9 ene 2026

DE ICEBERGS... Y LA PATRULLA DE HIELO...

 

La noche de Reyes, practicando zapping -que si fuera una disciplina olímpica seguro que algún buen ojeador me hubiera llevado a un equipo de élite y ya estaría en la selección nacional y en el equipo olímpico español, aunque aspirando a diploma; que uno es modesto en lo de los cinco aros y ve el pódium y el medallero aún lejano- vi que reponían “Titanic” por un canal y. al mismo tiempo, en otro ‘echaban’ un reportaje sobre su hundimiento y la investigación británica de Lord Mersey -que también hubo una, e inmediata, de los norteamericanos, sobre las causas de aquella ‘ship-iceberg collision’.

No llegué al final, los epílogos me matan; y más si ya me he tragado más de uno de estos programas o leído hasta la última línea de reseñas y artículos de prensa. Pero quien sí lo hizo me ha preguntado esta mañana que ¿qué era eso? de la Patrulla Internacional del Hielo, que fue una de las primeras consecuencias (1914) consecuencias de una tragedia de tal magnitud como la del “Titanic” ocurrida en abril de 1912.

La respuesta es rápida: La Patrulla Internacional del Hielo (IIP) es una organización dirigida por la Guardia Costera de los Estados Unidos, establecida tras el hundimiento del “Titanic”, para monitorear icebergs en el Atlántico Norte y alertar a los barcos, financiada por algunos países marítimos y con intereses de navegación. Para sus cometidos utiliza aeronaves y satélites para mapear peligros y garantizar la seguridad del tráfico naval por el Atlántico norte y en especial por el ‘callejón de los icebergs’.

Y dicho esto, para un post tenga enjundia añadamos algo más.

Y, claro está, en esto de los icebergs y la navegación comienzo con el “Titanic” y, permítanme refunfuñar, porque tiene su miga que -como todos- la habrán saboreado, porque DiCaprio y la Winslet ya forman parte de un imaginario colectivo más allá de la realidad del trasatlántico recién estrenadito navegando a toda velocidad –intereses comerciales mandan- por una zona muy concreta donde todos sabían del frío y los icebergs desgajados. Y ya lo aderezamos con la construcción moderna de barcos con mamparos y sobre la estanqueidad, unos remaches flojuchos remachados a mano, la radiotelegrafía como símbolo de modernidad y la estética: una cuarta chimenea que sólo servía para los humos de las cocinas y unos botes salvavidas que no sabían dónde ponerlos para no desentonar la belleza de las líneas armónicas del barco. La rueda de repuesto bien que se esconde en las entrañas de un coche, pero en un barco tienen mal encaje las chalupas que quitan las vistas de las cubiertas.

El del “Titanic” es el más famoso de los naufragios por ‘toques’ con icebergs, pero desde el siglo XIX tenemos noticias de estos desastres y las tragedias devenidas. El último ‘beso’, ¡pásmense!- tuvo lugar en 2007; pero desde los años sesenta del siglo XX no se han registrado víctimas mortales en los que han ocurrido.

Vale que antes del XIX había poco tránsito por aquellas aguas y lo de la navegación trasatlántica estaba en mantillas, pero desde Eric el Rojo a los balleneros vascos, el ‘callejón de los icebergs’ (Iceberg Alley) ha dado muchos disgustos a la navegación.



Y otra vez que saco a pasear de los ‘callejón de los icebergs’.

Llaman ‘callejón de los Icebergs’ a un sector del Atlántico Norte -hoy muy vigilado-, que discurre desde Groenlandia hasta Terranova y baja más al sur, donde las corrientes transportan grandes icebergs desprendidos de glaciares, especialmente en primavera y verano, creando un peligro para la navegación y un espectáculo natural en muchas localidades costeras canadienses e incluso norteamericanas de la costa oriental de los Estados Unidos. En ocasiones, por causas todavía desconocidas, el curso de las aguas groenlandesas se ve alterado y se desvían más hacia el Este, zonas que normalmente están libres de ese peligro. Por eso, en la navegación al Oeste del XIX y principios del XX se llamaba “la esquina” -y la doblaban, para dirigirse más al Sur- a la intersección 42ºN-47ºW; y una vez alcanzada esa posición, un golpe de timón a babor y hasta el puerto de destino, evitándolos.



