La semanita del 13 al 19 iba a estar muy cargadita de
connotaciones políticas y menos mal que el fútbol que, según Passolini es “el último lenguaje sagrado de nuestro tiempo”,
vino a reducir la carga ganándole a Francia el martes 14 y ganando la final a
Argentina el domingo 19.
Lo vivido en la noche 19 de julio y a lo largo y ancho del día 20 —y lo que coleará con homenajes y salida de tono de políticos pusilánimes— no tiene ni punto de comparación con lo sucedido hace 16 años… (que yo recuerde; que también lo viví).
¡Qué julio este de 2026! Desde el mismo lunes 13, como mínimo, que estábamos dando la matraca con lo sucedido hace 90 años; mientras que ahora mismo sólo hay momento y ocasión para revivir “la rúa” que se desarrolló por Madrid; dicen que hasta 2 millones de personas celebrándolo[1]…
Lo que pasa en el fútbol, le voy a copiar la idea a Manuel Vilas, “no pasa en la política por una razón elemental: en el futbol juegan los mejores y en la política los mediocres”. El espectáculo más triste del mundo es la mediocridad… aunque Vilas solo escribía de fútbol en su columna, y de las celebraciones de “la Roja”[2], yo lo aplico urbi el orbi.
Este post surge tras todas las chorradas preventivas leídas desde ese lunes 13 de julio en RRSS —y algún suelto de prensa— que la victoria ante Francia aletargó y se fue diluyendo ante la gran noche dominical contra la selección argentina y el posterior resultado obtenido[3]; y versa sobre aquella España de los años treinta… Pero comienza, permítanme, antes…
Todo comenzó en
los años 20… y se manifestó en los años 30…
Los años 30 fueron, emulando a Pero Grullo[4], una consecuencia de los años 20. Pero en la vieja piel de toro —islas adyacentes y territorios y plazas de soberanía— la década de los años 30 nos deparó una concatenación de golpes de Estado, uno tras otro, fracasados en los años pares —1930, 1932, 1934, 1936…— y terminó tenido éxito el de 1939, impar, aunque sirvió de poco, muy poco, porque los rebeldes exigieron la rendición incondicional y ahí, ya, Casado[5] poco podía hacer. Vamos, que la de los treinta fue una década movidita en cuanto a golpes de Estado.
Incluso hay quienes aprecian uno más en 1931; ¡mira!, también impar… como el del 39.
Total, que todos los años tuvimos el golpe de Estado de turno menos en1933, 1935, 1937 y 1938. En todos los demás, ¡cataclá!: golpe de Estado. Y ahora sólo nos acordamos de uno.
Sí, cuatro sonados y uno con toda la intensidad; y orquestados bajo la misma premisa que ya pontificó Gabriel Naudé[6] en el siglo XVII: la razón de Estado, entendida como la necesidad de reconducir la situación por estar en peligro un proyecto político que se considera un bien superior… pudiendo tener razón, o no; incluso espuria[7].
Recordemos; que si no recordamos estamos predispuestos a repetir historias.
Y esta es una historia de conflictos a fin de cuentas… y de pueblo llano: de enfrentamientos a evitar.
No sé si es que nos gusta deliberadamente olvidar que desde el triunfo de la Revolución Soviética de 1917 la mayor parte de Europa —y de los ejércitos de Europa— miraba con temor y absoluta antipatía a los revolucionarios —bien fueran comunistas, socialistas o anarquistas— de sus respectivos países, por la inspiración soviética de la aventura. Aunque, todo hay que destacarlo, en muchos casos representaran la esperanza de las vapuleadas clases obreras y campesinas menesterosas.
Y cito a los militares en esta historia porque de siempre han estado al quite en estos casos como instrumento del poder, para un lado y para el otro, pues tienen la fuerza y las armas.
Así, en Francia, con Pétain a la cabeza, se vincularon masivamente a los grupos de extrema derecha para impedir la revolución y la llegada de gobiernos de izquierdas, como más adelante detallaremos; en Alemania, fueron los encargados de reprimir con dureza la revuelta espartaquista[8]; en Finlandia, bajo el mariscal Mannerheim, se batieron para vencer a las fuerzas rojas del Consejo Popular, apoyadas por la URSS; en las jóvenes repúblicas bálticas de Estonia, Letonia y Lituania lucharon contra las provocaciones de la URSS y el apoyo de los sindicatos de clase para conservar su entonces recién ganada independencia; en Austria, fueron quienes apoyaron a los partidos de derechas y nacionalistas en sus enfrentamientos armados con los socialistas (especialmente en el verano de 1927); en Italia, abrazaron la llegada de Mussolini al poder como freno del internacionalismo revolucionario de los socialistas italianos. Esta oposición frontal era una práctica común en Europa. Y puedo seguir con más ejemplos…
Y en esas que, tras finalizar la Gran Guerra (IGM) —que llamaron así porque no querían imaginar que hubiera otras después tras la hecatombe sufrida[9]—, entramos en un tiempo que se ha llamado “the roaring twenties”… “los felices años 20”, “los años locos”… Y ese tiempo, hay que recordar con intensidad, sólo se llegó a vivir así en los Estados Unidos, porque Europa —salvo algún caso corto y excepcional— aún se estaba recomponiendo de los desastres de aquella IGM.
Y apunto un matiz, a este respecto. En realidad, “los felices 20” es la referencia a una etapa que solo se circunscribe al periodo 1922-1929, porque el bienio 19-21 fue malo de solemnidad y, por en medio, los años 1924 y 1927 resultaron desastrosos. Total: que “los felices 20” se nos quedan en poquito más de un lustro.
