23 oct 2026

SOBRE CEUTA; con la que está cayendo... (VI)

  

Y sigo en faena, con la historia a cuestas…

 

CEUTA Y EL INICIO DEL ACOSO ALAUÍ

Si Portugal se resignaba sobre Ceuta, las cabilas del sultán no se resignaban a poseer la ciudad. La nueva dinastía alauí[1] de sultanes, iniciada en 1666, lejos de dominar las tribus las dejó a su albur y calmó sus aspiraciones belicosas dejándolas hacer a su antojo contra Ceuta; las más de las veces, no podía controlarlas.

No obstante, otras veces eran los propios sultanes los que se empleaban a fondo en la cuestión ceutí. Así, Ceuta abandona el XVI y entra en el XVII sumida en un durísimo episodio: el larguísimo sitio y asedio al que la sometió Muley Ismail, segundo soberano de la dinastía alauita, entre 1694 y 1727: 33 años[2] [3].

Ceuta la superó y a pesar de la situación, Ceuta transitó los primeros años del XVIII reforzada en su condición de plaza española; y cuando la Guerra de Sucesión (1701-1714), aún sitiada, Ceuta se mantuvo del lado de Felipe V, mientras que Portugal, la otrora nación poseedora, se alineó en la órbita del bando austracista.

Gracias a esta situación, Ceuta quedará así definitivamente identificada con la Monarquía española. En esas que en 1715 se le dota del Reglamento para integrarla plenamente en la estructura del Estado. El Reglamento de Ceuta[4] reorganiza el gobierno y funcionamiento de la plaza en el contexto de la nueva Monarquía borbónica como norma fundamental para comprender la organización militar, administrativa y penitenciaria[5] de la Ceuta española a comienzos del siglo XVII. La plaza era un presidio por su naturaleza militar y estratégica; algunos de sus habitantes lo eran por su condición penal.

Además, Ceuta superó también en el XVIII el violento episodio de 1732[6], consolidó su estructura sanitaria con un hospital (1744) y puso en marcha la Casa de Misericordia y hasta capeó, no sin alguna dificultad, los desastres naturales de 1755: el tsunami, tras el terremoto de Lisboa[7], y el terremoto de Mequinez[8]. Las reseñas de fallecidos en ambas catástrofes pasaron por alto la plaza de Ceuta por lo que parece quee resistió bien gracias a la disposición de sus murallas y la solidez de las construcciones.

Para 1767 imperaba en aquellas latitudes norteafricanas un Tratado de Paz y Comercio[9], aunque la cuestión de los presidios españoles siguió siendo un foco de tensión; posteriores acuerdos confirmaron los límites de Ceuta.

Pero para los sultanes, de siempre, los acuerdos nunca han conllevado a involucrarse en su cumplimiento.

Y, por ello, aún tuvo Ceuta que soportar el asedio del nuevo sultán Muley Yazid en 1790; lo que se conoció como la Guerra de 1790-1791[10]. Su padre, Mohammed III había comenzado una política de confrontación desde 1757, pero el asedio se lo puso a Melilla (1774-75).

 

CEUTA SIGLO XIX

El siglo XIX lo comienza Ceuta no tan ajena, por lejanía, a la Guerra de la Independencia, contra Napoleón (1808-1814), que se libraba en la península.

Nada más comenzar el mes de junio de 1808 un destacamento británico, llegado desde Gibraltar, ocupó el islote Perejil con el objetivo de controlar el paso del Estrecho de Gibraltar y el día 5 de junio, barcos británicos ayudaron al traslado a la península de tres regimientos de guarnición en Ceuta para oponerse al avance francés en la península; fueron desembarcados en Algeciras. El viejo enemigo, Gran Bretaña, se prestaba ahora como aliado en su sempiterna lucha contra el francés.

Como la ciudad había quedado un tanto desguarnecida en marzo de 1810 la Regencia de Cádiz autorizó la llegada a Ceuta de tropas británicas desde Gibraltar; se trató de un regimiento integrado por católicos irlandeses que estarían en Ceuta hasta agosto de 1814[11].

Y desde Ceuta, en una absurda maniobra criticada en los Manuales militares de la época partió la triste expedición del general Blayney para tomar Fuengirola de octubre de 1810[12].

Y aun en este clima bélico, en 1811 Ceuta constituye su nuevo Ayuntamiento[13] y tras la promulgación de Constitución de 1812, La Pepa, la jura solemnemente y eleva una protesta formal a la Cámara Nacional por no haber sido tenida en cuenta la voz de la ciudad en todo el proceso constitucional —Ceuta esgrimió los argumentos de importancia y mérito—, recordando que Ceuta, por su seguridad —además—, había sido ofrecida reiteradas veces como sede deliberante[14] frente a Cádiz.

Pero en 1830 cambia el panorama geoestratégico en el Magreb. Francia inicia su conquista de Argelia como resultado de una mezcla de desesperación política interna, disputas financieras acumuladas y ambición de prestigio internacional. El plan inició su ejecución el 14 de junio de 1830 pocas semanas antes de que el rey Carlos X fuera derrocado por la Revolución de Julio[15].

Por primera vez en todo el amplio Magreb una gran potencia europea, Francia, comenzaba a construir un dominio territorial permanente frente a la fachada mediterránea española.

El sultanato se convirtió en el territorio intermedio entre dos espacios europeos de expansión: la Argelia francesa y las plazas españolas del norte de África. Y hay que precisar que aquella España no estaba embarcada —ni la del siglo XVIII— en una política colonial norteafricana; pero nos vimos involucrados en ella.

Buen ejemplo de ello es que en 1792, trescientos años después de la toma de Granada, España había abandonado Orán[16], que había mantenido desde 1509, y la plaza pasó al Dey de Argel. En Ceuta se asentaron entonces contingentes de argelinos que habían formado parte de la guarnición española de Orán.

No obstante, a partir de 1844, España reorganizará el régimen de gobierno y administración de las plazas norteafricanas dentro de la reorganización territorial del Estado liberal una vez que la breve guerra del mes de agosto entre el sultán marroquí y Francia trajo la derrota de este[17] y el regreso de los acosos de las cabilas rifeñas a la ciudad que fueron todos repelidos con prontitud.

Pero en 1859 Ceuta asumió un triste protagonismo en la llamada Guerra de África, ya durante el reinado de Isabel II, y tiene una importancia especial para entender la posición real de la ciudad. Todo se inició por un incidente fronterizo. En agosto de 1859, miembros de la tribu Anyera/Anghera, en la Yebala, consideraron que las obras españolas de fortificación en la llamada ‘zona exterior’ invadían sus zonas de pastoreo; y atacaron y destruyeron[18] los mojones y trabajos en marcha.

