Mientras una excelente representación de Benidorm estaba
hoy ofrendando al Apóstol en Santiago de Compostela —ante el Patrón de España—,
yo aquí, en Benidorm, devanándome los sesos por ese trocito de España —¡Santiago
y cierra España!— que es Ceuta.
Preocupado por lo de Ceuta, ¡sí!, me fijo cada día más en
Marruecos.
Quizás por lo que dejó escrito Sun Tzu, en ‘El arte de la
guerra’: “Si conoces al enemigo y te conoces a ti mismo, no debes temer el
resultado de cien batallas. Si te conoces a ti mismo, pero no al enemigo, por
cada victoria obtenida también sufrirás una derrota. Si no sabes nada ni del
enemigo ni de ti mismo, sucumbirás en todas las batallas”.
Marruecos lo sabe todo de España; España no sabe nada de
Marruecos. Todo lo más, que nos come por pies, lo que es muy triste.
Hoy, para mí, la cuestión con Marruecos no es del siglo
XV, sino del siglo XX; casi de esta mañana. Y esta mañana lees a Fernando Rueda…
y ves que toda cuadra; y cuadra bien.
En el origen de cómo arranco esta historia hay dos
personajes clave: Lyautey y El Fassi. ¿Saben ustedes quienes fueron? Empezamos
muy mal, que diría Sun Tzu.
Yo siempre recomiendo optativamente haber leído al chino
e impepinablamente a Yves Lacoste, un francés nacido en Fez para el que la
Geografía, no me canso de repetirlo, sirve, en primer lugar, para hacer la
guerra. Y eso lo sabían Lyautey y El Fassi antes de que mi geógrafo de cabecera
lo dejara escrito en 1976.
Si buscan en la Internet darán con todos ellos: Sun Tzu, Lyautey,
El Fassi y Lacoste; quien nos dejó en junio pasado… y tiene ya mi obituario
trazado, aunque aún no ha visto la luz.
Y a lo que voy.
Louis Hubert Lyautey (1854-1934), mariscal de Francia,
fue un aristócrata propio del XIX que entró en el XX con responsabilidades
militares y una muy bien articulada cabeza para la política —un político de
uniforme— que ha terminado en este Post por haber sido el primer Residente
General de Francia en Marruecos tras la firma del Tratado de Fez.
Lyautey llegó a Marruecos en 1915 e impulsó
las obras públicas, el urbanismo, la producción y la cultura, sometiendo todas
las revueltas una vez que controló totalmente el Majzén (el poder central).
En 1921 fue recompensado con el rango de mariscal y en
1925, tras su “pequeño Alhucemas” en Bab Ounder el general Stanislas Naulin
tomó el mando y desde el continente enviaron a Philippe Pétain que, de acuerdo
con la política del premier Paul Painlevé, pasó a la acción y con España —lo
negoció con Primo de Rivera— decidieron aplastar la rebelión de Abd el-Krim.
Allal el-Fassi (1910-1974) nació en Fez cinco años antes
de la llegada de Lyautey. Hijo de un ulema y asegurando ser descendiente de un compañero
del Profeta —ahí es ná; yo mantengo mi descendencia en línea directa del mismísimo
oso que mató a Favila—,
se convirtió pronto en un líder místico y se doctoró en teología islámica. Tras
algún encontronazo con la política colonial francesa que le llevó a prisión, en
1934 fundó el Comité de Acción Marroquí (CAM) y exigió a las autoridades francesas
el cumplimiento estricto del Tratado de Fez de 1912, que Francia rechazó. En
1937 el CAM estaba desarticulado y El Fassi forzado a un exilio en Gabón. Y
desde allí lo inspiró todo para crear el Istiqlal
y diseñar el mapa del Gran Marruecos que sigue siendo el quid de la cuestión (y
que me niego a reproducir en este post).
Sí, porque “el Gran Marruecos” es una doctrina
plasmada a través de un gran mapa.
