26 jul 2026

DE AQUELLOS TERRIBLES AÑOS TREINTA… UN GOLPE DE ESTADO TRAS OTRO… (y II)

 Y cierro hoy lo que comencé ayer...


 

 

II.- El golpe de 1932…

Ya en 1932, con los calores de agosto, y trascurridos dieciséis meses desde esa proclamación, se produjo la “Sanjurjada”.

El general José Sanjurjo Sacanell, en esa línea de los militares europeos, el día 10 de agosto, intentaba un golpe de Estado siendo Manuel Azaña jefe de un gobierno republicano socialista y Niceto Alcalá Zamora (Derecha Liberal Republicana/Partido Republicano Progresista) presidente de la República. Y eso que el general Sanjurjo había sido uno de los actores principales que habían permitido la llegada de la República en abril de 1931.

En aquel momento era director general de la Guardia Civil; y en febrero de 1932 lo cesaron[1]. En agosto se levantó contra la República… pero fracasó[2]. Sanjurjo fue detenido, juzgado en Consejo de Guerra (24/08/1932) y condenado a muerte, aunque luego se le conmutó la pena —no había que crear un mártir, se dijo— por la de cadena perpetua.

Se actuó contra todos los conjurados[3], aunque Sanjurjo, finalmente, sería indultado en abril de 1934 por Alejandro Lerroux (Partido Republicano Liberal) y enviado al exilio en Portugal.

Tras aquel caluroso agosto de 1932 los partidos y sindicatos de izquierda se radicalizaron aún más. La Sanjurjada solo reportó la aprobación del Estatuto de Autonomía de Cataluña, la agilización de la Ley de Reforma Agraria y la supresión de la Dirección General de la Guardia Civil.

Ah, deben saber que la Sanjurjada se había visto venir; y se la dejó llegar.

El 9 de abril el general había realizado unas explosivas declaraciones al periódico francés Le Matin, señalando a las claras la necesidad de la intervención del Ejército para restablecer el orden y evitar el giro a la izquierda que llevaba a España a la anarquía. La Dirección General de Seguridad y la Segunda Sección de Estado Mayor, de la que dependía el Servicio de Información Militar, lo tenían controlado; pero le fueron dejando hacer; y la hizo.

 

III.- El Golpe de 1934, ese del que poco se habla…

1934, año par una vez más, nos deparó otro golpe de Estado. Esta vez fueron los socialistas los que tomaron la iniciativa y dieron un golpe de Estado en toda regla contra la Segunda República. La entrada de la CEDA[4] en el Gobierno el 4 de octubre de 1934, con tres carteras ministeriales, fue la excusa elegida. La CEDA había ganado las elecciones de 1933, pero Lerroux no contó con ellos para su Gobierno.

Recapitulemos, porque tiene miga la cosa: a finales de febrero de 1934, Lerroux, ante lo conflictivo de la situación, se echa a un lado y el valenciano Ricardo Samper formó gobierno el 28 de abril de 1934. Cinco meses después, el 1º de octubre, la CEDA retiró su confianza a Samper[5].

Lerroux recibe el encargo de intentar de nuevo un gobierno y el 4 de octubre lo presentó; incluía a tres ministros de la CEDA, lo que supuso, ya lo señalé, la excusa para el golpe. El PSOE lo había advertido; y no una sola vez.

Primero señaló la voluntad: “El Partido Socialista va a la conquista del poder… deseamos que pueda ser legalmente, con arreglo a la Constitución, y, si no, como podamos[6].

Después, había ido a más: “Yo no sé cómo hay quien tiene tanto horror a la dictadura del proletariado, a una posible violencia obrera. ¿No es mil veces preferible la violencia obrera al fascismo? En un último extremo, ¿no es la democracia burguesa un sistema de opresión y de violencia?[7].

Y como la CEDA ya estaba en el Gobierno desde el día 4, el 5 de octubre comenzó un golpe de Estado contra la Segunda República; lo llamaron Huelga General Revolucionaria y se convocó para toda España.

Aquí, quizás, convendría recordar que el 19 de noviembre de 1933 se celebraron elecciones generales en España —fueron las primeras elecciones en las que las mujeres pudieron ejercer su derecho a votar— y unos días antes, y ante la probable y vaticinada victoria de la derecha, Francisco Largo Caballero, presidente del PSOE, ya había amenazado, en un mitin en Don Benito (Cáceres), con un “haremos la revolución violentamente” en el caso de un triunfo de la derecha, señalando en su discurso, que recogió íntegramente ‘El Socialista’ el 9 de noviembre, el ya “estamos en plena guerra civil”. Esto viene a las claras en el número 7.726 de “El Socialista"[8], el periódico oficial del PSOE.

