Fue muy duro lo de la tarde-noche del jueves 29 de octubre, Y por más inri, estábamos en lugar sagrado; que si no…
Vaya por delante que la historia de las apariciones de la Virgen de Guadalupe en Méjico es preciosa[1] y la devoción a Nuestra Señora de Guadalupe es uno de los elementos más importantes de la tradición nacional y religiosa mexicana.
Pero el que la ponente, que confesó —sin ruborizarse siquiera— haber proferido más de 200 charlas como el truño que nos estaba endilgando, no fue de recibo.
La buena señora nos soltó una chapa imposible de reproducir, mezclando churras con merinas e intentando dulcificar una civilización pretérita, muy en la línea de los presidentes AMLO (Andrés Manuel López Obrador)[2] y Claudia Sheinbaum[3]. El trio, sin pudor, construye una imagen idealizada de los mexicas; aunque flaco favor hace con inventar la grandeza de aquella civilización —que, la tiene—, seleccionando episodios y algunos elementos del legado indígena para construir un relato nacional que intenta minimizar aspectos muy incómodos de su historia.
Reivindicar a los pueblos indígenas, corregir los prejuicios de la historiografía colonial e idealizar el Imperio mexica son tres cosas diferentes; las dos primeras no exigen la tercera.
De todas formas, y aunque no es el caso que nos ocupa, y porque el cuerpo me lo pide, que quede aquí mi posición clara. Ni el bigote de una gamba.
Los sacrificios humanos mexicas no son una invención de las crónicas de conquista española. Su existencia está documentada por fuentes de procedencias diversas y por evidencias arqueológicas. Lo que sí pudiera requerir cierta y peregrina discusión es la escala de esos sacrificios; y, con ello, la interpretación de su significado religioso y político. El beneficio de la duda.
En el caso de la señora Sheinbaum quiero destacar que considero muy loable que en sus intervenciones aparezcan reiteradamente las aportaciones indígenas a la arquitectura, la agricultura, el conocimiento astronómico, la medicina y la organización urbana. Bien, muy bien: todo ello merece reconocimiento. Pero luego va y me justifica la crueldad ritual soltando que los mexicas tenían una concepción de la muerte muy diferente de la cristiana. ¡Y tanto!
Sí, mujer, sí; pero intentar comprender por qué una sociedad practicaba sacrificios humanos no significa que debamos prescindir de sus dimensiones coercitivas, políticas y violentas. Y sí, hay una diferencia entre explicar una práctica desde la mentalidad de aquella época y convertir esa explicación en una forma de atenuar su gravedad.
Nadie duda de que la mexica fue una civilización que llama la atención en algunos aspectos[4], pero también fue una civilización, como tantas otras, que sometió a comunidades vecinas, exigió tributos, recurrió a la guerra para ampliar y para mantener su dominio; y se aplicó en crueldad.
Dicho
esto, termino con AMLO y Sheinbaum: ambos, considero, buscan construir una
identidad nacional anterior a la llegada de los españoles[5],
dotar de legitimidad moral a la revisión de la historia colonial[6]
y establecer una genealogía política[7].
Pero no se puede combatir un mito creando otro.
Además: la historia no necesita que idealicemos a los mexicas para reconocer su paso por la historia, del mismo modo que el reconocer los logros de la civilización española no nos obliga a justificar los episodios de abusos ocurridos en aquellas tierras.
Pero vayamos a lo que hasta aquí nos ha traído: la Virgen de Guadalupe, que es el tema que nos concitaba en la tarde-noche del jueves.
Yo, reconozco, no me esperaba que la experta mariana guadalupana intentara catecumenizarme hacia su fusión mística; pero allí plantado, en primera fila, saludado todo lo saludado, me era imposible, moralmente, levantarme y marcharme a la primera chorrada, del millar largo, que soltó.
En vano: no cejó. Y se le veía feliz en su absurdo apostolado. No explicó nada; sólo justificó la sincronía entre Tonantzin[8] y la Virgen de Guadalupe, explicando el milagro con absolutamente ¡todas y cada una! de las palabras que figuran en un texto conocido como Nican Mopohua, que forma parte de un libro publicado en México en 1649.
El libro se conoce como Huei tlamahuiçoltica[9]… que son las dos primeras palabras del título, larguísimo título en lengua náhuatl y que se corresponden con una expresión que puede traducirse como “El gran acontecimiento” o “El gran milagro”. Lo publicó el sacerdote Luis Lasso de la Vega, capellán criollo del santuario de Guadalupe en 1649, y constituye una de las fuentes fundamentales de la tradición guadalupana.
Y es la tradición (y no la evidencia documentada) la que atribuye el Nican Mopohua a Antonio Valeriano[10], un indígena que estudió en el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, que dominaba el náhuatl y el castellano, y que llegó a desempeñar importantes responsabilidades en el gobierno indígena de México. Y siempre según la tradición (insisto), Valeriano habría redactado el relato hacia el año 1556, unos veinticinco años después de las apariciones que narra. El libro, insisto, vio la luz en 1649.
La ponente del jueves 29, en su sesgo impostado, se basó en el Nican Mopohua del Huei tlamahuiçoltica (¡menos mal que me los he puesto en el bloc de notas y es copiar y pegar; que si no!) pero lo mismo podía haberse basado en otro libro anterior —Imagen de la Virgen María, Madre de Dios de Guadalupe, milagrosamente aparecida en la ciudad de México— publicado en 1648 por el sacerdote Miguel Sánchez que viene a contar lo mismo; aunque con un menor número de florituras dialécticas. Y nos hubiera acortado la noche y la hubiera hecho más amena e interesante.