España reclamó al sultán que castigase a los responsables y reparase los daños. El sultán inb Hisham falleció y su sucesor, Mohamed IV, dio evasivas a Madrid. Ante ello, España, tras obtener el beneplácito de Inglaterra y Francia —las grandes potencias europeas—, declaró oficialmente la guerra a Marruecos el 22 de octubre de 1859 y el propio O'Donnell, presidente del Gobierno, asumió el mando de las operaciones.

En tres meses y tres batallas (Castillejos, 01/01; Tetuán, 04/02; y Wad-Ras, 23/03) se liquidó el conflicto llegándose al Tratado de Wad-Ras el 26 de abril de 1860, que reconoció como plazas de soberanía las de Ceuta y Melilla, los peñones de Vélez de la Gomera y Alhucemas, y las Islas Chafarinas[19] que habían sido ocupadas por España en 1848 para evitar que Francia se hiciera con ellas; y como apoyo logístico a la ciudad de Ceuta.

Por mediación británica, para sentar los límites de las ciudades españolas en el norte de África, se alcanzaron dos tratados muy concretos: el Acuerdo de Tánger (28/08/1844 sobre Melilla) y el Convenio de Larache (06/05/1845) específico sobre Ceuta: “El primero de los límites es desde el mar de la Barranca Hafats Accadar, en la parte del Tinidac, hasta el mar de Jaudac Bab el Arais (Barranca de la puerta de las novias), que es la corriente de las aguas en el tiempo de las lluvias y el primero de los del lado derecho pasando a la Barranca de Larais está dentro de los límites de Ceuta, y el lado izquierdo pertenece a los moros; y el agente mediador estableció las señales mencionadas en dichos límites para que fabricasen los pilares de material u otra cosa sin número y sin posición; como igualmente estableció el dicho mediador en el terreno llano entre las dichas dos barrancas, un pilar de piedra, y éste es con objeto de marcar mejor los mencionados límites, como estaban antiguamente, y una fuente que está al fondo de la Barranca de Larais el expresado, dentro de la parte de Ceuta, aprovecharán su agua ambas partes, y cada una de ellas puede poner en sus límites las guardias que quiera”[20].

Y por si no estaban específicamente claros estos límites, por el Tratado de Paz y Amistad firmado en Tetuán el 26 de abril de 1860[21] se puntualizaron los límites ceutíes en el Artículo III[22] y se señaló el establecimiento de un campo neutral[23].

Tras Wad-Ras Ceuta vivirá una etapa de expansión urbana que avanzará con la apertura de su puerto al comercio (1869) que revitalizará la economía ceutí y posibilitará un auge de actividades civiles. A partir del Tratado de Wad-Ras nace la Ceuta moderna que vive una etapa de esplendor que irá a más, incluso tras la guerra hispano-norteamericana y los desastres de las pérdidas de Puerto Rico, Cuba y Filipinas.

Como ya avanzamos, en el siglo XIX Ceuta albergaba una importante población de condenados, cuya mano de obra se empleaba en obras públicas, construcción, limpieza y otros servicios. El peso militar y penitenciario dificultaba el desarrollo de una burguesía comercial comparable a la de otras ciudades portuarias españolas. Y, finalmente, Ceuta era frontera conflictiva: las relaciones con las comunidades vecinas estaban condicionadas por los límites territoriales, los incidentes fronterizos y la situación política del sultanato marroquí.

Uno de los acontecimientos fundamentales para comprender la frontera actual de Ceuta se produjo en 1844, cuando se modificó la delimitación del territorio. La línea fronteriza quedó establecida tomando como referencias los arroyos de Fez y Cañaveral. Fue una ampliación anterior a la gran modificación territorial de 1860. Este antecedente importa porque permite distinguir dos procesos diferentes: la delimitación de 1844 y la ampliación posterior a la Guerra de África[24].

Precisamente la Guerra de África (1859-1860) convirtió a Ceuta en la principal base española para el desembarco, abastecimiento y organización de las operaciones militares en territorio marroquí. La campaña también puso de manifiesto las carencias de la ciudad en muelles, almacenes, hospitales, cuarteles y vías de comunicación.

La consecuencia territorial fue trascendental: la frontera avanzó hacia el oeste y el sur, hasta alcanzar la configuración general que conocemos actualmente[25]. El tratado no creó la presencia española en Ceuta: estableció una ampliación de su territorio y nuevas condiciones de seguridad. Es importante mantener esa distinción cuando se analiza la españolidad histórica de la ciudad.

Entre 1860 y 1870 se construyeron fuertes destinados a proteger la nueva línea fronteriza y controlar los accesos terrestres. Las fortificaciones reforzaban el sistema defensivo de la ciudad y permitían vigilar el territorio incorporado tras el conflicto.

La organización militar también experimentó cambios. En 1860 se reorganizaron unidades de artillería y, durante los años siguientes, se desarrollaron nuevas estructuras y fortificaciones para la defensa de Ceuta.

Otro dato de interés para la españolidad de Ceuta es que Agustina de Aragón[26] murió allí, en Ceuta, el 29 de mayo de 1857[27]. La heroína de los sitios de Zaragoza había ingresado honoríficamente en las filas del Regimiento Fijo de Ceuta[28]. Su fallecimiento constituye uno de los episodios biográficos destacados de la presencia militar española en la ciudad durante el siglo XIX.

Y, por cierto: de la Guerra de la Independencia, la guerra contra el francés, hay otro personaje que sumar a la españolidad de Ceuta. Se trata de un militar relevante para la historia española del siglo XIX: Jacinto Ruiz Mendoza[29], nacido en Ceuta en 1779.

Teniente de infantería del Regimiento de Voluntarios del Estado, participó en el levantamiento del 2 de mayo de 1808 en Madrid contra las tropas napoleónicas, junto a los capitanes de artillería Luis Daoiz y Pedro Velarde. Su trayectoria constituye un vínculo destacado entre la historia ceutí y la Guerra de la Independencia española. No ha pasado a la historia general de España que se le cite como uno de los héroes del 2 de mayo; no murió, como ellos, en combate el mismo 2 de mayo (de un disparo Velarde y cosido a bayonetazos Daoiz); pero sus restos sí reposan en la Plaza del 2 de mayo de Madrid en su condición de héroe de dicha fecha.

En España no se te perdona que no mueras en combate; pero un día alguien se acuerda de ti, y faltan plazas para erigirte un monumento en memoria. Otra pincelada para la españolidad de Ceuta.