En ese mismo discurso, Largo Caballero empieza a mostrar el desapego de los socialistas por la República ante la previsible derrota electoral de la izquierda: “Tenemos que luchar como sea, hasta que en las torres y en los edificios oficiales ondee, no una bandera tricolor de una República burguesa, sino le bandera roja de la Revolución socialista”.

A pesar de las amenazas, la derecha ganó los comicios con el 40,57% de los votos, obteniendo un total de 197 escaños, frente a los 100 de la izquierda (21,68% de los votos) y los 138 de los partidos republicanos de centro (15,26%). La izquierda manifestó su rechazo al resultado electoral desde el minuto uno y sin ningún disimulo; e incluso desató graves episodios de violencia[9]. En los meses siguientes, el PSOE y el resto de la izquierda protagonizaron un tsunami de amenazas para impedir que la derecha vencedora en las elecciones accediese al poder.

Y en ese clima altamente enrarecido llegamos a octubre de 1934. La Huelga General Revolucionaria convocada —la Revolución de Octubre, como les gusta llamar a aquel golpe de Estado—, tuvo desigual seguimiento. Las zonas rurales de Andalucía, Extremadura y ambas Castillas no se sumaron de forma significativa; en el mes de junio otra huelga general convocada por la FETT-UGT se había saldado con cerca de diez mil detenciones, clausura de sindicatos y sustitución de ayuntamientos, lo que les desanimó a una nueva intentona. En el resto del país, especialmente en los núcleos urbanos sí hubo respuesta, pero desigual, llegando en algunos casos a enfrentamientos directos contra las autoridades al más puro estilo de revolución socialista.

En Asturias la Alianza Obrera, formada por los dos grandes sindicatos, UGT y CNT, tuvo mucho éxito al principio con la toma de cuarteles de la guardia civil y el asalto a distintas instituciones; el golpe fue brutal[10]. El PSOE y la UGT crearon comités revolucionarios a imagen de los soviets bolcheviques. Los revolucionarios lograron movilizar a 30.000 milicianos como germen de un próximo Ejército (Rojo) que tenía como objetivo tomar el poder por la fuerza y destruir las instituciones democráticas. Fue necesario el envío del Ejército de la República —Regulares y la Legión— para sofocar las protestas revolucionarias. El balance final de la situación en Asturias arroja la dura cifra de más de 1.500 muertos, así como unos 30.000 detenidos, terminando el movimiento revolucionario dos semanas después de su inicio. A pesar de la gravedad de los hechos, los golpistas arrestados no pasaron ni un año y medio en prisión; en febrero de 1936 se otorgó una amplia amnistía a los implicados.

En Cataluña, por su parte, la Generalitat, presidida Lluís Companys, aprovechó la coyuntura[11] y la huelga general revolucionaria para acusar al nuevo gobierno de la República (en Madrid) de ser “monarquizante” y “fascista” (por la entrada de 3 ministros de la CEDA, recordemos), proclamando el “Estado Catalán” dentro de la República Federal Española —a las 20’10 horas del 6 de octubre y desde el balcón del Palau de la Generalitat—, e invitando a los republicanos de izquierda de toda España a establecer un gobierno provisional de la República en Barcelona. Alrededor de las 6 de la mañana del 7 de octubre de 1934, el Ejército de la República entró en el Palacio de la Generalitat y puso fin a la proclamación del "Estado Catalán" que había tenido lugar la tarde anterior; frustraron el intento, detuvieron a los miembros del gobierno catalán y declararon la suspensión del Estatuto de Autonomía

 

IV.- El Golpe de 1936… 

En 1936, nuevamente año par, tuvo lugar otro golpe de Estado. Este, nos llevó a la guerra civil. El Ejército de África se sublevó el 17 de julio… El 17 a las 17… era la consigna en el Protectorado español de Marruecos. Y a esa hora se inició todo. Y el 18 de julio fue el día de las dimisiones.

Sí, resultó que el 18 de julio ni los sublevados ni el Gobierno controlaban la situación; ni lo más mínimo. El gallego Santiago Casares Quiroga —presidente del Consejo de ministros (jefe de Gobierno) desde mayo de 1936—, desbordado por las noticias de insurrección de buena parte de los militares y por las peticiones de armar a las masas sindicales, intentó que Ejército leal sofocara la sublevación. Pero el golpe se extendía por momentos y él perdía apoyos políticos a cada minuto que pasaba; presentó su dimisión.