Es que, viendo los elaboradísimos diálogos de la conversación de la virgen aparecida al mexica cristianizado Juan Diego Cuauhtlatoatzin[11] (el que habla como águila o el águila que habla) cuesta creer —y muy mucho— que en aquellos términos pudiera producirse la transmisión del mensaje mariano.
La historia guadalupana mejicana, insisto, es preciosa y la devoción a Nuestra Señora de Guadalupe es uno de los elementos más importantes en el desarrollo de una tradición nacional y religiosa específicamente mexicana, pero la versión del Nican Mopohua me cuesta digerirla: recargadita en lo dialéctico.
Y pongo mi guindillita en todo esto: ¿Quién bebió de quién?, ¿Luís de Miguel o Miguel de Luis? Lasso de la Vega conocía la obra de Sánchez; escribió una carta elogiosa sobre ella[12].
Y más. El culto en el cerro Tepeyac está bien documentado desde 1556, impulsado por el arzobispo Alonso de Montúfar[13], y el relato escrito de las apariciones (el Nican Mopohua) aparece en 1649. Muchos historiadores piensan que el nombre “Guadalupe” y el impulso inicial del culto proceden de la devoción extremeña llevada por los conquistadores, que luego se fusionó con elementos de la religiosidad indígena, ya que el Tepeyac era un lugar sagrado, como espacio en la naturaleza, dedicado a Tonantzin; que ya es la segunda vez que sale en este relato.
Pero de ello solo hay testimonios textuales y algunos indicios materiales de pretéritos cultos a deidades femeninas en la zona, pero ningún templo confirmado (aún hoy; aunque sigue la labor prospectiva en la zona) por la arqueología[14]. Hay indicios. Se basan en fray Bernardino de Sahagún (finales del siglo XVI) quien afirmó que en el Tepeyac había antes un templo a Tonantzin, que acudían allí peregrinos de lejos y que, ya en su época, seguían llamando “Tonantzin” a la Virgen de Guadalupe[15].
Es más: el que la virgen de la ermita del Tepeyac terminara con el nombre de Virgen de Guadalupe tiene su aquel. En una carta dirigida a Felipe II en 1575, el virrey Martín Enríquez de Almanza explica[16] que (hacia 1555 o 1556) existía ya una ermita con una imagen de la Virgen María en el cerro y que esta recibió el nombre de Guadalupe porque se decía que ¡se parecía a la imagen venerada en España! Fray Diego de Santa María, quien investigó el santuario mexicano en 1574-1575, sostuvo que (a pesar de que ya hemos visto en la Información de 1556) su denominación como Guadalupe se había popularizado alrededor de 1560[17].
Y al grano, que me disperso: Unos años antes, en septiembre de 1556, el provincial franciscano fray Francisco de Bustamante predicó contra el culto a una imagen en una ermita del Tepeyac, de la que dijo que había sido pintada por un indio. El arzobispo Alonso de Montúfar, que como ya señalé la apoyaba, abrió una investigación, la llamada Información[18] de 1556. A resultas de ella se sabe que, pocos años antes, ya existía un ermitorio con una imagen venerada, y se desprende del texto que había división entre franciscanos y la autoridad eclesiástica en torno a aquel culto; que todo hay que contarlo.
Vamos, que la tradición sitúa la aparición en 1531 y una primera capilla poco después; pero no hay documentos de esos años que lo respalden.
Este es el argumento principal de quienes dudan de la historicidad de las apariciones; que no es mi caso. Que lo que yo critico es el sesgo de la ponente, madre y feliz abuela, que nos dio la chapa la noche del jueves.
Es más, señora ponente: es plausible un sincretismo, es decir, que los indígenas identificaran a la Virgen con una madre divina conocida por ellos con lo que les habían inculcado hasta la llegada de los predicadores. Aunque muchos, como Stafford Poole[19], mire usted, son escépticos: “Tonantzin” también servía simplemente para decir “nuestra madre” al nombrar a la Virgen. Y en esa línea hay muchos más investigadores.
En fin; ¿para qué seguir?
Bueno sí. Porque en este tema no entré para discutir la devoción mariana, que alabo, sino para rebatir a la señora que vino a vender su prédica en vez de valorizar la devoción.
Y hablando de devoción. Según la tradición, en España, la imagen de la Virgen de Guadalupe ya se veneraba en la Sevilla visigoda del siglo VI.
Y es que tiene ya de arranque una historia/leyenda también preciosa.
El papa Gregorio Magno había regalado la talla mariana a San Leandro[20], obispo de Sevilla, que la trajo y colocó en las afueras de la ciudad visigoda[21]. Y cuando en 714 la invasión musulmana llegó a las puertas de Sevilla los clérigos se llevaron la imagen, junto con otras reliquias santas y en su huida, temiendo un final trágico, pues eran perseguidos, la escondieron en un paraje de la Sierra de las Villuercas junto al río Guadalupejo (“el riachuelo del Guadalupe” sería la traducción más exacta).