Por eso, insisto, que felices, lo que se dice felices, puede ser que fueran en los EEUU; y sólo algunos años. Eso sí, a la Europa renqueante de la IGM le llegó desde allí el Jazz, el Charleston y el Shimmy como ritmos para bailarlos en algún sarao; también le llegó el cine de Charles Chaplin, Buster Keaton o Mary Pickford, que entre risas y admiración aplacó un poco la suma de penurias. Y también llegó la explosión de la radio comercial e incluso los primeros atisbos de un consumismo individual sostenido por un crédito fácil y las ventas a plazos.
Pero esos destellos de realidad no llegaron a la totalidad de la maltrecha Europa de postguerra (IGM); no alcanzaron los extremos: ni a la URSS, ni a la península Ibérica. Portugal, desde 1910 vivía su Primera República (1910-1926) en medio de una profunda crisis, por estancamiento económico, combinada con una altísima conflictividad social, que terminó desembocando en el golpe de Estado de mayo de 1926 y el inicio de la dictadura bajo el sonoro y fallido nombre de Estado Novo; que era el mismo, pero con otros dirigentes. Y el otro Estado peninsular, España, se encontraba envuelta en una severa crisis social y económica que se enfatizó al finalizar el conflicto bélico.
Sí, en España, los primeros años de “los felices 20” estuvieron marcados por huelgas masivas, pistolerismo[10] y enfrentamientos entre sindicatos y patronal, especialmente en Cataluña. La incapacidad del sistema parlamentario para solucionar esta crisis condujo en 1923 al golpe de Estado del general Miguel Primo de Rivera[11].
Además, como una de las causas principales, estaba la Guerra de África. A los españoles en África no se nos había perdido históricamente nada. Melilla es cosa de 1497 y Ceuta (conquistada por Portugal en 1415) nos llegó porque en 1640 los ceutíes decidieron que preferían estar bajo el dominio de España; lo que se formalizó en 1668. Pero en 1884, reducido el imperio de ultramar a Cuba (con José Martí comenzando a negociar con los EEUU la Guerra Necesaria, 1895-1898)[12] y Filipinas (que sumaba rebeliones y tenía ya a Emilio Aguinaldo preparando la definitiva), se nos invitó a la Conferencia de Berlín donde Europa se repartió (el control de) África, España, ante la rápida expansión gala en el norte y oeste del continente, se vio empujada —cuentan los historiadores— a ocupar el Sáhara Occidental (1884) para proteger las Islas Canarias y asegurar posiciones frente al vecino de los Pirineos que se estaba quedando con toda la fachada atlántica. Luego, en 1904, Francia y España se repartieron lo que hoy es Marruecos. España se quedó con la zona norte (el Rif) y el enclave de Ifni, en gran parte, como concesión para evitar el control total francés del territorio magrebí.
Y allí en el Rif, desde 1909 estábamos en guerra contra las cabilas rifeñas y el liderazgo de Abd el-Krim[13] quien en la batalla de Annual (21.07.1921) nos infringió una tremenda derrota por la mala planificación del general Manuel Fernández Silvestre y una caótica retirada que aún recordamos como “el desastre de Annual”. Aquello fue un punto de inflexión para la España de los años 20 por el coste en vidas de soldados de reemplazo, lo que profundizó el malestar social y la desconfianza hacia el gobierno, lo que nos llevó, como un argumento más, al golpe de Estado de Primo de Rivera (13.09.1923) al poco de conocerse el Expediente Picasso (la investigación sobre las responsabilidades del Desastre de Annual).
Primo de Rivera, necesitado de rebajar la tensión social y procurar empleo, puso en marcha planes de inversión en obra pública para crear trabajo: a partir de 1925 se invirtió en carretas y ferrocarriles, se expandió la red telefónica y hasta se inauguró el primer tramo del Metro de Madrid.
En aquella triste España hubo un hálito de luz en el ámbito intelectual y literario cuando apareció la Generación del 27; España vivió una auténtica “Edad de Plata” con figuras en las Artes como Federico García Lorca, Salvador Dalí o Luis Buñuel.
Y en lo único en que nos parecimos un poco a Europa en aquellos años 20 fue en el papel de la mujer: las más jóvenes empezaron a incorporarse al mundo laboral (en precario) en talleres, comercios e incluso oficinas; y adoptaron nuevas modas en el vestir, alejándose de los corsés victorianos. No tanto como en Europa, pero a las grandes ciudades llegó algo de lo que se llamó moda flapper[14].
Aquella moda venía de los Estados Unidos y, recordemos, en los años 20 la América opulenta se reveló a los ojos de todo el mundo como el paradigma de las libertades y de las posibilidades de enriquecimiento y el bienestar como contrapunto al comunismo, que ya estaba dando mucho que hablar.
El Crack del 29 y la Gran Depresión…
Y en esas que llegó el crack del 29 y como consecuencia, la Gran Depresión… y dejaron de llegar a Europa los dólares. Aquello paralizó la economía mundial, provocando el colapso financiero. Al hundirse el comercio y retirarse los créditos estadounidenses, el desempleo masivo y la miseria generalizada destruyeron la confianza en el sistema liberal y democrático en toda Europa.
