En materia de precios hoteleros (y otras cuestiones del
Turismo), 1957 marca la inflexión administrativa. Tal vez la iniciativa más
notoria cabría adjudicársela, en importancia, a la Ley del Suelo (1956) pero el
corpus legislativo más impactante -y centrado en la materia- se inicia en 1957
con una Orden Ministerial (14.06.1957) que reglamenta la industria hotelera de
arriba abajo, en especial los precios de la hotelería.
El profesor Carmelo Pellejero es tajante en su análisis (que
Pack recoge): “Las normas se habían
diseñado -1939- con el objetivo de atraer turistas a toda costa, pero no para
hacer que el propio sector turístico prosperase”. De ahí la importancia de
las medidas administrativas de 1957. Corregida la cuestión precios, no se
estuvo ni diligente ni previsor en la cuestión del litoral, pero esa es harina
de otro costal.
En un principio se prensó que todo el monte era orégano[1] y
la costa, que por entonces estaba como virgen, se convirtió en el objetivo de
todos. La Costa Brava se entendió como una prolongación de la Costa Azul
francesa y, además, se buscó una alternativa bien al sur que resultó ser el
entorno malacitano que tanto esfuerzo promotor -sin éxito- había recibido desde
los años 20 para captar el turismo de Tánger y de Gibraltar. Ahora se proponía
a Europa descubrir “el asombroso
contraste del paisaje con la montaña abrupta por un lado, y el llano casi
tropical por otro, y el pintoresco humano”. Todo esto estaba muy bien pero
hasta que la moda del bronceado no irrumpió en España, la Costa del Sol (y
las demás soleadas del Mediterráneo) solo rascaban la bola justa para no
desaparecer.
La moda del bronceado[2]
fue determinante: el norte perdió su atractivo. Ahora se buscaba “el seguro de Sol”[3]. Y
con sol ‘asegurado’ y el bronceado por medio, los centímetros cuadrados de ropa
iban recortándose hasta el extremo de ‘afectar’ a la moral pública, con lo que
proliferaron en los años 50 las directrices de la Dirección General de
Seguridad (para que los gobernadores civiles las aplicaran) sobre la materia.
Evitar “extralimitaciones que con motivo
de los baños… pueden menoscabar el decoro público”. Entro en nuestras
vidas, y en las de los turistas, el albornoz
playero. El Reglamento de los Trajes de Baño en España espantaba a muchos
turistas, especialmente británicos. Pero resultó mucho más el ruido que las
nueces y hay más literatura fantástica sobre el tema que expedientes incoados.
Esto del Turismo en España ya era imparable a mediados de
los años cincuenta. De tal modo, se preparó en 1957 el borrador de la Ley de Centros y Zonas de Interés Turístico
Nacional (CyZINT) que, aunque extrañamente
muy bien defendida por el ministro Arias Salgado, no pasó de ser un borrador
hasta la definitiva de 1963, habiendo perdido una oportunidad de oro de regular
el sector seis años antes. A pesar de las abrumadoras evidencias a favor del
Turismo, muchos jerarcas del Régimen no veían aún en él la industria de los
forasteros que mentes más despiertas habían visto medio siglo antes y muchos
seguían viendo entonces. El que Santiago de Compostela funcionase como centro
de peregrinación y la Alhambra de Granada tuviese reconocimiento junto a Toledo
y algunas joyas arquitectónicas del centro peninsular tapaba el éxito de las
playas y posibilitaba que no se pusieran cortapisas al turismo. Es más, en 1957
España firmó su incorporación al Tratado Internacional de Circulación de Vehículos
a Motor a pesar de que hasta entonces habían estado circulando, de siempre,
vehículos “extranjeros” por las carreteras españolas, pero aquello nos situó en
el mapa internacional de los desplazamientos. ‘Oficialmente’, no podían
circular; pero nadie reparaba en ello. Sí, en el Reino Unido se utilizaba la British Visitor Card (que se conseguía
gratis en las agencias de viajes) pero en España no había indicativo de tipo
alguno, por dejadez, como en el resto de la Europa Occidental continental (por
regulación).
