27 jul. 2018

DE UNA SOCIEDAD FRUSTRADA




Estaba yo con una agüita con gas a media tarde, cuando el sol deja de chinchar, hablando en La Vila sobre la realidad laboral del reemplazo generacional… Ya ves, cosas de malmezclar el nardo con todo lo demás. Y es que la metafísica de la jornada de reflexión tras el primer encontronazo festero (en La Vila, con la fiesta te das de bruces) nos llevó a hablar de cuantos jóvenes con máster conocíamos y en que situación se encontraban.  

Pensé en mí. Yo ya hacía prácticas antes de terminar. Becario, sí; pero no fui ni a por la beca[1] (al acto académico, que a la fiesta sí) porque yo ya estaba trabajando, y al poco me integraba en la estructura: fijo, que decían. Lo cual no era cortapisa para que si había que saltar a otro sitio ni se lo pensara uno. Eso ahora es impensable, me dicen. Y lo veo.

Hay excepciones, pero el que más y el que menos de los veinteañeros (y más) va por ahí mendigando un puesto de trabajo cargado de títulos y másteres, con el calor que hace, para terminar en algo que no es lo suyo o para lo que medianamente se les ha preparado. Incluso con la convicción de que con su formación se merece un despacho con secretaria/o…, lo cual es falso.

Pero, ¿se les prepara para lo que se les viene encima? ¿Está la Academia en consonancia con lo que la Sociedad demanda? o es que ¿nos da por estudiar lo de siempre y eso está muy saturado? La verdad es que no hay trabajo específico para tanto egresado como se genera y entonces es cuando se ve la brillantez (o la ausencia de ella) entre todos los formados. Y eso es frustrante.

Recuerdo que yo cambié de dirección cuando leí aquello de que los acuerdos con el Mercado Común Europeo (la entrada era aún una entelequia en el declinar de los setenta) exigirían muchos ingenieros en el agro… Y me salió bien.

El caso es que oyendo penar al resto de contertulios festeros me enteré de la tremenda cantidad de profesionales salidos de las facultades que ansían trabajar y sobredimensionan los colegios profesionales clásicos y se ven como camellos ante el ojo de la aguja laboral. Y por ahí hay que pasar. Algunos, con tal de pasar, adelgazan currículos…

Y ya vino gente. Y se complicó la noche. Y pusimos las neuronas en remojo a base de limón granizado (es verano) con buen aditamento alcohólico que fue cambiando, con el tiempo, el jugo fermentado de varias gramíneas: de trigo a maíz.

Y debatíame yo a la mañana siguiente, esta, entre si llamar a esta sociedad “fallida” (que me lo pedía un amigo) o llamarla “frustrada” como le he oído a la primera persona, ajena al cotarro festivo que me envolvía anoche y que desde Alicante consultaba un tema. Me decidí por llamar “frustrada” a esta sociedad donde los jóvenes formados tienen empleos asonantes. “Frustrada” porque le leí al economista Juan Manuel Rallo que “fallida”, sociedad fallida, es una sociedad caótica. Y esta, la nuestra, aún no lo es. Aunque si dejamos la cosa en manos de algunos, camino de ello vamos.

Al final, me quedé convencido: camino de una Sociedad Frustrada.

La considero así porque el vínculo entre trabajo y bienestar lleva camino de frustrarla totalmente y abocarla al estado de fallida. Y en ello, el Estado, tendrá mucho que ver. Las Administraciones deberían ponerse las pilas. La distorsión económica nos puede abocar hacia esa sociedad fallida que pretendo evitar toda vez que veo que se suma a ello, en mi opinión, una crisis de valores y de principios.

Lleva el Sistema tanto tiempo frustrando esta sociedad que detecto que estamos ante una frustración real y justificada, que es lo peor. No sé si es por voluntad propia o por qué otra razón, pero el caso es que esta semana no hemos leído nada provechoso que nos quite razón. Bueno, sí: las cifras de la EPA. Pero tienen su regusto y su trasfondo.

