Y sigo en faena, con la historia a cuestas… y llegamos al Siglo XX…
El siglo XX español arranca tocado por el desastre de 1898[1]. Tras él, España intenta reconstruir su política exterior y centra en el Mediterráneo occidental un ámbito de interés que tenía muy olvidado.
Y entonces, el problema es que Francia también mira hacia la misma zona que España. Y en ella hay diversos territorios dentro y fuera de un sultanado que ya es reconocido oficialmente en los gabinetes políticos internacionales como Marruecos; porque Francia lo había puesto en el mapa.
Francia, que controlaba Argelia desde 1830, consideraba al sultanato marroquí como parte de su área natural de influencia. España, por su proximidad geográfica y por sus posiciones de Ceuta, Melilla, peñones e islas norteafricanas no podía (ni algunos querían que pudiera) quedar al margen.
El siglo XX arranca, pues, con la premisa española de llegar a disponer de una zona de influencia en el norte de África más allá de Ceuta y Melilla.
Así, en 1902 Francia y España negocian un acuerdo para delimitar sus respectivas zonas de influencia en el sultanato marroquí. El acuerdo alcanzado no llegó a entrar en vigor porque, finalmente, no sería ratificado[2]. Pero bien que se había tratado la cuestión entre los expertos de ambos países.
Y, sobre acuerdos, en 1904, Francia y Gran Bretaña alcanzan uno de máxima importancia: la
Entente Cordiale. Y dentro de esta
entente resolvieron sus respectivas pretensiones sobre Egipto y
Marruecos: Francia obtuvo la libertad de acción en el sultanato y Gran Bretaña
le reconoció sus intereses en ese territorio[3]. E
impusi el Reino Unido una condición importante en esa Entente: España debía
recibir también una zona de influencia en el norte africano, debido a su
posición geográfica y a sus intereses históricos[4]. Esto estaba especialmente contemplado en la
segunda parte del acuerdo que incluía cinco artículos calificados desde el
primer momento como secretos[5],
algunos de los cuales quedaban condicionados a la aceptación formal española de
determinadas cláusulas del acuerdo franco-británico.
Por ello, en octubre de 1904 se firma el Convenio franco-español sobre Marruecos, que establece las bases de las respectivas zonas de influencia[6]. Francia y España siguieron negociando particularidades del convenio hasta 1907.
Pero Alemania, que no había sido tenida en cuenta para nada en aquella partida a tres (Francia, Gran Bretaña y España), se hizo presente en el territorio reivindicando su nuevo estatus de potencia que poco a poco se iba ganando. El propio káiser Guillermo II se plantó Tánger en marzo de 1905 y declaró su apoyo a la independencia del sultán de Marruecos; y se armó un lío fenomenal que se conoce como crisis de Tánger[7].
Aquello condujo a tener que programar una conferencia
internacional —y España propuso (y fue aceptado) que fuera en Algeciras[8]—
entre enero y abril de 1906, a
la que asistieron las principales potencias europeas —y los Estados Unidos—
para resolver la cuestión marroquí. El Acta
de Algeciras, firmada el 7 de abril de 1906, confirmó la soberanía del
sultán sobre un Marruecos muy reducido en territorio frente al actual y
estableció también mecanismos de intervención y control europeos[9] sobre
el mismo.
Y por aquellos años, entre 1906 y 1911, el sultanato sufrió una severa crisis interna: las rebeliones de las cabilas y la debilidad financiera del sultán Abd al-Hafid socavaron el poder central.
En ese periodo de descontrol de autoridad en territorio magrebí se multiplicaron las hostilidades de las tribus del Rif contra las compañías mineras españolas[10] con terribles enfrentamientos en los alrededores de Melilla. Aquellos episodios degeneraron en la Guerra de Melilla[11] (1909) donde España hubo de soportar humillaciones y desgracias tan lamentables como el llamado desastre del Barranco del Lobo[12]. Para acabar con aquella guerra y la afrenta sufrida, España tuvo que emplearse militarmente a fondo, lo que requirió una importante movilización de reservista desde la península para controlar la situación.