Por cierto, al “Titanic” de poco le valió doblar la esquina porque se tropezó con uno a 41º43’55” N - 49º56’45” W en una noche sin luna y sin nubes, en la que brillaban las estrellas: “despejado, agradable y con mar en calma”, señalaba el último parte meteorológico recibido y plantificaba ‘el mapa del tiempo’ para el día 15, cuando ya reposaba, partido en dos, a 4.000 metros de profundidad y había dejado mil quinientos muertos.

La mayoría de los icebergs del Atlántico Norte provienen de Groenlandia, donde está el fiordo helado de Ilulissat, declarado en 2004 Patrimonio de la Humanidad por su espectacular belleza natural; y allí, el glaciar Sermeq Kujalleq (uno de los más rápidos del mundo) produce en los meses clave -y de continuo- icebergs como una vulgar máquina de cubitos.

De Groenlandia se desprenden aproximadamente unos 14.000 icebergs al año, aunque de ellos, el tres y pico por ciento (más o menos; entre 450 y 500) llegan hasta los 48° de latitud Norte por el llamado ‘callejón de los icebergs’. Hablamos de 200 km3 anuales de hielo compacto y duro como roca en errático viaje sumido en las corrientes. En 1912 transitaron por el callejón casi 400 icebergs; y -¡mira por dónde!- uno de ellos fue a ponerse en mitad del rumbo del Titanic, que ya es mala suerte.



El récord de tránsito de icebergs ocurrió en 1984 con más de 2.200 bichos de estos; y no pasó nada.

Y es que no siempre tenía que pasar un accidente de estos. Hablemos de ellos.

La primera reseña que tenemos es de 1828; un 28 de abril, la goleta “Superb”, según The Morning Chronicle -del 7 de mayo de 1828- chocó con un iceberg, en la bahía de Cape Cod, que le abrió una vía de agua importante. Realizaba el viaje entre Bristol y Quebec y sólo hubo 5 supervivientes que fueron rescatados, contó The Montreal Gazette, por otras dos embarcaciones (no especifica las características, aunque sí da los nombres: “Catherine” y “Hannah”), del Reino Unido, que estaban por aquellas gélidas aguas.

Entre la “Superb” (1928) y el “Titanic” (1912) hay dieciséis naufragios con víctimas tras encontrarse con icebergs. Y tras el “Titanic” hay registradas 5 colisiones más. La última, como ya dijimos, en 2007… con todos los adelantos tecnológicos y medidas de seguridad en marcha. Esta última, la del “Explorer”, fue en aguas antárticas (Hemisferio Sur) donde no hay un tan exhaustivo control; pero que también lo hay. La ship-iceberg collision de 1991, la del “Finnpolaris”, tienen hasta su filmación correspondiente.

                   Colisiones de proa contra un iceberg: SS Arizona (07.11.1879) y SS Grampian (10.07.1919)

Ahora son muchos los organismos que tienen todo esto registrado. Estados Unidos lidera la Patrulla del Hielo y Canadá tiene un banco de datos completísimo que lo registra todo.

Antes de tratar lo de la Navegación Segura en el Atlántico Norte durante la temporada de hielos (del 1º de febrero al 31 de julio) recalquemos que los icebergs tienen relación con una corriente que baja de Groenlandia sumergida a unos cincuenta metros de profundidad que desde los años cincuenta del siglo XX está bastante bien monitorizada. Ese chorro de agua que se desplaza a esa profundidad es el que determina el viaje de los icebergs, de los que emerge un once por ciento (más o menos) en función del Principio de Arquímedes y la diferencia de densidades: 1.027 kg/m3 la del agua del mar y 916 kg/m3 la del hielo puro.

Empecemos.