 

Y mañana nos metemos de lleno en el complicadísimo y belicoso siglo XX…

 


Cartografía. Museo Zumalacárregui. Mapa, firmado por Andrés Villalón y fechado el 24 de abril de 1860, representa la frontera entre la plaza española de Ceuta y el territorio marroquí. Incluye la zona neutral, los caminos, las principales fortificaciones y la línea divisoria acordada.


[1] La dinastía alauí es la familia real que gobierna Marruecos desde el siglo XVII y a la que pertenece el actual rey, Mohamed VI. Es una de las dinastías históricas del Magreb y resulta fundamental para comprender la formación del Estado marroquí y sus relaciones con España. Los alauíes —también llamados alauitas o Alawíes— afirman descender de Alí ibn Abi Tálib, primo y yerno del profeta Mahoma, y de Fátima, hija del profeta. Por esa genealogía, la dinastía reivindica su condición de descendiente de Mahoma y su legitimidad religiosa. Moulay Rachid (1666-1672) unificó buena parte de Marruecos e inició el dominio alauí sobre el país. La dinastía procedía del oasis de Tafilalet, en el sureste marroquí. Moulay Ismail (1672-1727) consolidó el poder central, organizó un ejército permanente y reforzó la autoridad del sultán. Durante su reinado se desarrolló una política de recuperación de plazas costeras ocupadas por potencias europeas como Tánger y Larache después de que Inglaterra evacuara a sus comerciantes. Sus sucesores viven momentos convulsos de rebeliones internas e intrigas hasta alcanzar el siglo XX: Moulay Ahmed al-Dhahabi (1727-28 /1728-29), Moulay Abdelmalek (1728), Moulay Abdallah (1729-34 / 1736 / 1740-41), Moulay Ali (1734-36), Mohammed II (1736-38), Moulay al-Mostadi (1738-40 / 1742-43 / 1747-48), Moulay Zine el-Abidine (1741), Mohamed III (1757-90), Moulay Yazid (1790-92)m, Moulay Slimane (1792-1822), Moulay Abderrahmane (1822-1859), Mohamed IV (1859-73), Hasan I (1873-1894), Moulay Abdelaziz (1894-1908), Moulay Abdelhafid (1908-1912), Moulay Youssef (1912-1927), Mohammed V (1927-1961), Hasan II (1961-1999) y Mohamed VI.

[2] Los sitiadores nunca lograron bloquear el acceso marítimo a Ceuta que siguió recibiendo vituallas, armas y soldados. Los defensores realizaban pequeñas salidas en barco para capturar naves enemigas e intercambiar mercancías. Incluso cuando los británicos tomaron Gibraltar en 1704 e intentaron dificultar el paso de suministros, el flujo marítimo español nunca llegó a cortarse por completo.

[3] En 1721 el llamado Socorro de Ceuta puso prácticamente fin al prolongado cerco que los marroquíes mantenían desde 1694. Participan unidades del ejército peninsular, entre ellas el Regimiento Montesa. En 1720 Felipe V ya había enviado una expedición para socorrer Ceuta que obligó a los sitiadores a retirarse hacia Castillejos… pero una epidemia de peste mermó hasta tal extremo al Ejército español que los cabileños continuaron meses después el asedio.

[4] Disposición dictada por el rey Felipe V el 9 de diciembre de 1715 para regular la organización político-militar y el sostenimiento del presidio (connotación netamente militar como puesto fortificado de frontera y destacamento defensivo permanente) y la guarnición de la plaza de Ceuta al inicio de la administración de la Casa de Borbón. Forma parte de la primera serie de normativas del siglo XVIII con las que la monarquía centralizó y reformó el gobierno de los enclaves norteafricanos (precediendo a los reglamentos de Melilla o el Peñón de Vélez en 1717). Establecía de forma minuciosa los sueldos y la paga que debían recibir los miembros de la guarnición militar instalada en la ciudad. Ordenaba la constitución de una unidad encargada de la custodia y gestión de armas y municiones, a cargo de un Mayordomo de Artillería. https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/5854743.pdf El reglamento terminó su redacción en Madrid el 28 de noviembre de 1715 y señaló que su aplicación debía comenzar el 1 de enero de 1716, perseguía tres objetivos principales

[5] La función penal de Ceuta se remonta a la época portuguesa, desde 1415, y el presidio desapareció definitivamente en 1911, aunque los últimos reclusos fueron trasladados a la Península a comienzos de 1912. La Portugal del siglo XV recurrió al envío de condenados y desterrados a la ciudad. Ceuta formó parte de los denominados coutos de homiziados, espacios en los que determinados delincuentes podían encontrar refugio bajo unas condiciones jurídicas específicas, vinculadas históricamente a la prestación de servicios y a la defensa. Tras la incorporación de Portugal a la Monarquía Hispánica en 1580, Ceuta continuó recibiendo condenados. Durante esta etapa se fue consolidando la utilización de penados en las fortificaciones y en otras actividades necesarias para el sostenimiento de la plaza. El Reglamento de 28 de noviembre de 1715 reorganizó el funcionamiento de la plaza y reguló su estructura militar y administrativa, incluyendo la organización de los presidiarios. La Ordenanza de 1791 introdujo reformas específicas en el presidio ceutí de carácter penal: se organizaron brigadas de penados destinadas a diferentes trabajos, entre ellos las obras de fortificación y los oficios relacionados con la artillería y la ingeniería. Los condenados podían desempeñar tareas de albañilería, carpintería, herrería y otros trabajos necesarios para las instalaciones militares. El presidio se convertía así en una fuente de mano de obra para la construcción y el mantenimiento de la ciudad fortificada. La Ordenanza General de los Presidios del Reino de 14 de abril de 1834 integró el presidio de Ceuta en la organización penitenciaria española. Ceuta pasó a desempeñar un papel importante en el cumplimiento de condenas graves, mientras que el trabajo de los penados continuó vinculado a distintas actividades de la plaza. La Ley de Prisiones de 1849 mantuvo la importancia de los presidios africanos en el cumplimiento de determinadas condenas. Para comprender la magnitud de esta realidad, una referencia publicada a partir del Diccionario de Madoz cifra en 2.434 los reclusos registrados en diciembre de 1846. Es un dato que muestra el considerable peso de la población penal en la Ceuta del siglo XIX. Durante la segunda mitad del siglo XIX, la ciudad continuó siendo plaza militar, centro administrativo y establecimiento penitenciario. La fortaleza del Hacho, por ejemplo, adquirió una función penal específica en 1870. El Real Decreto de 23 de diciembre de 1889 convirtió el establecimiento en una colonia penitenciaria. El Real Decreto de 6 de mayo de 1907 dispuso el traslado de los presidios africanos a la Península. El proceso culminó en Ceuta en 1911, cuando se suprimió definitivamente el presidio. Los últimos reclusos fueron trasladados a la península a comienzos de 1912. Su desaparición tuvo consecuencias económicas y sociales: los penados habían constituido una parte importante de la mano de obra empleada en la construcción, los talleres, la limpieza urbana y distintos servicios.