Pero esto es grave porque, ahora mismo, el artículo 42 de
la Constitución marroquí de 2011, como todas las anteriores desde 1962,
encomienda al monarca la garantía de la independencia y la integridad
territorial del Reino “dentro de sus fronteras auténticas”
(¿?). Ningún texto marroquí, constitucional o legal, define cuáles son. Y tengan
en cuenta que, con esta frase, sin detalles, incorpora al derecho fundamental
marroquí una doctrina territorial anterior, nunca reducida a límites precisos.
Sentado esto, vamos a los hechos y con los hechos.
Con Marruecos, el patrón es constante: presión sostenida
por debajo del umbral del ataque armado, creación de un hecho consumado y
negociación posterior sobre lo ya ocupado desde el mismo instante de su
independencia. El incidente del islote de Perejil,
en 2002, respondió al mismo esquema; pero se reaccionó. Y desde entonces siguen
produciéndose actos unilaterales sucesivos que evitan el umbral capaz de
activar respuestas con un gobierno como este.
Señalo: con Marruecos, el marco aplicable no es el de la
gestión bilateral de incidentes, sino el del artículo 2.4 de la Carta de las
Naciones Unidas y el de los
principios de Igualdad soberana, Integridad territorial y Abstención del uso o
la amenaza de la fuerza que enuncia el Tratado de Amistad, Buena Vecindad y
Cooperación con Marruecos
de 4 de julio de 1991.
Invocarlos —hoy aquí, y siempre— no es un acto inamistoso;
simplemente la exigencia de cumplimiento de lo pactado.
Y arrimando el ascua a mi sardina, el Tratado de Fez es
un tratado importante; pero a mí me gustaría comenzar esta historia un poco más
atrás, con otro tratado: el de Wad-Ras
(1860). En realidad, los dos tratados, Wad-Ras y Fez, constituyen dos de los
hitos diplomáticos y políticos más trascendentales en las relaciones entre
Europa y el norte de África.
Por el de Wad-Ras, España ampliaba sus límites
territoriales sobre Ceuta
y Melilla. Y, a
resultas del mismo, se alteró el destino económico de aquel Marruecos.
Debo reconocer que la asfixiante indemnización de guerra —400
millones de reales—
obligó al Majzén a
solicitar préstamos masivos a la banca británica. Para avalar estos créditos,
el sultán entregó la gestión de sus aduanas portuarias, iniciando el ciclo de
endeudamiento crónico que allanó el camino para la pérdida total de
independencia que se produjo ya en el Tratado de Fez de 1912.
El colapso final fue un proceso multifactorial provocado
por la voracidad del imperialismo anglo-francés (repito: anglo francés) y la
rigidez de un sistema estructural interno marroquí que no supo adaptarse a la
apisonadora del capitalismo industrial del siglo XIX.
Las verdaderas potencias capitalistas de la época (Gran
Bretaña y, sobre todo, Francia) aprovecharon la grieta para imponer un asedio
financiero aún mayor a partir de tratados comerciales desiguales,
el abuso de las llamadas Protecciones Consulares
y los macropréstamos de 1904 y 1910.
Para funcionar en el norte de África, en aquellos años
donde aún perduraba su tradición medieval, el Majzén dependía de tributos
religiosos tradicionales y de la recaudación forzosa mediante expediciones
militares (harkas). Cuando las regiones ricas se ampararon en las protecciones
europeas propias del siglo XX, “el Estado marroquí” de entonces ya fue incapaz
de crear una estructura de recaudación moderna y eficiente de impuestos para
hacer frente a la realidad; no controlaba el supuesto país.
Encima, los sectores más tradicionales y religiosos,
capitaneados por los ulemas, se opusieron sistemáticamente a cualquier intento
de reforma administrativa o técnica inspirada en Occidente, lo que impidió a
aquel embrión de país desarrollar, cuanto menos, una economía capaz de afrontar
la situación.
