6 ago. 2012

DE FAROS: VIGÍAS DEL MAR, ESTRELLAS EN TIERRA




De una columna periodística (21.10.2008 surgió un libro; hoy la traigo al Blog.

VIGIAS DEL MAR, ESTRELLAS EN TIERRA

El faro, en su otero, siempre se ha debatido en esa dualidad que supone ser vigía del mar en el día y estrella en tierra cada noche. Silencio y paz sólo solo rotos por el batir de las olas o el fragor del temporal. Antaño anclados en la soledad son hoy sinónimo de remanso de belleza junto al mar y de indudable atractivo turístico. En posición dominante, avanzadilla hacia el inmenso azul, los faros cautivan. Son mudos testigos de historias, del paso del tiempo, de señal de arribada, de avances tecnológicos, de románticos paseos, de vidas abnegadas y trágicas páginas de la historia local que, en ocasiones traspasa la frontera de los hechos. Inhiestos siguen, puntuales a su cita, cumpliendo cada día su cometido, desde tiempos remotos.

Faro de Punta Albir
Tal vez no consigan nuestros faros alicantinos la espectacularidad de construcciones similares por los Siete Mares, pero encierran cautivadores retazos de lugares emblemáticos, y suelen ser herederos de siglos de tradiciones, a veces, en el mismo exacto lugar. Ninguno de ellos está tan cargado de historias y vivencias como el Faro de Orchilla, en la Isla de El Hierro, cuyo farero se armó para defender “la raya”, el Meridiano 0, que en 1883 los ingleses se adjudicaron para Greenwicht; ni como la neyorkina Estatua de la Libertad, que fue faro de 1886 a 1902 con una lámpara de arco eléctrico en su antorcha; ni como “La Linterna” del puerto de Génova (siglo XII); ni como otros muchos faros patrios del Cantábrico, de las costas catalanas, de las Islas Baleares o de los bajíos andaluces, algunos espectaculares. Tampoco ninguno de los nuestros tendrá referencias para ser ese “faro del Fin del Mundo” que orgullosos se adjudican algunos como el de Finisterre, el de San Juan de Salvamento, en la argentina Isla de los Estados, que inspirara la obra de Verne, o el del Cabo de Hornos, el más austral y chaparro del mundo. A ninguno de ellos le cabe tener a sus pies la divisoria de océanos, como el sudafricano Faro del Cabo Agulhas, con el hito que separa el Atlántico del Índico. Ninguno exhibe la belleza desolada y melancólica del faro de la Punta de Sagres o la pétrea silueta del de Formentor, en el mirador de El Colomer, ni a ninguno le han cantado como al de Capdepera.  Pero por encima de todo, los faros alicantinos, son nuestros y en ocasiones muy desconocidos.

Son nuestros tesoros costeros; piedra sobre piedra y soledad frente al mar, edificados en lugares de fascinante belleza, en armonía con su entorno y esperando ser parte de nosotros.

Las luces de nuestros faros, como las de todos, se repiten como cadencia de su sólida respiración; guiños de luz que se lanzan hacia la oscuridad en busca de unos ojos que ansían verlos; despiden o saludan singladuras mientras son ejemplos de rutina que comienza con el atardecer y de manera impertérrita no se altera con nada hasta el nuevo día. Pero ninguno es igual: la luz, las luces, su color, los destellos, su duración y régimen, los periodos de oscuridad y luminiscencia, en matemática combinación detallada en mapas, libros, registros y almanaques, pone nombre y referencia a cada uno de ellos.

Tan importante resulta el gran faro como las sencillas  balizas que marcan el puerto; las que señala el camino del arrumbe franco puerto, o el camino a las embarcaciones que abandonan el refugio portuario para faenar en caladeros y regresan a él para subastar su esfuerzo. Aquellas que permanecen al final de las escolleras rodeadas de mar cerca siempre de las playas. Unos y otras son nuestros faros; el más humilde también reclama su protagonismo.

Difícil resulta acceder a nuestros faros. Automatizados como están, tal vez sería bueno que volvieran a sentir la presencia humana, a retomar parte de la esencia primigenia que animó su construcción, a ser lugares de ciencia náutica y astronomía, a recobrar vida e incluso a albergar ocio y relax como componente turística.

Sería bueno recordar la vida de los fareros, los tiempos del aceite de oliva, la parafina de Glasgow, el carburo o el petróleo; incluso la primera electricidad. Conocer a Argand y sus lámparas, a Fresnel y sus ópticas, a Holmes y sus generadores, a Dotty y sus mechas… y otros tantos que brindaron evolución y revolución tecnológica. Saber de la soledad y del encierro, de las anécdotas, de los temporales, de una forma de vida casi ya olvidada.

No sé a qué esperamos para poner en marcha en nuestro mediterráneo turístico una inactiva similar al Programa Europeo Al-Light (Atlantic Lighthouses) de recuperación y uso público de faros. Les busca utilidad alternativa y los convierte en recurso y atracción turística, lo que les otorga un nuevo vector de vida en los ámbitos cultural y turístico. 

Miles de turistas buscan cada año el atractivo de un faro por en cada uno de ellos se vive una vieja historia.

El único faro del litoral alicantino que está al alcance de unos pocos es, por el momento, el de Punta Albir convertido en prestigioso galardón del Festival de Cine de l’Alfàs del Pi. 

Los demás permanecen inmóviles, en su otero, frente al mar. Hoy los hemos querido recordar.



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