14 may. 2018

DE UN CAFÉ POR LOS BALCANES... (I)




Pasó a tomar café por el Meliá Benidorm el escritor serbio, afincado en Benidorm, Branislav Djordjevich. Le habíamos invitado a hablar de su libro. Yo llegué tarde, a eso de las seis (uno tiene obligaciones, pasiones y devociones), y ya estábamos en “ruegos y preguntas”, ese sibilino tercer grado al que sometemos a todo invitado a la tertulia “Los cafés del Medliá” y que me dejó a mí un mal sabor de boca al oír que comparaban churras con merinas, echarle la culpa al otro y un sostenella y no enmendalla que, por supuesto, entiendo y para nada comparto.

Ah, al final le preguntó Mario por su libro, una novela, y le han salido un par de charlas más. De lo que menos habló fue del libro. Umbral, Umbral, ¡esto ha cambiado mucho!

Me hubiera gustado haber llegado al principio, pero…

Habló, me cuentan, Branislav Djordjevich de Serbia y los difíciles años 80 y 90. Yo ya le escuché generalidades y… Yo, es que no puedo separar Serbia de un conjunto llamado península balcánica (a partir de los montes Balcanes que se separan de los Cárpatos en las Puertas de Hierro, por donde pasa el Danubio), con todo lo que atesora en sí y la separa del resto de la gran península que es Europa, de Asia, por los ríos Danubio, Saba y Kupa.

Y sí, aquello ha sido el avispero de Europa más de una vez; y en lo único que tenía razón el tertuliano que vio ¡¡¡paralelismos!!! (entre España y los Balcanes; ojiplático que me dejó) es que es un conjunto casi como España (medio millón de kilómetros cuadrados): Albania, Bosnia-Herzegovina, Bulgaria, Croacia. Eslovenia, Grecia, Macedonia, Montenegro, Serbia y Kosovo; y Rumania, de propina (lo que me desvía el cálculo en extensión superficial), aunque está por arriba del Danubio pero que siempre ha estado ligada (y le pilla la desembocadura).

La historia moderna de la península, la que me ocupa, la arranco (yo soy así) en 1830 (Protocolo de Londres) con la descomposición de Imperio Otomano, la independencia de Grecia y el nacimiento de tres naciones modernas: Serbia, Montenegro y Rumanía. Todas tienen su historia antigua, pero la losa del Imperio otomano tiene su aquél.


Por aquél entonces, Bulgaria aún estuvo sometida a un vasallaje dependiente.

El Congreso de Berlín (1878) sirvió para que las águilas depredadores del momento (austriacos, rusos, británicos) se dejaran caer por allí, dando paso, daños colaterales (¡Uy, qué palabra más del lugar!) al auge de los nacionalismos impulsados por unos bajísimos rendimientos agrícolas y un importante crecimiento demográfico. Las potencias aspiraban nada más que al carbón serbio y al petróleo rumano. De esto ya hemos hablado aquí, por el conflicto de Crimea, los rusos y los turcos.

Aprovechando la Revolución de los Jóvenes Turcos (1908) Bulgaria se declara independiente y miró, como Serbia, a la Rusia zarista para el madrinazgo. Austria, por su parte, se anexionó por las bravas Bosnia. Y Grecia se quedó al albur británico. Entonces aparece Italia, que no estaba convidada, y se mete en guerra con Turquía (1911-12; a perro flaco, todo le son pulgas) que hace explotar las Guerras Balcánicas (1912-13). El Tratado de Londres (mayo 1913) pone una efímera paz y reordenada el tablero. De ahí surge una Albania independiente y una Bulgaria muy potente. Pero esto duró tres meses: luego, todos contra Bulgaria. A lo que ocurrió entonces le llamamos Segundas Guerras Balcánicas: 20 días de plomo en los que se merendaron Bulgaria que, abandonada a su suerte por la Rusia zarista, pondrá a partir de entonces su corazón entre Alemania y Austria.


Al verano siguiente, el de 1914, es cuando estalla el lío gordo tras el atentado de Sarajevo. Ya dijimos que Austria se había anexionado Bosnia y un militante de Joven Bosnia -que estaba por el Estado Nacional Yugoslavo, con Serbia- no tiene mejor ocurrencia que asesinar al archiduque Francisco Fernando (y a su esposa). Austria, que le tenía ganas a Serbia, la acusa de instigar el magnicidio y, cómo no, le declara la guerra… y ya tenemos en marcha la IGM en la que todos los balcánicos se metieron, incluso Rumanía y Grecia; eso sí, camino del final de la contienda que llegó con la Paz de Brest-Litovsk (03.03.1918).

Por en medio del párrafo anterior metan ustedes las cosas de Rusia (que mangoneaba mucho por allí): la abdicación de Nicolás II, la llegada de Lenin bendecido por Alemania como pacifista, los gobiernos de Kérensky, el Soviet de Petrogrado, las revoluciones de febrero y octubre de 1917, el régimen bolchevique y la guerra civil rusa que arranca, precisamente, con esa paz.


