22 mar 2026

NO OLVIDEN QUE EL FUTURO ESTABA YA INVENTADO

 

 

 

Acabando el verano de 1976, un jurado compuesto por el director de cine Luís García Berlanga, el dramaturgo Francisco Nieva, los diseñadores Toni Miró y Miguel Milá, el decorador Juan Fatjó, el interiorista Julio Muñoz y los arquitectos Oscar Tusquet, Pep Bonet y Luis Marín decidieron otorgar el premio Palas Atenea a la ciudad de Benidorm. El sociólogo José Miguel Iribas actuó como secretario del jurado.

 

Estética, funcionalidad y justificación sociológica fueron las tres premisas que debían cumplir las candidaturas para poder optar al premio en varias modalidades.

 

Benidorm no estaba en la terna finalista, pero el jurado determinó que superaba a las ciudades nominadas. Sin olvidar las premisas fundamentales, había que tener en cuenta la forma en que se estaban resolviendo las necesidades urbanas a las que estaban sometidas las ciudades en los años setenta. Para el jurado, Benidorm estaba sometida a presiones demográficas e infraestructurales muy superiores al resto de las poblaciones de España; y pese a ello había generado -y estaba en condiciones de asegurar a futuro- una calidad urbana superior. Las directrices de su plan general respondían -y siguen respondiendo- de forma realista a cada etapa de crecimiento en el modelo de ciudad.

 

Muñoz, Tusquets e Iribas recordaron el éxito del Plan del 56: “las Ordenanzas controlan lo imprescindible y liberan lo aleatorio” y pidieron “desterrar el tópico de que la libertad de alturas genera un caos porque permite la vida de las personas y la mejor gestión de la ciudad”.

 

En 2026 aquel Plan General cumple setenta años; fue revisado en 1990 y sigue marcando directrices y disponiendo aún de suelo, posibilitando que Benidorm siga siendo ese laboratorio urbano que catapultó la resiliencia cuando en España ni había ley del suelo, ni se sabía lo que era la sostenibilidad. Un plan que estableció las bases de la paradoja hídrica: agua, turismo y futuro.

 

Desde 1956 la cuestión ha sido la de gestionar una ciudad que nunca duerme; una ciudad hipermediática que lo mismo sirve para ser plató cinematográfico -ya en 1926- que de escenario para una aventura-cómic de un Batman, caballero oscuro, turista invisible que convive con tantos de ellos y vecinos, residentes y vacacionistas que ansían disfrutar del ocio más divertido en playas, calles, rincones y espacios urbanos.

 

Setenta años después de alumbrar aquel plan, a la luz del mismo, Benidorm se explica desde la continuidad de un modelo urbano que lleva décadas anticipándose a la realidad. Benidorm es la ciudad pensada antes de que alguien sintiera el deseo de juzgarla; Benidorm es la racionalidad urbana que ha recibido la distinción Green Pioneer de la Comisión Europea 2025 o seleccionada para el cónclave final del Green Leaf 2027.

 

Benidorm fue pionera en el DTI y ahora lo es de la innovación tecnológica inteligente a través de Benidorm BeCiTi como constatación de que la ciudad, por muy laboratorio urbano que sea, se ha vuelto consciente sobre la realidad que ha ejemplificado y la ofrece como banco de pruebas replicable.

 

El tiempo, setenta años transcurridos, le da la razón. Ahora Benidorm se percibe como sostenibilidad más allá del discurso, sostenido y avalado por los datos, porque Benidorm funciona a pesar de estar completa, entendiendo la densidad como aliada de la sostenibilidad.

 

Parece mentira que aquel jurado lo viera tan claro en 1976 y otros hayan tardado tanto en darse de bruces con él: el futuro ya estaba aquí. Benidorm es coherencia, no casualidad; es un manual no escrito de sostenibilidad aplicada.

 

Por ello, tal vez, la verdadera cuestión a debate no sea el modelo Benidorm, sino cuánto tardan los demás en entender que el futuro de las ciudades ya está -estaba- inventado.

 

Benidorm lleva décadas explicándose poco. Durante años he visto cómo la ciudad se convertía en un icono fácil -para la caricatura, para el titular rápido, para el prejuicio- mientras, en silencio, resolvía problemas que hoy angustian a medio mundo. Aquí, donde se dijo que no había modelo, hubo planificación; donde se habló de exceso, hubo eficiencia; y donde se insistió en el cliché, se perdió el contexto. Benidorm no creció a pesar de sus límites, sino gracias a haberlos marcado y entendido antes que nadie. Setenta años después, más del 60 por ciento de su territorio municipal sigue protegido.

 

Con el tiempo he llegado a una convicción incómoda: Benidorm no necesita defensa, necesita lectura. Porque pocas ciudades europeas han sido tan observadas y tan poco comprendidas. Del Premio Palas Atenea al reconocimiento como Green Pioneer, del éxito hídrico a la apuesta por el envejecimiento activo, hay una línea continua que no responde a la casualidad, sino a la gestión. Tal vez, les culpo, el mayor error haya sido confundir ruido con fracaso y normalidad con falta de interés.

 

Benidorm no es una excepción urbana; es un anticipo. Y como ocurre con casi todos los adelantos, solo se entienden bien cuando ya es tarde para ignorarlos.

 

Ah, por cierto: aquellos premios Palas Atenea de 1976 Benidorm los compartió con una sandalia de plástico (modelo Marilyn, he leído), con el Parque Municipal de Elche, el edificio ‘La Muralla Roja’ de Ricardo Bofil, una silla de mimbre y un bastón de rama de palmera.

 

 


 

[Publicado en el Anuario 2025 -Hacen falta dos para que no haya tango- de la Asociación de Periodistas de la provincia de Alicante, cuya presentación tuvo lugar en la XV noche Off The Record el pasado 5 de febrero en el Auditorio del Palacio de Congresos del Colegio de Médicos de Alicante. En el transcurso de la gala, le fue entregado el Premio Libertad de Expresión 2026 al ilicitano Antonio Parreño Bernal, reconociendo su compromiso con el periodismo riguroso y cercano]. https://www.periodistasalicante.es/appa/anuarios/

 

 

 

 

 

 

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