21 feb 2013

DE CALIQUEÑOS… D’UNA BONA RABASSETA, MÉS TORTA QUE DRETA…



Hace unos días podíamos leer en la prensa que aún a estas alturas del siglo XXI “La Guardia Civil incauta 14.781 puroscaliqueños ilegales en Canals”. La noticia tiene su aquél porque desde 1998 tenemos una Ley de Liberalización del Mercado del Tabaco y al amparo de ésta muchos agricultores dieron de alta su pequeño nombre para poder vender sus propios puros caliqueños, una de esas delicias que atesora nuestra tierra.

Me sorprendió la noticia, pero poco.

Yo, a pesar de que andan por los estancos (en cajitas, mazos y sueltos), alguna vez he tirado -y no ha mucho- de amigos valencianos (verdad, Jesús) para hacerme con un mazo bien en Alboraya (cosas del Tí Pep), Chella o Bolbaite. Tienen su aquél. Pero, la verdad, últimamente, sólo de estanco.

Yo comencé a fumar cigarros mediante el fino hurto familiar: primero a mi abuelo (fumaba Álvaro; Brevas y Saludos) y luego a mi padre (Coronas de La Flor de Cano; J Cano) y especialmente mi tío Antonio, que lo mismo le daba a una buena Farias (eso sí, de Alicante) que a un buen calibre de H. Upmann, o sentenciaba con un 8-9-8 de Partagás. Luego me independicé a base de “brevas”, por lo general de Quintero, y, al poco, llegué a los toscanos. Me los podía permitir y me los hacían llegar desde los camiones de una empresa de transportes…. conseguidos como fueran. Sí, sí; me decían que mejor de mitad en mitad; pero me sabían a poco. Eso del tabaco fermentado y torcido, de color oscuro y sabor profundo, me encandilaba. Y cada vez me los conseguían más fuertes.

Y fumando toscanos (Avanti, Toscanelli, Antico, De Nobili, Petri…) llegue a Xàtiva a hacerme cargo de la emisora. Y allí, José Manuel, me animó a probar los caliqueños. Haber, lo que se dice haber… sí que había oído hablar de ellos, pero la clandestinidad de su consumo era un hándicap por media España. Pero una vez en Xàtiva, en la Costera, al ladito de la Canal de Navarrés (Enguera, Anna, Chella, Bolbaite, Navarrés, Quesa y Bicorp... ) que es patria de los caliqueños, quién se podía resistir a tentar a la suerte.

De la emisora bajé a la dirección indicada. De Carlos Sarthou a República Argentina. Y me planté en el Bar Huertas (¿existirá aún?; era ya un poco antiguo en los ochenta). Un solo cliente, al final de la barra. Y yo, ni corto ni perezoso, le pido a media voz al hombre que estaba detrás de la barra unos caliqueños. Se me puso como una fiera. Sorprendido, y acojonao, me fuí del bar. Y nada más salir, el señor que estaba al final de la barra hizo lo propio y se me acercó. Se me presentó como oficial de la Guardia Civil, yo le dije quién era, y me indicó que con él delante nadie me iba a vender un caliqueño; que lo volviera a intentar, que Huertas era un buen tipo.

Aquél Guardia Civil, pocos años después, estuvo en la comandancia de Alicante.

Esa misma tarde ya me fumé el primer caliqueño, vendido en el Bar Huertas, que ya no sé si funcionará… como sí se que funciona Casa la Abuela (pasé no ha mucho por una de sus mesas), o El Margallonero, donde alguna noche dormí, y muchas más cené. ¡Qué buena gente!

Y es que los caliqueños de entonces tenían el morbo de lo prohibido… y veo que ahora también, y eso que ya hay muchas empresas legales que los comercializan (Mediterranis, El Cavaller, El Conqueridor, Canaleños, Liberto Castelló -míticos, toda una referencia-, Torres de Quart… que yo haya probado)  ahora ya con hojas y tripas cacereñas de buen tabaco Burley, pero con su fermentación, enrollado y tostado del lugar, con reposo, para crear pequeñas obras de arte: una buena rabasseta, una corneta, un pata de elefante o un extra; entre los 10 y los 16 centímetros de puro placer: aroma de cigarro y sabor en la garganta.

En fin, añoranza y nostalgia que ahora mismo me han despertado el sano impulso de salir a pasear a “Putoperro de los Cojones”, el semoviente de la unidad familiar, y dar cuenta d’una bona rabasseta, més torta que dreta…  



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