Aquí llegados destacar que el norte de África no ocupaba por entonces una posición constante en el interés de la sociedad española. Su presencia en la opinión pública aumentó de manera extraordinaria cuando la política africana se tradujo en movilización militar, derrotas, víctimas, responsabilidades políticas o cambios de régimen.
El interés africanista de las élites chocaba con el desinterés popular generalizado por la expansión colonial. La instauración del Protectorado español en el norte de Marruecos en 1912 dio continuidad institucional a la política africana, pero no eliminó la controversia sobre su conveniencia.
Y aquella España seguía sin querer ver el concepto geográfico del territorio marroquí y nos pasaba lo que nos pasaba por ese desconocimiento tan grande. Era tal la cosa que hasta el mismísimo José Ortega y Gasset vino a señalarnos que “El Rif es más ignorado que el Tíbet”; y así nos iba. Y así nos va.
Para Ortega, con esa frase, nos vino a echar en cara una realidad que ni en el XIX, ni en el XX, ¡ni en el XXI! vemos. España conocía mal, muy mal, el territorio rifeño, sus características y su organización; se hablaba de intervenir o retirarse sin comprender suficientemente ni el territorio, ni a sus habitantes; y, finalmente, siguiendo a don José, resulta que España nunca ha definido con claridad sus objetivos, sus medios ni sus consecuencias[13], más allá de Ceuta, Melilla y las plazas de soberanía.
Así con esas, poco después de que Ortega nos advirtiera, en julio de 1911, se produjo la llamada Segunda crisis marroquí, también conocida como Crisis de Agadir[14].
Nuevamente, Marruecos estaba sumido en una rebelión de clanes tribales contra el sultán Mulay Abd al-Hafid. Francia, alegando que debía proteger al sultán y a los europeos, intervino militarmente y ocupó militarmente Fez y Mequinez. Por su parte, como consecuencia del acuerdo franco-español, España ocupó Larache y Alcazarquivir, restando poder al sultán.
Los movimientos y acciones de España y las intervenciones militares de Francia, fueron interpretadas por Alemania como un paso hacia el establecimiento de un auténtico protectorado francés en Marruecos, contrario al espíritu del Acta de Algeciras de 1906. Y en esas que el 1º de julio de 1911 se presentó el cañonero SMS Panther en el puerto de Agadir, en la costa atlántica marroquí.
La comunicación oficial era que entraba para proteger a los ciudadanos e intereses alemanes en medio de aquellas revueltas tribales; pero en realidad era una demostración de fuerza y la forma en la que el káiser Guillermo exigía a Francia compensaciones por su cada vez mayor presencia en el norte de África.
Aquel mes de julio Europa estuvo muy cerca de una guerra entre Alemania y Francia. La situación se complicó porque Gran Bretaña respaldó a Francia; Londres temía que Alemania pudiera establecer una base naval en Agadir, alterando el equilibrio estratégico del Atlántico y del acceso al Mediterráneo; y activó Royal Navy.
Finalmente, Alemania y Francia negociaron el 4 de noviembre de 1911 un acuerdo in extremnis: Alemania aceptó que Francia estableciera un protectorado sobre Marruecos y Francia cedió a Alemania partidas territoriales del Congo francés que se incorporaron a lo que era el Camerún alemán.
España, que pintaba muy poco en aquella crisis, aprovechó para asegurar su posición en su franja territorial. Y para evitar más sangre de la juventud española, el 30 de junio de 1911, creó una unidad militar llamada Grupo de Fuerzas Regulares Indígenas de Melilla formado por tropa indígena de las tribus marroquíes más afines a España (alistada voluntariamente) y mandada por oficiales y suboficiales españoles que servirá en los sucesivos conflictos como fuerza de choque muy bien adaptada al terreno y al tipo de guerra en el Rif. La orden fue firmada por el ministro de la Guerra, Agustín Luque, y promovida por el teniente coronel Dámaso Berenguer.