Sí, por ahí cuentan que la derrota de las potencias centrales en la IGM abrió un proceso de transformaciones en los Balcanes. Yo, lo que veo es que de la Conferencia de París (1919) no salió nada bueno: se inventaron un reino -el Reino de los serbios, croatas y eslavos- y pasaron del viejo Imperio -a Turquía, ni agua-. Poca transformación, como digo, en un territorio afectado por la crisis mundial (1920-22), el problema de los refugiados, el analfabetismo, las reformas agrarias fracasadas, los campos de cultivo destruidos y con mano de obra afectada por las secuelas de la guerra y el vacío demográfico. Por haber, había hasta déficit industrial. Además, los mercados naturales de los balcánicos -Alemania y Rusia- estaban entre derrotados y asolados. Paz para hoy, hambre para mañana.

Eso sí, el éxito de la Revolución bolchevique animó a muchos jornaleros balcánicos del campo y obreros de las pocas fábricas que aún quedaban en pie a apostar por un ideal comunista que fue rápidamente cortado por una burguesía agraria que giró al autoritarismo de signo contrario: que si la Guardia de Hierro, que si la Legión de San Miguel Arcángel, que si la Ustasa, que si los estados policiales de Pedro II, Boris III y Zog I, que si la dictadura, en Grecia, de Metaxas… En fin, abonando el camino a la influencia nazi. Un lío.


Con tanta dictadura afín en la década de los Treinta, ya en 1938 los nazis controlaban todas las economías balcánicas con lo que se entienden las pocas reacciones de los balcánicos ante la Crisis de los Sudetes (1938) y los Acuerdos de Múnich (1938) que dieron barra libre a los fascistas italianos en Albania. Ah, en Rumania (que ya digo, me queda al Norte, pero es parte del problema y de la solución) estaba el mariscal Antoniescu; el hombre de Hitler. Malos tiempos para la lírica.

Y así llegamos a la IIGM. Por este flanco sur, un mal día, Italia va e invade Grecia; al lado de Albania que está. Los demás, jugaron a neutrales… Pero era imposible entre nazis y comunistas jugar a eso. En 1941 un golpe de estado en Yugoslavia fue la excusa que necesitaba los nazis para entrar camino de Grecia atravesando los Balcanes para relevar a los italianos que les iba fatal contra los partisanos comunistas del ELAS y los del EDAS monárquico. En Bulgaria y Rumanía surgirá una resistencia, digamos, cultural.

En Yalta (febrero de 1945) se congeló el desembarco aliando en los Balcanes… y se dejó a Stalin dueño de la situación. Entonces, los partisanos de Tito (Josip Broz) y los Ejércitos de Bulgaria y Rumanía tomaron la iniciativa y liquidaron lo que quedaba del Ejército alemán. Al final de la guerra, la táctica del Salami gana la partida y las dictaduras de derechas previas al conflicto, se tornan en dictaduras de izquierdas tuteladas por Moscú: Tito en Yugoslavia, Dimitrov en Bulgaria, Rakosi en Hungría, Gheorghiu-Dej en Rumania, Hoza en Albania y… una guerra civil de regalo en Grecia donde al Rey Pablo I -y su gobierno de derechas de Papandreu- le sustituye la dictadura de los coroneles. Grecia pasa a ser el bastión anticomunista que a base de dólares había que mantener. Y por eso ingresaron en la OTAN y entraron en el Mercado Común europeo. Ese fue su único mérito: barrera anticomunista. 

Mientras tanto, el resto de la península creó el Kominform, bajo la absoluta influencia de la URSS, y se unieron al Pacto de Varsovia. Sólo Tito soslayó la aquello -en especial a la muerte de Stalin (1953)- afianzando un socialismo autogestionario que le llevó a ser paladín de los No Alineados (de la 1ª Cumbre, Tito fue el gran anfitrión en Belgrado) y… a recibir ayudas de unos y otros.
La etapa de las Democracias Populares trajo algunos nuevos nombres en los Balcanes, pero eran más de lo mismo: Zhikov en Bulgaria, Ceaucescu en Rumania, Hoxa en Albania… y el arquitecto federal de la Segunda Yugoslavia (Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Macedonia, Montenegro y Serbia.) que fue Tito. Pero las crisis del petróleo de los setenta (1973 y 1975) y la incapacidad consiguiente para competir comercialmente desmoronaron el invento a partir de 1981.

Mañana, si eso, me acerco a los fracasos socioeconómicos de los ochenta, para terminar en lo que pasó en los noventa y en el invento de los llamados “daños colaterales”.

Ellos son como son; se lo han ganado a pulso y nos hemos encargado de que se lo ganen, lo asuman y lo paguen. Semos asín.












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