20 oct 2026

SOBRE CEUTA, con la que está cayendo... (III)

 

 

Y hoy vamos a entrar ya en faena, con la historia a cuestas…

 

VOY A CENTRARME EN CEUTA, QUE ES LA QUE ESTÁ EN EL PUNTO DE MIRA DE LAS PRETENSIONES TERRITORIALES MARROQUÍES Y QUE ES LA INVADIDA, PARA NO DISPERSARME[1]…

 

CEUTA, DESDE UNA VISIÓN EUROPEÍSTA

Yo, como digo, voy a centrarme en el tema desde una visión europeísta en base a la civilización cristiana, que nació dentro del mundo grecorromano y, aunque transformó radicalmente su visión religiosa, heredó, conservó y reinterpretó buena parte de su filosofía, su derecho, su lengua, sus instituciones y su idea de civilización.

El cristianismo nace en Roma, pero habla griego. Parto de una realidad histórica: Grecia dio al cristianismo buena parte de su lenguaje intelectual; Roma le proporcionó el espacio político y jurídico en el que se expandió; el cristianismo transformó lenguaje intelectual y espacios político y jurídico desde una nueva concepción sobre el hombre y Dios; y Europa, en su conjunto, desarrolló esa herencia.

Pablo de Tarso, San Pablo, es una figura clave y un excelente ejemplo: judío, ciudadano romano y formado en el mundo helenístico, predicó en ciudades griegas y romanas y utilizó categorías comprensibles para aquel mundo.

Así, Jerusalén aporta la tradición bíblica y judeocristiana, Atenas añade la razón y la filosofía y Roma completa el proceso con el aporte del derecho, las instituciones y la idea de universalidad política.

Esta civilización Occidental que partió de Europa nació del encuentro de Jerusalén, Atenas y Roma: de la fe bíblica, de la razón griega y del derecho romano.

El cristianismo fue el puente que permitió que la herencia de Grecia y Roma no desapareciera con el Imperio, sino que se incorporara a una nueva civilización europea.

 

LA PRIMERA CEUTA

Mucho antes de Roma, los navegantes fenicios y púnicos conocían la orilla Sur del Estrecho de Gibraltar y el lugar habitado que allí se localizaba era conocido como Abila/Abyla.

Abila/Abyla no nos referencia un enclave urbano habitado, pero ya en la Geografía[2] de Estrabón se cita un núcleo concreto: Hepta Adelphoi/Hepta Delfos (7 colinas). Y Tolomeo lo cita bajo el nombre de Exilisa. Pero para Roma siempre será SEPTEM FRATRES[3], aludiendo a las siete colinas de su orografía (como las siete colinas de Roma). Y de Septem derivará Septa y llegaremos a CEUTA.

Entre los siglos V y III aC podemos situar Septem en el Estado Púnico[4], la República Cartaginesa, con capital en Cartago; aunque la factoría púnica importante será Tingis (Tánger).

La ciudad de más renombre de aquel territorio mediterráneo norteafricano será Oualili —Volubilis para Roma y hoy Walili, en Marruecos; a 20 kilómetros de Mequinez— que fue reconocida como un gran centro comercial centrado en el aceite, el trigo y la captura de animales salvajes para los circos de Roma.

Y para el caso de Ceuta podemos comenzar hablando de una factoría[5] y asentamiento fenicio en el VII aC como Gadir, Malaka, Sexi (Almuñécar), Abdera (Adra) o Baesipo (Barbate).

Pero todo aquel conjunto territorial en el norte de África formaba parte (del Reino) de Mauritania/Mauretania (el país de los mauris; los oscuros –de tez-, para diferenciarlos de los aethiops, etíopes, los negros… luego, la voz ‘mauri’ pasará a “moro” en la península ibérica; por lo general, en sentido despectivo).

Marruecos, como nombre, no viene a aparecer como referente territorial hasta el siglo XIII. Marruecos es una derivación procedente del nombre “Marrakech” (Marrākush; marruecus) y venía referido exclusivamente al territorio controlado desde la ciudad de Marrakech, fundada por los almorávides en el siglo XI[6] y que se convirtió en un gran centro político.