Dicho esto, lo que cambia en el periodo 1911-1912 es el entorno geopolítico de Ceuta: desapareció progresivamente el sultanato independiente como espacio entre las potencias europeas y aparecieron, finalmente, tanto el Protectorado francés como el Protectorado español[15] a partir de un nuevo acuerdo que se plasmó en otro Tratado franco-español[16], el 27 de noviembre de 1912. Será entonces cuando Ceuta y Melilla cobren un especial protagonismo como importantes bases y cabezas de puente de la presencia española en el territorio del Protectorado español.
Mientras tanto, en la península y las grandes islas españolas, en la opinión pública coexistían diferentes posiciones. Por un lado, estaban los africanistas que defendían la presencia española por razones estratégicas, de prestigio nacional y, en determinados casos, económicas; casi junto a ellos, los militares y sectores vinculados al Ejército que consideraban necesario consolidar el dominio español, aunque existían discrepancias sobre los medios y el coste de las operaciones; frente a ambos estaban los republicanos, los socialistas y los sectores obreros que mantenían críticas a la intervención, al reclutamiento y a los costes humanos y económicos. Y, finalmente, los conservadores y los monárquicos que presentaban la permanencia en Marruecos como una cuestión de responsabilidad nacional; pero no constituían un bloque homogéneo
Y aquí llegados, sí que me gustaría plantear una cuestión trascendente en esto de los protectorados.
En 1912, Francia y España firmaron el Tratado de Fez y el Convenio de Madrid[17] [18]; Francia se quedó con la mayor parte del territorio (Protectorado Francés), pero (en realidad) subcontrató a España la zona norte (el Rif y Jebala) y una franja en el sur (Tarfaya), debido al interés estratégico español y a las presiones de Gran Bretaña para que Francia no controlara la otra orilla del Estrecho de Gibraltar. Legalmente, reconocían el poder del Sultán (residente en la zona francesa).
En base a ambos acuerdos, en 1913 España ocupa Tetuán (y crea el Grupo de Fuerzas Regulares Indígenas número 2 para su defensa), lo que consolida la función de Ceuta como plataforma logística y militar (donde se crea el Grupo de Fuerzas Regulares Indígenas número 3; el 31 de julio de 1914). La nueva administración del Protectorado se organiza desde Tetuán, mientras Ceuta mantiene la Comandancia General.
Coincidiendo con el inicio de la IGM, en 1914, donde España no es beligerante, la Compañía Española de Colonización[19] (CEC) inició la construcción de la línea férrea Ceuta-Tetuán[20] en el protectorado español, lo que atrajo a numerosos empresarios de la construcción, el transporte y la metalurgia. El puerto ceutí experimentó inmediatamente una notable expansión. Se instalaron importantes concesiones de depósitos comerciales y de aprovisionamiento de carbón y combustibles (como los de Rius[21] o Ibarrola[22]) para suministrar a los buques civiles y militares. Pero la población en general sufrió la inflación y desabastecimiento de bienes básicos por la guerra europea.
Y de este tiempo de la IGM hay un episodio relacionado con Ceuta que no quiero olvidar.
Se originó en Cádiz. Allí, en la primavera de 1917, el general Miguel Primo de Rivera, en un discurso de ingreso ante la Real Academia Hispano-Americana de Ciencias y Artes de Cádiz, cuando era gobernador militar de la ciudad, se pronunció sobre la necesidad de materializar un intercambio de Ceuta por Gibraltar[23].
Sostenía Primo de Rivera que España debía abandonar lo que llamó “aventuras” y “problemas coloniales” en tierras del sultanato marroquí con la célebre frase: “ciego será quien no vea que nos lleva a la ruina”[24].