Casares Quiroga era, además, ministro de la Guerra. Y supo ya en mayo, recién tomado posesión de su cargo, de los preparativos de la insurrección. Él y el mismo Azaña fueron informados el 16 de mayo por el director general de Seguridad, José Alonso Mallol, de, al menos, 500 implicados en la conjura militar, a partir de una reunión en marzo, en Madrid, de los generales Mola, Franco, Villegas, Saliquet, González Carrasco, Fanjul, Orgaz, Ponte, Rodríguez del Barrio, García de la Herrán y Varela.

Es más, el 15 de junio, el gobernador civil de Navarra le informó personalmente de la reunión que habían celebrado el general Mola con el dirigente carlista andaluz Manuel Fal Conde en el Monasterio de Irache, que aseguró la participación de las milicias del Requeté navarro, en la conspiración.

El 12 julio fue informado Casares del final de las maniobras militares en Llano Amarillo (Ketama, Marruecos)[12] donde se había pronunciado el célebre CAFÉ[13] desde el inicio de las mismas, el 4 de julio.

Y el mismísimo 16 de julio se le informó al presidente del Consejo de Ministros y ministro de la Guerra de la inminencia de la sublevación por miembros de la Unión Militar Republicana Antifascista —pidiendo la detención de los generales Mola, Varela, Godet, Yagüe, Fanjul y Franco— y, desde el Protectorado, como asegura Hugh Thomas, ese mismo jueves 16 de julio los nacionalistas marroquíes le informan del operativo ya preparado para las próximas horas.

Pues Casares no hizo nada.

Incluso en el Consejo de ministros del viernes 18 de julio no informó a sus ministros de lo que sabía que se había producido la tarde anterior en el Protectorado. Ni siquiera al presidente de la República, Azaña; pero este, al menos, sabía de la conspiración desde mayo y tampoco hizo nada.

Creía Casares que las medidas adoptadas desde principios de año con los principales generales serían suficientes[14]. Pero, aun con ellas, el ruido de sables era tan estruendoso en las salas de banderas como en los casinos y en las tertulias vespertinas de cualquier ciudad importante.

Las últimas iniciativas de Casares como jede de Gobierno fueron decretar la destitución de los generales Franco, Cabanellas, Queipo de Llano y González de Lara, y ordenar a los gobernadores civiles y militares que bajo ningún concepto se entregaran armas a los sindicalistas de UGT y CNT como se le había pedido desde las 19 horas del 17 de julio.

Como dije, Casares dimitió bien entrada la tarde del 18 de julio. Azaña, como presidente de la República, nombró al sevillano Diego Martínez Barrio Jefe de un Gobierno que debía ser de conciliación, habida cuenta de la situación. Era una solución de compromiso porque Martínez Barrio tenía aceptación en la Izquierda y muy buenos contactos con la Derecha; llamó telefónicamente a varios sublevados y les hizo desistir o titubear; e incluso llamó al general Emilio Mola, pero no le pudo convencer de detener la rebelión. Mola rechazó el acuerdo que le proponía.

Y así, tras este rechazo bien entrada ya la noche del 18 de julio, sábado, se produjo la segunda dimisión del día de un jefe de Gobierno de España que unas horas antes, en una alocución radiada, había explicado que aceptaba “para evitar a mi patria los horrores de una guerra civil y para poner a salvo la Constitución e instituciones de la República[15].

Nadie quiso ayudarle. En aquel verano de 1936 “cualquier atisbo de actitud democrática había desaparecido en España. Todos los partidos políticos tenían sueños autocráticos, cuando no abiertamente totalitarios, ya que aspiraban a autoadjudicarse la representación de la totalidad de la nación. Todos habían excluido de su forma de ver y hacer política el respeto y la tolerancia hacia los otros[16].

El tercero en asumir la jefatura del gobierno —tras rechazarla el murciano Mariano Ruiz Funes—, ya en la mañana del 19 de julio, fue José Giral Pereira, un catedrático de Química Orgánica de la Universidad de Salamanca que terminó abriendo oficina de Farmacia en la calle Atocha de Madrid y era amigo personal de Azaña.

Cuando Giral acepta la jefatura del Gobierno, ese Gobierno ya había perdido el control de Marruecos, las islas Canarias, las islas de Mallorca e Ibiza, Castilla la Vieja, Navarra, buena parte de Aragón y de Andalucía. Casi Media España era afín en ese momento a los sublevados. Ante esta situación, Giral cedió a las reiteradas presiones para armar a los sindicatos —entregar armas al pueblo— lo que posibilitó que la rebelión no fuera a más ni en Madrid ni en otros puntos del país.