La URSS, con su revolución soviética, que no participaba del sistema financiero y bancario internacional, no se vio afectada y desarrolló con prontitud su Primer Plan Quinquenal (1928-1932) aprovechando la situación que (mal) vivía el resto del mundo: ¡compró fábricas enteras, maquinaria pesada y patentes a gigantes estadounidenses en apuros[15] como Ford y General Electric!, y se convirtió en ejemplo floreciente de actividad y empleo, lo que el régimen comunista utilizó, frente a la crisis occidental, como la prueba definitiva de que el capitalismo estaba condenado a la autodestrucción y el comunismo y el socialismo eran los únicos sistemas infalibles.
Las clases obreras, el campesinado y buena parte de las clases medias y profesionales[16] vieron en aquellos difíciles días una solución en el comunismo, obviando que para lograr aquella “bonanza” social-comunista era artificiosa y letal. Ante la drástica caída internacional de los precios de las materias primas —que eran la única fuente de divisas (exportaciones de grano, petróleo y madera)— la URSS tuvo que multiplicar el volumen de sus producciones. Y como el petróleo lo necesitaba para su consumo interno, se volvó en el grano y la madera. Todo se centró principalmente en el campo, donde llevaron a cabo una violenta colectivización forzosa de la tierra y la persecución de los kulaks[17], que terminaron en el Gulag[18]. El desvío masivo de grano hacia el mercado exterior, sumado a la mala gestión estatal, provocó una devastadora hambruna interna los años 1932 y 1933 (conocida como el Holodomor[19] en Ucrania) que costó millones de vidas. Pero, es más: las noticias de la durísima y catastrófica persecución de los kulaks llegaron a todo el mundo[20] y se supo que como respuesta a la confiscación de sus bienes, muchos kulaks optaron por sacrificar su propio ganado, quemar sus cosechas y destruir sus herramientas antes de entregárselas al Estado que los perseguía y exterminaba. Esta destrucción masiva de cosechas y recursos, sumada —insisto— a la mala gestión de las nuevas granjas colectivas (koljós), hizo temer a muchos la llegada de aquel mundo socialista ruso a toda Europa.
La ciudadanía europea, en general, empobrecida y temerosa de una revolución comunista, abrazó el auge de los totalitarismos de derechas: cualquier cosa menos el comunismo de la URSS.
En este clima de desesperación, las democracias parlamentarias europeas se manifestaron débiles e ineficaces. Así llegarían, por ejemplo, el fascismo en Italia y el nacionalsocialismo en Alemania (nazismo), dos propuestas que supieron capitalizar el descontento ofreciendo una alternativa atractiva, frente al comunismo. Pero hubo más.
La miseria a la que nos abocó la Gran Depresión al comienzo de los años 30 hizo que los discursos que prometían orden, patria y pan al margen de la órbita socialista estuvieran a la orden del día. En Portugal, ya lo dijimos, António de Oliveira Salazar consolidó el Estado Novo en 1933, una dictadura corporativista, católica y autoritaria. En Austria, por su parte, se instauró un régimen de corte fascistoide y Engelbert Dollfuss lideró la suspensión del parlamento antes de ser anexionado por la Alemania nazi en 1938. En Europa Oriental, países como Hungría (bajo el almirante Horthy[21]), Rumanía (con la Guardia de Hierro[22]) y Polonia (con Sanacja[23]) adoptaron regímenes autoritarios de corte militar o nacionalista de derechas para frenar la influencia comunista soviética.
En Francia la cosa se agrió; se vivieron momentos de máxima polarización y el país estuvo varias veces al borde de la guerra civil en los años 30 debido a una profunda inestabilidad política y al auge de ligas de extrema derecha —Croix-de-Feu (Cruces de Fuego) y Action Française[24]— frente a la consolidación de un Frente Popular de izquierdas que agrupó a socialistas, comunistas y radicales, quienes ganaron las elecciones de 1936 bajo el liderazgo de Léon Blum. Aquella victoria desató una oleada de huelgas y disturbios que pudieron ser frenados gracias a los Acuerdos de Matignon[25] —los franceses siempre han sido pragmáticos y en la residencia del primer ministro, el Hôtel de Matignon, se han firmado muchos acuerdan trascendentales— tras lo que se produjo una reacción de tranquilidad que les llevó a una introspección territorial y a restringir, por ejemplo, su apoyo a la II República española inmersa ya en la Guerra Civil. Por cierto: en 1938 el radical Édouard Daladier tomó las riendas de Francia y se centró en evitar la confrontación con la Alemania nazi (Acuerdo de Munich; 1938)[26] pero tras la invasión de Polonia, el 3 de septiembre de 1939 Francia declaraba la guerra a Alemania; aquello, al principio, se llamó “Drôle de guerre” (“guerra de broma”) porque hasta el 10 de mayo de 1940 —más de ocho meses después— los alemanes no decidieron pasar a la acción; y Francia firmó la rendición el 22 de junio de 1940.
También tuvo sus problemas en los años treinta el Reino Unido de la Gran Bretaña. La crisis golpeó duramente a las zonas industriales, lo que facilitó la aparición de movimientos extremistas comunistas y anticomunistas; entre estos últimos la BUF, la Unión Británica de Fascistas —sin tapujos—, fundada por Oswald Mosley en 1932, que imitaba la estética y los métodos de Mussolini; hasta con sus paramilitares armados, los Blackshirts (Camisas Negras). Era tal la identidad pretendida de Mosley con Mussolini que el británico intentó imitarle hasta “la marcha sobre Roma” organizando la suya en el East End[27] londinense. Tras los sucesos de Cable Sreet, el Parlamento británico prohibió los uniformes políticos en todo el país, lo que ya de por sí debilitó al movimiento. En el Reino Unido, el arraigo de la monarquía y el sistema parlamentario bipartidista mantuvieron a duras penas la estabilidad… hasta que estalló la IIGM.
