Quería
haberlo titulado “Benidorm no es lugar para la ‘Tax the Rich’” esa que he leído
que algunos pretenden; y darle caña al mono, porque lo que de verdad interesa a
España y a Europa, en materia de turismo, es aprender de Benidorm. Obvien la petulancia, léanme y lo entenderán.
Sí, los municipios turísticos necesitan financiación. Por eso, cuando he leído que la solución es aplicar la filosofía que impulsa la “Tax the Rich”, me he quedado anonadado. No salgo de mi asombro., porque quien lo dice, “ha estudiao”. Relacionar el concepto “Tax the Rich” con la marca Benidorm es de miopes intelectuales y políticos.
Pero… ¿sabemos realmente de qué estamos hablando?
En julio de 2023 el Parlamento Europeo celebró un debate específico bajo el título Tax the Rich, impulsado por el grupo parlamentario The Left[1]. Su planteamiento era sencillo: que las grandes fortunas y los beneficios extraordinarios contribuyeran en mayor medida a financiar políticas sociales y medioambientales. Punto. Aquello ya nacía cojo: la competencia fiscal, recuerdo, sigue correspondiendo a los Estados miembros y no al Parlamento Europeo. Pero ahí quedaba el momentito de gloria.
Por cierto: aplicar la “Tax the Rich” no consiste en quitar el dinero a los ricos cual Robin Hood de película, sino en defender una mayor carga fiscal sobre grandes rentas y patrimonios. Punto y aparte.
Les resumo: no tienen nada que ver esa fórmula de fiscalidad con el turismo.
Cuando el Parlamento Europeo ha hablado de turismo, sus informes y resoluciones no plantean financiar el sector mediante un impuesto europeo a los ricos; al contrario, el Parlamento Europeo ha insistido reiteradamente en que la fiscalidad debe diseñarse con cuidado para no perjudicar la competitividad de los destinos turísticos[2]. Aún hay políticos que saben que los impuestos excesivos afectan a los márgenes empresariales, a los precios que pagan los visitantes y, en consecuencia, a la capacidad de competir de cada destino.
Y cuando alguien que llega nuevo a este tema y sale por estas peteneras es ahí donde empieza mi turbación. Porque vincular los postulados “Tax the Rich” con el turismo ya es una pirueta, pero hacerlo con nuestro modelo turístico es rizar el rizo y, permítanme, transmite una imagen sencillamente falsa. Benidorm nunca ha sido un destino para las grandes fortunas. Benidorm surgió para el turismo de clases medias y en Benidorm cientos de autónomos y pequeñas y medianas empresas en un tejido económico local tiene muy poco que ver con la concentración de grandes patrimonios.
Hay una razón de fondo para salir y gritar este ‘¡Desperta ferro!’: Benidorm, se ha forjado sobre un concepto local de hospitalidad y para todos; ajeno a la exclusividad.
Aquí llegados, conviene recordar a José Miguel Iribas, probablemente quien mejor explicó la esencia del modelo Benidorm. Iribas sintetizó el producto Benidorm hace años y mejor que nadie cuando comparó Benidorm con una Coca-Cola: “El éxito de Benidorm no puede explicarse sin recurrir a la potencia que le imprime su condición urbana. Benidorm se parece mucho a una Coca-Cola de litro: un producto industrial, de equilibradísima relación calidad-precio, conocido hasta la saciedad por todos, apto para toda edad y condición social y capaz de combinarse con todo tipo de brebajes”[3]. Y abundaba: “El éxito de Benidorm es que es un producto muy nítido. La gente sabe a lo que va. Lo que promete Benidorm, lo cumple. Así que raramente defrauda”[4].
Yo, quizás porque lo hablé mucho con él, lo tengo muy claro, pero conviene aclararlo porque alguno podría interpretar mal esta metáfora de la Coca-Cola; que hay gente pa tó. Iribas nunca quiso decir que Benidorm fuera un destino barato. Defendía el maestro algo mucho más profundo: que Benidorm era —y es — un producto turístico universal, fiable, reconocible y con una extraordinaria relación calidad-precio. No era un Dom Pérignon reservado para unos pocos; era Coca-Cola: un producto global capaz de llegar a millones de personas sin perder su identidad.
Y esa ha sido siempre la verdadera revolución de Benidorm. Mientras muchos destinos competían por atraer exclusivamente a visitantes de altísimo poder adquisitivo, Benidorm eligió otro camino: democratizar las vacaciones. Hizo posible que millones de familias españolas y europeas disfrutaran del Mediterráneo con estándares de calidad que hasta entonces parecían reservados a minorías. Aquí no hay “Richs” a quienes aplicar la “Tax”.
Para José Miguel Iribas y para a Mario Gaviria —yo tuve la fortuna de conocer antes al maestro que al maestro de maestros y compartí con ambos— la mayor fortaleza de Benidorm consistía precisamente en ofrecer calidad, eficiencia y fiabilidad para todos los públicos y no para una élite económica. Esa sigue siendo, probablemente, la mejor explicación de su éxito.