En la capital, el 20 de julio de 1936 las fuerzas leales a la República y las milicias populares asaltaron y tomaron finalmente el Cuartel de la Montaña[17], principal foco sublevado. Para el 21 de julio, la rebelión estaba totalmente acabada en la capital, pero hasta el 25 de julio no se puede decir que la rebelión militar hubiera sido derrotada en los principales centros urbanos —Madrid, Barcelona, Valencia, Málaga o Bilbao— y en varias regiones.

Entre el 19 y el 25 de julio nadie estaba seguro en la zona gubernamental de cómo amanecería a la mañana siguiente.

Lo que sí está muy claro es el fracaso de los golpistas por hacerse rápidamente con el poder y la absoluta incapacidad del gobierno en los primeros días por controlar la sublevación con lo que se transformaría la insurrección —el golpe militar del 17 de julio— en una guerra civil.

La decisión de Giral de aceptar la entrega de armas a los sindicatos se convirtió en un arma de doble filo: permitió parar el golpe, sí, pero dejó al gobierno sin el monopolio del orden público. Y el golpe de Estado provocó el colapso del Estado en muchos sitios, produciéndose una auténtica situación revolucionaria en la zona leal a la República. El gobierno Giral se mostró impotente para imponer su autoridad sobre las masas exaltadas, y las autoridades republicanas civiles y militares terminaron perdiendo el control del orden público frente a la preponderancia de las milicias[18].

Y el caos de la etapa Giral impidió organizar militarme la respuesta a los sublevados durante todo el mes de agosto en el que los sublevados tomaron Mérida y Badajoz, asegurando el flanco Oeste y unificando zona por esa banda[19]. Ya en septiembre se acercaban a Toledo y Madrid. La ‘batalla de Talavera’ (de la Reina) —donde el general Riquelme tuvo que compartir mando con el jefe de milicias comunistas Juan Modesto— fue un desastre para el Gobierno pues abría la puerta para la llegada a Madrid que tan sólo un segundo error de los sublevados —ir en socorro del Alcázar de Toledo— dilató en mucho la contienda.

Con una situación muy complicada, el 4 de septiembre, sin apoyos, Giral presentó su dimisión. Azaña ofreció su puesto al socialista Francisco Largo Caballero y este mantuvo a Giral, como ministro sin cartera, en el nuevo gobierno.

Largo, el líder de la Revolución de 1934, marxista de origen, se empeñó en reestablecer la autoridad gubernamental perdida: integró las milicias obreras socialistas, comunistas y anarquistas en las brigadas mixtas. Obedeció mucho a Moscú (a los asesores enviados) y nunca tuvo el control total de la situación. En sus memorias cuenta, por ejemplo, que se enteró del fusilamiento de Primo de Rivera una vez ejecutado, por lo que se negó a firmar el enterado para no legalizar la muerte del líder de Falange[20].

La caída de Málaga (febrero de 1937) y el avance en Vizcaya (abril de 1937) hizo que su rival, Indalecio Prieto, ganara el favor de la URSS. La puntilla le llegó con los sucesos de mayo en Barcelona —3 al 8 de mayo, asalto del POUM a Telefónica, bajo control de la CNT[21]— forzaron su dimisión. Le sustituyó el también socialista Juan Negrín… Y la historia de aquel golpe fallido que arrancó el 17 de julio, más o menos, la conocen ustedes.

 

V.- Y el golpe de 1939…

Y un último golpe de Estado de los años 30 llega en fase final de la Guerra Civil.

En marzo de 1939, la situación para el bando republicano era ya insostenible; la moral por los suelos, los suministros prácticamente inexistes y con las tropas carentes de pertrechos. La caída de Cataluña —el 26 de febrero el bando rebelde entró en Barcelona y el 10 de marzo se alcanzó la frontera francesa— había supuesto un golpe casi definitivo en todos los aspectos.

La población civil vivía meses de severas privaciones y a nivel político el Frente Popular estaba dividido; el ejército estaba cansado de luchar una guerra que ya les era imposible continuar.

Es más: tras la caída de Barcelona, los gobiernos europeos habían comenzado a reconocer diplomáticamente al bando rebelde. Así, el 27 de febrero, Manuel Azaña firmó su renuncia formal desde su exilio en la localidad francesa de Collonges-sous-Salève, una vez sabido que Gran Bretaña y Francia habían reconocido al Gobierno de Franco, enviando el documento de renuncia al presidente de las Cortes, Diego Martínez Barrio, que se encontraba ya en París. Madrid estaba situado.

