415, y el presidio desapareció definitivamente en 1911, aunque los últimos reclusos fueron trasladados a la Península a comienzos de 1912. La Portugal del siglo XV recurrió al envío de condenados y desterrados a la ciudad. Ceuta formó parte de los denominados coutos de homiziados, espacios en los que determinados delincuentes podían encontrar refugio bajo unas condiciones jurídicas específicas, vinculadas históricamente a la prestación de servicios y a la defensa. Tras la incorporación de Portugal a la Monarquía Hispánica en 1580, Ceuta continuó recibiendo condenados. Durante esta etapa se fue consolidando la utilización de penados en las fortificaciones y en otras actividades necesarias para el sostenimiento de la plaza. El Reglamento de 28 de noviembre de 1715 reorganizó el funcionamiento de la plaza y reguló su estructura militar y administrativa, incluyendo la organización de los presidiarios. La Ordenanza de 1791 introdujo reformas específicas en el presidio ceutí de carácter penal: se organizaron brigadas de penados destinadas a diferentes trabajos, entre ellos las obras de fortificación y los oficios relacionados con la artillería y la ingeniería. Los condenados podían desempeñar tareas de albañilería, carpintería, herrería y otros trabajos necesarios para las instalaciones militares. El presidio se convertía así en una fuente de mano de obra para la construcción y el mantenimiento de la ciudad fortificada. La Ordenanza General de los Presidios del Reino de 14 de abril de 1834 integró el presidio de Ceuta en la organización penitenciaria española. Ceuta pasó a desempeñar un papel importante en el cumplimiento de condenas graves, mientras que el trabajo de los penados continuó vinculado a distintas actividades de la plaza. La Ley de Prisiones de 1849 mantuvo la importancia de los presidios africanos en el cumplimiento de determinadas condenas. Para comprender la magnitud de esta realidad, una referencia publicada a partir del Diccionario de Madoz cifra en 2.434 los reclusos registrados en diciembre de 1846. Es un dato que muestra el considerable peso de la población penal en la Ceuta del siglo XIX. Durante la segunda mitad del siglo XIX, la ciudad continuó siendo plaza militar, centro administrativo y establecimiento penitenciario. La fortaleza del Hacho, por ejemplo, adquirió una función penal específica en 1870. El Real Decreto de 23 de diciembre de 1889 convirtió el establecimiento en una colonia penitenciaria. El Real Decreto de 6 de mayo de 1907 dispuso el traslado de los presidios africanos a la Península. El proceso culminó en Ceuta en 1911, cuando se suprimió definitivamente el presidio. Los últimos reclusos fueron trasladados a la península a comienzos de 1912. Su desaparición tuvo consecuencias económicas y sociales: los penados habían constituido una parte importante de la mano de obra empleada en la construcción, los talleres, la limpieza urbana y distintos servicios.

[6] El asedio estuvo instigado e increíblemente dirigido por Juan Guillermo Ripperdá, un noble de origen holandés que había sido primer ministro de España bajo el reinado de Felipe V. Tras caer en desgracia, revelar secretos de Estado y escapar de su prisión en el alcázar de Segovia, huyó al norte de África. Allí se convirtió al islam y convenció al sultán Abdalá II para armar un ejército imponente de 35.000 hombres, compuesto por el ejército regular del sultán y guerreros de las tribus locales (cabileños) A pesar de la gran desventaja numérica, las defensas de Ceuta reaccionaron con rapidez. La guarnición, liderada por el gobernador y mariscal de campo Antonio Manso, ejecutó una arriesgada y contundente operación militar de contraataque que derrotó por completo a los atacantes, obligándolos a retirarse y frustrando los planes del renegado holandés.

[7] El 1 de noviembre de 1755. El consiguiente tsuanmi causo más de 10.000 muertos en las ciudades costeras. Destruyó la parte baja de Agadir, Tánger, Arcila, Larache y Casablanca. Las olas remontaron el curso del río Bu Regreg y llegaron hasta Rabat

[8] 27 de noviembre de 1755; más de 20.000 víctimas de las que 12.000 fueron en Mequinez con especial incidencia en la judería local (Mellah), donde fallecieron unos 8.000 judíos de los 16.000 que residían en el barrio. El terremoto destruyó lo que pervivía de la ciudad de Volubilis.