Y allí permaneció hasta que un pastor, cuyo nombre también ha pasado a la historia —Gil Cordero —, a principios del siglo XIV (la primera cita documental literaria es de 1327), bajo el reinado de Alfonso XI[22], señaló dónde encontrarla[23]. No es un hecho documentado; es otra leyenda que, mira por dónde, se parece muy mucho a la mejicana. Eso sí, es anterior.
Antes de
seguir, que me gusta, una de paralelismos entre Gil Cordero y Juan Diego… y las
apariciones.
Ambos son de los más humilde: Gil es un vaquero extremeño, y Juan Diego un indígena converso. En ambos casos, la Virgen elige a un laico pobre y no a un clérigo. En los dos relatos hay mensaje para las autoridades religiosas: la Virgen les encarga a ambos hablar con los clérigos en Extremadura y con el obispo Zumárraga, clérigo a fin de cuentas, en México, para que se erija un lugar de culto. Hay incredulidad inicial de los clérigos: ni creen a Gil Cordero ni a Juan Diego, aunque el vasco Zumárraga, según el relato, pide una prueba. En los dos casos hay un familiar en peligro de muerte: el hijo de Gil Cordero muere y resucita; el tío de Juan Diego, Juan Bernardino, enferma y se cura.
Hay, también, un signo material. En Extremadura, la prueba es el hallazgo de la imagen enterrada, junto a otros elementos[24]. En México, es la imagen la que aparece en la tilma o ayate, al dejar caer las flores. Y en ambos casos, el paisaje marca el entorno y surge un culto; y se desarrolla con el respaldo del poder: Alfonso XI en Extremadura, el arzobispo Montúfar en México.
Dicho esto, vuelvo a Extremadura donde Alfonso XI favoreció la ermita[25] y hasta se encomendó a la virgen de Guadalupe antes de la batalla del Salado[26]. Y tras ella, volvió a Guadalupe para dar gracias a finales de 1340. Donó trofeos de la batalla y firmó el 25 de diciembre de 1340 un privilegio que creaba un priorato secular y declaraba el real patronato. Más tarde se hicieron cargo de él desde la Orden jerónima[27] (1389), que lo convirtieron en un gran centro religioso, cultural y asistencial, con hospital y escuela de medicina. Los jerónimos fueron exclaustrados en 1835 y el monasterio se deterioró. Lo declararon Monumento Nacional en 1879 y volvió a tener comunidad en 1908 en manos de la Orden franciscana.
El monasterio extremeño fue lugar de peregrinación de reyes y de gente de toda condición[28]. Los Reyes Católicos lo visitaron con frecuencia y fueron grandes protectores del mismo; la reina Isabel tenía una devoción especial a la Virgen de Guadalupe. Tanto es así que en 1477 Isabel estableció allí su cuartel general[29] confiando en su amparo y protección. Ese mismo año ambos monarcas firmaron un privilegio que confirmaba las mercedes concedidas al monasterio; incluso construyeron en él un palacio, la llamada Hospedería Real.
Y del monasterio salió la Sentencia Arbitral de Guadalupe (21 de abril de 1486): Fernando, rey de Aragón, la dictó allí para resolver el conflicto entre los señores y los campesinos de remensa catalanes[30]. Y, también, tal cariño le tenía el rey Fernando al monasterio de Guadalupe que encaminó sus pasos para morir en él[31].
Y vuelvo al tajo: en abril de 1486 los reyes habían estado en el monasterio, acompañados de un tal Cristóbal Colón que intentaba convencerles de la bondad de su expedición al Nuevo Mundo. Y este monasterio de Guadalupe estuvo muy presente en varios episodios de la gesta del viaje; a él regreso Colón en 1493 para dar gracias por el retorno, tras haber informado a los reyes en Barcelona. Y el prior, Nuño de Arévalo, le pidió que pusiera el nombre de Guadalupe a alguna isla que descubriera. Cumplió Colón el 4 de noviembre de 1493, en el segundo viaje, dando tal nombre a la isla que los nativos llamaban Turuqueira o Karukera[32] (según la fuente consultada) y hoy es territorio francés de ultramar.
Y a este monasterio extremeño regresó Colón nuevamente el 29 de julio de 1496 para bautizar allí a dos indígenas, que serían criados y traductores suyos, con los nombres de Cristóbal y Pedro[33].
Y ahora me voy con Hernán Cortés camino de Méjico. Cortes era extremeño y le adjudicamos, de por sí, veneración por esa virgen tan extremeña que es la Virgen de Guadalupe; es verosímil. Sí, y se apunta en varias webs consultadas, que al pecho llevaba siempre Cortés una imagen de la Virgen; sin especificar advocación mariana, pero... cuando el consabido episodio de la picadura del alacrán[34], Cortés se encomendó a la Virgen de Guadalupe extremeña y al sobrevivir hizo llegar un lujoso exvoto en agradecimiento.
Luego está lo del estandarte de Cortés. ¿Estandarte o bandera?: los dos.
La bandera de Cortes era “blanca (o negra; no se ponen muy de acuerdo) con una cruz roja, fuegos blancos y azules y el lema latino ‘Amici, sequamur crucem…’ (amigos, sigamos la cruz…)”[35].
Y el estandarte de Cortés.
Parece que tenía una imagen de una virgen en consonancia con la religiosidad de la época y la práctica de utilizar imágenes cristianas como enseñas militares. El estandarte conservado en el Museo Nacional de Historia, en el Castillo de Chapultepec[36] (Ciudad de México), presenta una imagen de la Virgen María sobre un paño rojizo o violáceo. La pieza se identifica tradicionalmente como el estandarte utilizado por Cortés durante la conquista de México, entre 1519 y 1521. Sin embargo, la atribución histórica del objeto debe tomarse con mucha cautela: la inscripción que afirma que fue el estandarte llevado por Cortés se considera que es bastante posterior[37].