A medios de febrero de 1939 los que aún continuaban en el país defendiendo la República barajaron entonces dos opciones de futuro: resistencia hasta el último momento o negociar una rendición lo más honrosa posible.

Los partidarios de la resistencia eran cargos del PSOE, algunos militares y unos pocos miembros del PCE. La idea final era aguantar porque el estallido de una nueva guerra en Europa se veía venir[22]. Y en la resistencia planteada se había diseñado un plan para ir evacuando semanalmente a miles de personas, por mar (creyendo con que aún podían hacerlo), hacia diversos puntos tanto de la costa norteafricana (controlada por Francia) como a la propia Francia. Este plan había sido comunicado a los altos mandos del Ejército Popular, entre los que se encontraba el coronel Casado, el día 16 de febrero en una reunión celebrada el aeródromo de Los Llanos, Albacete.

El coronel Segismundo Casado fue la cabeza visible; y también estaba en el punto de mira del Servicio de Información Militar. Era el Jefe del Ejército del Centro, aunque estaba a las órdenes del general Miaja, ya por entonces bastante tocado de salud y prestigio, que era el Jefe del Grupo de Ejércitos. Todos sabían que Casado ejercía un liderazgo superior en aquellos momentos. Hasta el propio Gobierno de la República sabía que, además, mantenía contactos con la Quinta Columna de Madrid, a través de José Centaño de la Paz, un teniente coronel retirado, profesor que había sido de la Escuela Superior de Guerra que, a pesar de su edad y situación, que por encontrase en Madrid el 17 de julio la República movilizó y le puso al mando del Parque de Artillería número 4 donde tuvo acceso a información privilegiada que, como integrante de la red “Lucero Verde”, transmitía a diario a Burgos sin llegar nunca a ser detectado e identificado como espía del bando rebelde.

No está claro si Centaño engañó deliberadamente a Casado o si él mismo fue engañado, porque todos dudan de que Franco pudiera aceptar la fórmula de la rendición honrosa de la República, pero el caso es que convenció a Casado de que, si se apartaba a Negrín y al PCE del mando, podría abrirse una negociación. Así, Casado, el 5 de marzo de 1939 desconoció la autoridad del Gobierno legítimo, creó el llamado Consejo Nacional de Defensa, asumió el control militar de Madrid y ordenó combatir a las unidades que permanecían leales al Gobierno. Un golpe de libro. De inmediato, el Consejo ordenó detener a mandos leales a Negrín, dirigió las operaciones contra las unidades comunistas y asumió el mando efectivo durante la mini guerra civil interna que vivió la República en marzo de 1939. El golpe de Casado causó unas 200 bajas en los combates internos y, se dice, que unas 2.000 posteriores en las ejecuciones ordenadas por el Consejo Nacional de Defensa tras la victoria casadista. La más conocida fue la del coronel Luis Barceló Jover, jefe de las fuerzas leales al Gobierno de Negrín en Madrid, fusilado junto con varios de sus colaboradores tras un consejo de guerra sumarísimo.

Los que siguieron a Casado confiaron en lograr una paz honrosa negociando entre militares; tenían como esperanza alcanzar “un Abrazo de Vergara[23]” como el acontecido hacía justamente un siglo.

Casado dirigió la conspiración, Miaja presidió el Consejo Nacional de Defensa, Besteiro aportó respaldo político y Mera ganó la batalla militar.

Cipriano Mera era jefe del IV Cuerpo de Ejército. No era militar; procedía del movimiento anarcosindicalista. Había sido albañil y dirigente de la CNT antes de convertirse en uno de los comandantes más capaces del Ejército Popular y al desatarse el golpe de Casado, con el que estaba comprometido, envió una potente columna militar desde Guadalajara, al mando de Liberino González, para combatir en la capital, uniéndose él posteriormente. Estaba cansado de los comunistas y de la pérdida en vidas que estaba costando una guerra ya perdida.

El Consejo Nacional de Defensa acordó la capitulación de la zona republicana tras pedir garantías para los militares republicanos, ausencia de represalias masivas, posibilidad de evacuaciones y una paz relativamente ordenada... obteniendo sólo por respuesta "rendición incondicional". Y cuando finalmente comprendió que no habría negociación posible, ordenó cesar prácticamente toda resistencia organizada, permitió la entrega progresiva de las plazas militares, facilitó la ocupación de Madrid, Valencia, Cartagena y Alicante, y organizó la salida de España de muchos de sus propios dirigentes entre el 26 y el 29 de marzo. Las tropas franquistas entraron en Madrid el 28 de marzo de 1939 prácticamente sin combatir.

