10 jul 2017

DE TURISTIFICACIÓN Y TURISTIZACIÓN




De un tiempo, poco tiempo, a esta parte se ha puesto de moda la palabra turistificación. Y he recurrido a Fundéu BBVA y sus referencias al “español urgente” para saber que turistificación es un sustantivo y que resulta que “es un término bien formado con el que se alude al impacto que tiene la masificación turística en el tejido comercial y social de determinados barrios o ciudades”. Luego tenemos la turistización que pasa por ser el hermano pequeño del concepto porque sin ser un “palabro” termina por precisar que algo, un destino, “se hace más turístico”.

Hechos los deberes y sabiendo que ambas han pasado del concepto “palabro” a realidad de “palabra”, podemos hablar sin complejos de turistificación y diferenciarla de turistización. Que les suena a filosofía; pues sí. Immanuel Kant era un gran profesor de Geografía y todos ustedes le tienen por un gran filósofo. C’est la vie; yo juego a la Geografía (si me dejan).

Turistitfiquemos. Contaba Xavier Canalis, en mayo pasado y en Hosteltur, que turistificación es un término que suele blandirse como “una carga de profundidad muy peyorativa hacia la actividad turística que cala entre la opinión pública”. Y sí, pero por los de siempre: que hablamos de ciudades convertidas en destino turístico y no de destinos turísticos convertidos en ciudades. En el segundo caso la turistificación es una loable consecuencia del proceso; en el primer caso es el embrión de una nueva situación que nos pilla desprevenidos (nos asusta y nos deja en paños menores) porque con ritmo vertiginoso altera las condiciones socioeconómicas de un lugar, desbordándonos. En fin, una situación que crea problemas donde antes estaban esos problemas más o menos enmascarados. Siempre ha pasado, pero ahora se ha disparado (y desmadrado).


Así, el problema viene sobrevenido cuando por la turistificación las instalaciones, viviendas y comercios de un lugar “equis” pasan a orientarse y concebirse pensando más en el turista que en el ciudadano que vive en esos barrios permanentemente y… nos termina llevando a una situación de gentrificación. Y, como geógrafo, no me gusta emplear incorrectamente los términos y me niego a aceptarlo más que como idea original -como el pecado- porque no estamos ante los barrios de la Gentry (clase alta; alta burguesía) y no me vale eso más que ser un proceso de transformación de un espacio urbano tradicional que termina alterado. El concepto original partía de un espacio que por dejadez se había ido deteriorado -o que estaba en declive porque los Gentry pasaban mucho de recomponer el lugar- en el que intervenía la reconstrucción -o rehabilitación-. Inicialmente, cuando comenzamos a estudiar esto a mediados de los 60, ya veíamos que provocaba un aumento del coste habitacional en estos espacios. Ahora, lo que ocurre es que los residentes tradicionales terminan por intentar abandonar un barrio “que era suyo” (y muchos no lo consiguen) en el que ahora ni pueden pagar sus alquileres, ni convivir con el nuevo uso. 

En el caso que estudió la Geografía de los años 70 resultaba que los residentes terminaban en espacios periféricos y su lugar lo ocupaban clases sociales con mayor capacidad económica. Y ahora mismo esto no es así: llegan turistas de toda condición y pelaje.

Hay quien propone “encandilar” a los visitantes con atractivos fuera de los núcleos históricos, penalizar con tasas el turismo de bajo coste, limitar las plazas hoteleras o multar los pisos turísticos. Pero, ¿se pueden llevar a cabo esas propuestas? Si yo voy a un sitio llamado “fulanito” para visitar el mercado “menganito” en el barrio “zutanito” puede que una tasa me haga desistir, pero por mucho que empeñen en que vaya a ver la otra parte de “fulanito”, que hasta puede ser mejor, no lo van a conseguir porque no es lo que me atrae de “fulanito” en cuestión.