En Bélgica el impacto económico de la crisis avivó las tensiones entre los ciudadanos de habla francesa (valones) y los de habla neerlandesa (flamencos). Para complicarlo, apareció León Degrelle y su movimiento Rex (Christus Rex), populista, anticomunista, corporativista y exacerbadamente católica. El rexismo triunfó en la zona valona[28]. En Flandes, por su parte, surgió el nacionalismo flamenco del VNV, la Vlaams Nationaal Verbond, un grupo autoritario que buscaba la independencia de su región a base de acciones de fuerza muy localizadas. Pero en Bélgica el bálsamo que calmó la situación fue una conjunción de intereses entre la iglesia católica, de gran influencia entonces, que se fue apartando progresivamente del rexismo, y el auge los partidos tradicionales. Algo parecido sucedió en la vecina Holanda. En los Países Bajos irrumpió el NSB, Movimiento Nacionalsocialista, que Anton Mussert fundó en 1931, copiando directamente el modelo y la ideología del partido nazi de Hitler. Aquí también el rechazo social se materializó bien pronto a partir de las iglesias protestante y católica que prohibieron a sus fieles afiliarse al partido; y la propia sociedad civil lo aisló por completo.
Pues que España no quedó inmune a todo esto. Aquí, aunque los efectos del Crack del 29 y la Gran Depresión no fueron tan catastróficos —yo me atrevería a calificarlos de moderados, en comparación con las grandes potencias industriales europeas— sí que golpearon duramente sectores clave e incrementaron la inestabilidad social en un momento político crítico: la transición de la dictadura de Primo de Rivera a una nueva fase política que llegaría con la instauración de la República.
Recordemos que la economía española de entonces era eminentemente agraria, estaba muy protegida por aranceles y se encontraba relativamente aislada de los mercados financieros internacionales, lo que actuó como un “colchón” frente al colapso global.
Sin embargo, la crisis sí se transmitió a través de tres frentes: el comercio exterior, la moneda y los flujos migratorios. La peseta se depreció y se encareció todo; se hundieron las exportaciones (cítricos, aceite de oliva, vino, hierro y cobre) porque no había quien comprara; hubo fuga de capitales y merma de las remesas que enviaban los emigrantes. Y el principal problema fue la vuelta de los emigrantes desde Cuba, Argentina y Francia donde el desempleo multiplicaba por tres la tasa española, que rondaba en aquellos años el 13%.
Aquí se vieron afectadas las obras públicas y se produjo una importante radicalización social; el impacto de la crisis internacional empeoró las condiciones de vida de los jornaleros del campo —terrible, en los campos de Andalucía y Extremadura— al caer los precios de las cosechas. Además, la falta de una cobertura social sólida para los desempleados alimentó las huelgas continuadas y el descontento en todo el país, especialmente en las ciudades, sirviendo de caldo de cultivo para la polarización política.
I.- El golpe de Estado de 1930 y el golpe de fuerza de 1931…
Centrando la situación,1930 ya comenzó intenso por estos pagos. El 27 de enero Primo de Rivera —dictador tras su golpe de Estado de 1923 y sobreviviente a la Sanjuanada[29] de 1926— presentó su dimisión y Alfonso XIII mandó crear un nuevo Gobierno a otro militar, Dámaso Berenguer, curtido en África, donde fue el creador de las Fuerzas Regulares Indígenas, los “Regulares”. Su etapa política es conocida como la “Dictablanda”. No funcionó.
Y así ya nos metemos en el verano de 1930. En San Sebastián, un 17 de agosto, se reunieron algunos políticos de la oposición republicana y de partidos catalanistas[30] y firmaron un Pacto por la República, creando su consecuente comité revolucionario. Posteriormente, en octubre y ya en Madrid todos —tras el veraneo—, se unirían al Pacto de San Sebastián el PSOE y la UGT[31].
Y como esto de proclamar la República, tal como se había acordado en San Sebastián, iba como que muy lento[32], en diciembre —y adelantándose a la fecha prevista del lunes 15 para un alzamiento republicano de alcance nacional— en la madrugada del viernes 12 los capitanes Fermín Galán y Ángel García Hernández se adelantaron y sublevaron la guarnición y la ciudad de Jaca, proclamando la República. El Gobierno reaccionó[33] y se acabó en horas la intentona[34]. Capturados los líderes, los demás conjurados ni lo intentaron. Galán y García Hernández fueron juzgados de inmediato y condenados a muerte por cometer un “delito consumado de rebelión militar”[35]. Y hubo muchas más detenciones por toda España; tantas, que el PSOE y la UGT, promotores de la huelga general prevista, ya no se atrevieron a confirmarla. Recuerdo: estaba prevista para el lunes día 15 y hubiera sido el detonante del alzamiento.
Ese lunes 15, comandantes como Ramón Franco[36] e Ignacio Hidalgo de Cisneros, en Madrid, decidieron provocar el levantamiento. Se presentaron en al aeródromo de Cuatro Vientos, que mandaba el general Alfredo Kindelan, para sublevarlo, tirando de prestigio personal. Ramón Franco y Alfredo Kindelán nos volverán a salir, aviso, en este Post. Allí, en Cuatro Vientos, se encontraron con el general Queipo de Llano que había ido a lo mismo y que tomó la emisora del aeródromo y empezó a lanzar llamamientos y proclamas a la República.