Casado abandonó España el 29 de marzo por el puerto de Gandía, embarcando en el destructor británico HMS Galatea junto con otros dirigentes del Consejo. Vivió exiliado en Reino Unido, Venezuela y Colombia, regresando a España en 1961; en Barcelona se le sometió a un Consejo de Guerra y fue absuelto. Falleció en Madrid en diciembre de 1968.

Miaja pudo salir hacia la Argelia Francesa y se exilió en Méjico; no volvió. Besteiro permaneció en Madrid[24], fue detenido, juzgado e internado en la prisión de Carmona, donde murió en septiembre de 1940. Y Cipriano Mera salió por Alicante a Argelia y terminó en Francia, donde los colaboracionistas franceses lo detuvieron y entregaron en 1942. Fue juzgado en consejo de guerra, condenado a pena capital, conmutada por 30 años de prisión, pero fue puesto en libertad en 1946; y marchó a Francia, donde volvió al oficio de albañil. Murió en París en 1975.

 

Epílogo.

Después de recorrer aquella década terrible, una conclusión parece imponerse por sí sola: la historia no está para utilizarla como arma arrojadiza, sino para comprenderla. Los años treinta españoles —y europeos— fueron demasiado trágicos como para convertirlos en un catálogo de amenazas contemporáneas o en un simple almacén de analogías miopes sumamente fáciles.

Por eso resultan especialmente desafortunados los recordatorios a hechos de hace 87, 90, 92, 94, 95 y 96 años y las comparaciones desconceptualizadas y desnortadas como las recientes declaraciones de la ministra Diana Morant, recurriendo precisamente a ese tipo de paralelismos[25]. La discrepancia política es legítima; incluso el enfrentamiento dialéctico forma parte de la democracia. Pero convertir al adversario en un Hitler de ocasión supone cruzar una línea que empobrece el debate público y demuestra que, en demasiadas ocasiones, seguimos utilizando el pasado no para aprender de él, sino para estultamente golpear al contrario.

Quizá la principal enseñanza de aquellos años no sea decidir quién tenía razón hace tantos años, sino comprender adónde conduce una sociedad cuando deja de reconocer legitimidad al discrepante, cuando sustituye el argumento por el insulto y cuando convierte al adversario en un enemigo absoluto. España ya recorrió ese camino por una banda y por otra, aludiendo al símil futbolero que tranquilizó y euforizó la semana pasada. Y el precio, recuerden, fue demasiado alto como para frivolizar con él.

La historia merece más respeto. Y la democracia también.

 

 



[1] El 31 de diciembre de 1931, en Castilblanco, un pueblo de Badajoz, cuatro guardias civiles fueron linchados por jornaleros del sindicato socialista Federación Nacional de Trabajadores de la Tierra (FNTT). Los hechos causaron una conmoción nacional y Sanjurjo, como director de la Guardia Civil, protestó enérgicamente. Sin embargo, cinco días después, el 5 de enero de 1932, la Guardia Civil, seguramente asustada y en recuerdo de lo que había pasado en Badajoz, disparó a unos manifestantes en Arnedo, La Rioja, matando a once personas y dejando más de 30 heridos. El Gobierno reaccionó destituyendo a Sanjurjo el 3 de febrero de 1932

[2] Sanjurjo se sublevaría en Sevilla, apoyado por el general García de la Herrán. En Madrid los generales Cavalcanti y Goded serían los que encabezarían la sublevación cuyo objetivo fundamental sería ocupar el Palacio de Comunicaciones y el Ministerio de la Guerra, donde detendrían al presidente Azaña. Esas acciones serían apoyadas por el general González Carrasco en Granada; el general Miguel Ponte en Valladolid; el coronel Varela en Cádiz y el general Barrera en Pamplona, cuyas tropas confluirían sobre Madrid. Tuvo éxito en Sevilla y en la 2ª División Orgánica (Andalucía), pero fracasó en Madrid (liquidada la insurrección en 3 horas)

[3] Fue aprobada con carácter urgente una ley que autorizaba al Gobierno a expulsar a todos los funcionarios militares y civiles que «realicen o hayan realizado actos de hostilidad o menosprecio contra la República». Fueron separados del servicio 46 diplomáticos, entre ellos siete embajadores, y más de 100 magistrados, jueces y fiscales. 300 generales, jefes y oficiales fueron relevados de sus mandos. Fueron clausurados 109 periódicos y se detuvo en toda España a más de 5.000 personas. El 11 de septiembre 145 jefes, oficiales y paisanos fueron deportados a Villa Cisneros. El Gobierno decretó la expropiación de bienes rústicos de varios de los implicados en la intentona golpista: del líder carlista Fal Conde, de generales como González Carrasco o Cavalcanti, además de propiedades de personas de derechas.