No tan mediático como el caso del “Titanic” pero con hondísima repercusión resultó el naufragio en 1841 del “William Brown” que ha inspirado varias películas[1], un libro de investigación y un dilema que aún pervive: en la ética del bote salvavidas el dilema de ¿a quién debo salvar? Les cuento: el “William Brown” salió de Liverpool un 18 de marzo con destino a Filadelfia. Componían la tripulación 17 marineros y a bordo viajaban 65 pasajeros, emigrantes escoceses e irlandeses pobres. Tras un mes de navegación chocó contra un iceberg y se fue a pique. ¡Sálvese quien pueda!; 31 pasajeros se habían hundido con el barco. El capitán, 8 marineros y un pasajero accedieron a una chalupa y el primer oficial, 9 tripulantes y 32 pasajeros subieron a una barcaza en bastante mal estado: consiguieron salvarse del naufragio, pero no todos cabían en ella para garantizar la supervivencia, así que tiraron al mar a dieciséis personas. Los dos botes fueron rescatados; el capitán llegó a Estados Unidos y el primer oficial a Francia. Cuando los de Francia lograron regresar a Filadelfia denunciaron el caso y se armó un revuelo de mil demonios. Entonces se acusó al único marinero del ”William Brown” que localizaron en Filadelfia; fue juzgado y terminó condenado a 6 meses de cárcel y 20 dólares de multa[2]: total, sólo se trataba de inmigrantes pobres.

La tragedia del “Hannah” en 1849 fue muy mediática también. El “Hannah” era un bergantín de unas 200 toneladas que zarpó de Newry, Irlanda, el martes 3 de abril de 1849 con destino a Quebec, en el río San Lorenzo. Tenía una tripulación de 12 personas bajo el mando de un capitán de 23 años, Curry Shaw, y transportaba a unos 180 inmigrantes irlandeses -familias con niños- que huían de la gran hambruna irlandesa. A las 4 de la madrugada del 29 de abril, el “Hannah” chocó contra un iceberg que le perforó el casco. Shaw y dos de sus oficiales huyeron en el único bote salvavidas del barco. Los supervivientes, unos cincuenta, treparon por el iceberg de donde les rescataría esa misma noche la tripulación del “Nicaragua”. El capitán Curry Shaw, a su vez, fue rescatados por otro barco. The Guardian, el 11 de junio de 1849 informó de 49 muertos y 127 rescatados; la prensa irlandesa -The Ballina Chronicle- apostó fuerte y consiguió una acusación contra Shaw y sus dos oficiales por “ser culpables de uno de los actos de inhumanidad más repugnantes que puedan concebirse”[3]. Hace unos años, la productora canadiense Gala Films realizó dos documentales sobre aquellos emigrantes irlandeses pobres que huyendo de la hambruna de su país tuvieron el contratiempo de toparse con un capitán desalmado, un iceberg y los mares fríos de Terranova.

Como el “Hannah”, el naufragio del “María” ocurrió en 1849 y sumó más de cien muertos. El 10 de mayo de 1949 chocó contra un iceberg en su viaje de Quebec a Limerick, irlanda, con 121 personas a bordo. El impacto desgarró su proa e hizo que el mar inundara la bodega; se hundió casi de inmediato. Tres tripulantes subieron a un bote y una veintena de personas quedaron sobre el hielo a merced de un mar helado; sólo 9 de ellos sobrevivieron al ser rescatados por la barcaza “Roslin Castle” y el bergantín “Falcon” que los devolvieron a Quebec.

La primavera de 1856 resultó trágica; en ocho semanas cuatro grandes buques se hundieron al tropezarse con icebergs en su ruta: el “John Rutledge”, el “SS Pacific” y dos clíperes, el “Driver” y el “Ocean Queen”.

El “John Rutledge” sumó 133 víctimas; era un paquebote de tres mástiles que zarpó hacia Nueva York desde Liverpool con 136 personas a bordo: 16 tripulantes y 120 pasajeros. Durante la travesía, dos personas fallecieron; se contó en las crónicas posteriores, debido a las terribles condiciones meteorológicas sufridas durante la travesía. El 19 de febrero, el barco chocó contra un iceberg de proa, lo que -se dijo- permitió el tiempo suficiente para que todos abandonaran la embarcación y subieran a los botes salvavidas, comenzando una nueva aventura de supervivencia. Fueron cinco los botes que se arriaron y de los 13 pasajeros del último sólo fue encontrado con vida unos de los tripulantes, Thomas W. Nye -de Fairhaven, Massachusetts-, agarrado al cuaderno de bitácora. Su historia fue contada en las revistas de la época (como el Frank Leslie’s Illustrated Newspaper) y la prensa generalista. Brian Murphy, un periodista del Washington Post, en 2019, publico “Adrift” narrando los horribles nueve días que sufrieron a la deriva en aquel frío y gris mes de febrero en el que sólo sobrevivió el joven Nye al ser rescatado por el “Germania”.