Y, finalmente, los cuentos de las Mil y una noches
aplicados a ese rincón tan occidental de África. Sultanes como Abd al-Aziz
agravaron la situación al contraer enormes deudas personales para adquirir
excentricidades: juguetes modernos a vapor y armamento obsoleto facturado por
comerciantes europeos sin escrúpulos a precios inflados.
Recuerdo perfectamente aquella asignatura (Compartimentación
Territorial de África) que me resultó tan útil en otros trabajos sobre el Norte
de África y lo que fue aquel territorio en los albores del siglo XX. Francia
deseaba expansionar su imperio colonial desde Argelia y la irrupción de Alemania,
que intentó frenar a Francia, provocó gravísimas crisis internacionales: las llamadsas
Crisis Marroquíes de 1905
y 1911).
Y en medio de este juego de Francia, Gran Bretaña y Alemania
metieron a España en el lío; y España, estando de guerra hasta el corvejón, aún se embarcó en otras más.
Pero volvamos al mariscal Lyautey porque, aunque les
duela a muchos, fue el arquitecto del Marruecos contemporáneo. Su plan impidió
que el país perdiera su identidad cultural ante la apisonadora colonial pero,
al mismo tiempo, cimentó las bases de esa profunda desigualdad geográfica y —especialmente—
social que sigue arrastrando el país en el siglo XXI. Que la culpa no es del
cha-cha-chá.
Francia transformó por completo la jerarquía urbana y
social de Marruecos. Creó de la nada metrópolis
como el corazón administrativo de Rabat o el centro financiero e institucional
de Casablanca, y aplicó un enfoque político y cultural basado, en un principio,
en la asociación y el respeto institucional indirecto, en lugar de la
asimilación o la destrucción cultural de la colonia que es lo que habían hecho
hasta entonces los colonialistas.
La Doctrina Lyautey definió, cuando menos, el rostro
físico, político y social del Marruecos del siglo XX y ha llegado hasta hoy.
Con la Doctrina Lyautey la institución monárquica
marroquí sobrevivió a la era colonial y salió reforzada tras la independencia,
pero ahondó aún más, si cabe, la histórica fractura socioeconómica entre el
litoral útil de las colonias francesas y las periferias rurales disidentes (el Bled
al-Siba), que fueron reprimidas militarmente. Lyautey prefería la negociación,
el avance político lento, el pacto con las tribus locales y el uso medido de la
fuerza. Pero en 1925 esta doctrina dejó de funcionar ante la insurrección
kabileña y Pétain llegó a Marruecos
declarando abiertamente que él “hacía estrategia, no política”:
desplegó un ejército colosal de 150.000 soldados franceses, fuertemente armados,
decenas de aviones y centenares de cañones de una artillería modernas que acabó
con la revuelta rifeña forzando la rendición de Abd el-Krim en mayo de 1926.
La caída del líder rifeño no significó el fin de la
resistencia marroquí, sino una profunda metamorfosis estructural: marcó el fin
del histórico nacionalismo tribal, guerrillero y armado, y dio paso al
nacimiento del nacionalismo urbano, civil y moderno, que tres décadas
más tarde conseguiría la independencia total del país.
La derrota militar de la guerrilla de Abd el-Krim
demostró a las élites intelectuales marroquíes que la fuerza de las armas
tradicionales y el aislamiento tribal ya no podían derrotar a los ejércitos
industriales europeos. Entonces, el testigo de la resistencia pasó de los
guerrilleros del Rif a los jóvenes universitarios, burgueses y ulemas de las
grandes ciudades (Fez, Rabat, Casablanca).
Y, sorprendentemente, a partir de 1926, por primera vez
en siglos, todo el territorio geográfico de lo que desde Europa se considera que
es Marruecos quedó unificado bajo una única autoridad administrativa real
controlada tanto por el Majzén como por las potencias coloniales. Hasta 1926,
el sultán de Marruecos nunca había gobernado realmente sobre Bled al-Siba: el
Rif y las montañas del Atlas.
