1 nov. 2010

De tsunamis mediterráneos en Levante... el último, en 2003

Me estrené como columnista en la prensa local en enero de 2005. Habíamos despedido 2004 con un tsunami (Sumatra-Andamán) y apareció una noticia sobre los “efectos de un tsunami en Benidorm”. Casi me caigo de espaldas: buen ojo periodístico-informativo y absoluta ausencia de rigor científico (más bien negligencia). Carta al canto al medio en cuestión, e invitación a que yo pusiera negro sobre blanco, en 25 líneas, las cosas en su sitio. Un reto; me extiendo más que la marabunta. Pero lo hice. Necesaria una falla de subducción (en este caso en la costa argelina), un sismo mayor de 6’5 en Richter (el último, de 6’8), estructura de la costa nuestra y forma de la plataforma marina local. Incluso el strand de las playas de Levante, Poniente y Mal Pas. Conclusión: No sería el primero por estos pagos pero la leve inclinación de las playas de Benidorm y la acción barrera de la isla, equidistante en el abra y frente al farallón del Canfali, moderaría el impacto, complicando el choque de ondas. No obstante, mejor que no se produzca. Desde enero de 2005, a tres columnas por semana.

Y hoy, es 1º de Octubre de 2010. Hace 255 años sufrió la fachada atlántica peninsular uno de órdago. Cuando los maremotos no eran noticia, la referencia célebre era el terremoto de Lisboa (01.11.1755)… y ni una palabra de sus efectos en las costas y pueblos de Huelva y Cádiz… hasta Sevilla, por el Guadalquivir y las rías Gallegas. Un desastre. En Canarias, incluso en los años 40 -del siglo XX-, se ha sufrido alguno: Garachico sabe de coladas de lava y tsunamis.

Lo general para un tsunami (“ola de puerto”; “maremoto”, que le llamábamos antes) es un solevantamiento o una subsidencia. En el primer caso, una falla de subducción: una parte de la corteza penetra bajo la otra y una “rugosidad” fuerza el proceso hasta que como una ballesta la capa superior es lanzada vigorosamente hacia arriba creando una columna de agua en altura que se desplaza a gran velocidad, manteniendo constante la fuerza hasta que por rozamiento con el fondo va perdiendo fuerza. Si el desplazamiento es bruscamente cortado, la columna de agua se desparrama hacia el interior continental; si la plataforma asciende suavemente, la cosa es menos dañina. Si te pilla en el mar, ni te enteras más allá del vaivén de la sucesión de columnas de agua. En el segundo caso, la columna de agua se genera por una succión. También puede darse el caso de deslizamientos de grandes masas de roca y sigue el proceso, como cuenta de vez en cuando el tabloide británico The Sun -la última en marzo de 2010- sobre las conclusiones de Bill McGuire sobre el Cumbre Vieja de la Isla de la Palma que al explotar generaría un tsunami sin precedentes camino de la costa Este de los EE.UU. Richard Doyle, en su libro “Volcán” (2006) lo cuenta muy bien… y el 2013 está ahí mismo.

Los tsunamis corren que se las pelan. Hay por ahí un estudio de Protección Civil, de Juan A. Iborra, que dice que cuando más profundo es el seísmo… más “vuelan” los tsunamis: a 18 metros de profundidad adquieren ya una velocidad de 48 km/h; y a 9.000 metros… de 1.077 km/h.

A raíz del último tsunami en las Mentawai indonesias "se han vuelto a poner de moda los tsuamis".

La Universidad de Cantabria, se ha sabido estos días, ha hecho un estudio sobre riesgos de un tsunami en el S-SE peninsular y ha concluido que el riesgo es medio-bajo; vamos, probabilidad remota, pero real. Y eso que casi nadie quiere recordar que desde el 218 aC tenemos registrados -Instituto geográfico Nacional, consultable por Internet- hasta 22 tsunamis afectando a las costas patrias según se desprende de textos griegos, romanos, árabes y cronicones cristianos, amén de referencias concretas de los últimos. Por cierto, el último tuvo lugar el 21 de mayo de 2003 pero no pasó la cosa de constatar que algún barco del Club de Regatas de Alicante se sube casi al pantalán. En Mallorca se notó más. El culpable, el terremoto de Boumerdes (Argelia) de 6’8 de intensidad y en una falla de subducción. El strand de la plataforma continental del Levante peninsular contribuyó mucho a laminar el impacto.

El proyecto TRANSFER (Riesgo y Estrategias ante un Tsunami en Europa) ha concluido en que no estamos preparados para un tsunamien Europa. En 2005, el ICC catalán colocó un sismógrafo sumergido, cerca de la plataforma Casablanca (a 43 km de Cap Salou, mar adentro) que fue el primer elemento de “alerta”. En noviembre de 2009 el “Sarmiento de Gamboa” colocó un equipo más complejo en el Golfo de Cádiz… y algunas balizas más, pero nada que ver con la Red de Alerta del Pacífico; pero para lo que le ha servido.

No fue un tsunami lo del 15 de junio de 2006 en Ciutadella (Menorca). Lo de allí, bastante frecuente y documentado, fue una “Rissaga” (una resaca), un fenómeno atmosférico que también se da en Golfo de Trieste (allí le llaman “Marrubio”), en el Golfo de Gabés y en los mares de Japón (“Abiki”) y China Oriental. Las “Rissagas”, capaces de subir un barco al muelle del puerto, son el efecto de una succión instantánea del mar entre algunos centímetros y pocos metros, por vacío barométrico orquestado por la acción de fortísimos vientos troposféricos; vamos, son oscilaciones extraordinarias del nivel del mar que te dejan boquiabierto y joden algunos barcos amarrados a puerto.

Lo dicho, no estamos vacunados contra tsunamis y tenemos una falla de subducción ahí enfrente, en Argelia… y las viejas escrituras de propiedad de la primera línea de playa en Benidorm dicen tal que así: “linda al Sur, mar Mediterráneo por medio, con Argelia”.

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