[9] El tratado fue acordado entre el rey Carlos III de España y el sultán Sidi Mohammed ben Abdallah (Sidi Mohammed III) de Marruecos. El sultán marroquí buscaba modernizar su reino abriéndolo al comercio exterior y consolidar sus ingresos fiscales. España envió como embajador extraordinario al marino ilustrado Jorge Juan y Santacilia, quien negoció hábilmente las cláusulas del documento directamente en la corte y se aseguró la paz perpetua (cese de hostilidades tanto por mar como por tierra, prohibiendo el corso o la piratería autorizada entre ambos reinos) la libre navegación y comercio con los puertos del otro reino (con aranceles regulados y prohibición estricta del contrabando), el establecimiento de Cónsules (para proteger a los comerciantes españoles, administrar justicia entre sus nacionales y emitir pasaportes) y sobre los presidios (Plazas Africanas) se reconoció el respeto y el cese de agresiones a los enclaves españoles de Ceuta, Melilla, el Peñón de Vélez de la Gomera y Alhucemas. El tratado estipulaba la devolución mutua de los desertores que huyeran a territorio enemigo.

[10] Para legitimarse ante las tribus, Muley Yazid adoptó una postura beligerante (una guerra santa) frente a los Presidios españoles (Ceuta, Melilla, Peñón de Vélez de la Gomera). El 25 de septiembre de 1790 Yazid atacó Ceuta.  España reforzó rápidamente las plazas enviando buques ligeros desde Algeciras y tropas adicionales, comandadas por figuras como los generales Luis de Urbina y José de Urrutia. Las fuerzas defensivas españolas sumaron unos 12.000 soldados frente al ejército del sultán, de entre 18.000 y 20.000 hombres. Tras un alto el fuego para atender la del sultán de entregar las plazas, que el rey Carlos IV rechazó de plano, se retomaron las hostilidades. La Armada española bombardeó plazas del sultanato, como Tánger, coincidiendo con el estallido de una guerra civil interna en la que los hermanos del sultán disputaban su liderazgo, Muley Yazid se vio obligado a levantar definitivamente el asedio a Ceuta el 14 de septiembre de 1791. Las hostilidades terminaron con una victoria defensiva española, consolidándose el control de España sobre sus plazas norteafricanas. Yazid, que controlaba el eje Fez-Tetuán-Tánger, con apoyo británico quería debilitar a España. Muley Hisham reunió en torno a Marrakech a las tribus del Sur y las provincias más ricas. Un tercer hermano Muley Abd al-Raman levantó las cabilas de Tafilat y Sus; finalmente, el cuarto hermano, Muley Sulayman, se dedicó a boicotearlos a todos. España apoyó a Hisham, pero quien consiguió el poder fue Sulayman, que terminó manteniendo una buena relación momentánea con España.

[11] Se trató del 2º Batallón del 4º Regimiento King’s Own al mando, primero, del mayor general John Fraisery desde 1813, del general Charles Griffits (King’s Own Regiment History). Algunos de sus integrantes casaron con mujeres ceutíes (El faro de Ceuta). El King¡s Own fueun regimiento creado por los británicos en su breve posesión de la ciudad de Tánger el 13 de julio de 1610.

[12] Desde Gibraltar partieron para Ceuta los batallones 82 y 89 y en la ciudad española se formó el convoy uniéndose a ellos el Regimiento Imperial de Toledo, saliendo con destino Fuengirola el 12 de octubre. Desembarcaron en la Cala del Moral, a tres kilómetros al suroeste de Fuengirola, defendida por soldados polacos del 4ª Regimiento de Infantería del Ducado de Varsovia que rechazaron el ataque y capturaron a Blayney. La flora regresó a Ceuta con los restos del Imperial de Toledo y los británicos volvieron a Gibraltar

[13] Los ayuntamientos constituidos en España en 1811-1812 dejaron de ser, en buena medida, corporaciones vinculadas a los privilegios del Antiguo Régimen para convertirse en instituciones representativas reguladas por un modelo constitucional común.