Así llegamos a Al Fassi y el nacimiento del Istiqlal
gracias a una nueva generación de jóvenes nacionalistas —influenciada por el
panarabismo y las ideas democráticas francesas— que fundaron varios movimientos
políticos modernos que llevarían a la fundación del Partido del Istiqlal
(Independencia).
La IIGM tuvo su papel. Marruecos fue punto de desembarco
de la Operación Torch
(noviembre de 1942); el Protectorado estaba la órbita de la Francia de Vichy y
aquello suponía atacar al III Reich.
Al-Fassi y los suyos esperaron la oportunidad y en cuanto
estuvo encaminado el resultado de la guerra en Europa, en Rabat, el 11 de enero
de 1944, Al-Fassi presentó ante el sultán y los cónsules generales de EE. UU.
(Feliz Cole) y Reino Unido (Francis Stone Bird) el manifiesto del partido
Istiqlal firmado por los más importantes líderes nacionalistas marroquíes. En
el manifiesto del partido Istiqlal se solicitaban la independencia del país en
su integridad territorial y bajo la égida del sultán Mohammed V, así como la
adhesión de Marruecos a la Carta Atlántica y su participación en la Conferencia
de Paz. Reconozcamos que siempre han sabido jugar muy bien sus bazas. Francia
fue absolutamente puenteada y ninguneada. Es más: los nacionalistas se apoyaron
en la promesa implícita de descolonización que el presidente Franklin D.
Roosevelt le había hecho al sultán Mohamed V durante la Conferencia de
Casablanca en 1943, pasándose
por el arco del triunfo los intereses de París.
Pero la reacción oficial de los diplomáticos
angloamericanos ante el Manifiesto de Independencia de Marruecos fue de cautela
extrema, frialdad e incomodidad; que los de abajo consiguen escribir y que
quede lo que ellos quieren; pero están los archivos.
No obstante, Francia y España —¡Olé, qué visión de la
jugada!— habían apuntalado la figura del sultán Mohamed V en 1927 creyendo que
sería un títere dócil para mantener calmada a la población tradicional tras las
turbulencias de la Guerra del Rif. Pero el sultán les salió rana y se unió al
nacionalismo. En lugar de aislarse en el Palacio, Mohamed V se alineó de forma
clandestina con los herederos políticos del descontento de Abd el-Krim y los
intelectuales urbanos que proliferaban como moscas gracias a la implantación de
modernos sistemas de educación bajo el dominio francés del Protectorado, que
estaba formando a las élites de país. Lo de siempre: ¡qué malo es leer!; aunque
es mucho peor saber interpretar lo escrito.
En aquellos años, como decíamos, Mohamed V asumió las
tesis independentistas, convirtiendo a la Corona Jerifiana
en el símbolo indiscutible de la unidad nacional frente a los colonizadores, lo
que culminó con el fin del Protectorado en 1956. En definitiva, el Marruecos
posterior a Abd el-Krim fue el laboratorio donde se forjó el Estado-nación
centralizado actual; se abandonó la fragmentación regional de las tribus y se
construyó una identidad nacional cohesionada alrededor de la figura del monarca,
sentando las bases institucionales del Marruecos del siglo XXI.
Ahora mismo podemos decir sin ambages que la economía de
Marruecos se ha repuesto por completo de la asfixia financiera, la quiebra del
Majzén y la pérdida de soberanía económica que experimentó entre 1911 y 1912. Ha
pasado más de un siglo: ya saben lo de no hay mal que cien años dure (y cuerpo
que lo resista).
Y la verdad es que tras alcanzar la independencia en
1956, el país pasó por décadas de reconstrucción institucional y, en el siglo
XXI, se ha consolidado como una de las economías más estables, dinámicas y
diversificadas del norte de África.
Y si no queremos verlo, es un grave problema. Otra cosa
es la cuestión social. Hoy en día, Marruecos es una potencia económica
emergente que compite directamente en mercados internacionales de alto valor
añadido, pero tiene un pesadísimo lastre social que es un problema enquistado
letal.