El discurso generó un enorme escándalo político y mediático en la España de la época. Debido a la fuerte oposición política (como la del Marqués de Polavieja, que lideraba los Comités Neutralistas y dirigía el periódico La Nación), Primo de Rivera fue cesado como gobernador militar de Cádiz un mes después. Ceuta era tan española que España no se desprendía de ella; ni por Gibraltar.
Y esto es muy interés porque a partir de 1923 Marruecos dejó de ser solamente una cuestión de política exterior o de estrategia militar para convertirse en un asunto central del debate político nacional.
Y mañana seguiremos con Ceuta… tras la IGM… conflicto en el que España mantuvo su neutralidad y debía evitar que sus puertos y aguas se utilizaran como bases de operaciones de cualquiera de los contendientes. Las obligaciones de los Estados neutrales estaban reguladas por el derecho internacional, en particular por los convenios de La Haya. La neutralidad española no eliminó la actividad de los servicios de información ni las presiones diplomáticas.
Aunque Ceuta no fue un frente de batalla de la Gran Guerra, su posición geográfica, su condición militar y su vinculación con Marruecos la situaron en un escenario donde la neutralidad española convivía con los intereses estratégicos de las grandes potencias europeas. Lo más destacado podría ser, según recogió la Revista General de Marina, publicación oficial de la Armada, que el 8 de noviembre de 1918 fue hundido frente a Ceuta el submarino alemán U-34 por el buque británico Privet, un denominado Q-ship o barco trampa, camuflado para sorprender a los submarinos enemigos. Armada Española. El episodio se produjo en los últimos días de la guerra.
[1]
Se conoce
con esta expresión la derrota de España frente a Estados Unidos en la guerra
hispano-estadounidense de 1898 y la consiguiente pérdida de los últimos grandes
territorios de su antiguo imperio colonial. El conflicto tuvo como antecedente
inmediato la insurrección independentista cubana, iniciada en 1895, a la que se
sumó la intervención militar estadounidense, justificada públicamente por la
defensa de sus intereses y de la población de la isla. La explosión del
acorazado estadounidense USS Maine en el puerto de La Habana, el 15 de febrero
de 1898, desencadenó una crisis diplomática que desembocó en la declaración de
guerra de Estados Unidos a España en abril de aquel año. La superioridad naval
y militar estadounidense se hizo patente en las batallas de Cavite, en
Filipinas (1 de mayo), y Santiago de Cuba (3 de julio), donde fueron destruidas
las principales escuadras españolas en ambos escenarios. La derrota obligó a
España a solicitar la paz y culminó en el Tratado de París (10.12.1898) en el
que España renunció a su soberanía sobre Cuba y cedió Puerto Rico, Guam y
Filipinas a Estados Unidos. En 1899, además, España vendió a Alemania sus
últimas posesiones insulares del Pacífico: las Carolinas, las Marianas —excepto
Guam, ya cedida a Estados Unidos— y Palaos, poniendo prácticamente fin a su
presencia colonial en el Pacífico. La pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas
supuso mucho más que un retroceso territorial: significó el derrumbe definitivo
de la condición de España como potencia colonial de primer orden y provocó una
profunda crisis política, militar, económica y moral. El impacto alimentó el
regeneracionismo, el cuestionamiento del sistema político de la Restauración y
la reflexión de la llamada Generación del 98 sobre la decadencia nacional. A
partir de ahí, Marruecos y el entorno del estrecho de Gibraltar adquirirían una
relevancia creciente en la política exterior española, aunque desde una
posición de poder muy distinta de la que había caracterizado a la Monarquía
hispánica durante siglos.