Se ha contado que Ramón Franco llegó a despegar para bombardear el Palacio Real, pero al ver civiles en los patios y explanadas del palacio, se cuenta, decidió no hacerlo y en su lugar lanzar octavillas animando a hacer realidad la República. El motivo real para no bombardear el palacio no fue otro que la improvisación del teniente Joaquín Collar[37] que apresuradamente se trajo las bombas del polvorín de Retamares sin las pertinentes espoletas[38].
La sublevación de Cuatro Vientos no encontró los apoyos necesarios y ante la reacción de Gobierno —dispuesto a bombardear el aeródromo— los militares sublevados, aviadores en su inmensa mayoría, despegaron hacia Portugal[39] permaneciendo en el país o exiliándose a París y Londres. De este de golpe de Estado, fracasado, lo más llamativo es la participación del general Queipo de Llano que en 1936 apoyaría otro golpe siendo la mano derecha de Franco en aquellos primeros compases desde Sevilla; Queipo pasó de apoyar a la República a implicarse en derribarla, y lo explicó en sus memorias[40].
A resultas de esto, diciembre de 1930 fue un mes muy, pero que muy, duro. El general Berenguer terminó por ceder el poder al almirante Juan Bautista Aznar que no pudo soportar más la presión social y convocó unas elecciones ¡municipales! para primavera de 1931. A pesar de tener ámbito municipal algunos historiadores modernos han planteado que “desde dentro” se programaron como un plebiscito sobre la continuidad de Alfonso XIII en el trono.
Las elecciones del domingo 12 de abril de 1931, recalco, fueron unas elecciones municipales. Así pues, de ellas no cabría esperar ni un cambio de gobierno ni un cambio de régimen. Por eso hay quien sostiene que en el mismo momento —y más al anunciar los resultados preliminares como se hizo— fue en sí un golpe de Estado, pero desde dentro.
Si atendemos a los resultados, lo que no cabe duda es que en la mayoría de las capitales de provincia ganaron los candidatos de la Conjunción Republicano-Socialista (salvo en ocho)[41]. Los datos electorales parciales del lunes 13 de abril, trasladados por el ministro de la Gobernación, mostraron una abrumadora mayoría de los monárquicos en las localidades medianas y pequeñas. Y eso se hizo con premeditación, pues en aquella España de 1931 sólo la quinta parte de la población vivía en las capitales de provincia.
Todas estas cuestiones internas nos han llevado siempre a confusión. Luego está el problema de los resultados: muchas de las actas electorales no se han conservado y bastantes de las que sí están llenas de inexactitudes y de errores sobre la adscripción política de los concejales. Aun así, los historiadores Martínez Cuadrado y Javier Tusell concluyen en cifras muy similares de concejales monárquicos y de concejales republicanos y socialistas (unos 40 000 por cada bloque). Se trata de aproximaciones; nunca de cifras reales. Carmelo Romero concluía en su estudio de 2023 que era muy probable que obtuvieran más concejales, incluso bastantes más, los monárquicos, pero en número de votos —sin distinciones cualitativas de lo rural y lo urbano, sino cuantitativas—, el triunfo de la conjunción republicano-socialista resultó para todos, ya en aquel momento, incontestable. Y ahí aparece entonces la figura del almirante Aznar que pronuncia la célebre frase del país “que se acuesta monárquico y se levanta republicano”.
En fin, que considerar esto un golpe de Estado en sentido estricto, no; pero un golpe de fuerza, sí. Y es lo que sostienen Pio Moa o César Vidal. Por su parte, Stanley Payne señala para ese lunes 13 de abril una “quiebra de la legalidad”. Luis Suárez Fernández pone énfasis en que aquella mañana de lunes se vulneró la Constitución de 1876 y que el Comité Revolucionario tomó el poder por la fuerza de los hechos (vía de hecho) antes de cualquier recuento oficial completo. Javier Tusell, en sus investigaciones y libros, defiende que la monarquía cayó por su propia consunción y el suicidio dialéctico de aquellos políticos que la apoyaban pero que reconocieron su “derrota moral” en las ciudades. Paul Preston sostiene que los resultados de las capitales de provincia demostraron un rechazo absoluto al régimen monárquico y que el exilio del rey fue la única vía para evitar una guerra civil... que iba a llegar sí o sí; porque nadie estaba dispuesto a evitarla. Santos Juliá argumenta que las elecciones municipales del 12 de abril de 1931 funcionaron de facto como un plebiscito constituyente porque el propio Gobierno Aznar las planteó así, perdiendo toda autoridad moral tras el escrutinio urbano. Ángel Viñas insiste en que la legitimidad monárquica estaba rota desde el golpe de Estado de 1923 (el de Primo de Rivera, apoyado por el propio rey), por lo que el golpe de fuerza de abril de 1931 fue una recuperación de la soberanía popular.
Así, el 14 de abril de 1931, se proclamó la República, la muy requeteidealizada II República Española.
[1]
https://www.marca.com/futbol/mundial/2026/07/20/fiesta-grande-jamas-contada-2-millones-calles.html
[2]
Luís
Aragonés: “Me gustaría que la selección tuviera un nombre, una identidad. Igual
que Brasil es ‘la canarinha’ o
Argentina ‘la albiceleste’, me
gustaría que España fuera ‘La Roja’”
dijo el técnico nada más aterrizar en el banquillo (2004). Cuando debutó la
Selección Española en los Juegos Olímpicos de Amberes (1920), vistió de rojo.
Blanco y el azul se alternaron hasta 1922 en que volvió al rojo... tras la GC
vistió de blanco hasta que definitivamente, en 1947, volvió al rojo... y hasta
hoy... teniendo segundas equipaciones en blanco y azul.