La turistificación de un lugar -por lo general una ciudad- supone cambiar de modelo urbano y social; y eso produce impactos en aquellos lugares que no fueron concebidos por y para el turismo. Es más, hay que tener muy presente que el Turismo es una industria y como toda industria tiene sus bondades y defectos (a subsanar) pero no hay que criminalizarla. Regularla en todos y cada uno de sus procesos.

En Amsterdam se han puesto mano a la obra.  En el 2014, el Ayuntamiento limitó por ley el número de noches (60) y de personas (cuatro) a las que los particulares pueden alquilar viviendas desde plataformas on-line, a las que obliga a cargar la tasa turística. Los particulares que alquilen sus propiedades deben notificarlo al Ayuntamiento, que baraja ahora reducir a 40 el número de noches del alquiler de particulares. También han eliminado la exención de tasas a los establecimientos tipo bed & breakfast. Y el año que viene subirá la tasa subirá en el centro (del 5% al 6% del coste de la habitación) y se reducirá en la periferia. ¿Se complica ir a Amsterdam? Si tienes interés de ir, no.

Medidas hay, pero el problema está siempre sobre la mesa. Hay quién tiene que aplicarse en turistificación y hay quien turistifica como nadie porque fue diseñada para ello, aunque también hay quienes piensan ya, en sitios como Benidorm -diseñada para el turismo-, que, olvidando la función primigenia de esta ociurbe, que también nosotros nos turistizamos (¡menos mal que no dicen que nos turistificamos!).

En fin, que leer que “el turismo envilece los lugares y las gentes” (me reservo el nombre del personaje para no darle más publicidad) sólo demuestra un desconocimiento total de la Historia reciente de este país que cambió en lo económico y social del blanco y negro al colorín de HD. El turismo es una actividad industrial que nos reporta ingresos económicos, cultura, intercambio de conocimiento, descubrimiento de libertades y cambios sociales. Y si no, echemos la vista atrás
Un poquito de por favor con el Turismo, please. Sólo requiere regular alguna actividad que no lo esté ya y tener muy claro el modelo. Y esta vale para todos.


2 jul 2017

DE GRAN BENIDORM (y III)





Retomo. Y para comenzar la tercera y última entrega, un periodista: Joaquín Luna

En La Vanguardia Luna lo es -y lo ha sido- todo. Y con La Vanguardia vino a Benidorm en 1984 cuando el USS Saratoga hacía una de sus visitas a Beni York -¡qué tiempos!, la de gorras de navíos USA que tengo por aquí- y, tras su reportaje en el que “descubrióBenidorm (cual Saulo de Tarso) el comentario de sus colegas: “¿Cómo puede gustarte Benidorm?” Pues le sigue gustando.

Luna miró a la sala, tras el silencio que había inducido, y sentenció: “muchas veces vivimos la vida como se supone; gustándonos frivolizar”. Vale que sí, y al frivolizar la cuestión cambia y te cambia. Encontró Luna entonces la “doble vida” de Benidorm, aquella que no es -digo yo- doble vida sino la vida que vives cuando te sumerges en ella, cuando te dejas abrazar por Benidorm. Él se mantuvo en su tesis de la doble vida, pero explicó: “Benidorm ya no tiene doble vida; ahora tiene vidas paralelas”. Y puede que sea verdad; lo comprendes cuando él te explica su razonamiento: “la vida de capital de comarca y la vida de capital de turistas”. Sí, Benidorm también es eso; puede que solo eso. Irradia sobre la comarca y es la capital del turismo de sol y playa.

Entonces, Luna nos volvió a sorprender: “¿estoy en el lado equivocado al pensar así?” La respuesta es inmediata: No.

Entonces pone la diana en el palabro de moda: turismofobia.  Y explicando lo que ocurre en ciudades no pensadas para el turismo se explaya: “Cuando las ciudades entran en el discurso contra el turismo se meten en un snobismo absurdo. La cuestión es saber la identidad de cada una de ellas… y Benidorm, desde el principio sabe la suya; sabe lo que es”.