[14] El Ayuntamiento ceutí, constituido en 1811 y presidido por el alcalde Antonio Salas, había elevado una queja formal a la denominada Cámara Nacional, expresando su malestar porque Ceuta había quedado sin representación directa en las Cortes reunidas en Cádiz. El escrito fue leído en las Cortes el 4 de mayo de 1811. La respuesta parlamentaria consistió en incorporar el distrito electoral de Ceuta a los de otras ciudades andaluzas, a la espera de que pudiera completarse el número de electores necesario para justificar un diputado propio. La solución vinculó electoralmente a Ceuta con Sevilla, a través del partido de Algeciras. https://elfarodeceuta.es/ceuta-en-la-constitucion-de-1812/ + https://elfarodeceuta.es/las-cortes-y-la-constitucion-de-cadiz-en-ceuta/

[15] El fracaso del intento de restaurar el poder de la monarquía tradicional frente a una sociedad que había cambiado profundamente tras la Revolución francesa y el Imperio napoleónico. La revolución fue el resultado de una creciente confrontación entre la Corona, la oposición liberal y sectores de la sociedad francesa. El detonante fueron las ordenanzas reales promulgadas el 25 de julio de 1830 conocidas como las Ordenanzas de Saint-Cloud, incluían tres medidas fundamentales: la suspensión de la libertad de prensa y la imposición de nuevas restricciones a las publicaciones; la disolución de la Cámara de Diputados antes de que llegara a reunirse; y la modificación del sistema electoral para reducir la influencia de determinados sectores de la oposición. La Corona pretendía neutralizar a sus adversarios por vía legal, pero las medidas provocaron precisamente la reacción que buscaban evitar. El 29 de julio ocuparon el Palacio de las Tullerías. Carlos X abdicó el 2 de agosto de 1830 en favor de su nieto, Enrique de Artois, conde de Chambord, pero la Cámara de Diputados no aceptó esa solución y ofrecieron la Corona de Francia a Luis Felipe de Orleans. El 9 de agosto, Luis Felipe I de Francia fue proclamado rey de los franceses. La fórmula tradicional «rey de Francia» evocaba una legitimidad dinástica; «rey de los franceses» subrayaba una legitimidad vinculada a la nación.

[16] El factor determinante para el abandono de Orán fue el terremoto y las réplicas de los días 8-9 de octubre de 1790. Fue devastador: la mayor parte de la ciudad de Orán quedó destruida y las fortificaciones gravemente dañadas, lo que aprovechó Mohammed el-Kebir, Bey de Mascara, para someter la maltrecha ciudad de Orán a una fuerte presión militar. La plaza quedó en una situación tan difícil de sostener que España tuvo que valorar si merecía la pena reconstruirla y mantener una costosa guarnición allí. Se optó por alcanzar el Tratado de cesión de la plaza de Orán y del puerto de Mazalquivir a la Regencia de Argel, firmado el 12 de septiembre de 1791.

[17] El sultán marroquí apoyó al emir argelino Abd al-Qadir y realizó algunas acciones contra las tropas francesas. Francia bombardeó Tánger (06/08), les venció en la batalla de Isly (14/08) y bombardeó Mogador (15 y 17/08). El 10 de septiembre en Tánger, el sultán de Marruecos reconocía Argelia como territorio y posesión de Francia.

[18] El Ejército español había iniciado la construcción de nuevas instalaciones defensivas en el Campo Exterior de Ceuta, fuera del recinto fortificado tradicional. Los rebeldes ocasionaron los siguientes daños: destrucción de un puesto de vigilancia de caballería, derribo de la garita de un centinela de infantería, arranque de varios mojones que delimitaban la frontera, destrucción de los trabajos del cuerpo de guardia en construcción y arranque de la puerta del puesto denominado Centrillo.