Por cierto: en el Museo del Ejército de Toledo se conserva un “Pendón de Hernán Cortes” que exhibe en el anverso, una imagen de la Virgen (la llamada Virgen del Coro, del monasterio extremeño de Guadalupe) y en el reverso, los escudos de Castilla y León… que por las fotografías es idéntico uno del otro… pero el español, seguro, es una copia del siglo XVI que llega a España a partir de una acción contra la insurgencia en Oaxaca en 1814[38].
Para
complicarme el post, Elisa Vargaslugo[39],
una acreditada estudiosa del culto a la Inmaculada en la Nueva España afirma
que Cortés enarbolaba una imagen de la Virgen Purísima, la primera
representación de ella que vieron ojos americanos.
Y hasta hay quien dice[40] que dicho estandarte se lo entregó Cortés al capitán general (¿?) de los tlaxcaltecas. Pero: ¡ojo!, que eso sería, en todo caso, una noticia historiográfica relevante, pero no un testimonio contemporáneo de 1521 que lo acredite.
Y sí; sí hubo una Virgen, una talla física, que acompañó a Cortes y su hueste: la de la Virgen de los Remedios. Sí, una estatuilla de unos treinta centímetros de altura que, según nuevamente la tradición (siempre la tradición, ¡ojo al dato!), llevó consigo el soldado Juan (o Gonzalo) Rodríguez de Villafuerte, extremeño por más señas —¡faltaría más!— aunque no tengamos claro su nombre de pila. Cortés ordenó colocarla en el recinto del Templo Mayor de Tenochtitlan.
Se cita esta talla de la virgen entre las cosas que sacaron los españoles de Tenochtitlan en la marcha de la Noche Triste[41] (30 de junio al 1 de julio de 1520): ya en tierra firme, tras abandonar la laguna, la habría escondido Rodríguez de Villafuerte bajo un maguey (una pitera de las nuestras) en el cerro de Otoncalpulco[42], donde levantó, pocos días después, una ermitita el mismo Villafuerte en acción de gracias y que muy pronto adquirió una devoción “rival” de la de Guadalupe, en lo que no voy a entrar porque no le veo sentido… y hay fuentes que aseguran que la habría encontrado un indígena en 1540.
Y vuelvo al jueves 29 cuando la ponente de la chapa impresentable también podía haber puesto mejores imágenes (el pwp era decimonónico), menos literatura y más fuentes veraces. No lo entiendo: con lo superinteresante que es todo lo que encierra en sí la imagen de la Virgen de Guadalupe sobre el ayete de fibras de pita… A lo mejor, sólo con haber tirado del National Geographic nos hubiera iluminado la tarde noche y no hubiera provocado ni mi lenta agonía, ni la febril cadencia de abandonos de la sala. ¿Tan entusiasmada estaba que no se daba cuenta de la cadencia de deserciones en la iglesia?
Para mi desdén les contaré que hubo hasta quien la aplaudió… Y ahora que lo pienso: lo mismo fue por cortesía, por compartir parte de la exposición (¡Vaya, por Dios!) o por valorar aspectos que yo no comparto (que de todo tiene que haber en la viña del Señor).
Para finalizar: yo, al menos yo, vi tanto estupor en el semblante del cura párroco que ni me quise acercar a preguntar antes de abandonar la iglesia: ¿asombro?, ¿incredulidad? …
¡Qué desdén el exhibido! Esto tenemos que hacérnoslo mirar.
[1] Según la
tradición guadalupana, en diciembre de 1531 la Virgen María se apareció en el
cerro del Tepeyac, cerca de la Ciudad de México, al indígena converso Juan
Diego y le pidió que se levantara allí un templo en su honor. Como el obispo
fray Juan de Zumárraga le pidió una prueba, Juan Diego volvió al cerro, donde
la Virgen le hizo recoger flores en pleno invierno. Al desplegar su tilma o
ayate ante el obispo, las flores cayeron al suelo y en la tilma apareció la
imagen impresa de la Virgen. Los primeros relatos escritos conocidos son de
mediados del siglo XVII: la Imagen
de la Virgen María de Miguel Sánchez (1648) y el Huei tlamahuiçoltica
de Luis Lasso de la Vega (1649), que incluye el Nican mopohua.
[2] López Obrador
convirtió la revisión de la Conquista española en uno de los elementos
políticos y simbólicos de su proyecto. En 2019 reclamó a la Corona española —y
al Vaticano— que pidiera perdón por los abusos cometidos durante la Conquista y
la colonización; y en 2025, al presentar su libro “Grandeza”, fue más allá de
la reivindicación cultural: cuestionó las versiones sobre los sacrificios
humanos y el canibalismo atribuidos a los pueblos prehispánicos, calificando de
“gran mentira” las acusaciones, que consideraba parte de una historia escrita
por los conquistadores. También sostuvo que la codicia y la corrupción habían
llegado a Méjico con los españoles.
