28 may. 2011

¡JODER, QUÉ TROPA!


Ayer tarde en Valencia, pasadas las seis iba yo por la calle del Emperador camino de Don Juan de Austria cuando desde ella llegaba un vocerío indecente y la horchatera del lugar sólo tuvo tiempo de arrimar a la confluencia su carrito con la preciada leche del mínimo tubérculo. Porque la horchata, por si no se acuerdan (que saber lo saben),  es en realidad lo que conocemos como “agua de cebada”, la hordeata de toda la vida; la que se obtiene de trabajar el hordeum, la cebada. Pero esa es otra historia de tiempos de Felipe V y la necesidad de vender leche de chufas que tenían los valencianos y el Borbón les prohibía.

Volviendo al 27 de mayo de 2011, por la calle del Austria marchaban, pancartas en ristre y vocerío de consignas, los “indignados” que acampan en la Plaza del Ayuntamiento valenciano y que por dos veces han tomado el hall del Banco de Valencia con sus protestas. Un sector de la cabeza, mínimo pero contundente, y casi todo el final dedicaban sus piropos a las, principalmente, señoras que deambulaban por la céntrica calle del regio bastardo repleta de tiendas: ¡Fascistas!

Igual hacían con algún varón que había permanecido en su mesita asombrillada en el centro de la calle. ¡Fascista!, le gritaban ignorando la propia actitud fascista de quienes la proferían. En esto de fascista y comunista hay un lío que mosquea.

Los de la cola de la marabunta te imponían, porque sí, pegatinas reivindicativas que en medio segundo terminaban en la papelera mientras el receptor de la misma juraba en arameo… por lo bajinis. Es que lo viví; es que lo vi. ¡Joder, qué tropa!

Llegaron a la Plaza de los Pinazo, ese espacio de extraña geometría donde desemboca Juan de Austria con Cristóbal Colón -buenos almirantes- y allí gritaron mil y una consignas, un manifiesto, multitud de frases resultonas y más consignas. Terminaron cortando el tráfico en Colón por una media horita larga.

¡Joder, qué tropa!; a su paso iban cerrando comercios y alarmando a madres con hijos que han convertido la zona en tontódromo de las tardes; de tardes de niños, compras y merienda, especialmente del viernes. Al otro lado de El Corte Inglés, que atravesé, en el Parterre y en la Glorieta la normalidad era absoluta. Bueno, no: han quitado un Mercadona fantástico que había en Poeta Quintana.

En la jornada de reflexión, a los indignados les había dedicado un post que no verá la luz porque era sólo eso, una reflexión. Del mensaje inmaduro lo llamo. Inmaduro porque obvian la realidad, porque son pueriles muchas de sus reivindicaciones, porque no son sólo suyas, porque se dejan ganar el terreno por otros, porque están en un sistema. Inmaduro, porque si se lo piensan no lo acometen, porque se han dejado llevar, porque a pesar de lo suyo son capaces de entender la realidad. Porque han arrimado el ascua de la desesperación, imbuida de legítima rabia, a otra sardina que ahora se come el terreno de la reivindicación.

Ayer tarde en Valencia me lo volvieron a demostrar. Viendo el pescao, ¿quién lo va a comprar? Lástima de indignación; ¡Joder qué tropa!, que dijo Romanones.





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