7 jul. 2018

DEL SOL (y II)




Y como lo prometí, vuelvo con el Sol; sus leyendas y sus cosas. Me gustan las leyendas del Sol.

En la China milenaria contaban que el Sol residía sobre una morera (fusang). Lo que hacía el Sol cada mañana era ir de una morera del Este a una morera del Oeste, donde dormía. Monotonía, sí.

Pero también cuenta la leyenda china que en un principio había diez soles que salían por turno, hasta que un buen día se levantaron todos al mismo tiempo, salieron y generaron un calor abrasador.

Di Jun, emperador de los Cielos, envió a su arquero favorito Hou Yi para que les recriminara a los revoltosos soles, pero éste lanzó sus flechas y derribó a nueve de ellos. Al saberlo, Di Jun arrebató la inmortalidad al arquero Hou Yi, le desterró de los cielos y lloró la pérdida de los nueve soles. Sus lágrimas son las estrellas. Y desde entonces sólo hay un Sol.

Este mito de los soles múltiples existe en otros pueblos del Extremo Oriente, de Siberia, e incluso en algunos relatos amerindios.

En la mitología hindú, Surya es el Sol y el ojo del mundo. Por allí cuentan que Surya vivía enamorado con su esposa Sanjna, pero era tanta la luz que desprendía Surya, y tan caliente su cuerpo, que Sanjna renunció a él y puso en su lugar a su sierva Chhaya.

Tan cegadora era la luz que emitía Surya, que ni siquiera él se dio cuenta del cambio, engendrando hasta tres hijas con la sierva.

Pero un mal día, enfurecida Chhaya, maldijo a una de aquellas hijas, Yama; quien cayó al suelo muerta. Fue entonces cuando Surya se dio cuenta que Chhaya no era su esposa, porque según la tradición hindú la maldición de una madre no puede causar ningún daño a sus hijos. 
Descubierto el engaño, Surya le suplicó a Chhaya que le dijera el paradero de Sanjna, de la que estaba enamorado. Y Chhaya le dijo que Sanjna se había convertido en yegua para despistar a todos. Surya se encarnó entonces en corcel para alcanzar a Sanjna y poder traerla de regreso consigo. Surya, el Sol -insisten los hindúes-, es un dios misericordioso, que trae es la suerte.

Y suerte y larga vida le deseo al Sol. Hoy sabemos que en unos cinco o seis mil millones de años el Sol se apagará y nos llevará con él al ocaso de los tiempos. Deducimos que en su interior hay una especie de central nuclear, quemando millones de toneladas de hidrógeno cada segundo. Calculamos que su capacidad de funcionamiento es de unos diez mil millones de años, de los cuales ya han transcurrido más o menos la mitad.

Pero poco más sabemos del Sol: que su atracción gravitatoria controla el movimiento de los nueve planetas y de los otros cuerpos celestes que giran a su alrededor; que su luz viaja a una velocidad de 300.000 km por segundo y tarda ocho minutos en llegar a la Tierra; que contiene el 98% de la masa total del Sistema Solar; que es una estrella, digamos, de tamaño medio cuyo diámetro es más de cien veces el de la Tierra; que se compone principalmente de hidrógeno (71%), aunque también contiene helio (25%) y otros elementos más pesados (4%); que en el exterior la temperatura es de casi 6.000ºC y en su interior de más de 16 millones de grados centígrados…


Por eso, cuando una tórrida noche estival, o una cálida mañana, el mercurio llegue a los 40º, siéntase afortunado de disfrutar el verano.

Entró el verano de 2018 nada más pasar el mediodía; a las 12’07 h, un 21 de junio, en lo que llaman “el día más largo del año”. Que en realidad no dura más que un segundo más que el 20 de junio. Es la atmósfera de la Tierra, que esa es otra, la que produce mayor o menor curvatura de la luz sobre el horizonte en función de las condiciones meteorológicas e induce variaciones de más de un minuto en las horas de la salida y la puesta del sol.

Y el 21 de julio es el día del Solsticio; el Sol quieto. Se podría pensar que el día más largo del año es también el día en que el Sol sale más pronto y se pone más tarde, pero no es así. El día en que el Sol sale más pronto es el 14 de junio, mientras que el día en que el Sol se pone más tarde es el 27 de junio. Esto se debe a que la órbita de la Tierra alrededor del Sol no es circular sino elíptica y a que el eje de la Tierra está inclinado en una dirección que nada tiene que ver con el eje de dicha elipse. Ello hace que un reloj solar y nuestros relojes, basados en un Sol medio ficticio, estén desajustados. Y el 3 de julio, poco después del solsticio de verano, la Tierra se situará en el momento del año en que se encontrará más lejana del Sol, lo que se conoce como el día del afelio. En el 2018, el máximo alejamiento se dará el día 6 de julio, siendo la distancia de algo más de 152 millones de km, unos 5 millones de km más que a principios de enero, cuando la distancia al Sol alcanzó su mínimo anual.

Las historias -y la naturaleza- del Sol son fantásticas; maravillosas, como su luz.

El verano es la estación del Sol. En tiempos prehistóricos, el verano era una época alegre del año. La nieve se había fundido en primavera, y el suelo estaba fértil; las temperaturas cálidas habían regresado; las flores florecían; las hojas habían vuelto a los árboles. Algunas hierbas podían ser cosechadas para alimento y usos medicinales. La comida era más fácil de encontrar. Se recolectaba lo que se había sembrado.

Y, además, el verano es la estación más larga que otras porque La Tierra se mueve más lentamente a lo largo de su órbita elíptica -según la conocida como segunda ley de Kepler- precisamente debido a este mayor alejamiento al Sol.
El verano era la gran época del año, entre la siembra y la cosecha de los cultivos, era el momento para las bodas. Muchos pueblos antiguos creían que la boda de los dioses era en mayo, por Beltaine/Beltane (día del Fuego, 1º de mayo) y como no traía buena suerte competir con los dioses, las bodas de los mortales se retrasaban a junio, ya más relajados todos. El vestigio superviviente de esta tradición sigue vivo en el nombre que se les da a los recién casados inmediatamente después de la boda: la luna de miel. La primera (o única) Luna llena en junio (boreal) se llama luna de miel.

Y la tradición sostiene que este es el mejor momento para cosechar la miel de las colmenas de las abejas; ¡que conste!




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