https://revistapresente.com/blogs/blog-cesar-martinez/grandeza-el-inconsciente-de-usos-y-costumbres-de-lopez-obrador/
+ https://www.elfinanciero.com.mx/nacional/2025/11/30/amlo-le-lanza-pedrada-a-espana-en-su-nuevo-libro-marcaban-con-el-fierro-del-rey-a-los-indigenas/
[3] Claudia
Sheinbaum, por su parte, ha continuado esa línea, aunque con un discurso más
centrado en la reivindicación cultural, la identidad nacional y la lucha contra
la discriminación (¿?). Ahora bien: recordarán que en julio de 2025, durante
los actos conmemorativos de los siete siglos de México-Tenochtitlan, presentó
la recuperación del legado indígena como una manera de reconocer la historia
mexicana y combatir el racismo (¿?). ¡Que tiene bemoles la cosa! La cuestión no
está en que la señora Sheinbaum reivindique a los mexicas, sino en la imagen
que de aquella civilización se transmite cuando se la convierte en referente
moral y político del México contemporáneo. Pero eso que se lo miren los
mejicanos de hoy en día; que yo estoy a setas, muy lejos y en las antípodas
ideológicas.
[4] La arqueología y la historiografía permiten estudiar conjuntamente
su desarrollo urbano, sus conocimientos técnicos, su organización política, sus
prácticas religiosas y las relaciones de dominación que sostenían su expansión.
La
mexica fue una cultura sofisticada con una práctica ritual violenta y real, que
no fue más “bárbara” que otras de su tiempo y entorno (el culto no era
exclusivamente azteca: se cree que lo tomaron de pueblos anteriores o vecinos,
como los yopes) en términos absolutos, pero cuya forma, escala y carácter
sagrado resultan particularmente chocantes. Algunas fuentes hablan de decenas
de miles de sacrificados en la consagración del Templo Mayor (1487), pero
muchos historiadores las consideran exageradas. Los españoles tenían interés en
justificar la conquista, y las cifras de los propios mexicas también tenían
propósito propagandístico. Los mexicas practicaban sacrificios humanos de forma
regular, sobre todo de prisioneros de guerra, y también de esclavos y niños en
ciertos ritos, como los dedicados a Tláloc. La arqueología lo confirma. Había
además ritos muy impactantes, como el desollamiento en honor a Xipe Tótec.
Todos tenía un sentido religioso: según su cosmología, los dioses se habían
sacrificado para crear el mundo y el Sol necesitaba “alimento” (sangre y
corazones) para seguir su curso. No era crueldad gratuita para ellos, sino una
obligación cósmica. Pero también tenía función política: era una forma de
intimidar a los pueblos sometidos y de mostrar el poder del imperio. Parte del
odio hacia los mexicas explica que pueblos como los tlaxcaltecas se aliaran con
Cortés. Me llama profundamente la atención el rito central de la fiesta de
Tlacaxipehualiztli (“desollamiento de hombres”), celebrada en marzo, al comienzo
de la primavera. Xipe Tótec, “Nuestro Señor el Desollado”, era el dios de la
renovación de la vegetación, la agricultura y los orfebres. Se le asociaba
también con las enfermedades de la piel. Los prisioneros de guerra eran
llevados al templo. Algunos morían por extracción en vivo del corazón. Otros,
sobre todo guerreros destacados, eran atados a una gran piedra circular
(temalácatl) con armas simbólicas y debían luchar contra guerreros mexicas, el
llamado sacrificio gladiatorio. Tras la muerte, se desollaba el cuerpo.
Sacerdotes o devotos se ponían la piel como un traje y la llevaban unos veinte
días, hasta que se descomponía. Durante ese tiempo recorrían la ciudad y
recibían ofrendas. Después, las pieles se depositaban en un lugar sagrado. La
piel representaba la capa de la tierra que se renueva: el ciclo de siembra y
rebrote. Quien la vestía “encarnaba” al dios y a la vegetación que vuelve a
brotar. Como en otros ritos, la muerte se entendía como condición de la vida.
Las descripciones más detalladas de todo esto vienen de fray Bernardino de
Sahagún (Códice Florentino) y fray Diego Durán, recopiladas por frailes tras la
conquista y con intención misionera. Hay también representaciones en códices y
esculturas de Xipe, y restos arqueológicos que respaldan que el rito existió,
aunque no todos los detalles que dan los cronistas.
[5] El
relato sitúa el origen de México en las grandes civilizaciones prehispánicas y
presenta la Conquista como una ruptura histórica. De este modo, se refuerza la
continuidad simbólica entre los antiguos pueblos indígenas y el México
contemporáneo.
[6] La
denuncia de los abusos cometidos durante la Conquista sirve para reclamar
reconocimiento, reparación simbólica y una reconsideración de la herencia
española. La reivindicación de las víctimas históricas es legítima; el problema
surge si se construye una oposición demasiado sencilla entre un mundo indígena
idealizado y una civilización europea presentada casi exclusivamente como
agente de explotación.
[7] Convertir
la grandeza de Tenochtitlan en uno de los fundamentos simbólicos de su proyecto
contemporáneo hace que la historia deje de ser únicamente una materia de
investigación y pase a desempeñar una función política. Esto no invalida por sí
mismo sus políticas culturales ni sus reivindicaciones, pero obliga a
preguntarse si se está explicando el pasado en toda su complejidad o
seleccionando aquellos elementos que mejor encajan en el relato del presente o
de la presidenta. La discusión académica sobre la memoria colonial y la
política de los símbolos en el México actual refleja precisamente esa tensión.