[6] El asedio estuvo instigado e increíblemente dirigido por Juan Guillermo Ripperdá, un noble de origen holandés que había sido primer ministro de España bajo el reinado de Felipe V. Tras caer en desgracia, revelar secretos de Estado y escapar de su prisión en el alcázar de Segovia, huyó al norte de África. Allí se convirtió al islam y convenció al sultán Abdalá II para armar un ejército imponente de 35.000 hombres, compuesto por el ejército regular del sultán y guerreros de las tribus locales (cabileños) A pesar de la gran desventaja numérica, las defensas de Ceuta reaccionaron con rapidez. La guarnición, liderada por el gobernador y mariscal de campo Antonio Manso, ejecutó una arriesgada y contundente operación militar de contraataque que derrotó por completo a los atacantes, obligándolos a retirarse y frustrando los planes del renegado holandés.

[7] El 1 de noviembre de 1755. El consiguiente tsuanmi causo más de 10.000 muertos en las ciudades costeras. Destruyó la parte baja de Agadir, Tánger, Arcila, Larache y Casablanca. Las olas remontaron el curso del río Bu Regreg y llegaron hasta Rabat

[8] 27 de noviembre de 1755; más de 20.000 víctimas de las que 12.000 fueron en Mequinez con especial incidencia en la judería local (Mellah), donde fallecieron unos 8.000 judíos de los 16.000 que residían en el barrio. El terremoto destruyó lo que pervivía de la ciudad de Volubilis.

[9] El tratado fue acordado entre el rey Carlos III de España y el sultán Sidi Mohammed ben Abdallah (Sidi Mohammed III) de Marruecos. El sultán marroquí buscaba modernizar su reino abriéndolo al comercio exterior y consolidar sus ingresos fiscales. España envió como embajador extraordinario al marino ilustrado Jorge Juan y Santacilia, quien negoció hábilmente las cláusulas del documento directamente en la corte y se aseguró la paz perpetua (cese de hostilidades tanto por mar como por tierra, prohibiendo el corso o la piratería autorizada entre ambos reinos) la libre navegación y comercio con los puertos del otro reino (con aranceles regulados y prohibición estricta del contrabando), el establecimiento de Cónsules (para proteger a los comerciantes españoles, administrar justicia entre sus nacionales y emitir pasaportes) y sobre los presidios (Plazas Africanas) se reconoció el respeto y el cese de agresiones a los enclaves españoles de Ceuta, Melilla, el Peñón de Vélez de la Gomera y Alhucemas. El tratado estipulaba la devolución mutua de los desertores que huyeran a territorio enemigo.

[10] Para legitimarse ante las tribus, Muley Yazid adoptó una postura beligerante (una guerra santa) frente a los Presidios españoles (Ceuta, Melilla, Peñón de Vélez de la Gomera). El 25 de septiembre de 1790 Yazid atacó Ceuta.  España reforzó rápidamente las plazas enviando buques ligeros desde Algeciras y tropas adicionales, comandadas por figuras como los generales Luis de Urbina y José de Urrutia. Las fuerzas defensivas españolas sumaron unos 12.000 soldados frente al ejército del sultán, de entre 18.000 y 20.000 hombres. Tras un alto el fuego para atender la del sultán de entregar las plazas, que el rey Carlos IV rechazó de plano, se retomaron las hostilidades. La Armada española bombardeó plazas del sultanato, como Tánger, coincidiendo con el estallido de una guerra civil interna en la que los hermanos del sultán disputaban su liderazgo, Muley Yazid se vio obligado a levantar definitivamente el asedio a Ceuta el 14 de septiembre de 1791. Las hostilidades terminaron con una victoria defensiva española, consolidándose el control de España sobre sus plazas norteafricanas. Yazid, que controlaba el eje Fez-Tetuán-Tánger, con apoyo británico quería debilitar a España. Muley Hisham reunió en torno a Marrakech a las tribus del Sur y las provincias más ricas. Un tercer hermano Muley Abd al-Raman levantó las cabilas de Tafilat y Sus; finalmente, el cuarto hermano, Muley Sulayman, se dedicó a boicotearlos a todos. España apoyó a Hisham, pero quien consiguió el poder fue Sulayman, que terminó manteniendo una buena relación momentánea con España.

[11] Se trató del 2º Batallón del 4º Regimiento King’s Own al mando, primero, del mayor general John Fraisery desde 1813, del general Charles Griffits (King’s Own Regiment History). Algunos de sus integrantes casaron con mujeres ceutíes (El faro de Ceuta). El King¡s Own fueun regimiento creado por los británicos en su breve posesión de la ciudad de Tánger el 13 de julio de 1610.

[12] Desde Gibraltar partieron para Ceuta los batallones 82 y 89 y en la ciudad española se formó el convoy uniéndose a ellos el Regimiento Imperial de Toledo, saliendo con destino Fuengirola el 12 de octubre. Desembarcaron en la Cala del Moral, a tres kilómetros al suroeste de Fuengirola, defendida por soldados polacos del 4ª Regimiento de Infantería del Ducado de Varsovia que rechazaron el ataque y capturaron a Blayney. La flora regresó a Ceuta con los restos del Imperial de Toledo y los británicos volvieron a Gibraltar

[13] Los ayuntamientos constituidos en España en 1811-1812 dejaron de ser, en buena medida, corporaciones vinculadas a los privilegios del Antiguo Régimen para convertirse en instituciones representativas reguladas por un modelo constitucional común.