Recordemos: Francia dividió el país de forma invisible en
dos, al modo de Bled al-Makhzen (Tierra del Gobierno/Orden) y Bled al-Siba
(Tierra de la Anarquía/Disidencia). Francia fue más sutil y las llamó el ‘Marruecos
útil’ (las llanuras costeras del Atlántico, ciudades como Casablanca o Rabat,
ricas en agricultura y fosfatos) y el ‘Marruecos inútil’ (que ya se pueden imaginar).
El ‘útil’ recibió toda la inversión en infraestructura y el ‘inútil’ (las
regiones montañosas del Rif y el Atlas, habitadas mayoritariamente por
bereberes/amaziges) quedó completamente marginado.
Vuelvo al principio: Lyautey tuvo la culpa.
Las mejores tierras agrícolas fueron expropiadas para
colonos franceses. Esto provocó el empobrecimiento del campesinado tradicional
y el inicio de un éxodo rural masivo hacia las periferias urbanas, originando
los primeros bidonvilles (chabolas) en Casablanca.
Hasán II (1961-1999) se centró en consolidar el poder; su
poder. Zonas históricamente rebeldes al Majzén, el poder central, como el Rif,
sufrieron un castigo económico y militar deliberado (los años del plomo). La
falta de inversión pública cronificó la pobreza y empujó a la población a la
emigración hacia Europa o al contrabando. En los años setenta y ochenta la
crisis económica y los planes de ajuste del Fondo Monetario Internacional (FMI)
obligaron al gobierno a recortar subsidios hasta en lo básico, lo que agravó la
situación y desató violentas protestas sociales (como las de Casablanca en 1981
y Fez en 1990),
reprimidas con dureza. El gasto público se desvió hacia la seguridad del Estado
y el conflicto del Sáhara Occidental, dejando la educación pública y la sanidad
en niveles mínimos de calidad.
Con Mohamed VI se inició una estrategia de modernización
económica, pero con un impacto social desigual generando dos realidades
paralelas. Por un lado tenemos que el Estado ha invertido miles de millones en
trenes de alta velocidad (Al Boraq),
puertos colosales (Tánger Med)
y energías renovables (planta solar de Ouarzazate).
Y por el otro que ha aumentado la desigualdad
social. Las macroestructuras coexisten con un Marruecos rural profundo que
carece de agua potable, sólo dispone de pistas y carreteras secundarias y faltan
hospitales dignos.
El sistema educativo no se adaptó al mercado laboral.
Como consecuencia, una enorme parte de la juventud urbana padece desempleo
crónico, y más del 30-40% de la actividad económica sigue dependiendo del
sector informal (venta ambulante, subempleo).
Nadie nos lo contó con detalle, pero entre finales de
2016 y mediados de 2017 el Rif se movilizó. El Hirak del Rif fue una oleada de
protestas ciudadanas de carácter social, económico y cultural que sacudió la
históricamente postergada región del Rif, en el norte de Marruecos lo que se
convirtió en uno de los desafíos políticos más importantes
para el reinado de Mohammed VI.
Marruecos arrastra hoy una fractura social dual. Por un
lado, una élite económica y una clase media urbana conectadas a la
globalización; por el otro, millones de ciudadanos atrapados en la
vulnerabilidad económica, donde la emigración clandestina (el haraga)
sigue siendo vista por muchos jóvenes como la única vía de ascenso social. El
índice de desarrollo humano (IDH) de Marruecos sigue reflejando el peso de este
desequilibrio histórico aunque se sitúa en 0.710 (posición 120 del mundo). Ese
0’710 coloca al país norteafricano en el grupo de naciones con desarrollo
humano alto. Sin embargo, Marruecos presenta una brecha muy profunda al
compararse con España (IDH 0’918, posición 28), Francia (IDH 0’920, posición
26) y el promedio de la Unión Europea (UE), considerados como índices muy altos.
Pero la Renta Nacional Bruta señala la mayor brecha de
todas. Aunque Marruecos es una economía dinámica en la región, su Renta
Nacional Bruta (RNB) per cápita ajustada por paridad de poder adquisitivo (PPA)
es cinco veces menor que la de España y seis veces menor que la de Francia.