Posteriormente Marrakech fue también capital almohade y su importancia hizo que su nombre acabara utilizándose en las lenguas europeas para designar al conjunto del territorio en torno a esa ciudad; y después al área de influencia.

El historiador Enrique Gozalbes-Cravioto, en su estudio El nombre antiguo de Marruecos. De la Mauretania Tingitana a Marruecos[7], señala que la denominación Marruecos como identificación del territorio de Marrakech empieza a abrirse paso ya en la Primera Crónica General de España[8], del siglo XIII, precisamente cuando Marrakech se había convertido en el gran centro político de almorávides y almohades.

Y antes de entrar en más detalles quiero dejar claro que este norte de África en época islámica se conocerá como al-Maghrib (“el Occidente”) mientras que para el extremo más occidental del territorio, se acuñó al-Maghrib al-Aqṣā (“el Extremo Occidente” o “el Magreb lejano”)[9].

 

Roma entra en el 33 aC en esta historia.

Aquel territorio norteafricano pasó a integrarse en el Imperio (33 aC) y el emperador Augusto lo reorganizó, reconociendo al rey Juba II su titularidad. Y este gobernó Mauritania bajo la tutela de Roma, como rey cliente[10].

Ya en el año 42 dC el emperador Claudio anexionó[11] definitivamente el reino de Mauritania al Imperio y lo dividió en dos provincias: la Mauretania Tingitana, con capital en Tingis (Tánger) y la Mauretania Caesariensis, con capital en Caesarea (hoy Cherchel, en Argelia). Septem Fratres quedó en la Mauretania Tingitana.

Una tercera provincia, más al Este, fue el África Proconsularis sobre lo que hoy es Túnez.

Con Roma, Septem fue un importante y estratégico enclave portuario situado frente a Hispania y en la entrada del Mediterráneo. Su posición explica por sí su relevancia militar y comercial: controlaba el paso entre el Mediterráneo y el Atlántico y la comunicación con la Bética.

Y un detalle fundamental: desde finales del siglo III, la Mauretania Tingitana quedó integrada en la Diócesis Hispaniarum[12], estructura que agrupaba las provincias hispanas.

Ceuta fue africana geográficamente, romana políticamente y, en la Antigüedad tardía, estuvo administrativamente vinculada al espacio hispano.

Fue ya el Imperio romano el que vinculó a Ceuta (y a Melilla) con la península Ibérica, con Hispania. Misma cultura, misma economía, mismos cuerpo y marco jurídico, mismas rutas comerciales.

Y la cosa fue a más con el cristianismo.

El emperador Constantino legalizó el cristianismo en 313 mediante el Edicto de Milán[13] y durante el siglo IV la religión cristiana pasó de ser perseguida a convertirse progresivamente en una religión protegida y después favorecida por el Estado romano.

En Ceuta hay restos de una basílica tardorromana, cuya cronología se sitúa, precisamente, en el siglo IV y que constituye una de las primeras evidencias materiales claras de una comunidad cristiana en Septem.

Se trata de un edificio con función litúrgica y funeraria, asociado a una necrópolis. Su existencia demuestra que en Septem había una comunidad cristiana suficientemente organizada y estable para disponer de un espacio de culto y de enterramiento propio.

Y, es más, bajo Bizancio, en el siglo VI, Septem adquiere una enorme importancia dentro del Mediterráneo cristiano. Tras la conquista bizantina del norte de África, Justiniano[14] incorpora Septem al sistema defensivo del Imperio de Oriente.

Según Procopio[15], los bizantinos fortificaron la ciudad y levantaron un templo dedicado a la Madre de Dios. Ceuta pasó a convertirse en uno de los extremos occidentales del África bizantina.

Recapitulemos: Ceuta fue romana desde el 42 y cristiana desde el 313.

La Septem Fratres de la Antigüedad tardía formaba ya parte de una civilización romana que, a partir del siglo IV, se hizo progresivamente cristiana. La basílica tardorromana de Ceuta constituye el testimonio material de aquella comunidad cristiana que ya existía en la ciudad siglos antes de la llegada del islam, así como el templo de la Madre de Dios.