[4] Confederación Española de Derechas Autónomas; coalición de partidos resultante de la fusión de varios grupos políticos, aunque destacaban dos: Acción Popular (antes Acción Nacional), de José María Gil Robles, y Derecha Regional Valenciana de Luis Lucía. También formaban parte de esta coalición otras formaciones regionales conservadoras de las Castillas, Andalucía y Galicia. El partido aglutinó a diversos sectores de la derecha: desde elementos de tendencia fascista, muy presentes en las Juventudes de Acción Popular (JAP), hasta democristianos, centralistas y autonomistas.

[5] El desencadenante directo de su caída fue la gestión del conflicto con la Generalitat de Cataluña por la Ley de Contratos de Cultivo que protegía a los campesinos arrendatarios frente a los grandes propietarios. El Gobierno de Samper recurrió la ley ante el Tribunal de Garantías Constitucionales, que la declaró inconstitucional. Pese a ello, el Parlamento catalán la volvió a aprobarla. Samper intentó buscar una vía de negociación pacífica y de consenso con el gobierno catalán de Lluís Companys en lugar de aplicar medidas de fuerza, pero no se movieron las partes.

[6] Francisco Largo Caballero; 23 de julio de 1933, discurso durante un mitin del PSOE en el cine Pardiñas de Madrid. Fuente: Nº 7.634 de 'El Socialista', 25 de julio de 1933

[7] Francisco Largo Caballero; septiembre de 1933, en unas declaraciones al semanario 'Renovación' de las Juventudes Socialistas. Fuente: Nº 7.687 de 'El Socialista', 24 de septiembre de 1933

[9] Los anarquistas cometieron una serie de atentados terroristas que incluyeron ataques contra tres trenes, que se saldaron con 23 personas asesinadas en La Coruña, La Rioja y Zaragoza.

[10] Los golpistas asesinaron a 33 sacerdotes y religiosos y a 300 militares y miembros de las fuerzas del orden, y además destruyeron 17 iglesias, 40 edificios religiosos y docenas de fábricas, puentes, casas y edificios públicos.

[11] Lluís Companys, presidente de la Generalitat, aprovechó el conflicto rabasaire -agricultores catalanes- para movilizar a la izquierda y al nacionalismo. Organizó una manifestación en Barcelona (29 de abril) cuyo éxito le animó a poner en marcha la maquinaria golpista en junio. Tras la entrada de la CEDA en el Gobierno, al día siguiente se ejecutó el plan. Los Escamots, una organización paramilitar catalana creada por Estat Català e integrada en ERC, tomaron a la fuerza algunos edificios oficiales, pero la movilización falló. No obstante, Companys siguió con su plan; la excusa fue una “razón de Estado”: la República se perdía porque habían accedido legalmente al poder las derechas, el Partido Radical de Lerroux con apoyo de la CEDA.

 

[12] Seis banderas de la Legión, diez tabores de Regulares, seis de la Mehala, siete batallones de infantería regular, diez escuadrones de caballería, seis baterías de artillería y diversas unidades de intendencia y servicios diversos: 18.000 hombres absolutamente operativos.

[13] Camaradas Arriba Falange Española

[14] El nombramiento del general Masquelet como ministro de la Guerra por el Frente Popular buscó reforzar el control de Gobierno sobre el Ejército, al tiempo que se retiraba de los puestos de mando más importantes a aquellos generales que se sabía eran menos afines al Frente Popular. Así, Franco había sido destinado el 22 de febrero a Canarias, Goded a Baleares, y Mola, el 1 de marzo, –gravísimo error– fue trasladado desde África a la jefatura de la 12ª Brigada de Infantería de Pamplona; Orgaz quedó disponible, siendo fijada su residencia en Canarias, al tiempo que Varela era enviado a Cádiz en febrero bajo vigilancia policial, para luego ser confinado en una prisión militar el mismísimo 17 de julio. A estos “destierros” se sumaron a lo largo de los meses de marzo y abril los de los generales Fanjul, Villegas, Rodríguez del Barrio, Saliquet y González Carrasco.