[19] Las Islas Chafarinas se encuentran situadas en el mar de Alborán, a tan solo 1,9 millas náuticas (3,52 kilómetros) de la costa norte de África (frente a la localidad de Ras el Ma) a unos 45 kilómetros al este de Melilla, muy cerca de la frontera con Argelia. Son tres islas. Isla Isabel II, la isla central y la única habitada (alberga de forma permanente un pequeño destacamento militar del Grupo de Regulares de Melilla y personal científico); Isla del Congreso e Isla Rey Francisco. Entre las tres suman 0'58 km2

[22] Su Majestad el Rey de Marruecos cede a Su Majestad la Reina de las Españas en pleno dominio y soberanía el territorio comprendido desde el mar, siguiendo las alturas de Sierra Bullones hasta el barranco de Anghera. Como consecuencia de ello, S. M. el Rey de Marruecos cede a Su Majestad la Reina de las Españas en pleno dominio y soberanía todo el territorio comprendido desde el mar, partiendo próximamente de la punta oriental de la primera bahía de Handag Rahama en la costa Norte de la plaza de Ceuta por el barranco o arroyo que allí termina, subiendo luego a la porción oriental del terreno, en donde la prolongación del monte del Renegado, que corre en el mismo sentido de la costa, se deprime más bruscamente para terminar en un escarpado puntiagudo de piedra pizarrosa, y desciende costeando desde el boquete o cuello que allí se encuentra por la falda o vertiente de las montañas o estribos de Sierra Bullones, en cuyas principales cúspides están los reductos de Isabel II, Francisco de Asís, Pinier, Cisneros y Príncipe Alfonso, en árabe Vad- aniat, y termina en el mar, formando el todo un arco de círculo que muere en la ensenada del Príncipe Alfonso, en árabe Vad- aniat, en la costa Sur de la mencionada plaza de Ceuta, según ya ha sido reconocido y determinado por los comisionados españoles y marroquíes con arreglo al acta levantada y firmada por los mismos en 4 de abril del corriente año. Para conservación de estos mismos límites se establecerá un campo neutral, que partirá de las vertientes opuestas del barranco hasta la cima de las montañas desde una a otra parte del mar, según se estipula en el acta referida en este mismo artículo.

[23] El tratado se firmó el 26 de abril de 1860, pero la delimitación concreta se apoyó también en los trabajos posteriores y actas de los comisionados sobre el terreno.

[26] En el verano de 1808, el ejército francés de Napoleón asedió la ciudad de Zaragoza. Agustina, que se encontraba en la ciudad llevando comida y munición a los defensores, llegó a la batería de la Puerta del Portillo.  Un proyectil enemigo o una explosión de granada acabó con la vida de todos los artilleros que defendían el cañón de 24 libras, provocando el pánico y permitiendo que las tropas francesas se lanzaran al asalto final.  Ante el repliegue de los defensores, Agustina corrió hacia la pieza de artillería, tomó la mecha de las manos de un artillero moribundo y prendió la mecha del cañón, disparando a bocajarro contra la formación francesa que avanzaba.  La descarga causó graves bajas en el enemigo, detuvo el asalto y devolvió el coraje a las tropas españolas para resistir la posición.  El general José de Palafox, impresionado por su arrojo, le concedió inicialmente el título de artillera y los grados de sargento y subteniente (llegando a recibir el reconocimiento oficial como subteniente de los reales ejércitos).  Lejos de retirarse tras el primer asedio, Agustina participó activamente en el segundo sitio de Zaragoza y en otras acciones de la guerra (como en Tolosa o Vitoria), combatiendo incluso junto a las guerrillas tras ser capturada y lograr escapar.  Su figura trascendió la historia para convertirse en un icono del heroísmo popular plasmado en la literatura, la ópera, la pintura y el cine. Sus restos descansan en la capilla de la Anunciación de la Iglesia de Nuestra Señora del Portillo en Zaragoza.