 

CEUTA, TRAS LA CAÍDA DEL IMPERIO ROMANO

El imperio Romano al que pertenecía Ceuta tiene una fecha trágica en el Siglo V: la del 31 de diciembre de 406, cuando una coalición de vándalos, suevos, alanos y otros grupos del oriente y norte europeo atraviesa el Rin congelado y penetra en la Galia: “la invasión de los bárbaros”.

Esos “bárbaros”, en su deambular europeo, entraron en Hispania en 409. Eran confederaciones de guerreros con sus familias y población acompañante, moviéndose por el territorio en un momento de enorme debilidad política y militar del Imperio romano.

Hidacio[16], el obispo galaico tardorromano, en torno a 411, señala que estos grupos se distribuyeron por áreas de las provincias hispanas: suevos y vándalos asdingos a Galicia, vándalos silingos a la Bética y alanos (que eran iranios) tanto a la Lusitania como a la Cartaginense. Roma sólo pudo conservar el control de la Tarraconense.

En 416, el emperador romano Flavio Honorio Augusto pactó con Walia, rey de los visigodos, y estos entran en Hispania como federados de Roma, con la misión de combatir a los otros pueblos que se habían asentado allí.

Así, en 429 los vándalos abandonan Hispania y pasan a África; y tras conquistar Cartago (439) establecieron en aquellas tierras el llamado reino vándalo de África; y Septem queda en él.

En el 533, casi un siglo después de la llegada de los vándalos, Belisario[17], en nombre del emperador romano de Oriente, Justiniano I ‘el Grande’, se hace con el control del territorio entre Ceuta y Melilla en nombre de Bizancio y aquella Septem[18] queda incluida en la órbita bizantina: Septem vuelve a ser una ciudad de tradición romana y cristiana.

 

Y mañana ya iremos a la Ceuta bajo el islam…

  


  


[1] Les recomiendo, para saber de la historia de Ceuta y sus pormenores la página web de Patrimonio Cultural de Ceuta: https://www.patrimonioculturalceuta.es/

 

[2] La Geographia de Estrabón es una de las grandes obras geográficas de la Antigüedad y una fuente fundamental para conocer cómo se concebía el mundo mediterráneo entre los siglos I a. C. y I d. C. Compuesta por 17 libros, no es simplemente un repertorio de lugares: pretende explicar el mundo conocido combinando geografía física, historia, etnografía y política. Sitúa las Columnas de Heracles y las costas de Hispania y Mauritania dentro de un mismo espacio geográfico, marítimo y cultural. Su valor hoy para Ceuta es el de documentar el espacio geográfico e histórico del Estrecho en aquellos días, no el de proporcionar un título jurídico moderno de soberanía. Estrabón menciona los Hepta Adelphoi (Ἑπτὰ Ἀδελφοί, “Siete Hermanos”) en su Geografía. La cita está en Libro XVII, capítulo 3, §6, dentro de la descripción de la costa de Mauritania. Estrabón, al describir la navegación desde Lixus hacia el interior del Mediterráneo, menciona sucesivamente Zelis, Tingis y los “monumentos de los Siete Hermanos”, y después el monte denominado Abila (Monte Hacho). Ya en el siglo I a. C.–I d. C., Estrabón identifica en la costa africana del Estrecho los Hepta Adelphoi, los “Siete Hermanos”, denominación griega de las elevaciones que dominaban este extremo de Mauritania. El topónimo reaparecerá en las fuentes latinas como Septem Fratres, consolidándose posteriormente como Septem y dando lugar, a través de una larga evolución histórica, al actual nombre de Ceuta.

[3] Pomponio Mela, en su De chorographia, escrita probablemente a mediados del siglo I dC, es el primero que utiliza la expresión latina Septem Fratres. Plinio el Viejo también emplea Septem Fratres en la Naturalis Historia (libro V), también en siglo I dC. El topónimo parece nacer como orónimo (“los Siete Hermanos”, las siete colinas) y posteriormente acaba identificándose con el asentamiento y, finalmente, con la ciudad. Septem Fratres designaba originalmente un accidente orográfico —las siete elevaciones— y no necesariamente la ciudad.