[14] El Ayuntamiento ceutí, constituido en 1811 y presidido por el alcalde Antonio Salas, había elevado una queja formal a la denominada Cámara Nacional, expresando su malestar porque Ceuta había quedado sin representación directa en las Cortes reunidas en Cádiz. El escrito fue leído en las Cortes el 4 de mayo de 1811. La respuesta parlamentaria consistió en incorporar el distrito electoral de Ceuta a los de otras ciudades andaluzas, a la espera de que pudiera completarse el número de electores necesario para justificar un diputado propio. La solución vinculó electoralmente a Ceuta con Sevilla, a través del partido de Algeciras. https://elfarodeceuta.es/ceuta-en-la-constitucion-de-1812/ + https://elfarodeceuta.es/las-cortes-y-la-constitucion-de-cadiz-en-ceuta/

[15] El fracaso del intento de restaurar el poder de la monarquía tradicional frente a una sociedad que había cambiado profundamente tras la Revolución francesa y el Imperio napoleónico. La revolución fue el resultado de una creciente confrontación entre la Corona, la oposición liberal y sectores de la sociedad francesa. El detonante fueron las ordenanzas reales promulgadas el 25 de julio de 1830 conocidas como las Ordenanzas de Saint-Cloud, incluían tres medidas fundamentales: la suspensión de la libertad de prensa y la imposición de nuevas restricciones a las publicaciones; la disolución de la Cámara de Diputados antes de que llegara a reunirse; y la modificación del sistema electoral para reducir la influencia de determinados sectores de la oposición. La Corona pretendía neutralizar a sus adversarios por vía legal, pero las medidas provocaron precisamente la reacción que buscaban evitar. El 29 de julio ocuparon el Palacio de las Tullerías. Carlos X abdicó el 2 de agosto de 1830 en favor de su nieto, Enrique de Artois, conde de Chambord, pero la Cámara de Diputados no aceptó esa solución y ofrecieron la Corona de Francia a Luis Felipe de Orleans. El 9 de agosto, Luis Felipe I de Francia fue proclamado rey de los franceses. La fórmula tradicional «rey de Francia» evocaba una legitimidad dinástica; «rey de los franceses» subrayaba una legitimidad vinculada a la nación.

[16] El factor determinante para el abandono de Orán fue el terremoto y las réplicas de los días 8-9 de octubre de 1790. Fue devastador: la mayor parte de la ciudad de Orán quedó destruida y las fortificaciones gravemente dañadas, lo que aprovechó Mohammed el-Kebir, Bey de Mascara, para someter la maltrecha ciudad de Orán a una fuerte presión militar. La plaza quedó en una situación tan difícil de sostener que España tuvo que valorar si merecía la pena reconstruirla y mantener una costosa guarnición allí. Se optó por alcanzar el Tratado de cesión de la plaza de Orán y del puerto de Mazalquivir a la Regencia de Argel, firmado el 12 de septiembre de 1791.

[17] El sultán marroquí apoyó al emir argelino Abd al-Qadir y realizó algunas acciones contra las tropas francesas. Francia bombardeó Tánger (06/08), les venció en la batalla de Isly (14/08) y bombardeó Mogador (15 y 17/08). El 10 de septiembre en Tánger, el sultán de Marruecos reconocía Argelia como territorio y posesión de Francia.

[18] El Ejército español había iniciado la construcción de nuevas instalaciones defensivas en el Campo Exterior de Ceuta, fuera del recinto fortificado tradicional. Los rebeldes ocasionaron los siguientes daños: destrucción de un puesto de vigilancia de caballería, derribo de la garita de un centinela de infantería, arranque de varios mojones que delimitaban la frontera, destrucción de los trabajos del cuerpo de guardia en construcción y arranque de la puerta del puesto denominado Centrillo.

[19] Las Islas Chafarinas se encuentran situadas en el mar de Alborán, a tan solo 1,9 millas náuticas (3,52 kilómetros) de la costa norte de África (frente a la localidad de Ras el Ma) a unos 45 kilómetros al este de Melilla, muy cerca de la frontera con Argelia. Son tres islas. Isla Isabel II, la isla central y la única habitada (alberga de forma permanente un pequeño destacamento militar del Grupo de Regulares de Melilla y personal científico); Isla del Congreso e Isla Rey Francisco. Entre las tres suman 0'58 km2

[22] Su Majestad el Rey de Marruecos cede a Su Majestad la Reina de las Españas en pleno dominio y soberanía el territorio comprendido desde el mar, siguiendo las alturas de Sierra Bullones hasta el barranco de Anghera. Como consecuencia de ello, S. M. el Rey de Marruecos cede a Su Majestad la Reina de las Españas en pleno dominio y soberanía todo el territorio comprendido desde el mar, partiendo próximamente de la punta oriental de la primera bahía de Handag Rahama en la costa Norte de la plaza de Ceuta por el barranco o arroyo que allí termina, subiendo luego a la porción oriental del terreno, en donde la prolongación del monte del Renegado, que corre en el mismo sentido de la costa, se deprime más bruscamente para terminar en un escarpado puntiagudo de piedra pizarrosa, y desciende costeando desde el boquete o cuello que allí se encuentra por la falda o vertiente de las montañas o estribos de Sierra Bullones, en cuyas principales cúspides están los reductos de Isabel II, Francisco de Asís, Pinier, Cisneros y Príncipe Alfonso, en árabe Vad- aniat, y termina en el mar, formando el todo un arco de círculo que muere en la ensenada del Príncipe Alfonso, en árabe Vad- aniat, en la costa Sur de la mencionada plaza de Ceuta, según ya ha sido reconocido y determinado por los comisionados españoles y marroquíes con arreglo al acta levantada y firmada por los mismos en 4 de abril del corriente año. Para conservación de estos mismos límites se establecerá un campo neutral, que partirá de las vertientes opuestas del barranco hasta la cima de las montañas desde una a otra parte del mar, según se estipula en el acta referida en este mismo artículo.

[23] El tratado se firmó el 26 de abril de 1860, pero la delimitación concreta se apoyó también en los trabajos posteriores y actas de los comisionados sobre el terreno.

[26] En el verano de 1808, el ejército francés de Napoleón asedió la ciudad de Zaragoza. Agustina, que se encontraba en la ciudad llevando comida y munición a los defensores, llegó a la batería de la Puerta del Portillo.  Un proyectil enemigo o una explosión de granada acabó con la vida de todos los artilleros que defendían el cañón de 24 libras, provocando el pánico y permitiendo que las tropas francesas se lanzaran al asalto final.  Ante el repliegue de los defensores, Agustina corrió hacia la pieza de artillería, tomó la mecha de las manos de un artillero moribundo y prendió la mecha del cañón, disparando a bocajarro contra la formación francesa que avanzaba.  La descarga causó graves bajas en el enemigo, detuvo el asalto y devolvió el coraje a las tropas españolas para resistir la posición.  El general José de Palafox, impresionado por su arrojo, le concedió inicialmente el título de artillera y los grados de sargento y subteniente (llegando a recibir el reconocimiento oficial como subteniente de los reales ejércitos).  Lejos de retirarse tras el primer asedio, Agustina participó activamente en el segundo sitio de Zaragoza y en otras acciones de la guerra (como en Tolosa o Vitoria), combatiendo incluso junto a las guerrillas tras ser capturada y lograr escapar.  Su figura trascendió la historia para convertirse en un icono del heroísmo popular plasmado en la literatura, la ópera, la pintura y el cine. Sus restos descansan en la capilla de la Anunciación de la Iglesia de Nuestra Señora del Portillo en Zaragoza.