[4]
Pero
Grullo (o Perogrullo) es un personaje legendario de la literatura tradicional
al que se le atribuye decir verdades obvias: "verdades de Perogrullo"
o perogrulladas. Se trata de afirmaciones tan evidentes que resulta absurdo
decirlas (por ejemplo, que el sol alumbra de día o que la mano cerrada es un
puño). Aunque se discute si existió como persona real, el personaje cobró vida
en la literatura satírica española del siglo XV con el nombre original de Pero
Grillo. Fue popularizado en los siglos posteriores por escritores clásicos como
Miguel de
Cervantes y Francisco de
Quevedo, quien terminó acuñando el término "perogrullada". Estas
profecías o coplas cómicas han trascendido hasta nuestros días, pasando a
formar parte de la cultura popular y de los modismos registrados por la Real Academia
Española.
[5]
Segismundo
Casado, coronel del Ejército Popular de la República que lideró un golpe de
Estado contra el gobierno de Juan Negrín el 5 de marzo de 1939, durante la
recta final de la Guerra Civil. Casado justificó su rebelión asegurando
falsamente que Negrín preparaba una toma de poder comunista. Buscaba derrocar
al gobierno para negociar una paz honorable y un acuerdo de rendición
directamente con el bando franquista. Para ello, formó el Consejo Nacional de
Defensa con el apoyo de anarquistas (como Cipriano Mera) y facciones
socialistas lideradas por Julián Besteiro.
[6]
Médico de
Luis XIII de Francia, padre de la Bibliotecomía, gestor de las colecciones
privadas del cardenal Richelieu; fue el primer pensador político en teorizar,
definir y dotar de significado moderno a este término -Golpe de Estado (Coup
d'État)- en su obra Considérations politiques sur les coups d'État
(Consideraciones políticas sobre los golpes de Estado), publicada secretamente
en 1639 y en la que teorizó formalmente sobre este concepto desde una óptica
pragmática y maquiavélica, justificando las acciones drásticas por el bien de
la razón de Estado
[7]
Argumentos,
documentos o noticias que no son verdaderos o legítimos
[8]
La
revuelta espartaquista fue una huelga general, con su correspondiente rebelión
armada, de la izquierda radical en Berlín, entre l 5 y el 12 de enero de 1919.
Organizada por la Liga Espartaquista (liderada por Rosa
Luxemburgo y Karl Liebknecht), la insurrección buscaba derrocar al gobierno
provisional e instaurar una república soviética en Alemania. El levantamiento
surgió en el contexto de la Revolución Alemana de 1918, que derrocó al Káiser
tras la derrota en la Primera Guerra Mundial. Los espartaquistas, que habían
fundado el Partido Comunista de Alemania (KPD), se enfrentaron al gobierno
liderado por el Partido Socialdemócrata (SPD), que se decantaba por una
transición hacia una democracia parlamentaria. El Ejército gubernamental y los
paramilitares de derechas (Freikorps) aplastaron la rebelión de forma
sangrienta. Los líderes de la insurrección, Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht,
fueron detenidos y resultaron asesinados el 15 de enero, marcando el fracaso
del intento revolucionario y consolidando los cimientos de la incipiente
República de Weimar.
[9]
Entre 15 y
22 millones de muertes y unos 20 millones de heridos tullidos. La cifra incluye
de 9 a 11 millones de bajas militares y entre 6 y 13 millones de víctimas
civiles, además de otras decenas de millones afectadas por hambrunas y
pandemias.
[10]
Los años del pistolerismo en España se
desarrollaron entre 1917 y 1923. El término de refiere a un periodo de extrema
violencia social y laboral. Se caracterizó por el asesinato selectivo de
líderes sindicales por parte de bandas de pistoleros de la patronal, y la
respuesta armada de grupos anarquistas. Este violento conflicto tuvo su
epicentro en Barcelona, durante el reinado de Alfonso XIII, y se desencadenó
por una serie de factores socioeconómicos y políticos muy concretos. Tras la
IGM, Barcelona se enriqueció enormemente; sin embargo, la mayor parte de la
clase trabajadora vivía en condiciones precarias con jornadas interminables, lo
que fortaleció a sindicatos como la Confederación Nacional del Trabajo (CNT),
que lideró huelgas masivas, como la célebre huelga de La Canadiense en 1919,
que logró la jornada de ocho horas. Para frenar las reivindicaciones obreras,
los empresarios recurrieron a la contratación de matones a sueldo (pistoleros).
Crearon además el Sindicato Libre, un sindicato amarillo (afín a la patronal)
para debilitar a la CNT. La respuesta anarquista llegó ante los asesinatos de
obreros, respondiendo con la formación de grupos de acción propios (como el
grupo Los Solidarios, integrado por figuras como Buenaventura Durruti o Juan
García Oliver). El Gobierno respondió con la Ley de Fugas que blanqueaba el
terrorismo de Estado. Con ella, la policía podía disparar a los sindicalistas
detenidos bajo el pretexto de que intentaban escapar. En total, se calcula que
este conflicto causó la muerte de unos 200 obreros y decenas de patronos y
miembros de las fuerzas del orden. Esta espiral de violencia llevó al colapso
del sistema liberal de la Restauración y propició que el general Miguel Primo
de Rivera diera un golpe de Estado en septiembre de 1923 para imponer una
dictadura y “restaurar el orden”.