Sonó a música celestial para nuestros oídos cuando nos dijo que Benidorm -que es una apuesta lógica por el Turismo- “es una república independiente en esto del Turismo”, las consecuencias de “haber sido fiel a su personalidad”. Pero es que Benidorm, desde el principio -1956-, es una apuesta por una ciudad de turismo.

Más contundente estuvo cuando definió Benidorm “como el sueño de las clases medias”. Un sueño que va ya superando los 60 años y que sigue funcionando porque  Benidorm “ve con los ojos de la realidad, es auténtica y sigue teniendo una gran personalidad”. Esto lleva a Benidorm, explicó Luna, a ser diferente y única: “no hay ninguna como Benidorm”. Y mira que lo han intentado.
Me gustó la reflexión final: “Benidorm es una ciudad de buen rollo; Benidorm es una ciudad donde no hay chismes… no hay tiempo para ello  entre el ocio y el negocio”.

A Luna le tomó el relevo el director del Diario Información, Toni Cabot. Toni, desde su otero en Aigües observa los besos que de continuo le da el mar a Benidorm y sintetiza: “Benidorm invita al confort”. Y desde su conocimiento personal y profesional explica que “Benidorm es una empresa donde todo el mundo tiene clara su misión: hacer feliz a quien viene a Benidorm”.

Cabot expuso su convicción, cimentada año tras año, de que “Benidorm es un espacio único que sabe lo que quiere”. 

Fue breve, pero no por ello menos contundente y terminó recordando una frase de Pere Joan Devesa , el arquitecto y hotelero local, que yo también le he escuchado… pero a mí los árboles no me dejaron ver el bosque y Cabot lo vió: “A mediados del XXI, cuando estudien a Benidorm como ejemplo, nos cabrá el orgullo de haber formado parte del proceso de creación de un producto único en el mundo”. 

Deberíamos tener a mano un amanuense para ir anotando las frases de Pere Joan: una propuesta que lanzo atemperada en la canícula que ya tenemos encima.

Y el colofón de la jornada llegó con Xavier Mariscal. No me dio tiempo a anotar más que “Benidorm tiene mi edad”… luego fluyó la esencia del genio y los dibujos dieron vida al auditorio con una historia en viñetas del éxito de Benidorm, del Gran Benidorm.





26 jun 2017

DE GRAN BENIDORM (II)


Juli Capella es, además de arquitecto y diseñador, una referencia en las páginas de El  País (desde 1985; en el suplemento cultural  Babelia)  y  de  El  País  Semanal; una década después  comenzó a colaborar  en  la  revista  Barcelona  Metròpolis  Mediterrània (hasta el 98); también ha colaborado en  el  diario  Avui (1994-99)  sobre  temas  de  diseño  y  arquitectura; y  desde  septiembre  de  2000  lo hace con periodicidad mensual para El Periódico de Catalunya.

Con motivo de Gran Benidorm vino a hablarnos  de “las virtudes de un urbanismo como el de Benidorm” del que, como joven estudiante de arquitectura a finales de los ochenta, denostaba; odiaba, en realidad. Ahora ofrece conferencias señalando “las virtudes de un urbanismo como el de Benidorm”. Nos confesó: “Mario Gaviria me abrió los ojos con Benidorm”.

Capella sintetizó las virtudes quasi teologales: “los bloques generan espacios abiertos, hay un ejercicio de ordenación del espacio donde la playa es acercada a todos y de una calle a otra pasas de la nada al todo”. 

Personalmente me gustó cuando pontificó aquello de “la ciudad difusa es un engañabobos; la ciudad debe ser apta para ser vivida con intensidad”. Y llegó a la comparación: “la alternativa a Benidorm es la antítesis”… y para ello utilizó varias imágenes urbanas de destinos turísticos de las que a los presentes la que más nos sonó, por cercanía, fue Torrevieja; pero hubo un desfile de aglomeraciones que no han sabido captar los principios urbanísticos que en Benidorm son ley. Sobre todas esas otras realidades turísticas Capella fue demoledor: “creamos autismo social, no ciudad”. Y fue a más: “de cerca, es más patético: no tienen ni aspecto ni contenido de ciudad”. Es que la ciudad es vida y actividad en las ya célebres ‘plantas bajas’. 