La historia del “SS Pacific” es también truculenta: aporta 186 muertos, la totalidad del pasaje y la tripulación. Era un vapor a ruedas (de paletas), de la prestigiosa American Collins Line, que zarpo el 23 de enero de 1856 de Liverpool rumbo a Nueva York con 45 pasajeros y 141 tripulantes. Sólo sabemos que salió de Liverpool; nunca llegó a Nueva York. Buscado infructuosamente, se dio por perdido desconociéndose que le sucedió. En el verano de 1861, se informó de que se había encontrado una botella, conteniendo una nota, en una playa de la isla de Uist, en las Hébridas, en la costa Oeste de Escocia. Un tal William Graham había escrito: “A bordo del Pacífic, de Liverpool a Nueva York. El barco se hunde. Gran confusión a bordo: icebergs por todas partes. Sé que no puedo escapar. Escribo la causa de nuestra pérdida para que nuestros amigos no vivan en suspense. Quien la encuentre, por favor, publique la nota”. En el texto parece la palabra ‘maldita’ -iceberg- y se presume que fue un choque con un iceberg el que echó a pique al “SS Pacific”; pero no hay más evidencias.

Lo del mensaje en una botella no crean que es de cuando Sting (The Police) lazó el tema en 1979; que ya el filósofo griego Teofrasto, por el 300 a. C., ya lo hacía con la intención de demostrar la interconexión de mares y océanos… aunque no he leído que alguien le respondiera a sus mensajes y le diera la razón. Era una costumbre tan arraigada que hasta los espías mandaban mensajes con este sistema. He leído en el National Geographic que en el siglo XVI, la reina Isabel I de Inglaterra, nombró a un ‘Descorchador de Botellas del Océano’[4], convirtiéndose en el único que podía hacerlo y convirtiendo en un crimen capital que cualquier otra persona abriera una botella llegada a las costas no sea que se topara con una que contuviera uno de estos mensajes que podrían afectar a la seguridad nacional.

Y para mensajes en botellas, los del “Naronic” que desapareció en 1893 dejando, se dice, 74 desaparecidos. El 11 de febrero de ese año, el “Naronic”, de la White Star Line -la del “Titanic”-, partió de Liverpool con destino a Nueva York con pasajeros, tripulación, 3.600 toneladas de carga general y más de 1.000 toneladas de carbón a bordo. A principios de marzo, en pleno ‘callejón de los icebergs’, fueron localizados dos botes salvavidas, uno volcado y el otro medio inundado, pertenecientes al barco; fueron los únicos restos encontrados con el nombre “Naronic”.  Entonces, de marzo a septiembre de ese año se anunció la localización de hasta cuatro mensajes en botellas que aparecieron en puntos tan dispares (las corrientes marinas y el oleaje son así) como la bahía de Nueva York, una playa de Virginia, en el canal de Irlanda y en el río Mersey, en la bahía de Liverpool, desde donde zarpó. Los mensajes indicaban, más o menos, que el barco había chocado contra un iceberg y se hundía. Sin embargo, la Junta de Comercio Británica no dio crédito a ninguno de los mensajes, ya que las firmas que figuraban en ellos no coincidían con las de ninguno de los pasajeros -ni de la tripulación- de los roles oficiales. Sigue el misterio del “Naronic”.

En 1897 el bergantín “Vaillant” naufragó sumando 78 muertos más. Había partido el 13 de abril en ruta entre Saint-Malo (Francia) y Saint-Pierre (Canadá) y en la noche del 16 de abril un contacto con un iceberg hundió rápidamente el barco posibilitando tan sólo que 7 personas subieran a un bote que estuvo diez días a la deriva. Los cuatro supervivientes fueron rescatados por el “Victor Eugene” el 26 de abril y trasladados al puerto de Saint-Pierre al que llegaron en un estado lamentable; hubo que amputarles los brazos por congelación. Se sospechó que habían recurrido al canibalismo para asegurar su supervivencia, pero dado su lamentable estado y deterioro físico, no se siguió la causa contra ellos.