[27] Agustina Raimunda María Saragossa Domènech murió en Ceuta, en la casa de su hija Carlota. Carlota Cobos Saragossa se había casado con Francisco Atienza Morillo, un militar que fue destinado a la plaza de Ceuta. Al mudarse su hija allí, Agustina comenzó a visitar la ciudad autónoma con frecuencia. Su segundo marido, el médico Juan Cobos, se involucró activamente en la causa carlista. Debido a sus diferencias ideológicas (Agustina apoyaba la línea de Isabel II), Agustina decidió separarse de él. En 1853 decidió mudarse definitivamente a Ceuta para vivir junto a su hija, su yerno y sus nietos, quienes cuidaron de ella en sus últimos años de vida. Tras su fallecimiento el 29 de mayo de 1857, y debido a su estatus de subteniente de infantería del ejército regular español, la ciudad de Ceuta se conmovió profundamente y le rindió honores militares. Fue enterrada con la máxima solemnidad en el cementerio de Santa Catalina de Ceuta, donde permanecieron sus restos hasta que en 1870 el Ayuntamiento de Zaragoza acordó su traslado definitivo.

[28] El Regimiento Fijo de Ceuta fue una de las unidades militares más emblemáticas y longevas de la historia de España, clave para la defensa de la ciudad autónoma frente a los constantes asedios norteafricanos y destacada en numerosos conflictos internacionales. Estaba compuesto mayoritariamente por soldados nativos de la propia tierra ceutí.  Nació partir de la unión de dos unidades defensivas preexistentes, la "Bandera Vieja" y la "Bandera Nueva", que en 1670 pasaron a llamarse formalmente Compañías de la Ciudad de Ceuta. El término "fijo" se utilizaba en el Imperio español para definir a las unidades militares que tenían su guarnición y base permanente en una plaza específica (en este caso Ceuta) y no rotaban por la península. Además de guarnecer la plaza de Ceuta intervino heroicamente en hechos relevantes de la Historia de España: prticipó en el histórico intento hispano-francés por recuperar el Peñón (1779-1783); combatió contra la Francia revolucionaria en la Guerra del Rosellón )1793-1795); y sus batallones se desplegaron en diversos momentos para defender los intereses de la corona española hasta en las Guerras Carlistas. Su vasto historial militar, sus tradiciones y su nombre honorífico han sido heredados por el Grupo de Regulares de Ceuta nº 54.

[29] El teniente Ruiz Mendoza convaleciente en mayo de 1808 en su cuartel por una grave enfermedad, al escuchar los disparos y enterarse de que el pueblo de Madrid estaba siendo masacrado, vistió su uniforme y acudió de inmediato a sumarse a la defensa. Aunque era oficial de Infantería, Velarde le asignó el mando de una de las piezas de cañón situadas a las puertas del Parque de Artillería de Monteleón (en la actual Plaza del Dos de Mayo, ubicada en el corazón del céntrico barrio de Malasaña en Madrid), coordinando a soldados y civiles (entre ellos la célebre Benita Pastrana) para repeler las oleadas francesas. A diferencia de Daoíz y Velarde, que murieron en el acto, Ruiz sobrevivió a la batalla, aun habiendo recibido dos impactos de bala en su cuerpo, resultando gravemente herido. Se le ordenó trasladarse a Badajoz para recuperarse y fue ascendido por su heroísmo. Nunca llegó a Badajoz, falleciendo en Trujillo (Cáceres), el 13 de marzo de 1809. En 1909, su cuerpo fue trasladado a Madrid donde descansa junto a Daoíz y Velarde en el Monumento a los Caídos por España de la Plaza de la Lealtad. Sus cenizas también están repartidas en cofres de honor en los museos militares de Ceuta y La Coruña.  En Madrid se le recuerda con una estatua de bronce tallada por Mariano Benlliure en la Plaza del Rey, mientras que en Ceuta preside la céntrica Plaza del Teniente Ruiz con un busto en su honor.

22 oct 2026

SOBRE CEUTA; con la que está cayendo... (V)

  

Y sigo en faena, con la historia a cuestas…

 

CEUTA PORTUGUESA Y ESPAÑOLA

En 1411, tras la paz con Castilla, João I de Portugal obtuvo del antipapa Juan XXIII respaldo pontificio para una nueva guerra contra los musulmanes[1]. Aunque el objetivo de la expedición todavía no estaba fijado —inicialmente se contempló incluso Granada, pero los castellanos se opusieron— durante los años siguientes, Portugal estudió distintos objetivos hasta decidirse por Ceuta, cuya posición estratégica y riqueza la convertían en una pieza excepcional del Estrecho. La expedición, preparada en secreto, culminó con la conquista de la ciudad[2] el 21 de agosto de 1415.

A partir de ese día, Ceuta se convierte en una plaza portuguesa fortificada, cristiana y episcopal, y además en el primer gran punto de apoyo de la expansión portuguesa en el norte de África. Tras conquistarla, Pedro de Meneses, queda al frente de una guarnición de unos 2.500 hombres. La armada regresó a Portugal el 2 de septiembre.

De inmediato, comenzó la reorganización cristiana de la ciudad. El papa Martín V concedió a João I de Portugal varias bulas que respaldaba las conquistas portuguesas en el Magreb, incluyendo Ceuta, e incluso las futuras conquistas[3], dando privilegios espirituales a los cristianos que fueran a vivir en Ceuta. En 1420, la antigua mezquita fue formalmente convertida en iglesia catedral[4] y Ceuta elevada a categoría de ciudad. En 1421, el obispo de Marrakech, Frei Aimaro de Aurillac[5], se trasladó a la nueva diócesis de Ceuta: la Diócesis Maroccana[6].

Y este es un detalle fundamental: la Iglesia cristiana ya tenía una cierta estructura episcopal en el Magreb antes de 1421; yo diría que incluso antes de 1415. La Ceuta portuguesa ya estaba conectada con una red cristiana norteafricana anterior a la conquista portuguesa. No aparece de repente el cristianismo en 1415; lo que aparece entonces es una nueva forma de presencia cristiana, política, territorial y episcopal.

Es más: recordemos que San Daniel fue martirizado en Ceuta.

El siglo XV es el gran siglo de la nueva Ceuta. Tras ser conquistada en 1415, en 1418 sufrió un primer gran asedio protagonizado por meriníes y granadinos; y resistió. Al año siguiente, en 1419, el emir de Granada volvió a intentar conquistarla; Ceuta volvió a resistir.

El momento más duro llegó en 1437. Portugal decidió hacerse con Tánger, en una expedición dirigida por el infante Henrique. El resultado fue desastroso: no pudieron tomar la ciudad y terminaron rodeados por las fuerzas musulmanas. Para conseguir que el ejército pudiera retirarse, los portugueses acordaron entregar Ceuta; y mientras esto se producía, el infante Fernando quedó como rehén.