Esto se debe al peso que todavía tiene el sector informal y a la baja
productividad de amplias zonas rurales.
Pese a todo, Marruecos avanza y hay que tenerle siempre
en el visor y en el retrovisor.
Me preocupa —¿pero quién soy yo?— el plan estratégico de
Marruecos para convertirse en el líder indiscutible de las energías renovables
y el hidrógeno verde en el norte de África. Sí, no me pierdan de vista la macro
estrategia gubernamental L'Offre Maroc (La Oferta Marruecos) que persigue posicionar
Marruecos como el hub energético global por excelencia, capitalizando sus
excepcionales condiciones climáticas (sol y viento) y su proximidad estratégica
con la Unión Europea. Con este plan, Rabat busca no solo asegurar su
independencia energética, sino erigirse en el principal socio y proveedor de
energía limpia de la Unión Europea,
desafiando directamente los planes de países como España.
Es más, el plan contempla la creación de corredores de
hidrógeno verde para abastecer los centros industriales de Alemania y los
Países Bajos pasando muy mucho de España.
Se han designado cuatro puertos estratégicos (Tánger Med, Mohammedia, Jorf
Lasfar y Tan-Tan) para almacenar, adecuar y exportar el hidrógeno y sus
derivados químicos por vía marítima, aunque oficialmente nunca han descartado
que puedan hacerlo a través de España.
Marruecos ha reservado un área pública sin precedentes de
un millón de hectáreas destinadas exclusivamente al despliegue de
infraestructuras renovables (eólica y solar) y plantas de electrólisis acoplada
a la desalación de agua de mar (para no comprometer los acuíferos locales) y la
posterior transformación en derivados de transporte sencillo como el amoniaco
verde, metanol y combustibles sintéticos en las áridas regiones del sur y del
Sáhara, idóneas por sus niveles récord de radiación solar y constantes vientos
costeros que le dan una superventaja económica sobre las propuestas españolas
del Valle Andaluz del Hidrógeno Verde —que se asienta sobre dos de los polos
químicos y petroquímicos más potentes del país: Palos de la Frontera (Huelva) y
San Roque (Cádiz / Bahía de Algeciras— o el Corredor Vasco (BH2C; el Hub
Tecnológico del Norte) con epicentros en la refinería de Petronor en Muskiz y
el Puerto de Bilbao. Tenemos las bendiciones de la UE y las certificaciones,
pero, de momento, Berlín ya recibe el marroquí.
Hay más mucho más en este campo; tanto, que asusta.
Conviene conocer al enemigo. Lo de Ceuta es una puntadita
más. La punta del iceberg de lo social que es tan grande que no nos deja ver
todo lo que viene detrás.
Hay que meter la esencia de Rudolph Kjellen en día a día.
Ya está bien de decir que “¡es tonto!”, pero resulta que “¡no da vueltas!” y va
a lo suyo mientras nos ensimismamos con su última provocación.
Podía sacar a pasear hasta las reminiscencias de proceder
con el METI/MITI japonés y el concepto del estado desarrollista, que tan bien
se conoce desde la Geografía, que (¡no olviden!) es la madre de todas ciencias.
Ya, como fantasmas de mi sueño, solo veo Zaibatus/Keiretsus “a la marroquí” por
todos lados. Y me preocupa, ¡oiga!
Le apuntan a Giacomo Casanova la frase: “El hombre que
olvida las ofensas de su enemigo no demuestra grandeza de alma, sino cobardía o
estupidez. Al enemigo se le devuelve el golpe multiplicado por diez, o se
espera en silencio el momento de verlo caer”.
Aquí, presiento, hay más de uno que ha leído a Casanova.
Aunque Casanova hablaba desde el individualismo libertino
del siglo XVIII, su lógica describe con precisión quirúrgica el funcionamiento
del Majzén marroquí, un sistema de poder tradicional que no olvida los agravios
históricos, rechaza la diplomacia de la complacencia y domina a la perfección
el arte de la paciencia estratégica.