Hay más tristes ejemplos; pero voy a cortar por lo sano con el llamado “Titanic danés”. Se trata del “Hans Hedtoft”, que sumó 95 muertos. Su naufragio ocurrió en 1959; va a hacer 67 años. Era un carguero de 2.857 toneladas que también presumía de insumergibilidad y en su viaje inaugural -pero de regreso de Godthabb, en Groenlandia, a Copenhague- chocó contra un iceberg el 30 de enero de 1959, a unas 20 millas náuticas al sureste del cabo Farewell, el punto más meridional de Groenlandia. El pesquero alemán “Johannes Kruss” respondió al SOS lanzado por el carguero danés, pero al llegar a la última posición reportada, no había rastro del “Hans Hedtoft”. Las operaciones de rescate se prolongaron en el tiempo, pero el único resto identificado fue un salvavidas que llegó a la costa de Islandia nueve meses después. El hundimiento del “Hans Hedtoft” sigue siendo otro de los misterios sin resolver que –posiblemente- los icebergs nos han dejado. Nada se supo de las 95 personas de a bordo: 40 tripulantes y 55 pasajeros.

Desde 1913, por el naufragio del “Titanic”, la Guardia Costera de los Estados Unidos mantiene un patrullaje sobre el ‘corredor de los icebergs’[5]. Desde 1914 el convenio SOLAS (Seguridad de la vida humana en el mar) apoya a la Patrulla Internacional del Hielo que financian la Organización Marítima Internacional y 17 de los 67 países signatarios. 500.000 millas marinas cuadradas son escrutadas de continuo[6]; especialmente entre el primero de febrero y el 31 de julio ahora también con sistema satelital, aviones, boyas y el BAPS, el Sistema de Análisis y Predicción de Icebergs. Pero aún así, como ya señalamos al principio, en 1991 lamentamos la pérdida del “Finnpolaris”. Chocó contra un iceberg a las 12:00 UTC del 11 de agosto de 1991, a 144 millas náuticas al noroeste de la isla Disko, bahía de Baffin; iba cargado con concentrado de zinc. Se hundió a las 04:10 UTC del día siguiente. Diecinueve personas a bordo abandonaron el barco; toda la tripulación fue rescatada de un moderno bote salvavidas por el petrolero danés “Sofie Theresa” (ex “Amanda”; de Etelä-Suomen Laiva, Helsinki).



Estaos Unidos y Canadá tienen un excelente registro, vigilancia y control sobre esos icebergs[7]… porque, como las meigas, haberlos haylos… y ahí está la ship-collision with Iceberg Database[8].



Y luego estarían, para rizar el rizo, los barcos que se vieron atrapados por el hielo y tuvieron desigual fortuna.

En esta ‘categoría’ entrarían -nivel top del famoseo naval- el “Fram” de Fridtjof Nansen, que fue deliberadamente atrapado en el hielo en un intento de llegar al Polo Norte, y el “Endurance” de Ernest Shackleton, que quedó atrapado accidentalmente en el hielo en un intento de desembarcar una expedición para cruzar la Antártida.

Aunque yo metería un tercero, el “SS Jeanette” que quedó atrapado en el hielo en septiembre de 1879 cerca de isla Wrangel, frente a la costa norte de Siberia oriental, estuvo a la deriva durante 21 meses y finalmente fue aplastado y hundido en el mes de junio de 1881… y tres años después, se recuperaron sus restos en el extremo sur de Groenlandia… ¡en el lado opuesto del Ártico! Esto sirvió para que muchos descubrieran que no hay una masa de tierra en el Polo Norte como comúnmente se creía; allí, lo que hay es un océano abierto con una corriente que va de Siberia a Groenlandia.

Ya pues, incluyamos al “HMS Erebus” y al “HMS Terror” que quedaron atrapados en el hielo, en la llamada Expedición Perdida de Franklin (1845-1848), una desastrosa misión británica liderada por Sir John Franklin para encontrar el Paso del Noroeste y que llevó a la muerte a toda la tripulación.

Así que ya se pueden imaginar: visto lo visto y leído lo leído, yo, de hielo, no más que unos cubitos en el gin-tónic.

 


 



[1] Souls at Sea (1937), con Gary Cooper, George Raft y Henry Wilcoxon; Seven Waves Away (Abandon Ship!), de 1957, con Tyronne Power; y The Last Survivors (1975), con Martin Sheen.

[3] Chris Must (10 March 2011). "Irish famine survivors settled near Perth". EMC Perth.

[4] https://www.nationalgeographic.com/science/article/120918-oldest-message-in-a-bottle-science-history-messages


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