[2] Confluyeron las
reticencias políticas del Gobierno español, las dudas sobre la reacción
británica y, según una interpretación historiográfica relevante, el cambio de
actitud de la propia Francia ante las concesiones territoriales que había
ofrecido a España. Las negociaciones entre el ministro francés de Asuntos
Exteriores, Théophile Delcassé, y el embajador español en París, Fernando León
y Castillo, dieron lugar a un proyecto de convenio que pretendía delimitar las
respectivas zonas de influencia en el sultanato de Marruecos. En el norte,
España obtenía una extensa zona de influencia; en el sur, se reconocía a España
una esfera de influencia que comprendía territorios desde la mitad meridional
del valle del Sus hasta la Saguia el Hamra. En el conjunto, el proyecto
reconocía a España una posición territorial mucho más amplia que la que
conseguiría posteriormente en los acuerdos de 1904 y 1912. Pero tras el
desastre colonial de 1898, España carecía de la capacidad militar y diplomática
de las grandes potencias europeas. Las negociaciones se habían desarrollado
durante el Gobierno liberal de Práxedes Mateo Sagasta y el Gobierno conservador
que llegó al poder en el momento de la firma, dirigido por Francisco Silvela no
quiso asumir el riesgo de cerrar un acuerdo de aquella trascendencia sin
garantías diplomáticas suficientes. Al mismo tiempo, el Estado Mayor francés
veía con preocupación que la delimitación territorial prevista dificultara la
conexión entre Argelia y la costa atlántica marroquí, lo que influyó
decisivamente para que el ministro francés de Asuntos Exteriores, Théophile
Delcassé terminara rechazando la firma del texto en las condiciones previstas. https://www.scielo.org.mx/scielo.php?pid=S2448-654X2015000100117&script=sci_arttext_plus
[3]
Gran
Bretaña consiguió tres objetivos estratégicos: consolidar su posición en
Egipto, donde ejercía una ocupación de hecho desde 1882, sin que Francia
obstaculizara su actuación; proteger Gibraltar y el acceso al Mediterráneo (el
artículo VII impedía a Francia levantar fortificaciones u obras estratégicas en
una parte de la costa marroquí que se extendía desde las proximidades de
Melilla hasta la zona del río Sebú); y preservar sus ya de por sí importantes
intereses comerciales en Marruecos, evitando que Francia estableciera un
monopolio económico que perjudicara al comercio británico.
[4]
En
realidad, Gran Bretaña no quería tener a Francia frente a Gibraltar.
[5]
El
artículo III del articulado secreto estipulaba que una parte del territorio
marroquí adyacente a Melilla, Ceuta y las demás plazas españolas pasaría a la
esfera de influencia española cuando el sultán dejara de ejercer su autoridad
sobre ella. También contemplaba que España asumiera la administración de la
costa desde Melilla hasta las alturas de la margen derecha del río Sebú, con
las condiciones establecidas en el acuerdo.
https://avalon.law.yale.edu/20th_century/entecord.asp
[6]
El acuerdo
contemplaba: una esfera de influencia española en el norte desde la
desembocadura del río Muluya y continuaba hacia el interior siguiendo diversos
accidentes geográficos y divisorias de cuencas; una esfera de influencia
española en el sur, también delimitada geográficamente; y el reconocimiento de
los derechos españoles relacionados con el establecimiento de Santa Cruz de Mar
Pequeña, identificado con Ifni, cuyas delimitaciones se precisaban en el
convenio. Durante un primer período, que no podía exceder de quince años,
España se comprometía a actuar de acuerdo con Francia. A su vez, Francia debía
informar previamente al Gobierno español de sus actuaciones ante el sultán
cuando afectaran a la esfera de influencia española. Por una parte, se publicó
una declaración franco-española en la que ambos países afirmaban su compromiso
con la integridad del Imperio marroquí bajo la soberanía del sultán. Por otra
parte, se firmó un convenio secreto que detallaba las zonas de influencia, sus
límites y las condiciones para el ejercicio de los derechos de ambas potencias.
[7] Grave conflicto
internacional que enfrentó a Francia y al Imperio alemán por el control
colonial de Marruecos. El incidente puso a prueba las alianzas europeas y
sirvió como un tenso prólogo de la Primera Guerra Mundial. El verdadero
objetivo de Alemania no era defender a Marruecos, sino poner a prueba la
solidez de la Entente Cordiale. La agresiva postura alemana desató el pánico en
Europa, situando a las potencias al borde de un conflicto armado masivo. Para
evitar la guerra, se convocó una conferencia internacional en Algeciras,
España, que sesionó a principios de 1906. El resultado supuso un fracaso
diplomático rotundo para Alemania.
