8 ago. 2012

DE FAROS ANTIGUOS EN EL MEDITERRÁNEO (II)




Los antiguos, que conocían bien el comportamiento climático estacional del Mediterráneo, a efectos de navegación, dividían el año en dos épocas: la época apropiada, el mare apertum, y la época en la que la navegación no estaba prohibida pero se intentaba evitar a menos que fuese imprescindible, el mare clausum. Así pues, la navegación antigua se desarrollaba básicamente en primavera y verano (mare apertum).

Las indicaciones más precisas sobre la estación navegable proceden de Hesíodo (619-694) quien nos señala el otoño/ invierno como una mala época para la navegación y sobre la primavera hace unas advertencias de índole general, y sólo el verano lo señala como la época del año idónea para la navegación y, en concreto, reduce la temporada óptima a los 50 días que preceden a la caída de las Pléyades, es decir desde fines de julio a mediados de septiembre.

Otros investigadores, aún partiendo de las indicaciones de Hesíodo, estiman que la temporada real debía alargarse algo más, entre la primavera y el otoño, es decir entre abril y octubre.

Mucho respeto le tenían al Mediterráneo. Así, Andrea Doria (1466-1560), el almirante italiano al servicio de Carlos I, decía que “en el Mediterráneo hay tres puertos seguros: Cartagena, junio y julio”.

Las principales señales de la costa mediterránea
 de la provi­ncia romana Tarraconense. 
Reproducido de Pere Izquierdo y Tugas;
de su genial trabajo ”Los condicionantes 
de la navegación en la Antigüedad
Y ello a pesar de que el Mediterráneo ha ofrecido, y ofrece, grandes facilidades a los marinos para orientarse al ser un mar con elevadas montañas costeras y numerosas islas montañosas que han servido de puntos de referencia a los navegantes en los días de gran visibilidad, los más frecuentes en este mar. Con buen tiempo, eran muy escasos los trayectos en los que no se avistaba tierra.

Sin embargo, la irregularidad de los vientos en el Mediterráneo ha dificultado la navegación y ha condicionado un mayor uso de las embarcaciones con remos, apoyándose en las corrientes. En la navegación regional, con singladuras relativamente cortas, el correcto conocimiento de las referencias costeras juega un papel muy importante en la orientación. Seguramente la fundación de santuarios costeros en lugares referenciales para el marino pudo tener, entre otros fines, la de constituir marcadores relevantes de rutas.

La documentación más antigua, tanto literaria como iconográfica, sobre la orientación de los marinos nos remite reiteradamente al vuelo de las de aves. En realidad, más que un sistema de validez universal para orientarse con respecto a los puntos cardinales, la práctica de soltar aves desde los navíos permitía conocer la dirección en la que se localizaba la costa más cercana, como narró Plinio El Viejo.

A comienzos del primer milenio a.C. se generaliza en el Mediterráneo oriental la navegación con orientación astronómica. Sus inicios son difíciles de fijar, sin embargo, los propios griegos atribuían la innovación de la orientación astronómica a los fenicios y así la estrella polar era conocida entre los helenos como phoeniké (la estrella fenicia), lo que parece poner de manifiesto que estos, los fenicios, desarrollaron con anterioridad a los griegos una orientación astronómica, tal vez con conocimientos adquiridos en sus contactos con los egipcios del Tercer Milenio y, desde luego, con Mesopotamia.
Antes de la llegada de la brújula a los bajeles que navegaban por estas costas, la orientación se realizaba por la posición del Sol y las referencias de los accidentes geográficos (por aquí, Mongó, Bernia, Puig Campana, Aitana, Maigmó, etc.). Al caer la noche, la orientación sólo provenía de la observación de la estrella Polar, en la Osa Mayor -la Estrella Fenicia-, pero la posición no se podía determinar sin referencia costanera. Hay quien dice que el Calculador Astronómico de Antikitera servía a estos cometidos de navegación nocturna. Sin lugar a dudas, el kamal[1] árabe sirvió, pero algún tiempo después.

Calculador Astronómico de Antikitera
Por necesidad, los romanos sembraron de faros el litoral mediterráneo. De muchos de ellos tenemos noticias por restos arqueológicos que desvelan su emplazamiento, o por autores que mencionan su existencia. Tito Livio (59 a.C – 17 d.C.; Libro XXVIII) relata la existencia de innumerables torreones en las costas de Hispania que tanto servían de atalayas de señales como de refugio y defensa contra ladrones. Muchos eran ocasionales (una estructura provisional), otros estaban junto a templos en lugares estratégicos. Pomponio Mela (siglo I a.C.) y Estrabón (63 a.C. – 19 d.C.) referencian varias faros de obra en nuestras costas alicantinas. Algunos autores otorgan origen romano a los fundamentos del Faro de Santa Pola.

Con la caída del imperio romano el comercio marítimo se paralizó y los países se aprestaron más a la guerra que al desarrollo social y económico. La irrupción del Islam en la península, ya que controlaban el norte de África, recuperó la tradición marinera. Como auxilio de los navegantes dispusieron y mejoraron, a lo largo de la línea de costa, las viejas atalayas, y construyeron más, en las que por la noche se encendían fuegos que les servían de orientación.
La tradición ptolemaica se recupera en Oriente en el siglo IX y se analiza críticamente. En cambio, en Occidente se pierde hasta que los sabios andalusíes la difunden en el siglo X. 
Gracias a las tablas astronómicas y los almanaques, los marinos árabes medievales podían conocer la longitud del Sol en una fecha dada; les bastaba, entonces, con calcular la altura del sol a su paso por el meridiano (operación que realizaban con la ayuda de un astrolabio o un simple cuadrante) para determinar así la latitud en la que se encontraban.

Las tablas de declinaciones solares ya existían en al-Andalus desde el siglo XII, como las elaboradas por Ibn al-Kammad, que fueron utilizadas por Cristóbal Colón.

Desde el siglo XI los marinos árabes utilizan la aguja imantada para guiarse, aunque la declinación magnética no se utilizara hasta el XV[2] y desarrollan las primeras, y precarias, redes de faros portuarios, como el de Denia, y fuegos significativos en la costa para alertar de peligros como escollos y bajos. El califato de Córdoba estableció para el Mediterráneo un sistema portuario basado en tres ciudades arsenales; Almería, Denia y Tortosa, que tuvo dos siglos de vigencia. Y con ellas, sus faros.





[1] Sencillo instrumento de origen árabe que servía para medir la altura de los astros sobre el horizonte. Consistía en una tablilla perforada en su centro con un agujero por donde pasaba un cordel anudado que el observador sujetaba entre los dientes; cada nudo corresponde a 1º de Longitud
[2] LINAGE, A. y GONZÁLEZ BUEN,. A,: Historia de la ciencia y de la técnica. El occidente medieval cristiano. Akal. Madrid, 1992, p. 23: y Fernando GIRÓN: Historia de Ia ciencia y de la técnica. Oriente islámico medieval, Akal. Madrid, 1994, p. 54.

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