[8] Término
en náhuatl cuyo significado puede traducirse por “nuestra venerable madre” o
“nuestra madrecita”. En la mitología y cosmovisión de los pueblos nahuas y
mexicas, no se trataba de una única diosa individual, sino de un título de
veneración compartido por diversas deidades femeninas asociadas con la tierra,
la fertilidad, la creación y la maternidad.
[9] La obra reúne
varios textos religiosos en lengua náhuatl, entre los que destacan el Nican
Mopohua (que relata las apariciones de la Virgen María a Juan Diego en el
cerro del Tepeyac, en diciembre de 1531, y la aparición de la imagen de
Guadalupe en la tilma del indígena ante el obispo fray Juan de Zumárraga) y el Nican
Motecpana (que recoge episodios sobre la vida de Juan Diego y diversos
milagros atribuidos a la intercesión de la Virgen).
[10] La atribución
tradicional del Nican Mopohua a Antonio Valeriano se relaciona con una
afirmación del historiador novohispano Carlos de Sigüenza y Góngora, que en el
siglo XVII atribuyó a Valeriano la autoría de un relato indígena de las
apariciones.
[11] La Iglesia
católica lo canonizó en 2002, durante el pontificado de Juan Pablo II, como san
Juan Diego Cuauhtlatoatzin.
[12] https://www.cervantesvirtual.com/obra/imagen-de-la-virgen-maria-madre-de-dios-de-gvadalupe-milagrosamente-aparecida-en-la-ciudad-de-mexico/
[13] Alonso de
Montúfar fue el segundo arzobispo de México; era dominico y sucedió a fray Juan
de Zumárraga, franciscano, el primer “protector de indios” y promotor de la
imprenta en México En 1556 se produjo el sermón de fray Francisco de
Bustamante, un franciscano que criticó la devoción del Tepeyac. Montúfar
impulsó la investigación posterior; y esa investigación es una de las fuentes
que se usan en el debate sobre los orígenes del culto guadalupano.
[15] En
este lugar tenían un templo dedicado a la madre de los Dioses, que ellos la
llamaban Tonantzin, que quiere decir nuestra madre. Y ahora que está allí
edificada la Iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, también la llaman
Tonantzin. Fray Bernardino de Sahagún: Historia general de las cosas de Nueva
España, redactado hacia 1576 e incorporado como una nota sobre las
supersticiones en el libro XI del Códice Florentino. https://bvpb.mcu.es/iberoamerica/ca/catalogo_imagenes/grupo.do?path=21297023
[16] https://es.wikisource.org/wiki/Carta_acerca_del_Origen_de_la_imagen_de_Nuestra_Se%C3%B1ora_de_Guadalupe_de_M%C3%A9xico
[17] https://historicas.unam.mx/publicaciones/publicadigital/libros/222c/222c_04_05_05_ApendiceQuinto.pdf
[18] Expediente
de una información testimonial ordenada por Montúfar a raíz del sermón de
Bustamante. Ocupa catorce folios. La última diligencia se hizo el 24 de
septiembre de 1556. Declararon nueve testigos: tres clérigos, dos funcionarios
de la Real Audiencia, un allegado a Montúfar y tres vecinos de la ciudad de
México. Permaneció inédito hasta 1888, cuando se publicó con el título
Información que el arzobispo de México D. Fray Alonso de Montúfar mandó
practicar con motivo de un sermón…. El sermón original de Bustamante no se
conserva, y se conoce su contenido por los testimonios. La información no dice
nada sobre apariciones, ni las afirma ni las niega. Es la primera aparición
documental del nombre de Guadalupe para el Tepeyac, y de ella sale la
referencia a que la imagen la pintó un indio llamado Marcos. https://historicas.unam.mx/publicaciones/publicadigital/libros/731/731_05_02_reaparicionhistoriografica.pdf
[19] Poole fue un
misionero californiano de la Congregación de la Misión, sociedad de vida
apostólica católica fundada por san Vicente de Paúl en Francia en 1625 para
evangelizar a los campesinos pobres y formar al clero. Sus miembros se conocen
como vicentinos en el mundo anglosajón, paúles en España y lazaristas en
Francia. Se ordenó sacerdote en 1956. Se doctoró en historia de Estados Unidos
y de México por la Saint Louis University en 1961. Fue profesor y presidente
del St. John’s Seminary College de Camarillo (California), y después se dedicó
a la investigación a tiempo completo, centrando su tarea en la Iglesia católica
en el México del siglo XVI. Estudió náhuatl clásico para poder trabajar con las
fuentes guadalupanas. Su posición sobre Guadalupe es crítica: sostiene que las
fuentes no respaldan la historicidad de las apariciones. También se opuso a la
canonización de Juan Diego, sin éxito. Sus conclusiones son discutidas, pero su
estudio de las fuentes es una referencia habitual en el debate.
[20] Nació en
Cartagena hacia el año 540 dentro de una influyente familia hispano-romana. Sus
hermanos fueron san Isidoro (quien le sucedió como obispo), san Fulgencio
(obispo de Écija) y santa Florentina. Sufrió destierro bajo el rey visigodo
Leovigildo (c. 580–585) debido a su apoyo a san Hermenegildo. Contribuyó
decisivamente a la conversión de este y, posteriormente, del rey Recaredo.