[4] Los púnicos fueron los pueblos de cultura y lengua fenicias establecidos en el Mediterráneo occidental, especialmente vinculados a Cartago, colonia fundada por fenicios procedentes de Tiro, según la tradición antigua, en 814/813 a.C. El término púnico procede del latín Poeni, derivado de Phoenici (fenicios). A partir de Cartago, los púnicos desarrollaron una extensa red comercial y marítima por el Mediterráneo occidental y el Atlántico próximo. Su presencia fue especialmente intensa en Sicilia, Cerdeña, el norte de África, el sur y sureste de la península ibérica y el área del Estrecho de Gibraltar. No constituyeron simplemente un imperio territorial al modo romano: buena parte de su influencia se articuló mediante puertos, factorías, alianzas, rutas comerciales y enclaves estratégicos. La arqueología demuestra la existencia de contactos y presencia fenicio-púnica en el entorno del Estrecho, y Ceuta forma parte de ese espacio estratégico. No cabe duda de que Ceuta, situada en una posición estratégica frente a las Columnas de Heracles, participó de las redes marítimas, comerciales y culturales que articulaban las dos orillas del Estrecho.

[5] Una factoría fenicia era un enclave comercial establecido en las costas del Mediterráneo para facilitar el intercambio de mercancías con las poblaciones locales. Fue una de las principales herramientas de la expansión comercial fenicia entre los siglos XII y VI aC. Sus funciones principales eran las de intercambiar productos fenicios —cerámicas, tejidos teñidos de púrpura, objetos de metal y artículos de lujo— por materias primas locales, adquirir metales como plata, cobre y estaño, además de sal, pescado y otros productos, guardar mercancías antes de embarcarlas hacia otros puntos del Mediterráneo, difundir técnicas artesanales, sistemas de escritura, prácticas religiosas y conocimientos de navegación y proporcionar puntos de escala y abastecimiento para los barcos que recorrían las rutas comerciales.

[6] La UNESCO señala que Marrakech fue fundada por los almorávides entre 1070 y 1072. En 1070 los almorávides eligen el emplazamiento y Abu Bakr ibn Umar inicia la construcción del Qasr al-Hajar («Palacio de Piedra»), núcleo inicial de la ciudad. En 1071 Yusuf ibn Tashfin continúa la construcción de Marrakech. Posteriormente se convertiría en la capital del Imperio almorávide. Marrakech es posterior a la conquista islámica de Ceuta en el siglo VIII en más de tres siglos, y también posterior a Fez (fundada hacia 789 por los idrisíes).

[9] Ibn ʿAbd al-Ḥakam (803-870), una de las primeras fuentes históricas árabes conservadas sobre la conquista del norte de África, ni siquiera utiliza todavía las categorías al-Maghrib al-Adnā, al-Awsaṭ y al-Aqṣā para referirse a estas tierras del Marruecos actual.

[10] Un rey cliente (rex socius et amicus populi Romani, “rey aliado y amigo del pueblo romano”) era el gobernante de un reino formalmente independiente que mantenía una relación de dependencia política y estratégica con Roma, sin que su territorio estuviera necesariamente incorporado a una provincia romana. En la práctica, Roma establecía con estos monarcas una relación de alianza desigual: el rey conservaba su trono, administración y autoridad interna, pero debía mantener una política exterior compatible con los intereses romanos, proporcionar apoyo militar cuando se le requería y reconocer la supremacía de Roma. El rey Juba II (52/50 a. C.–23 d. C.) fue instalado por Roma como rey de Mauretania en el año 25 a. C., después de haber sido educado en Roma. Gobernó un reino que comprendía aproximadamente el actual norte de Marruecos y parte del oeste de Argelia. De Juba II les puede sonar que fue esposo de Cleopatra Selene, hija de la reina Cleopatra de Egipto y del triunviro Marco Antonio, pero este sería un apunte para un programa de esos “del hígado”. Su hijo Ptolomeo de Mauretania heredó el reino y tras su muerte en el año 40 d. C. Roma anexionó Mauretania, que acabó dividida en las provincias de Mauretania Tingitana y Mauretania Caesariensis.

[11] En 40 d. C., Calígula: mandó ejecutar a Ptolomeo de Mauritania, último rey de la dinastía mauritana cliente de Roma. La muerte del rey provocó una rebelión en Mauritania y Roma decidió intervenir militarmente. En 42 d. C., el emperador Claudio sometió el territorio y Mauritania fue incorporada definitivamente al Imperio y dividida en dos provincias, Mauretania Tingitana y Mauretania Caesariensis.