Portugal no cumplió; no entregó Ceuta y el infante Fernando permaneció cautivo en Fez hasta su muerte en 1443. Ceuta ya era demasiado importante para Portugal como para entregarla.

Portugal siguió su hoja de ruta por el Magreb y fue sumando plazas en el norte de África: Alcácer Ceguer (1458), Arcila (1471) y, finalmente, hasta logró hacerse con Tánger (1471).

Pero a partir de 1495 Portugal entra en la etapa de máxima expansión ultramarina y se centra en bordear África, por su costa Oeste, con el fin de rodearla y llegarse hasta la India. Allí llegará Vasco da Gama en 1498. Y no solo eso; navegando por el Atlántico y hacia el Este, Pedro Álvares Cabral llegará a Brasil en 1500.

A comienzos del siglo XVI, Ceuta llevaba casi un siglo bajo dominio portugués convertida en una plaza fortificada y militar, aunque mantenía una importante actividad comercial; que ese era su cometido.

La población permanente era relativamente reducida y estaba formada mayoritariamente por comerciantes portugueses, junto a los contingentes militares —los llamados fronteiros— y sus familias. Es significativo que los militares de la plaza llevaran consigo a sus familias y que algunas mujeres desempeñaran incluso funciones de gobierno en ausencia de sus maridos.

La Ceuta del XVI mantiene las fortificaciones medievales, pero hubo de adaptarse a la irrupción de la artillería y para ello, el italiano Benedito de Rávena y el portugués Miguel de Arruda, comenzaron en 1550 la fortificación abaluartada moderna, característica de la revolución militar europea del Renacimiento. Las actuales Murallas Reales tienen su origen en este proceso durante el reinado de João III, que culminan con Sebastiao I, en que Ceuta se convierte en una plaza de frontera cuya supervivencia depende de una sólida muralla, una guarnición preparada y una artillería defensiva potente, así como de un abastecimiento constante desde la metrópolis portuguesa de turno. Por lo general, Lisboa.

Es en este siglo XVI cundo Portugal empieza a replantearse el enorme coste de mantener sus posiciones norteafricanas. Finalmente, abandonarán Alcácer Ceguer y Arcila, en 1550, pero potenciarán sobremanera Ceuta, Tánger y Mazagán.

Por su parte, los reinos de Castilla y Aragón también se expandieron por el Mediterráneo. Tras la toma de Granada (1492), Pedro de Estopiñán toma Melilla y tras ella se ganan Vélez de la Gomera (1508), Orán (1509, por empeño del Cardenal Cisneros) y Bugía y Trípoli (1510), tras lo que el bey de Argel reconoce la autoridad del rey Católico. Incluso Fernando de Aragón[7] propone tomar Túnez y llegarse hasta El Cairo, pero las cortes se le impiden, pues las miradas estaban puestas en América. Lo que no fue óbice para que Carlos I desarrollara intensas campañas contra los turcos por el Mediterráneo, lo que nos lleva hasta Lepanto (07/10/1571), en el golfo de Patras, derrotando a la armada otomana.

En 1578 tras el desastre de la batalla de Alcazarquivir (4 de agosto) —la batalla de los Tres Reyes (que murieron en ella)[8]— desaparece buena parte de la élite portuguesa y las tribus y clanes del Magreb unieron fuerzas para intentar recuperar Ceuta en una etapa de falta de tropas, falta de dinero, problemas de abastecimiento y una epidemia de peste. Documentación de la época describe la ciudad como encontrándose en una situación extremadamente delicada.

La crisis sucesoria provocada por la muerte del rey Sebastiao I en Alcazarquivir, las coronas de España y Portugal se habían unificado[9] en la llamada Unión Ibérica.

En este periodo, Ceuta siguió siendo una plaza portuguesa, rigiéndose por las instituciones y el derecho portugués, pero integrada dentro de la estructura de la Monarquía Hispánica[10] que en 1589 reorganiza todo su sistema defensivo “a la española”.

El 1 de diciembre de 1640, Portugal se rebeló contra Felipe IV de España y proclamó al duque de Braganza como el nuevo rey: Juan IV de Portugal. Prácticamente todas las posesiones ultramarinas portuguesas (como Tánger, Mazagán, Goa o Brasil) reconocieron al nuevo monarca luso. Ceuta fue la única excepción de ultramar[11].

Los nobles, mercaderes y ciudadanos de Ceuta decidieron no secundar la rebelión portuguesa y jurar fidelidad al rey de España por razones profundamente pragmáticas tales como la llegada de suministros, tropas y pertrechos (más fácil desde Málaga y Sevilla que desde Lisboa). Rebelarse contra Madrid para apoyar a Lisboa significaba arriesgarse al desabastecimiento inmediato.

Y en el XVII, por Tratado de Lisboa de 1668 (firmado el 13 de febrero de 1668) puso fin a la Guerra de Restauración portuguesa[12] (iniciada en 1640) y supuso el reconocimiento oficial por parte de España de la independencia de Portugal y de la nueva dinastía de los Braganza. El tratado ordenaba en general la devolución de plazas y territorios entre ambas coronas, pero Ceuta quedó expresamente excluida de dicha entrega. Portugal reconoció formal y definitivamente la soberanía de España sobre Ceuta.

 

Y mañana comienzan los acosos alauitas…

 

Ceuta; murallas meriníes


[1] Juan XXIII fue Baltasar Cossa, un eclesiástico y político italiano que desempeñó un papel protagonista durante el Cisma de Occidente, uno de los períodos más turbulentos de la historia de la Iglesia católica. A comienzos del siglo XV coexistían tres obediencias: Gregorio XII, con sede en Roma; Benedicto XIII, el papa de Aviñón, conocido en la Corona de Aragón como el papa Luna; y Alejandro V, elegido en el Concilio de Pisa de 1409. El problema fue que el Concilio de Pisa pretendió deponer a los dos pontífices anteriores y elegir uno nuevo, pero ninguno de ellos aceptó su deposición. En lugar de resolver el cisma, la iniciativa dio lugar a tres pretendientes al papado. Cuando Alejandro V murió en 1410, los cardenales de la obediencia pisana eligieron a Baltasar Cossa, que adoptó el nombre de Juan XXIII. Bula del 20 de marzo de 1411; el 21 de agosto de 1415 se produjo la conquista portuguesa de Ceuta.

[2] El rey João I dirigió personalmente la expedición, acompañado por sus hijos Duarte, Pedro y Henrique —el futuro Enrique el Navegante—. Ceuta quedó en poder portugués ese mismo día.

