9 ene. 2011

Una de nombres: Easturbino

Volví ayer de Orihuela henchido de orgullo. Aquí uno es levantisco y siempre sale perdiendo en cuestiones onomásticas -y tronío- con los castellanos viejos; y la familia de mi contraria parece que viene, ADN mitocondrial dixit, de la pata derecha de una mula de la reina Doña Nunilo Jimena, hija que fue de la todopoderosa reina Toda Aznar (pamplonica, madre de reyes y hasta tía carnal de Abderramán III… que por aquellos días la cosa era así entre moros y cristianos).

Ellos, los de la parte de mi contraria -de León-, presumen de nombres raros en la familia y a fe que son raros (no les hagamos publicidad). Pero ayer mi padre ante una foto sepia de su tío Nino “se le escapó” que el nombre del tal caballero era Easturbino; sí, ¡¡Easturbino!! A ese nombre no le gana ninguno. Y, encima y por encima del ADN mitocondrial ese, hay documentación sobre el tal Easturbino Andreu Aracil, acreditado violinista y uno de los fundadores de la ONCE aquella de los años cuarenta.

Me faltó tiempo para comunicar el hallazgo a la parte contraria; el hallazgo y la fase documental para que no pusieran ni un pero a esa victoria onomástica. Se quedaron de colores, como pintan las flores. Prometieron devolver el golpe onomástico; me temo lo peor. Menos mal que no pueden empuñar el Lábaro para esta fase de la guerra.

Y sabedor de la guerra incoada y ya metido en faena, mi padre echó el resto y “me presentó” otra foto “con premio”; era la de su amigo Tirífido, a comienzos de los cincuenta -del siglo pasado-, encaramados a un verja ante la Pontificia de Comillas, Santander. ¡¡Tirífido!!, eso es ya un as en la manga para esa competición de nombres que mantengo con los leoneses de Pardavé. Esta batalla la tengo ganada. El tal Tirífido era de Cuenca y eso no puntúa ni para los Montes de León ni para los espartales alicantinos, pero lo presento yo: ¡mini punto!, seguro.

Explicando la “competición” hube de tomar nota, porque la erudición empezó a brotar con que si en el latín bíblico se utilizaba el verbo voccare (de vox-vocis) para la cuestión esa de llamarse;  en el latín clásico recurría a appellare para la cosa de nombrar (y lo hacen los franceses -s’apelle-); y en el castellano, más ruidosos, se recurrió al clamare para este cometido (-se llama-).

En fin, appellare aliquem nomine (llamar a cada uno por su nombre) pasó a ser la cuestión y… en España pesó mucho la elección que los curas del lugar hacía del nombre a la hora de cristianar. Más de una depresión crearon. Don Procopio Zoroa (ese no es manco), catedrático de Matemáticas en la Universidad de Murcia, se miraba los genitales a la hora de poner integrales y problemas de cálculo: ponía lo que se salía de las gónadas. Algún curica hacía lo mismo por las Españas de los siglos X a XIX, incluso la primera mitad del XX. Aunque, la verdad sea dicha, prefiero Tirífido a Kevin Costner de Jesús.

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