¿Encontrará Roig (Mercadona) -me pregunto- la calidad de licenciados universitarios que busca para entregarles responsabilidades como mandos intermedios a 5.400 €/mes? Tiene titulados como reponedores ahora mismo. Vale, necesita ingenieros informáticos, arquitectos y médicos… De los dos últimos hay una jartá en condiciones precarias. Suerte.

Aún me debatía en la pregunta, articulando la respuesta, cuando el Portal Estadístico de la Generalitat nos daba un disgusto (al menos, para mí, leerlo lo fue) con lo de la tasa del riesgo de pobreza de las comarcas turísticas del litoral alicantino: 29’8% en la Marina Baixa, nuestra comarca. Sí, los hay peor… Mal de muchos, consuelo de tontos (y tantos). Este dato nos rompe los esquemas entre servicios y actividad industrial… aquí y ahora, los servicios van pero que muy mal.

Es grave llegar a leer que “Puede parecer paradójico que las zonas litorales, con un aparente mayor dinamismo gracias a la actividad turística y de servicios, resulten ser a la vista de la estadística más pobres que el interior, vinculado a la industria tradicional y más envejecido”. Hay muchos parámetros a tener en cuenta, pero resulta que hemos convertido el sector servicios, en materia de turismo, en una economía débil por la precariedad y estacionalidad del empleo.

La EPA nos ha contado que hay 1’4 millones de asalariados en el sector turismo disparando las cifras de hace unos pocos años. Y esto, lejos de ser bueno, ha sido calamitoso a la hora de sentar el dato de renta por unidad de consumo.  Resulta que “un auténtico 'boom' del empleo puede explicar el estancamiento de los salarios en el sector, al cubrirse con holgura la demanda de puestos de trabajo”, decía Carlos Sánchez analizando datos de la EPA. Así en hostelería “el sueldo medio se sitúa todavía por debajo de los niveles previos a la crisis” y coste de la vida ha seguido su rallye alcista sin importarle este detallito. Y como detallazo -y para mí lo más grave- resulta que “la hostelería representaba el 5,5% del empleo total en 1993, creció de forma significativa hasta el 7,1% en 2007 y, actualmente, representa el 8,7%, lo que da su importancia en términos macroeconómicos”. Pues… aviados. Vamos, que una década los trabajadores de la hostelería han perdido hasta un 12% de su poder adquisitivo. Y cuando metes ese dato en la ecuación, estás ante el aumento del riesgo de pobreza.

Las alzas salariales, cuando las hay, van a remolque de las alzas de precios al consumo y… no hay forma de alcanzar, al menos, un equilibrio. No te digo que las de los salarios superen a las del consumo.

En fin: que esto no era resaca. Tal vez falta de sueño. Estoy a punto de sobrevivir, un año más, a las fiestas de La Vila. Y la neurona sigue en su sitio.

Pero la realidad es la de una sociedad frustrada. Estos jóvenes a los que me refiero, en cuanto terminen las fiestas se volverán a dar de bruces con la realidad, con la frustración que ya entiendo justificada, todo aquellos que cuando la banda entona “Xubuch” se suben a las sillas a marcar el ritmo. Y si suena un pasodoble, a la mesa.

La cuestión es olvidar la frustración por un rato.









[1] La beca es un distintivo que llevaban los colegiales sobre el ropón o manto del mismo o distinto color que éste, que significaba que gozaban de una beca para sus estudios. Hoy en día, ya perdido este significado, la utiliza cualquier estudiante, aunque solamente en determinados actos protocolarios, como por ejemplo en las graduaciones y ceremonias de licenciatura de los alumnos universitarios.  El becado tenía, de alguna manera, sus estudios pagados por una fundación (Colegio Mayor, Colegio Menor, Convento), y tenían el color correspondiente a dicha fundación. Las becas tienen un color que varía según los estudios universitarios: rojo: Derecho; amarillo: Medicina; azul celeste: Humanidades; azul cobalto: Ciencias; etc.

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