31 may. 2011

1968... DE UN BENIDORM CAMUSIANO

En agosto de 1968 veía la luz el primer análisis de las “Vacaciones a la española” que realizó Luis Caradell para Triunfo. Era el 3 de agosto (número 322) cuando Benidorm iniciaba el proceso como “barrio extremo de Madrid… con vistas al mar”.


Carandell alucinaba. La verdad es que en la España de la postguerra, en materia de turismo no se mueve nada hasta 1951. Y no era turismo; era veraneo. Y aquél Benidorm de 1968 haría alucinar a muchos deambulado entre sus rascacielos.


Así las cosas, aquél Benidorm de postguerra, acostumbrado a los veraneantes que desde finales del XIX gustaban del enclave, se aprestó, con la nueva década, a sacudirse la pátina de miseria, autarquía y sequía, la “pertinaz sequía” de los años cuarenta que también se cebó en los posibles ingresos extras que tras la almadraba pudiera dar la huerta de Benidorm, aspirando a un algo más que pudieran darle los veraneantes; cuando las vacaciones eran tres meses de verano y debilidad de la peseta lo ponía todo patas arriba en cualquier momento.


Aunque en 1951 se nota un inicial despegue en la economía española, gracias a la primera industrialización y a los balbuceos de la palabra veraneo, no será hasta 1953 -cuando se firman los acuerdos con los americanos, cuando se pone fin al aislacionismo, cuando se acaba el proteccionismo, cuando se inicia el titubeante liberalismo económico- cuando España se plantea el futuro hacia el turismo. Y Benidorm está en ello. El PGOU será de 1956, pero hasta 1958 no se pone en marcha, de verdad, el proceso y es a partir de 1963 entonces cuando Benidorm sube como la espuma.


Es tal el éxito de producto “Benidorm” que mueve a Carandell a iniciar su periplo por el punto más emblemático de las llamadas “clases medias”: por Benidorm.




Y se sorprende: dice que Benidorm es “como Madrid, pero con extranjeros.


En fin: “Benidorm es propiamente, en su parte moderna, un Barrio de la Concepción, edificado entre la orilla del mar y las montañas color detergente de la Costa Blanca”.


Apunto que el Barrio de la Concepción surge tras la anexión por parte de Madrid -el Gran Madrid- del municipio de Canillas (1950) y los inicios de la urbanización de la periferia madrileña, en “plan moderno”, en 1955 (inmobiliarias Urbis y Banús; ¿de dónde salió si nó la pasta para Puerto Banús?) y, muy especialmente, desde los 60 en lo que algunos han edulcorado como urbanismo ye-yé, centrado en La Elipa, Moratalaz y La Concepción, con lo que se llamó “módulos nuevos” en urbanismo “de orden cerrado” para ciudadanos medios que se van incorporando a la ciudad y aspiran a más.


Un detalle a no olvidar es que en la vieja piel de toro la medida contra el paro, desde 1944, ha sido el ladrillo. De hecho, desde 1944, la Junta Nacional del Paro y el Instituto Nacional de la Vivienda iban de la mano. Pero eso no afectaba a un Benidorm costero lejos de las directrices del II Plan Nacional de la Vivienda (1955).


Obnuvilado queda Carandell con aquél Benidorm de madrileños por doquier confundiéndose con “oficinistas alemanes, obreros franceses, empleados del norte de Europa e incluso con un minero australiano… empeñado en llevarse a Australia a la camarera que le servía en el comedor; una chica andaluza que se llamaba Luci”, no cita a los hooligans británicos y señala que aquellos veraneantes españoles eran distintos de los extranjeros, porque ya venían “con el dinero contado y con la mentalidad de la clase media española” que actúa bajo el principio de que “hay que sacarle al dinero el máximo jugo posible prolongando el placer que proporciona durante el mayor tiempo posible”. Principio que yo sigo practicando.


Describe al veraneante español del 68: “tiene una ilimitada propensión a presumir de rico y una ilimitada vergüenza de ser pobre”. Quizás por eso descubre entre el gentío que puebla Benidorm a los “muy arreglados” españoles/as y a los muy “informales” extranjeros/as. En la mezcolanza de aquellas noches de verano, dice, “Benidorm tiene un cierto tono camusiano”. En la filosofía trágica de Albert Camus me he perdido; Camus analizó lo absurdo como forma de ser en el mundo. Pero me parece una visión a respetar.


No sé, aquél Benidorm de 1968 debió ser fascinante; el maestro Carandell lo vivió y a mí no me queda más que leer sus cosas en un destartalado ejemplar de Triunfo.



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