Y ese éxito no se limita a las cifras de visitantes. También se refleja en un modelo urbano extraordinariamente eficiente en el uso del suelo, del agua y de la energía, construido mucho antes de que la sostenibilidad se convirtiera en un eslogan político.
Por eso sostengo que trasladar al modelo Benidorm la esencia de un debate —Tax the Rich— concebido para gravar grandes fortunas internacionales resulta, como mínimo, decepcionante y simplón como propuesta. Suenan campanas, ¿pero dónde? Benidorm no ha construido su prosperidad alrededor de unos pocos ultrarricos; la ha construido alrededor de millones de ciudadanos corrientes que ansían la felicidad que ofrece este rincón Mediterráneo: dos magníficas playas que tienen tras de sí una fantástica ciudad de servicios..
Es que Benidorm juega en otra división.
Admito que algunos de los planteamientos que acompañan al movimiento “Tax the Rich” pueden llegar a tener sentido en algunos contextos. Gravar determinadas operaciones especulativas, favorecer una mayor contribución de grandes patrimonios o financiar políticas públicas relacionadas con la sostenibilidad son debates perfectamente legítimos. Pero precisamente por eso conviene distinguir y no meter a todos en el mismo saco. No todos los destinos turísticos responden al mismo modelo ni afrontan los mismos desafíos. Benidorm constituye un caso singular en Europa.
Mientras algunos destinos han basado buena parte de su competitividad en la exclusividad, la baja densidad o el turismo de lujo, Benidorm ha demostrado durante décadas que es posible alcanzar elevados niveles de productividad turística reduciendo el consumo de recursos por visitante y siendo atractivos para una inmensa mayoría. Esta ha sido, probablemente, su gran innovación.
Mucho antes de que la sostenibilidad se incorporara a la vida científica y al lenguaje político, Benidorm ya practicaba una forma de sostenibilidad nacida de la eficiencia: concentrar la edificación para preservar territorio; favorecer la movilidad peatonal; optimizar las redes de abastecimiento; utilizar con enorme eficacia el agua; aprovechar las economías de escala y mantener una elevada ocupación durante buena parte del año. Hoy esos principios benidormenses reciben nombres sofisticados, pero son consustanciales con Benidorm que los convirtió en realidad hace casi setenta años.
Por eso, cuando algunos presentan el destino Benidorm como ejemplo de los problemas asociados al turismo masivo, olvidan un dato esencial: la intensidad de uso no equivale necesariamente a un mayor impacto ambiental. En algunas ocasiones —es el caso de Benidorm— ocurre exactamente lo contrario.
Es que hablamos de Benidorm y no es casualidad que, durante la última década, Benidorm haya acumulado reconocimientos nacionales e internacionales por su gestión sostenible. El primer Destino Turístico Inteligente certificado del mundo, el reconocimiento Green Pioneer 2025 de la Comisión Europea, la certificación Biosphere o su nueva candidatura al European Green Leaf no son campañas de comunicación; son la constatación de un modelo, Benidorm, que lleva décadas haciendo de la eficiencia una ventaja competitiva.
Por eso sostengo que trasladar mecánicamente determinados discursos al caso de Benidorm conduce a fracasos constantes. No todos los destinos parten del mismo punto; no todos presentan los mismos problemas; no todos aportan soluciones. Y tampoco todos deberían recibir idéntico tratamiento cuando se habla de fiscalidad, sostenibilidad o adaptación al cambio climático.
Precisamente ahí encuentro una de las principales carencias del debate europeo este que nos endosan. La verdadera cuestión no consiste en decidir si hay que gravar más o menos a las grandes fortunas. Para mí, la cuestión es otra: ¿cómo financiamos los destinos turísticos que ya han demostrado ser eficientes, sostenibles y competitivos sin penalizar precisamente a quienes mejor han hecho sus deberes? Este sí me parece el debate; el debate más relevante.
Llegados a este punto, la cuestión ya no es si alguien decide sacar a pasear el “Tax the Rich” en Benidorm; cada cual es libre de estrellarse y defender el modelo fiscal que considere oportuno. Lo verdaderamente importante es no confundir los escenarios.
Porque Benidorm nunca ha sido un destino construido alrededor de grandes fortunas. Nunca ha necesitado exhibir el lujo como argumento comercial. Nunca ha basado su competitividad en la exclusividad. Su éxito ha consistido precisamente en lo contrario. Benidorm ha demostrado que millones de personas pueden disfrutar de unas vacaciones de calidad sin renunciar ni a la eficiencia, ni a la sostenibilidad ambiental ni a una extraordinaria relación calidad-precio. Esa fue la intuición de Pedro Zaragoza en 1956. Y esa continúa siendo, setenta años después, la principal ventaja competitiva del Modelo Benidorm.