[8]
Las
reuniones se celebraron en el Hotel Reina Cristina, inaugurado en 1901 y que
acogió a las delegaciones diplomáticas de las potencias participantes.
[9]
Otorgaba a
Francia y España el control de las aduanas, las finanzas y la fuerza policial
de los puertos marroquíes y dejó la puerta abierta para que ambas potencias
expandieran paulatinamente sus esferas de influencia sobre el territorio
jerifiano
[10][10] El hierro
obtenido en los montes Uixán y Axara, dentro de la provincia de Nador,
destacaba por tener un porcentaje de pureza muy elevado (entorno al 63%),
superior al de la mayoría de las minas del País Vasco o de Gran Bretaña. Esto
lo convertía en una materia prima codiciada para la industria pesada y
armamentística europea de la época. El
mineral se extraía en la zona de Beni Buifrur y se transportaba a través de
ferrocarriles mineros construidos expresamente hasta Melilla. La Compañía
Española de Minas del Rif (CEMR) era la titular de la explotación y construyó
hasta un cargadero de mineral en el puerto melillense. Al ser una materia prima tan codiciada en
Europa, la Compañía Española de Minas del Rif (CEMR) sirvió como la principal
fuente de divisas extranjeras para España incluso durante la Guerra Civi. El
hierro se exportaba masivamente a países como Alemania e Inglaterra a cambio de
capital y recursos.
[11]
Cruento
episodio bélico que enfrentó a tropas españolas contra las cabilas rifeñas
(tribus bereberes de la región de Guelaya y Quebdana, en el Rif oriental). El
conflicto se extendió entre el 9 de julio (cuando guerrilleros rifeños atacaron
a los obreros que construían el ferrocarril minero que uniría el monte Wiksan
con el puerto de Melilla en el barranco de Sidi Musa) y el 27 de noviembre de
1909. El día más negro del conflicto fue el 27 de julio de 1909. Una columna española bajo el mando del
general Guillermo Pintos avanzó de forma imprudente por los desfiladeros del
Monte Gurugú. Los tiradores rifeños, ocultos en las crestas y cuevas del
Barranco del Lobo, emboscaron a las tropas españolas desprotegidas. El
resultado fue una matanza atroz. España sufrió más de 150 muertos y cerca de
600 heridos en solo unas horas. España reaccionó y con más de 35.000 soldados
peninsulares resolvió la situación y capturó las localidades de Nador y Celuán.
El 26 de noviembre de 1909, las tropas españolas aseguraron definitivamente los
yacimientos mineros del monte Wiksan. Al verse acorraladas y superadas en
número, las cabilas depusieron las armas y firmaron los acuerdos de sumisión y
paz. El balance fue terrible: (549 caídos en combate y 211 por enfermedades) y
casi 2.000 heridos. Aunque la guerra terminó con una victoria militar y la
ampliación de la zona de seguridad en torno a Melilla, solo supuso una tregua
temporal; la hostilidad en la región se reanudaría de forma masiva tras el
establecimiento formal del Protectorado en 1912, desembocando en la terrible
Guerra del Rif.