[3] Bula Romanus Pontifex (4 de abril de 1417), que inicia el procedimiento para elevar Ceuta a ciudad y establecer una diócesis; Bula Rex regnum (4 de abril de 1418) que refuerza la legitimación religiosa de la expansión portuguesa en África; Bula Rex regnum (26 de marzo de 1419) que concede privilegios espirituales a los cristianos que residan en Ceuta por razón de la guerra.

[4] 6 de septiembre de 1420, los arzobispos de Lisboa y Braga dictan en Cintra sentencia favorable

[5] Era franciscano, había sido confesor de la reina Felipa de Lancaster, esposa de Juan I de Portugal, y anteriormente había ocupado la sede episcopal de Marrakesh. Su título correspondía a una sede episcopal vinculada a territorios musulmanes, en los que la Iglesia latina no disponía de una estructura territorial equivalente a la de los reinos cristianos europeos. Tras la conquista portuguesa, Ceuta ofrecía una base territorial concreta desde la que organizar una nueva estructura eclesiástica. El traslado de Aymaro a la sede ceutí simbolizó esa transformación: una dignidad episcopal vinculada hasta entonces a la misión cristiana en territorio islámico pasó a encabezar una diócesis establecida en una ciudad conquistada por una monarquía cristiana.

[6] La Diócesis Maroccana o de Marrakech fue creada en torno a 1225-1226, en el contexto de la actividad misionera franciscana para atender a las comunidades cristianas existentes en el territorio musulmán del Magreb, especialmente comerciantes europeos, cautivos, mercenarios y pequeñas comunidades cristianas vinculadas a las órdenes religiosas. Los franciscanos llegaron al Magreb a principios del XIII; los llamados mártires de Marrakech fueron ejecutados en 1220, y posteriormente hubo una presencia franciscana estable. En Ceuta, por ejemplo, fueron martirizados San Daniel y sus compañeros en 1227. La Diócesis Maroccana fue una de las llamadas in partibus infidelium: sedes episcopales situadas en territorios donde la población cristiana era minoritaria o prácticamente inexistente, pero que la Iglesia mantenía institucionalmente. El obispo titular residía en la península Ibérica hasta 1420. La nueva diócesis tuvo una proyección geográfica extraordinariamente amplia. Su jurisdicción eclesiástica pretendía extenderse sobre territorios del norte de África, incluido el reino de Fez, además de áreas próximas de la península ibérica.

[7] En recuerdo de las aventuras de los almogávares y la tradición del reino de Aragón en el Mediterráneo que se había hecho con Sicilia y fundado los condados de Atenas y Neopatria, Fernando de Aragón plantea llevar la frontera del Reino a la orilla Sur del Mediterráneo para "evitar los males y daños que los moros de allende hacían cada día". Le mueven cuatro razones: ideología (a modo de Cruzada), seguridad (acabar con la piratería), geopolítica (controlar la frontera) y económica (proteger el comercio) 

[8] Sebastiao I de Portugal, de 24 años que buscaba expandir los dominios portugueses en el norte de África y murió en el combate y sin descendencia directa, lo que dejó a Portugal sumido en una grave crisis dinástica; Abu Marwan Abd al-Malik I, sultán saadí fallecido también durante la batalla; y Abu Abdallah Muhammad II (Muley Áhmed / Al-Mutawakil), el exsultán saadí depuesto que buscaba recuperar el trono con ayuda portuguesa, también fallecido.

[9] Aún no había acabado ese mes de agosto de 1578 el rey de España Felipe II se presentó como el legítimo heredero de la dinastía de Aviz. Sus lazos de sangre eran fortísimos: era hijo de Isabel de Portugal (hija mayor del rey Manuel I) y su primera esposa había sido María Manuela de Portugal. Eso suponía un derecho dinástico impecable. Luego aplicó una hábil campaña de diplomacia y sobornos, y un despliegue militar implacable con el Duque de Alba por tierra y Álvaro de Bazán por mar. En marzo de 1579 presentó su propuesta a la Cortes de Lisboa y en enero de 1580 presentó la reclamación definitiva. Tras la victoria española en la batalla de Alcántara (septiembre de 1580) y la huida de su rival el prior de Crato, Felipe II asumió el control efectivo del país y fue proclamado rey de Portugal el 12 de septiembre de 1580, confirmado tras las Cortes de Tomar en abril de 1581 y puso en marcha la llamada Monarquía Hispánica que se mantendría con sus sucesores Felipe II y Felipe IV hasta que el 1 de diciembre de 1640, Portugal se rebeló contra Felipe IV. Tras casi 30 años de guerra entre España y Portugal, ambos países firmaron la paz en el Tratado de Lisboa de 1668. En este acuerdo, España reconoció formalmente la independencia del reino de Portugal. El tratado estipulaba que ambos bandos debían devolverse los territorios conquistados durante el conflicto, pero se hizo una excepción explícita con Ceuta.

[10] El 7 de septiembre de 1580 tuvo lugar en Ceuta la ceremonia solemne de adhesión a Felipe II, con participación de las autoridades civiles, militares y eclesiásticas.

[11] Felipe IV, por una Real Cédula firmada en 1656, declaró a Ceuta “Fidelísima Ciudad”, por haber sido la única posesión portuguesa de Ultramar que permaneció fiel a España cuando en 1640 Portugal se rebeló contra el rey español Felipe II

[12] Conflicto bélico que enfrentó a Portugal y la Monarquía Hispánica de los Habsburgo, poniendo fin a la Unión Ibérica. Durante el "Portugal de los Felipes" (Felipe II, III y IV), el descontento en el país luso creció debido a varios factores clave: la presión fiscal (por la Unión de Armas, para las cuitas de los Habsburgo por Europa) y pérdida de fueros, la sensación de indefensión de las plazas portuguesas de Asia (Ormuz, Goa y otras) y Brasil, y la oportunidad que se dio con la sublevación en Cataluña (Guerra dels Segadors) y la situación en Flandes. Se originó cuando los portugueses tiraron por la ventana al secretario de Estado (Miguel de Vasconcelos) y apresaron a la gobernadora española. A pesar de durar 28 años, no fue una guerra de grandes y continuas batallas campales, sino un conflicto de desgaste (escaramuzas, incursiones de caballería, saqueos y asedios a fortalezas a lo largo de la frontera entre ambos países). Portugal recibió apoyos de Francia e Inglaterra. El conflicto terminó formalmente el 13 de febrero de 1668 con la firma del Tratado de Lisboa, bajo el reinado de Alfonso VI de Portugal y la regencia de Mariana de Austria en España (en nombre del niño rey Carlos II).