Incidiendo en ello, el arquitecto lanzó una pregunta a la concurrencia: “¿Hay algo mejor que un edificio en altura?”. Silencio expectante por respuesta. Él mismo ofreció la respuesta: “un edifico en altura que disponga de una bandeja comercial que de vida a la calle”. Hablamos de Benidorm. Y entonces, el terratrèmol de la mascletà: “lo básico de una ciudad no es la unidad de vivienda; lo fundamental es la vida comercial, la actividad a pié de calle”. Y a partir de ahí formuló la conclusión: “el gran imán de Benidorm , lo que atrae a la gente, es la vida en la calle que convoca a gentes de todas las edades. Detrás de la calle está el edificio; está el relax”.

Ilustró su exposición con ejemplos que, muchos, no nos habíamos cuestionada con tal crudeza de realidad. Se había parado usted a pensar que en la ciudad dispersa el 75% del tiempo de funcionamiento del alumbrado público es inútil y que cada farola puede llegar a ‘atender’ hasta a 3 personas mientras que en la ciudad compacta esa inutilidad no alcanza ni el 25% y cada farola ‘da servicio’ a un mínimo de 20 personas.

Luego se explayó: “la ciudad dispersa supone más contaminación, más gasto energético, más coches, más atascos, mayor consumo de recursos, más gasto en servicios…”, más, más; “la ciudad extensiva tiende a ser negativa”. La clave para evitar todo esto es “hacer ciudad para las personas”.
Finalmente animó a hacer un viaje con Google Earth por la costa española y constatar cómo está todo: “te puede dar un patatús, hasta que llegar a sobrevolar Benidorm”.

Le tomó el relevo otro arquitecto de tronío, de los amigos de Oscar Tusquets, Jordi Garcés, con un currículo de nivel imperial -catedrático de Proyectos en la Politécnica de Cataluña y un sinfín de premios y galardones para sus obras y realizaciones- que nos ofreció una “aproximación personal” al modelo Benidorm: “Benidorm es un ejemplo de resultados positivos en urbanismo y arquitectura” donde todo salió bien: “bien dibujado, fue densificado por los agentes; pero su adulteración estaba condicionada por unas normas tan simples no pudieron ser esquivadas”. Simplificó Garcés: “lo que se dibuja, siempre que esté bien, se acaba construyendo”.

Y también sacó a pasear ejemplos: “Platja d’Aro es un modelo parecido, pero no exitoso; se quedó a medias. Intentó contemporizar y falló. Sitges, una actuación indiscriminada sobre el territorio adulteró todo el tejido urbano. Cadaqués tampoco supo asumir el modelo ‘verdad’… Y fue bajando por la costa y hasta saltó a las Baleares ilustrando su exposición… Y llegó hasta más allá de las Columnas de Hércules… y volvió su vista a la Terreta; y dentro de ella a Benidorm: “En Benidorm los arquitectos del Movimiento Moderno han triunfado; la composición arquitectónica es total. No hay impostación alguna. Aquí se va de cara al hecho funcional. Hay naturalidad urbanística y arquitectónica”.

Terminó Jordi Garcés sacando a pasear la cuestión de la turismofobia como un síntoma de cuando las ciudades no son conformes al giro en su función económica. Benidorm se diseñó para el ocio, el descanso, la felicidad de las personas en su actividad hacia el turismo, con el añadido del factor del alojamiento hotelero. El modelo no está cuestionado porque, explicó Garcés, “el monocultivo turístico incide en lo festivo y aporta un plus a la ciudad”. Y, posteriormente, puntualizó: “y la gente lo sabe”. Por eso no es de extrañar ese recuadro en El País (28 de mayo de 2017): ¿Por qué en Benidorm no hay malestar”. La respuesta está en el modelo… y en sus gentes.