[12]
27 de
julio de 1909. El Barranco del Lobo, un desfiladero escarpado, rocoso y lleno
de cavidades a los pies del imponente macizo del Monte Gurugú. Se adentraron el
él para asegurar el paso de un convoy de suministros. El avance español estuvo
marcado por graves fallos operativos: falta de información táctica (se
desconocía por completo el número y la ubicación exacta de los guerrilleros
rifeños bien asentados en las cumbres), muchos de los soldados enviados eran
reservistas recién desembarcados de la península (llegaron fatigados por el
viaje y sin ningún tipo de entrenamiento en combate de montaña) y, finalmente,
la columna se adentró en el fondo del barranco quedando totalmente expuesta
desde las alturas y sin el apoyo previo de la artillería. La noticia del
desastre (153 muertos, aunque se habló de miles, y 599 heridos) actuó como un
polvorín en España. En Barcelona, donde la agitación de la Semana Trágica ya
estaba en marcha debido a la forzosa movilización de los reservistas de clases
bajas, la filtración de la matanza exacerbó la violencia de las protestas
populares y las huelgas antimilitaristas (balance de la semana. 159 muertos y
441 heridos). Militarmente, el revés del Barranco del Lobo obligó al Gobierno
de Antonio Maura a un cambio radical de doctrina: se enviaron más de 40.000
soldados a Melilla, se incorporaron innovaciones como globos aerostáticos para
vigilar la orografía del Gurugú y evitar nuevas emboscadas, y se inició una
lenta pero implacable campaña de castigo que sometió la zona meses después.
[13]
La tesis
(El Rif es más ignorado que el Tíbet) aparecerá desarrollada en sus reflexiones
sobre el problema marroquí y, de manera muy clara, en su conferencia Vieja y
nueva política, pronunciada en el Teatro de la Comedia de Madrid el 23 de
marzo de 1914. En esta ocasión denunciara, además, que los españoles no sabían
realmente qué sucedía en Marruecos ni por qué su país se había comprometido
allí.
[14]
Grave
crisis internacional entre Alemania y Francia por Marruecos, con España y,
sobre todo, Reino Unido implicados diplomáticamente. Fue una de las grandes
crisis que precedieron a la Primera Guerra Mundial
[15]
El protectorado español tenía una extensión
aproximada de 20.000 kilómetros cuadrados —lo que hoy en día ocupa la provincia
de Cáceres— y estaba dominado por la cadena montañosa del Rif. La cadena
montañosa del Rif dividía el Protectorado en cuatro zonas: la zona atlántica,
con llanuras bajas y fértiles; la horquilla central, con valles y montañas; la
zona montañosa, accidentado y poco fértil; y la zona oriental, con un paisaje
casi desértico.
[16]
Acuerdo por el que Francia y España
delimitaron sus respectivas zonas de influencia en Marruecos, después de que el
Tratado de Fez del 30 de marzo de 1912 estableciera el protectorado francés.
Marruecos no desaparecía formalmente como sultanato. El sultán conservaba su
autoridad religiosa y una soberanía formal, pero Francia y España asumían
amplias competencias administrativas, militares y económicas en sus respectivas
zonas. El convenio, firmado en Madrid por representantes de Alfonso XIII
(Manuel García Prieto (1859-1938), marqués de Alhucemas y ministro de Estado) y
de la República francesa (León Marcel Isidore Geoffray (1853-1927), embajador
extraordinario y plenipotenciario de Francia en España), estableció las
condiciones de la presencia española en Marruecos en 3 zonas: la Zona norte,
comprendía territorios del Rif, Yebala y la región de Tetuán, con capital en
Tetuán; la Zona sur, que comprendía el territorio de Cabo Juby, en torno a
Tarfaya, al norte del Sáhara español; y la Zona de Ifni, que el acuerdo
contemplaba también la cuestión de los derechos españoles sobre Ifni, cuya
delimitación y ocupación efectiva tuvieron su propia evolución. En las tres,
España ejercería su autoridad protectora mediante un alto comisario y un
jalifa, representante del sultán marroquí en la zona española.
[17]
Convenio hispano-francés para precisar la
situación respectiva de los dos países respecto al imperio jerifiano es el
nombre del tratado bilateral internacional franco español que estableció
legalmente el Protectorado español en Marruecos. Supuso el marco jurídico
definitivo que rigió la presencia española en el norte de África durante 44
años, hasta que la declaración conjunta hispano-marroquí de abril de 1956 lo
dejó sin efecto al reconocer la independencia del país. Las fronteras
definitivas asignadas por Francia en Madrid fueron notablemente más reducidas y
pobres que las que ambos países habían preacordado de forma secreta en un
tratado anterior de 1904.