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Los artífices del Plan de 1959: Ullastres y Navarro Rubio |
Y, a todo esto, lo que más pesó en el auge del turismo es
que ya en 1953 su cuenta de resultados se acercaba a pasos agigantados a
nuestras principales fuentes de ingreso de divisas: la minería y la agricultura
de exportación. Estaban ya casi a la par y, querámoslo o no, “la pela, es la pela”. Interesaba a todos
que el turismo funcionase bien: los países emisores permitían salidas de
divisas que España luego invertía en comprarles productos. El negocio
funcionaba en las dos direcciones.
Pero el momento clave del turismo español llegará con la
entrada en vigor del Plan Nacional de
Estabilización Económica (1959) que (al devaluar la peseta) dio aún más
valor a la moneda que traían los turistas. El mismo 1959, la medida reflejó un
aumento de un 15% en turistas, llegando a un 57% en 1960… lo que se traducía en
un mayor ingreso de divisas.
Pero la cuestión de las divisas se ponía cada vez peor por la
existencia de un mercado negro y la falta de competitividad de nuestra
agricultura y minería una vez en marcha el Mercado Común Europeo donde Argelia
(entonces Francia) nos hacía la puñeta en cítricos y hortalizas, nuestra
minería entraba en choque con la de los seis países ahora consorciados y en
Turismo competíamos con Italia y Francia. Necesitábamos un estímulo superior y
más divisas. Un Despacho de la Embajada en Bonn a la Dirección General de
Política Económica alertaba -el 20 de marzo de 1957- que en Alemania era
posible cambiar marcos a pesetas a un cambio de 11’50 pesetas, mientras que en
España lo haría a 9’26 pesetas. La mayoría de los alemanes llegaban ya con las
pesetas cambiadas. Cuando las autoridades alemanas fueron conscientes de que
esa práctica perjudicaba la posición de España para pagar sus compras en
Alemania, actuaron para evitar estas prácticas, pero ya en 1960.
Lo mismo ocurrió en los demás países emisores, aunque con
distintos mecanismos. Con los EEUU se trabajó en los acuerdos bilaterales; con
Gran Bretaña, en acuerdos comerciales supervisados por el Banco de Inglaterra
(pero ineficaces porque trabajaban en dólares, preferentemente, con lo que
salían aún más beneficiados); y con Francia, nuestro principal cliente, hubo un
largo tira y afloja que coincidió con devaluaciones de moneda de ambos países y
un acuerdo de reciprocidad. La Grandeur
impulsó a Francia a exigir las mismas medidas que a los norteamericanos… y
aceptamos.
Con la perspectiva del tiempo se observa con nitidez, como
dice Pack, que el turismo para España “fue una de las causas de la reorientación
económica, más que uno de sus efectos secundarios”. Desde 1954, Forns y
otros economistas ya cuantificaban los efectos del turismo: captación de
divisas y fórmula de propaganda de las bondades del Régimen.
Se cuenta que Mariano Navarro Rubio, ministro de Hacienda,
le envió una súplica a Franco: “estamos a
dos pasos de la quiebra”. Y Franco aceptó la devaluación y todo el Plan
Nacional que se orquestó dentro de una gran ola general de liberalización
económica de la Europa Occidental… y todos los países aumentaron el límite de
dinero que sus nacionales podían sacar del país para irse de vacaciones.
[1]
Orégano (Origanum vulgare),
etimológicamente “planta que alegra el monte”; es que la plató Afrodita.
[2]
El bronceado la pone lo pone de modo Cocó Chanel a medidos de los años 20.
Regreso de un crucerito por el Mediterráneo un poco tostada por el sol y todas
la quisieron imitar, pero en realidad buscan imitar a la “diosa criolla”
Josephine Baker, “la mujer de la piel caramelo”, la “Venus negra”. Pero hasta
que el perfumista francés Jean Patou no lanza el aceite bronceador (1927) no se
pone en marcha la moda del bronceado que a España llega a finales de la década.
[3]
Luego se popularizó en una canción de Los Mismos (1968). “El hombre del tiempo”
y se centró en Tenerife.
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