Gestó y participó activamente en el III Concilio de Toledo (589) y presidió el
I Concilio de Sevilla (590) e impulsó la costumbre de recitar el Credo durante
la Santa Misa dominical. Falleció en Sevilla alrededor del año 602. Fue obispo
de Sevilla desde el 579 hasta su fallecimiento.
[21] La carta
pastoral del Año Jubilar de Guadalupe (archidiócesis de Toledo, 2020) da el año
590 como fecha de ese regalo. https://www.architoledo.org/wp-content/uploads/2020/07/2020-Carta-Guadalupe-A%C3%B1o-Jubilar.pdf
[22] El
primer registro de la aparición a Gil Cordero está en la Gran Crónica
de Alfonso XI, hacia 1340.
[23] Gil Cordero era
un vaquero de Cáceres. Se le perdió una vaca y, al buscarla, la encontró muerta
a orillas del río Guadalupe. Al intentar despellejarla, para al menos
aprovechar su piel, le hizo un corte en cruz en el pecho y el animal revivió.
La Virgen se le apareció junto al castillo de Alía y le dijo que junto al río
había una escultura suya enterrada. Le encargó que avisara a los clérigos para
que cavaran en ese lugar. La tradición añade que los clérigos no le creyeron, y
que el hijo de Gil Cordero murió ese mismo día. Cuando los sacerdotes se
disponían a enterrarlo, el joven resucitó y contó que una mujer le había
ayudado a levantarse. Entonces los clérigos hicieron caso. Los sacerdotes
excavaron y hallaron la imagen en perfecto estado junto con unos documentos.
[24] Junto
a la imagen se encontró una campana, que quizás era la de su anterior santuario
en tierras andaluzas. Además había un pergamino, en el que se narraba la
historia de aludida Efigie Mariana. https://chdetrujillo.com/gil-cordero-cacereno-dignisimo-de-beatificacion-2/
[25] La visitó en
1337. Ese año hay base documental: una carta de Alfonso XI fechada en Illescas,
de ese año, fijó los límites del santuario, y las provisiones de fundación de
1337 (3 de diciembre) se consideran la carta puebla. Con el favor real, la
ermita primitiva se reconstruyó y amplió.
[26] Victoria
cristiana decisiva contra los benimerines (meriníes) el 29 o 30 de octubre de
1340 en los llanos del río Salado, a unos 8 km de
Tarifa (Cádiz).
En el día exacto no coinciden las fuentes. El sultán benimerín Abu l-Hasan,
apoyado por Yusuf I de Granada, había cruzado el Estrecho , tras derrotar a la
flota castellana, y había puesto sitio a Tarifa. Alfonso XI de Castilla pidió
ayuda a Alfonso IV de Portugal, su suegro, y se formó una coalición
castellano-portuguesa. También Benedicto XII predicó una cruzada de apoyo a
esta causa. El ejército cristiano acudió a levantar el cerco de Tarifa desde
Sevilla y bajo la Peña del Ciervo, junto al río Salado se enfrentó y ganó a las
fuerzas benimerines y granadinas. La victoria cristiana fue clara. Se levantó
el sitio de Tarifa y quedó eliminada la amenaza benimerín en la península. El
Estrecho volvió a estar bajo control cristiano. Alfonso XI aprovechó la
victoria para tomar Algeciras, tras un largo asedio (1342-1344).
[27] Orden de San
Jerónimo. El papa Gregorio XI aprobó la orden en 1373, mediante la bula Salvatoris
humani generis. Los jerónimos adoptaron la regla de san Agustín, siguiendo
la espiritualidad de san Jerónimo. Dedicaban buena parte de la jornada a la
liturgia y a la oración comunitaria; concedían mucha importancia al estudio de
las Sagradas Escrituras, la lectura y la formación intelectual; desarrollaban
actividades agrícolas, artesanales y de administración de sus monasterios. No
eran una orden mendicante como los franciscanos; los jerónimos eran monjes contemplativos,
organizados en comunidades estables alrededor de sus monasterios. Su
vinculación con la Corona y su prestigio intelectual y espiritual hicieron que
alcanzaran una posición destacada en la España de los siglos XV y XVI. Sus
monasterios más importantes fueron Santa María de Guadalupe, San Lorenzo de El
Escorial y San Miguel de los Reyes.
[28] Llegó a contar
con escuelas de iluminadores, bordadores, escultores, orfebres, herreros,
miniaturistas, músicos o broncistas que hicieron del monasterio una joya
artística. Destacaron, además, las escuelas eclesiásticas de lectura de
gramática, filosofía, teología, derecho y medicina y cirugía que se aplicaba
tanto en el hospital privado del monasterio como en los otros cuatro hospitales
que dependían de él (San Juan Bautista, de Mujeres, del Obispo y de Niños
Expósitos).
[29] En
la guerra civil de Castilla entre partidarios de Isabel y de Juana la
Beltraneja, que contaba con el apoyo de Alfonso V de Portugal. Fernando se
dirigió a las plazas del norte aún en manos de los portugueses y de nobles
aliados.
[30] Puso fin a las
Guerras de los Remensas, un largo y violento conflicto social en el Principado
de Cataluña entre los señores feudales y los campesinos de remensa (adscritos a
la tierra) a modo de guerra civil que se extendió entre 1462 y 1485. Dictó la
abolición definitiva de los seis malos usos (abusos feudales opresivos como la
intestia, la exorquia, la arsina, la cugucia, el ársina/feria y el drets de
mascle/femella), así como otras cargas abusivas. Los campesinos obtuvieron la
libertad personal y la capacidad de abandonar la tierra, a cambio del pago de
una indemnización económica a los señores y la conservación del dominio útil de
sus masías. Representó un hito en la quiebra de la estructura señorial medieval
y reforzó la autoridad real en la Corona de Aragón.