[12] Gran circunscripción administrativa del Imperio romano tardío, creada durante las reformas del emperador Diocleciano, a finales del siglo III dC. Diócesis era una división civil y administrativa. Ceuta no formaba parte de la península Ibérica, pero durante el Bajo Imperio romano la provincia africana de Mauretania Tingitana quedó integrada administrativamente en aquella Hispania. La capital de la diócesis fue Augusta Emerita (Mérida) y estaba gobernada por un vicarius Hispaniarum. La Tingitana estaba separada de Hispania por el Estrecho, pero tenía una relación estratégica muy estrecha con el sur peninsular. La inclusión en la diócesis hispana permitía coordinar mejor la defensa y administración de ambos lados del Estrecho.

[13] En el año 313 los emperadores Constantino y Licinio acordaron en Milán una política de tolerancia religiosa que puso fin a las persecuciones oficiales contra los cristianos y reconoció su derecho a practicar libremente su religión. Además, se ordenó la restitución de los bienes que habían sido confiscados a las comunidades cristianas.

[14] Justiniano I (482–565), emperador del Imperio romano de Oriente. Su proyecto político estuvo marcado por la idea de restaurar la unidad y el poder del antiguo Imperio romano: la llamada Renovatio Imperii. Ocupó territorios en el sureste peninsular y conquistó el reino vándalo del norte de África, amén de guerras contra los ostrogodos en la península itálica.

[15] Procopio de Cesarea (ca. 500–después de 554) fue un historiador, jurista y funcionario del Imperio romano de Oriente que estuvo vinculado directamente al entorno del general Belisario, por lo que conoció de primera mano buena parte de las campañas de Justiniano. Es autor de tres obras fundamentales: Historia de las guerras (De Bellis), donde narra las campañas de Justiniano, incluidas las guerras contra vándalos y ostrogodos; Sobre los edificios (De Aedificiis / Peri Ktismaton), dedicado a las construcciones impulsadas por Justiniano; e Historia secreta (Anecdota), una obra mucho más crítica con Justiniano y su entorno. En el libro VI, capítulo 7, §§14–16 de De Aedificiis, Procopio describe Septem destacando que allí había una antigua fortaleza romana que había quedado abandonada y deteriorada durante el dominio vándalo. Justiniano ordenó restaurar y reforzar las murallas, establecer una guarnición permanente y levantar/consagrar una iglesia dedicada a la "Theotokos"; a la Madre de Dios. Justiniano habría convertido Septem en el “umbral del Imperio” en el extremo occidental. El título Theotokos, para la Virgen María fue solemnemente defendido y reconocido en el Concilio de Éfeso (431), frente a la posición asociada a Nestorio, que prefería para María el término Christotokos (“Madre de Cristo”).

[16] Hidacio de Lemica (c. 400–c. 470) fue obispo de Aquae Flaviae —la actual Chaves, en Portugal— y escribió una Crónica (Chronicon) que continúa la tradición historiográfica de otros eclesiásticos como Eusebio y Jerónimo. Su relato cubre aproximadamente hasta el año 468 y es especialmente valioso porque Hidacio vivió en la propia Hispania y fue testigo de buena parte de los acontecimientos. La investigación moderna destaca que los suevos, vándalos y godos ocupan un lugar central en su obra. La referencia fundamental: el año 411- Hidacio cuenta que, después de la entrada de suevos, vándalos y alanos en Hispania en 409, y tras dos años de saqueos, hambre y epidemias, los pueblos invasores se repartieron las provincias para establecerse en ellas. Su texto latino dice: sorte ad inhabitandum sibi provinciarum dividunt regiones. Vamos, que se las repartieron por sorteo las provincias para establecerse en ellas.

[17] Flavio Belisario (c. 500–565) fue el principal general del emperador Justiniano I y uno de los militares más importantes de la Antigüedad tardía

[18] Procopio —en De Bellis, IV, 5, 6— cuenta que "Belisario envió a otro Juan, uno de sus guardias, a Gadira y al Estrecho de las Columnas de Hércules, para tomar posesión del fuerte que allí llaman Septem”.

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