Acabando el
verano de 1976, un jurado compuesto por el director de cine Luís García
Berlanga, el dramaturgo Francisco Nieva, los diseñadores Toni Miró y Miguel
Milá, el decorador Juan Fatjó, el interiorista Julio Muñoz y los arquitectos
Oscar Tusquet, Pep Bonet y Luis Marín decidieron otorgar el premio Palas Atenea
a la ciudad de Benidorm. El sociólogo José Miguel Iribas actuó como secretario
del jurado.
Estética,
funcionalidad y justificación sociológica fueron las tres premisas que debían
cumplir las candidaturas para poder optar al premio en varias modalidades.
Benidorm no
estaba en la terna finalista, pero el jurado determinó que superaba a las ciudades
nominadas. Sin olvidar las premisas fundamentales, había que tener en cuenta la
forma en que se estaban resolviendo las necesidades urbanas a las que estaban
sometidas las ciudades en los años setenta. Para el jurado, Benidorm estaba
sometida a presiones demográficas e infraestructurales muy superiores al resto
de las poblaciones de España; y pese a ello había generado -y estaba en
condiciones de asegurar a futuro- una calidad urbana superior. Las directrices
de su plan general respondían -y siguen respondiendo- de forma realista a cada
etapa de crecimiento en el modelo de ciudad.
Muñoz, Tusquets
e Iribas recordaron el éxito del Plan del 56: “las Ordenanzas controlan lo imprescindible y liberan lo aleatorio”
y pidieron “desterrar el tópico de que la
libertad de alturas genera un caos porque permite la vida de las personas y la
mejor gestión de la ciudad”.
En 2026 aquel
Plan General cumple setenta años; fue revisado en 1990 y sigue marcando
directrices y disponiendo aún de suelo, posibilitando que Benidorm siga siendo
ese laboratorio urbano que catapultó la resiliencia cuando en España ni había
ley del suelo, ni se sabía lo que era la sostenibilidad. Un plan que estableció
las bases de la paradoja hídrica: agua, turismo y futuro.
Desde 1956 la
cuestión ha sido la de gestionar una ciudad que nunca duerme; una ciudad
hipermediática que lo mismo sirve para ser plató cinematográfico -ya en 1926- que
de escenario para una aventura-cómic de un Batman, caballero oscuro, turista
invisible que convive con tantos de ellos y vecinos, residentes y vacacionistas
que ansían disfrutar del ocio más divertido en playas, calles, rincones y
espacios urbanos.
Setenta años
después de alumbrar aquel plan, a la luz del mismo, Benidorm se explica desde
la continuidad de un modelo urbano que lleva décadas anticipándose a la
realidad. Benidorm es la ciudad pensada antes de que alguien sintiera el deseo
de juzgarla; Benidorm es la racionalidad urbana que ha recibido la distinción
Green Pioneer de la Comisión Europea 2025 o seleccionada para el cónclave final
del Green Leaf 2027.
Benidorm fue
pionera en el DTI y ahora lo es de la innovación tecnológica inteligente a
través de Benidorm BeCiTi como constatación de que la ciudad, por muy
laboratorio urbano que sea, se ha vuelto consciente sobre la realidad que ha
ejemplificado y la ofrece como banco de pruebas replicable.
El tiempo,
setenta años transcurridos, le da la razón. Ahora Benidorm se percibe como
sostenibilidad más allá del discurso, sostenido y avalado por los datos, porque
Benidorm funciona a pesar de estar completa, entendiendo la densidad como
aliada de la sostenibilidad.
Parece mentira
que aquel jurado lo viera tan claro en 1976 y otros hayan tardado tanto en
darse de bruces con él: el futuro ya estaba aquí. Benidorm es coherencia, no
casualidad; es un manual no escrito de sostenibilidad aplicada.
Por ello, tal
vez, la verdadera cuestión a debate no sea el modelo Benidorm, sino cuánto
tardan los demás en entender que el futuro de las ciudades ya está -estaba- inventado.
Benidorm lleva
décadas explicándose poco. Durante años he visto cómo la ciudad se convertía en
un icono fácil -para la caricatura, para el titular rápido, para el prejuicio-
mientras, en silencio, resolvía problemas que hoy angustian a medio mundo.
Aquí, donde se dijo que no había modelo, hubo planificación; donde se habló de
exceso, hubo eficiencia; y donde se insistió en el cliché, se perdió el
contexto. Benidorm no creció a pesar de sus límites, sino gracias a haberlos marcado
y entendido antes que nadie. Setenta años después, más del 60 por ciento de su
territorio municipal sigue protegido.
Con el tiempo he llegado a una convicción incómoda: Benidorm
no necesita defensa, necesita lectura. Porque pocas ciudades europeas han
sido tan observadas y tan poco comprendidas. Del Premio Palas Atenea al reconocimiento como Green Pioneer,
del éxito hídrico a la apuesta por el envejecimiento activo, hay una línea
continua que no responde a la casualidad, sino a la gestión. Tal vez, les
culpo, el mayor error haya sido confundir ruido con fracaso y normalidad con
falta de interés.
Benidorm no es
una excepción urbana; es un anticipo. Y como ocurre con casi todos los
adelantos, solo se entienden bien cuando ya es tarde para ignorarlos.
Ah, por cierto:
aquellos premios Palas Atenea de 1976 Benidorm los compartió con una sandalia
de plástico (modelo Marilyn, he leído), con el Parque Municipal de Elche, el
edificio ‘La Muralla Roja’ de Ricardo Bofil, una silla de mimbre y un bastón de
rama de palmera.
[Publicado
en el Anuario 2025 -Hacen falta dos para que no haya tango- de la Asociación de
Periodistas de la provincia de Alicante, cuya presentación tuvo lugar en la XV
noche Off The Record el pasado 5 de febrero en el Auditorio del Palacio de
Congresos del Colegio de Médicos de Alicante. En el transcurso de la gala, le
fue entregado el Premio Libertad de Expresión 2026 al ilicitano Antonio Parreño
Bernal, reconociendo su compromiso con el periodismo riguroso y cercano]. https://www.periodistasalicante.es/appa/anuarios/

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