[18]
En las conversaciones hispano-marroquíes
conducentes a la finalización del régimen de Protectorado, España da por
supuesto que los territorios que debe abandonar son la zona norte, el jalifato
de Tetuán, y la zona sur, Tarfaya. En ningún momento se tratan los territorios
de Ifni, Sahara, Ceuta y Melilla e islotes (Hispania, 2013, vol. LXXIII, nº.
245, septiembre-diciembre, págs. 817-844; ISSN: 0018-2141, e-ISSN: 1988-8368,
doi: 10.3989/hispania.2013.023)
[19]
La CEC fue empresa privada impulsada a
principios del siglo XX, estrechamente vinculada a las altas esferas políticas
y económicas de España —incluido el rey Alfonso XIII—, con el propósito de
liderar la colonización y explotación agrícola en el Protectorado español de
Marruecos. Operó en la zona oriental del Protectorado español de Marruecos
entre 1912 y 1956, impulsando el cultivo y la explotación de tierras tras la
pacificación del territorio. Abrió al
cultivo varias áreas en la región del Rif, destacando la Llanura del Garet (con
más de 20 000 hectáreas), además de tener presencia en la cuenca del Kert y la
zona del Lucus. Fomentó la llegada de
agricultores peninsulares, impulsó cultivos industriales como el algodón y
ofreció apoyo a los colonos mediante préstamos de dinero, semillas o aperos de
labranza. La llegada sostenida de miles de colonos españoles dio lugar a una
convivencia compleja en el territorio del Protectorado. Desde la perspectiva
local, la rápida proliferación de costumbres ajenas (asociadas a la población
cristiana y europea) supuso un impacto negativo sobre las tradiciones e
identidad islámicas de la región. Se crearon
dos comunidades que, si bien coexistían en los mismos espacios de producción
agrícola, vivían bajo realidades jurídicas y socioeconómicas marcadamente
desiguales, sembrando un resentimiento que alimentó los posteriores movimientos
de liberación e independencia.
[20]
De 41 kilómetros, inaugurada el 17 de mayo de
1918, para el transporte de pasajeros, mercancías y suministros; con utilidad
militar y estratégica. Contó con nueve estaciones y apeaderos. Aunque
inicialmente se contempló un ancho de vía internacional para facilitar su
conexión con el ferrocarril Tánger-Fez, las dificultades de construcción y la
necesidad de acelerar las obras llevaron a adoptar finalmente el ancho métrico.
La línea pretendía reforzar la posición de Ceuta frente a la competencia de
otros puertos de la región y convertir
Ceuta en un centro de comunicaciones con el territorio del Protectorado.
[21]
Salvador de la Trinidad Rius y Torres fue un
empresario naviero, comerciante y político catalán. Fue diputado a Cortes por
el distrito barcelonés de Mataró en varias legislaturas. En 1907 participó en
la constitución de la Mutua General de Seguros y, posteriormente, orientó parte
de sus intereses empresariales hacia el norte de África. Rius obtuvo también la
concesión del ferrocarril Ceuta-Tetuán mediante un real decreto de 2 de junio
de 1911. La Compañía Española de Fomento en África constituida en 1912, buscaba
promover actividades comerciales en el Protectorado español de Marruecos.
[22]
Enrique Ibarrola Abaña obtuvo en 1920 una
concesión para establecer depósitos de suministro de carbón y combustibles para
buques, concretamente de mazut, que es fueloil pesado, residual y de
baja calidad que se obtiene en la última etapa del proceso de destilación y
refinamiento del petróleo crudo, justo después de extraer componentes más
ligeros como la gasolina y el diésel. Se trata de una sustancia negra, ultraespesa,
alquitranada y altamente viscosa.

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