El proceder político de Rabat se alinea con la cita de
Casanova a través de tres claves fundamentales.
Una puede ser la de las relaciones hispano-marroquíes. En
Rabat, el Palacio Real rechaza la retórica del pacifismo o la “buena vecindad”
desinteresada cuando entran en juego sus intereses vitales (como el
reconocimiento de la soberanía sobre el Sáhara Occidental). Para el proceder
marroquí, ceder o pasar por alto lo que consideran una ofensa —como la
hospitalización secreta del líder saharaui Brahim Ghali en España en 2021— no
es un gesto de madurez diplomática, sino una muestra de debilidad que el rival terminar
por explotar.
Rabat considera que la firmeza implacable es la
única forma de infundir respeto mutuo (“Al enemigo se le devuelve el golpe
multiplicado por diez”) Cuando Marruecos se siente agraviado por Madrid, su
respuesta suele ser asimétrica y fulminante, diseñada para forzar la
capitulación política del gobierno español. Así lo vimos en la crisis de Ceuta
de 2021. Tras el “desplante” de España con el caso Ghali,
Marruecos respondió abriendo deliberadamente los perímetros fronterizos de
Castillejos, permitiendo la entrada masiva e irregular de más de 10.000
personas en Ceuta en apenas 48 horas. Cabeceras como El País,
El Mundo o ABC describieron la inacción de las fuerzas de seguridad marroquíes
como una "estrategia de presión" o "arma geopolítica"
intencionada; y después nos lamentamos con la crisis humanitaria.
Luego planteó la “asfixia económica” con la suspensión unilateral de las
aduanas comerciales de Melilla o el estrangulamiento del paso de mercancías en
las fronteras terrestres.
Y luego está la paciencia estratégica. Esta es, ¡rasguémonos
las vestiduras!, la mayor fortaleza de la diplomacia marroquí frente a los
ciclos democráticos de España.
Mientras los gobiernos españoles cambian cada cuatro años
—y están sometidos al desgaste de la opinión pública— , el Majzén es una
estructura permanente que planifica a décadas vista
Y por encima de todo y siempre como espada de Damocles, el
momento tonto de debilidad que siempre nos persigue. Marruecos sabe esperar en
silencio a que España se encuentre en una posición vulnerable (crisis
económicas, debilidad parlamentaria o aislamiento internacional) para activar
sus reivindicaciones. No sé, lo mismo es el pinchazo de Pegasus,
pero es que siempre tenemos el tafanario al oreo por una cosa u otra; y más
desde que está Sánchez.
Recuerdan: de repente llegó el histórico cambio de
postura de España sobre el Sáhara en 2022 (avalando el plan de autonomía
marroquí), demostrando que —según los cronicones y sin el caballo alado— la
paciencia y la presión constante terminan doblegando la resistencia del vecino
del norte. Y ahora mismo tenemos la bicha en la invasión de Ceuta, que me pesa
y atribula sobre manera.
En definitiva, la política exterior de Marruecos hacia
España no se rige por la improvisación; se comporta exactamente como el
estratega de Casanova: acumula los agravios en silencio, mide las
debilidades del oponente y asesta el golpe político cuando tiene la certeza
absoluta de que el rival no podrá responder.
Yo, de momento, estaré el día 2 de septiembre de 2026
apoyando la españolidad de Ceuta: ¡con las caballas! Y lamentando la inacción
de este Gobierno.
En el Tratado de
Fez (30 de marzo de 1912) se encuentra el resultado del auge del imperialismo
europeo plasmado en las intensas rivalidades diplomáticas entre las grandes
potencias (Francia, Alemania, el Imperio Británico y siempre leo que España)
por el control del norte de África.
Se aumentaba el
área de dominio de Ceuta y sus alrededores, incluyendo todo el territorio que
iba desde el mar, pasando por los altos de la sierra de Bullones, hasta el
barranco de Anghera.