[11]
Septiembre
de 1923, instaurando una dictadura que duraría hasta 1930
[12]
Allí
venían de la Guerra de los Diez años (1868-1878) que finalizó con la Paz de
Zanjón, y la Guerra Chiquita (1879-1880) que no sirvió para nada.
[13]
Abdelkrim
El Khattabi (1882-1963). Nació en Axdir en una familia bereber influyente. Su
linaje familiar era puramente bereber y rifeño. Su familia, el clan de los Aït
Khattab, pertenecía a la belicosa tribu de los Beni Urriaguel (o Aït
Waryaghal). Estudió tanto en instituciones islámicas tradicionales como en
escuelas españolas (bachillerato en Tetuán y Melilla), llegando a cursar
estudios de Derecho y Letras en la Universidad de Qarawiyyin (Fez). Trabajó en
Melilla como maestro, traductor y periodista para el diario El Telegrama del
Rif; llegó a ser nombrado Juez de Paz (Cadí) de Melilla en 1914. Trabajó en el
corazón de la administración militar colonial, dentro de la Oficina
de Asuntos Indígenas, por lo que conocía perfectamente la cultura y el ejército
español. Tras el Desembarco de Alhucemas (1925) y el uso masivo de armas
químicas por parte de las fuerzas coloniales hispano francesas, Abd el-Krim se
rindió ante las tropas francesas en mayo de 1926 terminando confinado en la
isla de Reunión, escapando en 1947, durante un traslado marítimo, obteniendo
asilo político en Egipto. Desde El Cairo lideró el Comité de Liberación del
Magreb Árabe hasta su fallecimiento en 1963.
[14]
Vestidos
sueltos, faldas más cortas, el cabello a lo garçonne, maquillaje marcado y el
fumar y el uso de accesorios como largas boquillas
[15]
El estado
soviético absorbió cerca del 40% de todas las exportaciones mundiales de
maquinaria, convirtiéndose en el principal cliente de la industria pesada
occidental
[16]
En un
momento de desempleo global, miles de ingenieros y obreros cualificados
occidentales (principalmente estadounidenses y alemanes) emigraron voluntariamente
a la URSS atraídos por las ofertas de empleo en la industria pesada.
[17]
Propietarios
de tierras; a raíz de la reforma de 1906. Una clase campesina de pequeños
propietarios. En 1929, coincidiendo con el inicio del Primer Plan Quinquenal,
Stalin decretó la “liquidación de los kulaks como clase” para forzar la
colectivización de la tierra. Este proceso se ejecutó de forma violenta:
arrestados y ejecutados de forma inmediata o enviados a campos de trabajos
forzados del Gulag, deportados masivamente junto a sus familias hacia regiones
remotas de Siberia, los Urales o Kazajistán o despojados de todas sus tierras y
reubicados en terrenos marginales dentro de sus propias regiones.
[18]
El Gulag era la red oficial de campos de concentración y de trabajos
forzados de la Unión Soviética. El término es en realidad un acrónimo ruso
de Glávnoye
Upravléniye Lagerey (Dirección General de Campos), el departamento
gubernamental que administraba este sistema penitenciario bajo las órdenes de
la policía secreta (NKVD).
[19]
4 millones
de muertos: considerado un acto deliberado por la mayoría de historiadores y
reconocido internacionalmente como genocidio por numerosos países. Stalin cerró
las fronteras de la república socialista soviética de Ucrania para impedir que
los campesinos buscaran comida en otras regiones.
[20]
2 millones
de deportados, de los que unos 300.000 murieron en el viaje y 12 millones más
que huyeron de la colectivización, llevando el problema a las ciudades; y entre
6 y 9 millones de muertos por hambre en la Gran Hambruna/Holodomor
[21]
La
política del almirante Miklós Horthy, regente de Hungría entre 1920 y 1944, se
basó en el autoritarismo conservador, el ultranacionalismo y el revanchismo. Su
objetivo central era revertir las pérdidas territoriales del Tratado de Trianon
y frenar el comunismo, lo que llevó al país a aliarse con la Alemania nazi
[22]
Fundada en
1927 por Corneliu Zelea Codreanu bajo el nombre original de la Legión de San
Miguel Arcángel, fue uno de los movimientos fascistas más radicales de la
Europa de entreguerras
[23]
Tras el
golpe de estado de 1926, el bloque político Sanacja (Sanación), un movimiento
de élite cívico-militar autoritario asumió el poder hasta el estallido de la
IIGM, liderado primero por el mariscal Józef Piłsudski y, tras su muerte en
1935, por el general Edward Rydz-Śmigły.
[24]
1934 fue
un año de máxima conflictividad con violentos disturbios, destacando el intento
de asalto al Parlamento en 1934
[25]
7 de junio
de 1936; para frenar la crisis social, el gobierno, la patronal y los
sindicatos firmaron un pacto histórico que introdujo aumentos salariales, el
derecho a la sindicación y las primeras vacaciones pagadas
[26]
30.09.1938;
Junto con el primer ministro británico Neville Chamberlain, el líder italiano
Benito Mussolini y Adolf Hitler, Daladier aceptó la cesión de la región de los
Sudetes de Checoslovaquia a Alemania en un intento de apaciguar a Hitler y
evitar un conflicto.
[27]
El East
End londinense era, por aquellos años, un barrio tradicionalmente de emigrantes
judío y clase obrera. Y allí una coalición de obreros y comunistas, junto a los
mismos judíos residentes, se lo impidió por las bravas. Lo más duro se libró en
Cable Street y ha pasado a la historia como “la batalla de Cable Street”.
