20 ago. 2017

DE LA MENTALIDAD DE LA ÉPOCA




Harto de estar ya harto de comentarios en redes sociales que mezclan churras con merinas -y que me perdonen las Ovis aries; y ya me defino- me gustaría, por una vez -y ojalá (del árabe hispánico, “si Dios quiere”) sirva de precedente- que antes de publicar una parida pseudoprogresista en redes sociales nos paremos a pensar en la mentalidad de la época: de esta y de aquella.



Lo cortés no quita lo valiente.



Dudar es bueno; hace avanzar las sociedades. La duda es la que define la mentalidad. Hubo tiempos con más dudas que hoy; y esas dudas determinaron las mentalidades de aquí y de allá. Y la mentalidad define un sistema de valores. Y los valores, a su vez, las sociedades.



Nosotros -Occidente- hemos obviado el didactismo religioso de la Edad Media en base a muchos años y a la razón de la ciencia; otros siguen manteniéndolo. No me atrevo a señalar cuál es el modelo mejor, pero sí el que más me gusta. El de la razón.



A finales del XV, una parte del mundo comenzó a plantearse que la muerte no era la libertad y que en realidad es un trance doloroso. ¿Qué hay después? Lo cierto es que la espiritualidad se abrió paso y se reformó la concepción espiritual de la vida. Una parte del mundo se abrió al vitalismo renacentista; otra parte se centró aún más en concepción religiosa de todo buscando el materialismo del más allá (lo que no hay aquí, lo hay allá). Y otras partes del Mundo, que el Mundo no es solo de dos, mantuvieron caminos divergentes con unos y otros.

Sociedad significa cooperación; y no todos lo entienden así. La cooperación conforma la mentalidad.



El reflejo de la mentalidad de una época lo encontramos en las formas de arte, que son muchas. Y ahí ya no hay color: unos prohíben buena parte de ellas.


La transformación de las mentalidades es un proceso natural que unas culturas apoyan mientras otras subordinan. La autoridad y la libertad intelectual, si queda subordinada a algo o a alguien, condicionan el devenir. El dogma y la ortodoxia marcan y condenan la heterodoxia abocándola a la herejía. La capacidad de obviar esta cuestión tan básica ya define, pero un extraño afán de superioridad moral de una parte del espectro ideológico occidental parece olvidarlo. El choque entre fe y razón no es universal; la separación “Iglesia”-Estado no es universal; el combate anacronismo-simbolismo se sigue dando. Es increíble, para mí, que a estas alturas del XXI, en Occidente, haya quién aún no lo tenga asumido, mientras asume una parte de responsabilidad en el proceso obviando la mentalidad de la época en que ocurrió.


Hay que reconocerle a la Iglesia, en Occidente, la preservación de la Cultura y los rasgos culturales, aunque el motivo inicial no le quede claro (no me quede claro ni a mí) y deba enmarcarlo en la mentalidad de la época. A lo mejor no le gusta, le disgusta, aquello de bellatores, oratores y laboratores (guerreros, gentes de oración, y trabajadores)… pero es que esto comenzó así y le hemos ido dando la vuelta gracias a la mentalidad; a los cambios de mentalidad en cada época. El sistema de ideas y conceptos por el que, como mínimo, nos movemos y evolucionamos es la concepción de hombre sobre la realidad del entorno en que se asienta: principios, ideas, conocimientos, opiniones, creencias… Así orientamos conductas y acciones. En base a la manera de pensar nos organizamos; y ahí está la clave. En la manera de pensar.



La concepción del Mundo se basa en nuestra manera de pensar (que puede ser condicionada) y comienza por el Mundo inmediato que nos rodea. La influencia de las condiciones de vida y el entorno marcarán esa concepción en función del periodo histórico y del régimen social. Y eso ha cambiado mucho en una parte del Mundo… y muy poco en la otra.



¿Qué es lo primero?, ¿la materia o el espíritu?; ¿la naturaleza o la razón? Materialismo y religión son como agua y aceite: el mundo de los materialistas no deja, dicen, lugar a Dios. No sé, es cuestión de reflexión; pero una reflexión mucho más compleja que simplificar entre cristianos y musulmanes, pues son concepciones netamente diferentes, con evolución dispar.



Yo apuesto por dejar reflexionar a la razón.



La religión es una fe organizada en torno a la idea de una divinidad, con una serie de dogmas y doctrinas con las que elaborar un ritual. Las religiones tienen las mismas aspiraciones comunes: regir la sociedad y desarrollar normas de vida. Su evolución es determinante. Aunque cada una de ellas reclame para sí la verdad y la razón, si no evolucionan quedan anacrónicas. Tendrán su verdad y su razón, pero nada más.



Sacar a pasear el imperialismo y el colonialismo para explicar/justificar procesos es cometer el mismo error que cuando se aplica el concepto “fundamentalismo” a un platillos de la balanza sin saber que le es propio al cristianismo (EEUU, años 20) en aquella pugna entre teólogos cristianos liberales y modernistas y que con ello no explica una realidad existente.

Una religión reaccionaria es foco de problemas; la que sea. Ahora bien, el juramento de morir por ella es algo que ya diferencia a unas de otras al compás del paso de los siglos.



El integrismo, por su parte, es un totalitarismo (fascismo/comunismo) a la musulmana con aversión a la pluralidad occidental y la fecha clave de su génesis está en 1924 cuando Mustafá Kemal toma el poder en Turquía, derrocando el califato otomano y declarando su laicidad. El Pannarabismo de la Descolonización (ambos, inventos de Occidente) lo tuvo a raya y resultó ser un contrasentido: forjó a los no alineados como alternativa a los capitalistas y a los ateos comunistas, pero se fue decantando por los principios socialistas con los que fue creado. Francia creó, a su vez, el concepto Tercer Mundo, recordando que ellos idearon el Tercer Estado... Y con esa premisa lo plantearon.

Y no, no son lo mismo. Decir que son iguales es faltar a la verdad. Otra cosa son las personas. Y ya sabemos cómo somos las personas; el sentido común es el menos común de los sentidos. A la mejor leyendo a Sayyid Qotb aprendemos a discernir…






























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