[27] Agustina Raimunda María Saragossa Domènech murió en Ceuta, en la casa de su hija Carlota. Carlota Cobos Saragossa se había casado con Francisco Atienza Morillo, un militar que fue destinado a la plaza de Ceuta. Al mudarse su hija allí, Agustina comenzó a visitar la ciudad autónoma con frecuencia. Su segundo marido, el médico Juan Cobos, se involucró activamente en la causa carlista. Debido a sus diferencias ideológicas (Agustina apoyaba la línea de Isabel II), Agustina decidió separarse de él. En 1853 decidió mudarse definitivamente a Ceuta para vivir junto a su hija, su yerno y sus nietos, quienes cuidaron de ella en sus últimos años de vida. Tras su fallecimiento el 29 de mayo de 1857, y debido a su estatus de subteniente de infantería del ejército regular español, la ciudad de Ceuta se conmovió profundamente y le rindió honores militares. Fue enterrada con la máxima solemnidad en el cementerio de Santa Catalina de Ceuta, donde permanecieron sus restos hasta que en 1870 el Ayuntamiento de Zaragoza acordó su traslado definitivo.

[28] El Regimiento Fijo de Ceuta fue una de las unidades militares más emblemáticas y longevas de la historia de España, clave para la defensa de la ciudad autónoma frente a los constantes asedios norteafricanos y destacada en numerosos conflictos internacionales. Estaba compuesto mayoritariamente por soldados nativos de la propia tierra ceutí.  Nació partir de la unión de dos unidades defensivas preexistentes, la "Bandera Vieja" y la "Bandera Nueva", que en 1670 pasaron a llamarse formalmente Compañías de la Ciudad de Ceuta. El término "fijo" se utilizaba en el Imperio español para definir a las unidades militares que tenían su guarnición y base permanente en una plaza específica (en este caso Ceuta) y no rotaban por la península. Además de guarnecer la plaza de Ceuta intervino heroicamente en hechos relevantes de la Historia de España: prticipó en el histórico intento hispano-francés por recuperar el Peñón (1779-1783); combatió contra la Francia revolucionaria en la Guerra del Rosellón )1793-1795); y sus batallones se desplegaron en diversos momentos para defender los intereses de la corona española hasta en las Guerras Carlistas. Su vasto historial militar, sus tradiciones y su nombre honorífico han sido heredados por el Grupo de Regulares de Ceuta nº 54.

[29] El teniente Ruiz Mendoza convaleciente en mayo de 1808 en su cuartel por una grave enfermedad, al escuchar los disparos y enterarse de que el pueblo de Madrid estaba siendo masacrado, vistió su uniforme y acudió de inmediato a sumarse a la defensa. Aunque era oficial de Infantería, Velarde le asignó el mando de una de las piezas de cañón situadas a las puertas del Parque de Artillería de Monteleón (en la actual Plaza del Dos de Mayo, ubicada en el corazón del céntrico barrio de Malasaña en Madrid), coordinando a soldados y civiles (entre ellos la célebre Benita Pastrana) para repeler las oleadas francesas. A diferencia de Daoíz y Velarde, que murieron en el acto, Ruiz sobrevivió a la batalla, aun habiendo recibido dos impactos de bala en su cuerpo, resultando gravemente herido. Se le ordenó trasladarse a Badajoz para recuperarse y fue ascendido por su heroísmo. Nunca llegó a Badajoz, falleciendo en Trujillo (Cáceres), el 13 de marzo de 1809. En 1909, su cuerpo fue trasladado a Madrid donde descansa junto a Daoíz y Velarde en el Monumento a los Caídos por España de la Plaza de la Lealtad. Sus cenizas también están repartidas en cofres de honor en los museos militares de Ceuta y La Coruña.  En Madrid se le recuerda con una estatua de bronce tallada por Mariano Benlliure en la Plaza del Rey, mientras que en Ceuta preside la céntrica Plaza del Teniente Ruiz con un busto en su honor.