[28]
Las
actuales provincias de Brabante Valón, Henao, Lieja, Luxemburgo y Namur.
[29]
Complot
contra la Dictadura de Miguel Primo de Rivera en el que participaron diferentes
sectores de la sociedad: junto a militares de alto rango –generales Weyler y
Aguilera-, se encontraban republicanos moderados y radicales, anarquistas,
intelectuales, etc. El pronunciamiento toma su nombre de la fecha prevista para
su ejecución: el 24 de junio, día de San Juan. Su objetivo concreto era
restablecer el régimen constitucional convocando elecciones generales. Fue
frustrado por filtraciones y se resolvió con arrestos preventivos. Careció de
apoyo popular y obrero, Este movimiento fue uno más de los intentos frustrados
contra Primo de Rivera, al que siguieron, por ejemplo, los levantamientos de
Ciudad Real y de Valencia en 1929.
[30]
Alejandro
Lerroux y Manuel Azaña (Alianza Republicana), Marcelino Domingo, Álvaro de
Albornoz y Ángel Galarza (Partido Radical-Socialista), Niceto Alcalá-Zamora y
Miguel Maura (Derecha Liberal Republicana), Manuel Carrasco Formiguera (Acción
Catalana), Macià Mallol i Bosch (Acción Republicana de Catalunya), Jaume
Aiguadé i Miró (Estat Català), Santiago Casares Quiroga (Organización
Republicana Gallega Autónoma), junto a quienes lo hicieron a título personal: Felipe
Sánchez Román Eduardo Ortega y Gasset,
Fernando de los Ríos e Indalecio Prieto
[31]
Oficialmente
ya se unieron Indalecio
Prieto, Fernando de los Ríos y Francisco Largo Caballero
[32]
El plan
era conseguir unas elecciones que sirviesen para crear unas cortes que
elaborasen una nueva constitución. También se acordó promover una huelga
general en diciembre para forzar la caída del sistema monárquico. No llegó a
realizarse porque muchos de sus impulsores fueron detenidos.
[33]
Alertado
por una funcionaria de la oficina de telégrafos de Jaca
[34]
En las lomas del Monasterio de Santa María de
Cillas, a 3 kilómetros de Huesca
[35]
El 14 de
diciembre, a pesar de ser domingo, los condenados fueron fusilados junto a las
tapias del polvorín de Fornillos, a dos kilómetros de Huesca
[36]
Ramón
Franco Bahamonde, piloto militar y hermano de Francisco Franci. Sus actuaciones
en África pronto le convirtieron en uno de los pilotos más populares de la
Aeronáutica militar. En 1924, recibió la Medalla Militar por sus actuaciones
durante la guerra del Rif. Sus éxitos en la aviación le animaron a organizar el
“raid” conocido como “Vuelo del Plus Ultra” (Palos de la Frontera-Buenos Aires;
22/01-10/02/1926) con otros tres tripulantes: el capitán Julio Ruiz de Alda, el
teniente de navío Juan Manuel Durán y el mecánico Pablo Rada. Con motivo del
éxito obtenido fue nombrado gentilhombre de cámara con ejercicio del rey
Alfonso XIII. Activo republicano, con el advenimiento de la Segunda República
fue nombrado director general de la Aeronáutica Militar, aunque por participar
en el Complot de Tablada en junio de 1931 fue destituido. Tras solicitar
voluntariamente su baja en el Ejército, Ramón Franco se dedicó a la política;
diputado por Barcelona se integró en el grupo parlamentario de Esquerra
Republicana de Catalunya (ERC). En 1933 solicitó —y se le concedió— su
reingreso en la Aeronáutica Militar. El nuevo gobierno radical de Alejandro
Lerroux, buscando mantenerle lejos, lo nombró agregado aéreo en la embajada
española en Washington. En julio de 1936 se unió a los sublevados tras el
fusilamiento de su amigo Julio Ruiz de Alda en la Cárcel Modelo de Madrid. Fue
destinado a la Base de Pollensa, pero el general Kindelán, que mandaba Cuatro
Vientos en 1931, protestó de su nombramiento. Siguió como piloto en la base
realizando acciones de combate y bombardeo en el área mediterránea y murió en
acción en octubre de 1938.
[37]
Este
Joaquín Collar Serra en 1933, junto con el capitán Mariano Barberán en un
Breguet XIX GR acondicionado y bautizado como “Cuatro Vientos” realizarían la
última gran gesta de la aviación española, el raid Sevilla-Cuba sin escalas
(Tablada-Camagüey, 7.895 km en 39 horas y 55 minutos de vuelo.
[38]
https://www.eldebate.com/historia/20260107/sublevacion-republicana-cuatro-vientos-razon-no-bombardeado-palacio-real_371439.html
[39]
El general
Queipo de Llano, los comandantes Franco, Hidalgo de Cisneros, Roa y Puig, los
capitanes Roquet, A. González y Martínez de Aragón, el teniente Coll y el
mecánico Rada. Franco y Rada eran fueron dos de los cuatro integrantes de la
gesta del “Plus Ultra” (22 de enero al 10 de febrero de 1926: primer vuelo
trasatlántico)
[40]
Queipo de
Llano: “Luché por la caída del gobierno de Montero Ríos […], combatí a las
Juntas de Defensa, luché contra aquella Monarquía que perdió un Imperio. Y,
cuando vi la República fría, muerta, sumergida en la vergüenza y el crimen, me
alcé contra ella”.
[41]
Cádiz,
Córdoba, Granada, Lugo, Orense, Pamplona, Palencia y Soria
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