[17] La toma por parte de tropas republicanas y milicias resultó en una masacre, dejando entre 500 y 900 muertos (la mayoría, rebeldes), la detención y posterior fusilamiento del general Joaquín Fanjul (que se había hecho fuerte en la mañana del 18 de julio en el cuartel madrileño con cerca de 1.500 hombres entre militares, cadetes y falangistas), y la destrucción casi total del edificio 

[18] Por ejemplo, la noche del 22 al 23 de agosto se produjo una matanza en la cárcel Modelo de Madrid; Giral se afectó muchísimo

[19] Hoy, en estrategia militar, se considera que aquello fue un error de los sublevados porque Madrid tuvo tiempo de preparar mejor su defensa.

[20] Octavio Cabezas, 2005. Indalecio Prieto, socialista y Español.

[21] el 3 de mayo de 1937, fuerzas de orden público dirigidas por el comisario Eusebio Rodríguez Salas, por orden del consejero de Seguridad Artemi Aiguadé, y con la infiltración del POUM, intentaron recuperar el control del edificio de la Telefónica en la plaza de Cataluña, ocupado desde julio de 1936 por milicianos de la CNT. El escritor George Orwell, que combatía en una milicia del POUM, narró estos acontecimientos en su obra Homenaje a Cataluña, uno de los testimonios más conocidos sobre aquellos 7 días de auténtica guerra civil en medio de la Guerra Civil cuyo balance fue unos 500 muertos y más de un millar de heridos, según las estimaciones más aceptadas; la caída del gobierno de Largo Caballero, la formación del gobierno de Juan Negrín, con mayor influencia del PCE; la pérdida del poder político y militar de la CNT; la ilegalización del POUM (en junio de 1937); y la detención de sus dirigentes. Es el caso de Andreu Nin, detenido el 16 de junio de 1937 por agentes del NKVD soviético con colaboración de los servicios de seguridad republicanos. Trasladado a una prisión secreta, fue torturado y asesinado. Nunca apareció su cadáver. Durante décadas, este episodio simbolizó la represión estalinista dentro de la zona republicana.

[22] Hitler había incumplido sucesivamente los acuerdos internacionales (Renania, Austria, Sudetes, Checoslovaquia) y ya Gran Bretaña y Francia habían dejado de creer en un apaciguamiento del líder nazi y habían comenzado y planificar una estrategia bélica. Olvidados los Acuerdos de Múnich. Ambos países intensificaron sus programas y preparativos militares y el 31 de marzo de 1939, Chamberlain anunció en la Cámara de los Comunes que el Reino Unido garantizaría la independencia de Polonia. Francia, que ya tenía una alianza con Polonia, confirmó igualmente su compromiso. Ya era cuestión de meses.

[23] El abrazo, el 31 de agosto de 1839 en Vergara (Guipúzcoa), de los generales Espartero y Maroto que puso fin a la Primera Guerra Carlista

[24] Muy enfermo, Besteiro estaba en el sótano del Ministerio de Hacienda postrado en un camastro y demacrado cuando fue detenido. Se le envió a la cárcel de Porlier, y luego a la del Cisne, mientras se instruía contra él un proceso sumarísimo. El traslado fue concedido a petición de su abogado, ya que tenía mejores condiciones, dado su estado de salud. El 8 de julio del mismo año comenzó el Consejo de Guerra. Se le condenó a cadena perpetua, sustituida por treinta años de reclusión mayor. Besteiro fue llevado al Monasterio de Dueñas en Palencia, habilitado como prisión. El 27 de agosto fue trasladado a la cárcel de Carmona. Allí vivió sus últimos meses, hizo traducciones, y confraternizó con los otros presos políticos. En septiembre de 1940 se cortó accidentalmente la mano y se le infectó la herida. Esta infección se complicó, dado su delicado estado de salud, y derivó en septicemia. Murió el 27 de septiembre de 1940. Se le enterró en el cementerio de Carmona. En el año 1960 se le pudo trasladar al Cementerio civil de Madrid. Descansa muy cerca de Pablo Iglesias y de Francisco Giner de los Ríos. Besteiro habló en el juicio, agradeciendo que, tanto el fiscal como el abogado defensor, hubieran puesto de manifiesto su honradez privada, pero insistió que también había sido honrado en su vida pública, y explicó sus actuaciones y pareceres, especialmente su posición crítica dentro del PSOE, pero sin renegar de su militancia e ideas en ningún caso.


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