[31] Pensaba
que lo haría al terminar el capítulo de la Orden de Calatrava, que allí se iba
a reunir, aunque su último viaje a Guadalupe terminó en Madrigalejo, donde
firmó su testamento; no pudo llegar y murió en enero de 1516.
[33] Juan B. Olaechea
Labayen, en "De cómo, dónde y cuándo fueron bautizados los primeros
indios" (Hispania Sacra, vol. 50, n.º 102) se decanta porque los
primeros fueron seis indígenas llevados por Colón a Barcelona y fueron
bautizados allí en presencia de los Reyes Católicos, actuando estos y el
príncipe don Juan como padrinos y el cardenal Pedro González de Mendoza como
oficiante.
[34] Cortés sufrió
una picadura peligrosa mientras se encontraba en sus posesiones de Yautepec, en
el actual estado mexicano de Morelos. Temiendo por su vida, se encomendó a la
Virgen de Guadalupe de Extremadura y prometió ofrecerle una joya si se
recuperaba. La historia se relaciona con su estancia en España en 1528, cuando
visitó el monasterio extremeño y cumplió la promesa. Fray Gabriel de Talavera,
en la Historia de Nuestra Señora de Guadalupe, publicada en Toledo en 1597,
casi setenta años después de la visita de Cortés al monasterio, da cuenta y
describe la joya: "Está también con lo que hemos referido, un escorpión
de oro, engaste de otro verdadero que encierra. Ofrecióle Fernando Cortés
Marqués del Valle..." que era como se conocía entonces a Hernán
Cortés.
[35] En
las crónicas más o menos contemporáneas de Andrés de Tapia, Bernal Díaz y
Mendieta describen la bandera. Ahora bien, no hay coincidencia entre si blanca
o de tafetán negro. Pero en el lema, coinciden.
[36] Obviamente no se
trata de un castillo medieval y sí de un edificio histórico de alto valor
simbólico para los mexicanos, cuya construcción inició en 1785 durante el
gobierno del virrey de la Nueva España, Bernardo de Gálvez. Originalmente, se
creó para casa de descanso, sin embargo, a través del tiempo, se fue adecuando
a sus diferentes usos: fue colegio militar, residencia imperial con Maximiliano
y Carlota (1864-1867), residencia presidencial y, desde 1939, es sede del Museo
Nacional de Historia.
[37] Manuel Toussaint
advirtió que la frescura de los colores no permitía aceptar sin reservas que la
pintura fuera de principios del siglo XVI y consideró probable que hubiera sido
repintada en el XVIII. Además, la inscripción que identifica la pieza como el
estandarte llevado por Cortés se añadió en el siglo XIX. La antigüedad de
algunos elementos del objeto no demuestra, por sí sola, que perteneciera al
conquistador. https://pdfs.semanticscholar.org/8136/3ff7460a031d9be87d43137ac53544abc577.pdf
[38] El 25 de
noviembre de 1812, las fuerzas insurgentes dirigidas por José María Morelos
tomaron la ciudad de Antequera, la actual Oaxaca de Juárez. La victoria supuso
un importante avance de la insurgencia y permitió a Morelos controlar una
provincia estratégica. La reacción realista la llevó a cabo el militar realista
Melchor Álvarez que asumió el mando de las operaciones y llegó a Oaxaca en
1813. Finalmente, las tropas realistas recuperaron la ciudad en 1814 y con ella
diverso material, entre ellos este pendón, copia del original, que fue enviado
a España. Se capturó junto a otras 5 banderas.
[39] Historiadora,
escritora, investigadora y académica mexicana. Se especializó en la historia
del arte particularmente del período virreinal en la Nueva España autora de
“Imágenes de la Inmaculada Concepción en la Nueva España”. Anuario de Historia
de la Iglesia 13 (2004): 67-78. https://www.redalyc.org/pdf/355/35501304.pdf Vargaslugo cita a Bernal Díaz del Castillo,
Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, cap. XXVII.
[40] Lorenzo Boturini
Benaducci (1702-1755) en su obra Idea de una nueva historia general de la
América Septentrional, publicada en Madrid en 1746
[41] https://historia.nationalgeographic.com.es/a/noche-triste-mayor-derrota-espana-conquista-america_20079
[42] El cerro de
Otoncalpulco era una zona fronteriza controlada por los otomíes. Al llegar a
sus alturas, los españoles y sus aliados tlaxcaltecas recibieron refugio y
auxilio de la población local, deteniéndose allí para curar sus heridas y
descansar en un sitio donde los mexicas prefirieron no seguir persiguiéndolos
para evitar un conflicto mayor con los otomíes. Años más tarde, la imagen fue
supuestamente redescubierta por un cacique indígena llamado Juan de Tovar
Cuauhtli. En agradecimiento a la protección espiritual recibida durante la
conquista, se ordenó edificar en la cima del cerro una ermita que con el paso
del tiempo se transformaría en la actual Basílica de Nuestra Señora de los
Remedios. Y es lo de siempre: el cerro de Otoncalpulco ya era considerado un
sitio sagrado y un mirador astronómico otomí.

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