Por eso, sigo pensando que el debate europeo debería formularse de otra manera distinta del “Tax the Rich”, que también. No en ver cómo gravamos más a unos u otros, sino en cómo conseguimos que existan más destinos capaces de hacer lo que Benidorm lleva décadas demostrando que es posible hacer.
Así pues, lo que nos deberíamos hacer son preguntas del tipo ¿cómo financiamos a los municipios turísticos que deben atender a poblaciones flotantes muy superiores a su población censada? O ¿cómo ayudamos a quienes invierten en eficiencia hídrica, energética y territorial? O ¿cómo premiamos a los destinos que reducen su huella ambiental sin perder competitividad? O ¿cómo convertimos la sostenibilidad en un incentivo y no únicamente en una obligación? Estas sí son, a mi juicio, las preguntas relevantes.
La
verdadera sostenibilidad consiste en utilizar mejor los recursos. Y ahí
Benidorm dispone de una experiencia acumulada que muy pocos destinos españoles
y europeos pueden acreditar.
Durante décadas, Benidorm ha demostrado que una ciudad compacta puede consumir menos suelo, menos agua y menos energía por visitante que otros modelos más exclusivos. Benidorm ha demostrado que la densidad, cuando está bien planificada, es una aliada de la sostenibilidad. Benidorm ha demostrado que la competitividad no depende necesariamente de atraer a los visitantes más ricos, sino de generar valor para millones de personas. Y Benidorm ha demostrado, sobre todo, que democratizar las vacaciones no fue una concesión al turismo de masas, sino una auténtica innovación social y económica que hoy sigue plenamente vigente.
Por eso Benidorm no necesita buscar acomodo en consignas importadas como el “Tax the Rich”. Tiene su propio discurso y su propia trayectoria. Y, sobre todo, sus propios resultados. Europa haría bien en estudiarlos con detenimiento.
Ahora que lo pienso: quizá el reto no sea traer a Benidorm debates europeos concebidos para otras ciudades y otros modelos turísticos. Quizá el reto consista, sencillamente, en llevar el Modelo Benidorm al centro del debate europeo sobre el turismo del siglo XXI.
Benidorm, entiéndanme, es una anomalía positiva en Europa. Y lo es no porque reciba millones de turistas; no porque tenga muchos rascacielos; no porque sea barato o caro. Lo es porque ha conseguido algo extraordinariamente difícil: hacer compatible la democratización del turismo con la eficiencia económica, la sostenibilidad ambiental y la competitividad internacional.
Europa puede debatir sobre la fiscalidad de las grandes fortunas cuando quiera; es un debate legítimo. Pero importar ese debate para justificar una supuesta posición y bajar el detalle “Tax the Rich” hasta Benidorm —que no nació para atraer millonarios sino para democratizar las vacaciones— es un ejercicio de funambulismo ético. Hay tantos Benidorm como uno quiera descubrir y ese sigue siendo el mayor patrimonio de Benidorm, que es oara todos. Y ahí reside la principal razón para continuar estando en el ideal de felicidad de tantos; por uno de los modelos turísticos más eficientes y sostenibles de Europa y que lo que precisa es más y mejor financiación y mucho menos postureo ideológico.
[1] The Left in the
European Parliament – GUE/NGL es uno de los grupos políticos del Parlamento
Europeo. Hasta 2021 se denominaba GUE/NGL (Confederal Group of the European
United Left/Nordic Green Left). Desde entonces utiliza la denominación The
Left. Es una alianza parlamentaria de formaciones nacionales que mantienen su
autonomía y agrupa formaciones de izquierda transformadora, izquierda
socialista, ecosocialismo, comunismo democrático, feminismo y antiausteridad.
Defiende una mayor redistribución de la riqueza, un aumento de la progresividad
fiscal y de los impuestos sobre grandes fortunas y multinacionales, el
fortalecimiento del Estado del bienestar y la protección de los servicios
públicos, la ampliación de los derechos laborales, la transición ecológica con
enfoque social y una regulación más intensa de los mercados financieros. El
grupo, muy minoritario, no dispone de una política turística específica
comparable a la de otros sectores, pero cuando aborda el turismo suele poner el
énfasis en el empleo de calidad, la lucha contra la precariedad laboral, la
necesidad de vivienda y los efectos del alquiler turístico, la sostenibilidad
ambiental, el impacto del turismo masivo en las ciudades y la fiscalidad del
sector. https://left.eu/tax-the-rich/
[2] https://www.europarl.europa.eu/cmsdata/130660/The%20Impact%20of%20Taxes%20on%20the%20Competitiveness%20of%20European%20tourism.pdf
[3] Urbanismo
turístico. Benidorm, Manual de Uso (1998) ISBN 1137-7402 VIA ARQUITECTURA



