31 ene. 2016

DE QUE YA DES LOS FELICES 20 (DEL SIGLO XX) SE HABLÓ DE CALENTAMIENTO… Y HASTA DE GLACIACIÓN


Cuando Jorge Olcina, en Los Cafés del Meliá, hablándonos del clima sacó la otra tarde a colación un libro de Hubert Horace Lamb de los años setenta me acordé de una publicación de la Unesco (El Correo de la Unesco) que tengo por casa y que el paso de los años ha vuelto aún más amarillo el papel y lo ha dotado de una inaudita fragilidad.

Huber H. Lamb
Hubert H. Lamb era en los años 70 director del Centro de Investigaciones Climáticas de la Universidad de East Anglia (Reino Unido) y había realizado un intenso trabajo en relación con estas cuestiones. Había publicado The changing climate (1966) y Britain’s Change Climatic (1967). Para él, entonces, todo iba camino de una glaciación; se le llegó a llamar “el Hombre de Hielo” porque asustaba anunciando una posible glaciación. Entonces, un calentamiento se veía hasta con buenos ojos, pero una glaciación suponía un problema conceptual.

La Universidad de East Anglia es una de las del Programa Nuevas Universidades puesto en marcha por el Reino Unido en los años 60 tendente a acentuar la investigación. Independientemente de su actividad académica, a esta Universidad se le acusó de haber iniciado el programa de mentalización social propuesto desde el Gabinete de Margaret Thatcher, a través de Sir Crispin Tickell, para evidenciar la contribución de la combustión del carbón -vamos, del CO2- en el calentamiento terrestre desde los años 70 y contener a los mineros galreses tras sus programas de reconversión minera. Pero se hizo famosa por el Climagate (2009) cuando salieron a la luz centenares de e-mails cruzados entre los científicos de la Climatic Research Unit, el Centro de Investigaciones Climáticas al que perteneció Lamb en los 70 donde, a la luz de las informaciones aparecidas en prensa, se advertía de manipulación de datos a favor de la tendencia del calentamiento global planetario. Tanto la investigación oficial de la Policía (¿?) como de otros organismos -desde el Comité de Ciencia y Tecnología del Parlamento Británico, al IPCC, la Universidad de Pensilvania o la Agencia de Protección Ambiental de los EE.UU.- llevadas a cabo entre 2009 y 2011, descartó la existencia de evidencias de fraude y mala praxis, todo lo más, claras evidencias de desorganización y mentalidad de grupo.  

Pero volvamos a los años 70 en los que Lamb advertía de que “las más recientes tendencias climáticas nos han obligado a reconocer que los cambios y fluctuaciones del clima se vienen produciendo desde siempre y constantemente, incluso en nuestra propia época, y que esos cambios se deben a la vez a causas naturales y a nuestra propia intervención”. Pues… como ahora; exactamente como ahora: causas naturales y meteduras de pata antrópicas.

Hubert Lamb se fue ganando un renombre internacional por su predicción de un gradual enfriamiento global. Pero la verdad es que al poco estaba ya convencido de que lo mismo nos podía llegar un calentamiento global. No lo tuvo claro.

The Times Sábado, 9 de agosto 1975, Pág. 14
Sí, ya sé que siempre se le ha colgado el sambenito de una edad de huelo, pero el caso es que Hubert Lamb dudaba. Argumentaba que: “los cálculos efectuados en todo el mundo muestran que, desde 1880 hasta una fecha posterior a 1940, el clima de la tierra tendía en general a volverse más cálido”. Vamos, que apuntaba a calor, aunque siempre se le ha colocado en la versión contraria: él defendía que aún era pronto para señalar los efectos de la Oscilación del Atlántico Norte y aventurarse en planteamientos, pero...

Los científicos comprobaban sobre el hielo, y los submarinos atómicos bajo el hielo, que “el hielo de los mares árticos disminuyó un 10 % aproximadamente y su espesor general en un tercio, más o menos”. Eso era en los 70 del siglo XX…

En algunos de los primeros trabajos científicos sobre el tema se atribuía el calentamiento a la producción por el hombre de anhídrido carbónico al quemar combustibles fósiles (carbón, petróleo, etc.). Alfred J. Lotka, desde la John Hopkins, predijo -en 1924- que “la actividad industrial podría duplicar la cantidad de CO2 en la atmósfera”, y George E. Hutchingson, biólogo de Yale, apuntó treinta años más tarde que la deforestación hacía aumentar los niveles de CO2 atmosférico, lo que no gustó a los economistas del Banco Mundial empeñados en deforestar la Amazonía para dar de comer las proyecciones demográficas de Brasil. Vamos, que eso se sabía. Hasta Lamb puntualizaba en 1973 que “El anhídrido carbónico es un elemento poco importante de la atmósfera, el 0,3 por mil del volumen total, pero sus efectos sobre el calentamiento de la tierra son importantes”. Lamb conocía muy bien los estudios de Guy Stewart Callendar, el meteorólogo británico que había planteado el “efecto Callendar” (calentamiento) que retrasaría la siguiente glaciación.

A Lamb le preocupaba la alteración de los cursos de agua que los rusos efectuaban por entonces para irrigar increíbles superficies: “Al aumentar la población del Asia soviética las autoridades se han visto obligadas a pensar en la posibilidad de desviar las aguas de los grandes ríos de Siberia que desembocan en el Océano Ártico”. Y manifestaba su preocupación porque aún se desconocían detalles trascendentes de los procesos climáticos en aquellas frían latitudes: “Hay que conocer más los posibles efectos, dado que el agua de los ríos siberianos es una fuente importante de la capa de hielo de baja salinidad existente en la superficie del Océano Ártico”.

Y explicaba: “Si este océano se convirtiera en un océano normal de agua salada con una superficie libre y exenta de hielo, la temperatura de la mayor parte del Ártico aumentaría, por término medio, en 10° o 20° (y en invierno 30°). Con ello podría modificarse todo el régimen de circulación de los vientos y, por ende, la distribución de las lluvias en el hemisferio norte”.

Vamos, que si los rusos seguían adelante con aquellas iniciativas iríamos hacia una calefactación más que a una glaciación. Al final, los rusos centraron sus proyectos de desvío de ríos e irrigación al Sur, en Ucrania, sobre el Dnieper y Dniester… y no pasó nada. En una de sus últimas contribuciones a la ciencia, en su conferencia “El futuro de la Tierra – efecto invernadero o refrigerador”, en 1984, dejó claras sus dudas. Murió en 1997 sin tenerlo claro: Warmer or Colder?





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