9 ago. 2010

Historia de un iceberg

Aquél año de 1978 fue el más dramático de la historia de Benidorm. En plena efervescencia de la transición democrática y con órganos de gobierno dando puntadas sin hilo, Benidorm se enfrentó a las más dura prueba que puede pasar un destino turístico: la ausencia de agua.

Como decía Manolo Martínez Pardo, los principales ladrillos de Benidorm son del 73; con lo que hoy ya están amortizados, pero las infraestructuras en 1978 eran las mismas que dejara Pedro Zaragoza. Las primeras alarmas por la escasez de agua surgieron en 1976... Dios proveerá, parece que algunos dijeron. Pero es que duplicando población a vuelta de cada década y alcanzando los 200.000 esporádicos residentes agosteños, llegamos a la crisis de abastecimiento del 78. Era alcalde Rafael Ferrer Meliá, por la UCD. En febrero, desde los pantanos, se da la primera voz de alarma, se multiplican las gestiones petitoria y Ferrer marcha, en mayo, a Madrid ya la deseperada; le acompaña José Ramón García Antón, el ingeniero municipal. Regresaron sin gota de agua pero con la seguridad de una depuradora de residuales, de la que Madrid pagaría el 35%, y con permiso para pinchar el acuífero en Chirles.

Sabiendo de las dificultades benidormeras, en abril, una compañía noruega -que suministraba agua a Arabia Saudí a bordo de superpetroleros- oferta hacer lo propio con Benidorm: la operación suponía un desembolso de 380 millones de pesetas anuales, cuando el presupuesto municipal era de 325. El tema de siempre: las arañas de la caja fuerte municipal. El Plan General del 56 costaba más que el presupuesto del Ayuntamiento de entonces.

La vida siguió; el verano irrumpió.

En junio del 78 comenzaron las restricciones, a pesar de que se alcanzó un acuerdo con los regantes para utilizar sus dotaciones. En julio se agudizaron las restricciones al mismo tiempo que el Gobierno anunciaba ¡¡la solución al abastecimiento integral de La Marina, desde la Presa de Tous, para el año 2025!!, con lo que aún estamos en plazo. Agosto pintaba tan mal entonces que el día 20 se acabó el agua. Vamos, ni gota, ni gota.

Se recurrió a las Fuerzas Armadas: la Armada alistó de inmediato dos “aceiteros” civiles, y un buque aljibe, que cogían agua del Taibilla en Alicante y la trasladaban a Benidorm; cisternas del Ejército de Tierra hicieron los primeros repartos junto a pequeñas unidades del Ejército del Aire, llegadas de Zaragoza, allí donde no podían entrar las de Tierra. Y así se despidió el verano no sin antes, el 17 de septiembre, hacer una manifestación por las calles de la ciudad con el "nunca mais" del momento.

En fin, hubo agua con cuentagotas para el final de agosto, septiembre y octubre. Se salvó el expediente veraniego, luego llovió y adiós, muy buenas.



Pero tal fue la cosa que incluso se pensó traer un iceberg. No sé si se trató de los efluvios licorosos de la sobremesa -en una de esas salió el Festival de Benidorm- o fue una chispa en la desesperación, pero me consta que se trabajó en una idea que, además de solucionar el problema de gestión hídrica, sería también un indudable atractivo turístico. Un día de estos les cuento todo el proyecto; hay un dossier técnico sobre las especificidades del remolque de la masa de hielo y de las pérdidas sobre el volumen que ello acarrearía. Chapeau por los de aquella mesa. No obstante, desempolvemos el proyecto porque ya me contarán como queda la desalación narbonense si hemos de reducir las emisiones de CO2.

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